Lágrimas que son futuro (Real Zaragoza, 4 – Sporting, 2)


Sí Víctor: vamos a dejarte ser feliz. Porque si tú lo eres, eso quiere decir que el zaragocismo tiene motivos para serlo. Por eso no solo te lo permitimos, sino que te rogamos que disfrutes, que puedas bajarte al fin de ese corcel desbocado que ha sido el equipo durante este annus horribilis que ya muere. Pero al mismo tiempo permítele tú a esta afición maltratada y tantas veces herida de muerte que respire contigo este aire de resurrección que ilumina nuestros corazones. Y perdónale que te suplique que te quedes, porque en ti tiene, tenemos el estandarte que nos puede guiar a lo más parecido al futuro.

Foto: José Miguel Marco (www.heraldo.es)

El partido de ayer fue un episodio digno de pasar a la historia del zaragocismo. No se logró un éxito memorable, ni se conquistó un título, ni supuso un ascenso. Nada de todo eso fue. Pero significó una vuelta a la matriz del zaragocismo, una cierta recuperación de las más finas esencias de lo que este club representa en el fútbol. Un ejercicio de buen gusto, asociación, amor a la posesión y compromiso con el espíritu del león. Y un homenaje al espíritu de lo que el himno de los años setenta proclamaba en su título: “Sin reblar”.

Eso hizo ayer el Real Zaragoza. Levantarse del primer golpe recibido en el minuto 7, cuando tras marrar Pombo el 1-0 en jugada fina y elaborada, un discreto contragolpe acabó en el 0-1. Bien es cierto que hubo un grueso error a cargo de Álex Muñoz, pero ya se sabe que lo que en muchos equipos no significa un gol en contra, en el equipo aragonés siempre lo es. Y otra vez el fantasma de la obligada remontada se instaló en las gradas de la Basílica y en los hogares y peñas zaragocistas de medio mundo. Otra vez a pelear contra la debilidad defensiva.

Tocaba discutirle al infortunio su empeño en derribarnos. Para ello se tuvo que armar bien el medio centro, ayer repetición del que jugó en Almendralejo. Comandados por Javi Ros, inmenso ayer, los cuatro centrocampistas se aprestaron a una dura batalla con los jugadores asturianos, avezados en choques aguerridos. Para romper el ritmo impuesto por los rojiblancos Ros puso a prueba a Dani Martín con un chut polvoriento que acabó en corner. Era el primer gesto. Poco después, fue Pombo quien lo intentó, pero de nuevo Martín reaccionó ágilmente y evitó el empate.

El mejor argumento en ataque lo tenía el Zaragoza en las galopadas de Delmás, digna réplica de castizos antecesores como José Luis Rico o el mismo Alberto Belsué, pero quien estuvo más cerca del gol fue, de nuevo, el Sporting. Primero Babin, con un cabezazo algo desviado, pero sobre todo la mejor ocasión la tuvo Djurdjevic en el minuto 24. El balcánico se plantó ante la portería blanquilla superando a los dos centrales pero su disparo fue mágicamente desviado por la pierna de Cristian, el Divino. El 0-2 habría podido ser una losa insoportable, por lo que hay que computar esta acción del portero argentino como una de las acciones clave del partido.
En medio de estas dos oportunidades reseñamos un gol anulado a Álvaro por fuera de juego para poco después anotar un centro chut de Delmás que Martín desvió con muchos apuros y que Pombo no puedo remachar pues se lo impidió el defensa Peybernes. En esos instantes es cuando llegó el gol del empate. Fue una nueva incursión de Delmás tras pase de Ros la que propició un remate raso de Álvaro tras centro del zaragozano. Fue una buena noticia que venía a equilibrar no solo el marcador sino a aportar la sensación de que ahora sí que reflejaba con justicia lo que había sucedido sobre el verde del vetusto estadio. Así y todo, aún pudo irse el Sporting con el 2 en su casillero si Cristian, de nuevo Cristian, no hubiera despejado con solvencia un duro chut de Djurdjevic.

Víctor nos contaría después que en el descanso habían manejado el discurso de seguir así, “que vamos bien”, y todo eso, pero el fútbol es un deporte que no entiende de relatos previos sino de verdades insospechadas. Y de eso el Zaragoza sabe mucho. Lo escribo así porque apenas iniciado el segundo tiempo, con las botas aún oliendo a crema abrillantadora, el Sporting logró el 1-2 en una jugada digna de patio de recreo de los setenta, cuando los partidos los jugábamos 25 contra 32. Ni Álex, ni James, ni Delmás ni Guitián acertaron a despejar y el balón llegó mansamente a la red de Cristian tras toquecito nórdico de Lod.

Fue el período más pobre del Real Zaragoza. Con un Sporting crecido y muy confiado en sus posibilidades, los de Víctor vivieron unos minutos de aturdimiento. Dominaba el partido, controlaba la situación y acorraló a los aragoneses simplemente manejando el balón y no cometiendo errores. Y ahí apareció la mano de Víctor. Retiró del campo a un aturdido Pombo, duramente cuestionado por los suyos, y metió en la batalla a Papu, justo cuando estaba a punto de sacarse un corner. Y sucedió. El balón cayó en el área pequeña, se produjo un breve barullo y ahí apareció el georgiano, que metió el pie para lograr el empate.

Puede decirse que el Zaragoza tuvo fortuna en esta ocasión, pero con eso hay que jugar también. Y aprovechar el viento cuando es de cola. El equipo creyó. Víctor creyó. Y la afición creyó. El equipo recibió un chute de energía y fe en sí mismo y así en cinco minutos llegó el 3-2. Fue una buena apertura de James a la banda, donde encontró a Nieto. El lateral zaragozano corrió limpiamente unos metros y le regaló una fantástico balón a Álvaro, quien remató con calidad para batir a Martin. Fue un bello gol. Y lo más importante: fue un gol que encendió al zaragocismo, que incendió la noche con la pasión propia de las grandes gestas. El equipo se aprestó a cerrar el combate con las armas de la inteligencia, la generosidad y, siempre, el buen fútbol. Víctor movió de nuevo el banquillo y sumó a la empresa al fino Eguaras en lugar del fatigado Igbekeme. Su presencia aportó gobierno, elegancia y control. Esto último fue muy importante, pues el partido estaba para listos, no para insensatos. Y para ser administrado con prudencia y picardía. A ello contribuyó Víctor con sus decisiones. La última importante, introducir a Gual por Álvaro para que este recibiese una gran ovación en premio, ayer sí, a sus méritos.

Quedaban pocos minutos, pero aún tuvo tiempo el inquieto delantero catalán de meter un gol. Lo hizo después de una buena jugada de Pep Biel por la banda, al borde de la anulación por haber salido el balón del campo, con un pase de la muerte que recogió Gual para lograr el 4-2. Y ese fue el momento no solo de la noche, sino de la temporada. No por el gol, sino porque el corazón desarmado del zaragocismo ya no pudo más y estalló en un verso vacío de poesía pero cargado de amor confeso: “¡Víctor, quédate!”. Atronó la noche blanca y azul y Víctor, Vitín, lloró. Seguramente recordando sus carreras de niño por su barrio Oliver; aquellos partidos de tenis en su colegio y los interminables recorridos por sus calles en aquella bicicleta “de carreras” que tantos y tanto envidiamos; probablemente acordándose de tantas y tantas noches en vela que estos últimos meses han atormentado su alma zaragocista. Decía, sí, que Víctor rompió a llorar. Y con esto escrito no queda mucho más que relatar. El lector sabe que ayer el Zaragoza ganó un partido, pero también intuye que quizás obtuvo algo más importante: tal vez se produjo el nacimiento del futuro.

CALIFICACIONES
Cristian: 5. Estuvo serio y decisivo. Evitó el 0-2. Crucial.
Delmás: 5. Su trabajo en la banda fue portentoso. Abrió la lata y defendió con coraje.
Guitián: 2. Discreto y algo irregular.
Álex Muñoz: 1. Noche aciaga. El primer gol (en contra) fue suyo y mostró inexactitudes.
Nieto: 5. Gran labor ofensiva, sirviendo el tercer gol y abriendo rutas de seda.
Ros: 5. Inmenso. No dejó ni un resquicio del campo por recorrer. Lo dio todo.
Guti: 4. Gran trabajador y enorme abarcando campo.
Pep Biel: 5. Extraordinario todo el partido. Juega y hace jugar.
James: 3. Con luces y sombras, adoleció de cierta inestabilidad.
Pombo: 2. Lo intentó de todas las maneras, pero está viviendo un calvario.
Álvaro: 5. Trabajó hasta la extenuación. Abrió posibilidades y goleó doblemente.
Papu: 2. Salió y goleó. Algo individualista e impreciso.
Eguaras: 3. Sobrio y eficaz, ayudó a sujetar el partido.
Gual: 2. Jugó muy poco pero aún así le dio tiempo a marcar.

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Si nos queda alma (Extremadura, 0 – Real Zaragoza, 3)


El buen sabor de boca que nos dejó el triunfo del Real Zaragoza ante el Extremadura es digno de ser recordado si al final de la temporada se logra el miserable objetivo de mantener la categoría. Después de una semana de alambre y óxido en la que las voces sensatas del zaragocismo advirtieron de la extrema gravedad de la situación, los tres goles logrados en la cálida tarde extremeña calmaron la ansiedad aragonesa.


Foto: conrado del Catsillo (www.heraldo.es)

  Fue un partido bien planteado por Víctor y correctamente jugado por los chicos. Los muchachos, ese grupo desnutrido y frágil durante muchas jornadas que ayer quiso, pudo y supo emplear la suficiente energía como para desarmar al equipo de moda en el pelotón de la zona pobre de la Liga 123. Los muchachos, esos actores inestables y capaces de lo poco y lo menos en tantas tardes de decepción. Los muchachos, que ayer nos dieron una alegría que completaba la felicidad que el Real Zaragoza DHJ nos había regalado unas horas antes al proclamarse campeón de la Copa de Campeones. Extraordinaria gesta que merece el mayor reconocimiento por parte de todos.

  En un estadio lleno hasta la bandera, en medio de un ambiente propio de las grandes ocasiones, el Zaragoza jugó un partido completo, serio y lleno de aciertos. Desde el minuto uno el equipo fue a por la victoria, sin reservas, vacío de temores. Y en seguida pudo haber abierto la puerta de la victoria si uno de sus dos delanteros, Gual, hubiera acertado con sendos manos a mano ante Casto. No fue así, pero el perfume del partido llevaba el nombre del patrocinador del equipo blanquillo grabado en el cuero del balón.

  El Zaragoza gobernaba el partido con templanza y mejor tino que su rival, muy lejos de lo que en las últimas jornadas nos había enseñado. El centro del campo llevaba el sello aragonés, allí donde Ros, James, Guti y Biel se hacían con el timón de la nave. Con relativa facilidad obtenían rédito de su presión y de la intensidad física que imprimían a cada acción y precisamente de una de esas James proveyó de un buen balón a Gual, que se internó en territorio enemigo para centrar un balón diverso. La fortuna quiso que la trayectoria llegase con cierto veneno en las costuras y acabase entrando en la portería de un atónito Casto.

  El gol fue fruto de la suertes, es verdad, pero los méritos del Zaragoza eran más que sobrados para a esas alturas del partido llevar un gol de ventaja y trasladarlo a un territorio confortable. El Extremadura trató de reaccionar y casi lo consigue después de un fallo de Verdasca (“el” fallo de Verdasca).  Ortuño rebañó un balón en la línea de tres cuartos y se dirigió como un cohete hacia el área de Cristian. Afortunadamente, se pareció más a sus tiempos zaragocistas que a su presente extremeño y marró la clara ocasión propiciando una buena intervención del portero argentino.

  Sin embargo, ahí pareció despertar el conjunto local, que afrontó los siguientes minutos con cierta osadía. Un cabezazo de Lolo, desviado, y sobre todo un metálico chut de Ortuño que despejó magistralmente Cristian, fueron sus dos mejores oportunidades, a las que trató de responder el Zaragoza con algunas contras rápidas que bien pudieron convertirse en el segundo gol. De todas ellas la mejor fue la que protagonizaron Gual y Álvaro. El primero recibió un balón de oro y tuvo la enorme visión de vislumbrar a Álvaro libre de marca. El amigo recibió  del amigo pero se le hizo de noche ante Casto. Lástima, pues podría haber sido un gol casi definitivo a esas alturas del partido.

  Tras el descanso el Zaragoza salió igualmente activado En el minuto 46 ya tuvo Álvaro una extraordinaria ocasión que resolvió Casto con  una magnífica intervención. Fue el primer gesto de audacia que vino a subrayar la decidida vocación ganadora de los zaragocistas. El tiempo jugaba a su favor y la inconsistencia del Extremadura era manifiesta. Ni una sola jugada de peligro a favor de los locales hasta el minuto 58, en que Zarfino puso a prueba a Cristian. El argentino de nuevo respondió con una buena parada, esta en dos tiempos, apagando así cualquier asomo de empate. Fueron los instantes más inquietantes para el equipo de Víctor.

  Afortunadamente la historia mantuvo el guión favorable gracias a una extraordinaria jugada de Pep Biel. Era el minuto 62. Se llevó un balón hasta el borde del área, arrastró hasta a tres defensores y volviendo sobre sus pasos acomodó el cuerpo para lanzar un misil combado que entró pegado al palo largo de Casto. Un gran gol que todos, jugadores, técnicos y afición, celebramos con alborozo. Faltaban 30 minutos para el final y lo que quedaba merecía ser gestionado con inteligencia y firmeza. Mosquera, el entrenador local, el amigo de Víctor, movió sus fichas y respondió el aragonés colocando a Pombo en lugar de un agotado Gual.

  El partido estaba en el punto exacto donde el Zaragoza había soñado y el Extremadura veía cada vez más lejos el éxito. A ello sumamos una actitud muy seria por parte de los blanquillos y una capacidad notable para afrontar los debates por el balón y la generación de situaciones a favor. Durante unos minutos se produjeron acciones más embarulladas provocadas por la incapacidad extremeña y en medio de esa maraña de faltas y jugadas truncadas surgió la figura de Pombo. El zaragozano, reñido con el fútbol desde hace un tiempo, recogió un balón de Guti, dribló a su marcador y batió por bajo a Casto. Una inmensa alegría sumergió a los jugadores en una celebración digna de logros pretéritos y las lágrimas de Jorge fueron la muestra de lo que este equipo está viviendo esta temporada.

  Desde ahí hasta el pitido final aún pudo lograr el cuarto Álvaro, pero su chut se fue alto por poco. Por lo demás, lo más significado fue el debut del canterano Nick, un chico robusto y extenso que lleva el sello de la casa y que protagonizó, de este modo, un guiño al éxito matinal de los pequeños en la Copa de Campeones. Victoria, pues, muy importante que celebró todo el zaragocismo, muy consciente de que lo que ayer se jugaba era algo de una importancia extraordinaria. Quizás la penúltima vuelta de llave de un candado que debe cerrar esta temporada ignominiosa que ojalá sirva para alumbrar un futuro fértil.

CALIFICACIONES

Cristian: 4. Decisivo con sus paradas. Como siempre.

Delmás: 4. Firme, decidido y eficaz.

Álex: 3. Correcto y dedicado.

Verdasca: 2. Tuvo un error grueso, pero en general cumplió.

Nieto: 3. Trabajador y atento a su banda.

Guti: 3. Compensó bien el centro del campo y nutrió de balones.

Ros: 4. Gran partido. Sabe manejar a sus compañeros y trató de ser seguro.

James: 4. Barrió la zona y rompió líneas.

Pep Biel: 3. Logró un gran gol y proveyó de juego. Algo irregular.

Álvafro: 3. Abrió huecos y arrastró a la defensa. Falló en el gol.

Gual: 4. Resquebrajó a la defensa y agitó la delantera con su movilidad. Goleó.

Pombo: 3. Salió con ganas y consiguió un buen gol.

Zapater: S.C.

Nick: S. C.

Sueño con serpientes (Real Zaragoza, 0 – Deportivo, 1)


¡Qué frío hace en las proximidades de la 2ª B! Cualquier zaragocista que ayer optó por asistir al partido que disputaron el Real Zaragoza y el Deportivo pudo comprobarlo. ¿O no se te heló el corazón, apreciado lector,  cuando Pedro, otro ex-zaragocista que se reivindica cuando el escudo del león se le pone enfrente, clavó un impecable chut cruzado en la red de Cristian?. ¿O no hundiste la barbilla en el pecho cuando el árbitro pitó el final del choque? ¿O no miraste aterrado la pantalla de tu móvil para comprobar que, en efecto, las llamas del infierno llaman a nuestra puerta? Es seguro que sí. Que sí a todo.

  En el minuto 83 se acabó la tenue luz que hasta ahora había iluminado la esperanza blanquilla. Fue suficiente un despiste defensivo, un bastardo desajuste en el lateral para que el balón cayese a los pies del 15 gallego y se hiciese de noche de golpe. De nada habían servido las pocas cosas buenas que se habían hecho hasta entonces. Nada es suficiente.

Foto: Guillermo Mestre/Toni Galán (www.heraldo.es)

  Y lo peor, si es que no había bastante para sentir tanto dolor, ocurrió a orillas del Mediterráneo. Y en el archipiélago canario. Y en la lejana Galicia. Los demás ganan. Sí, amigos. Casi todos ganan. Menos el Real Zaragoza. Y no por falta de intención, ni por ausencia de interés, pero la voluntad no le da para doblegar a equipos hechos, ellos sí, para empresas más nobles que arrastrar la  miseria y el miedo por los abismos de la categoría.

  La primera parte fue un monumento al desacierto. Ninguno de los dos equipos cumplió con lo que un partido de tal relevancia les exigía. A unos, por la supuesta ambición del ascenso; a otros, por la segura inestabilidad ante el descenso. Hubo, es verdad, un breve tramo en el que los de Víctor gobernaron moderadamente el choque. Los primeros quince minutos, por más exactos. Al poco, el Depor dio un pasito al frente y se decidió a controlar la zona media, aunque con poco criterio. Y al final, le guió el ojo al gol aunque sin acierto en las botas de Borja Valle, pero su chut se fue alto cuando tenía todo a favor.

  Antes, el Zaragoza trató de hacerle daño al equipo gallego por medio de los disparos de Pep Biel en el minuto 7 y de Gual en el 11. Poca cosa y de poca entidad. Nada importante. Quien de verdad tenía peligro era el equipo de Martí, más vertical e intenso, si bien la puntería tampoco es uno de sus fuertes.

  Se llegó al descanso con el 0-0 en el vetusto marcador de la Basílica, lo que fue interpretado por la afición zaragocista como un mal menor. Todos pudimos ver que la maquinaria del centro del campo no funcionaba con fluidez y que los laterales tampoco estaban cumpliendo con el seguro mandato de rasgar las costuras gallegas con incursiones metálicas. La defensa acogía los embates forasteros con mediocre claridad y arriba…Bueno, arriba no lucía el sol. No, no había claridad ni argumentos nítidos. Solo una estéril puesta en escena.

  Regresaron ambos equipos al césped con los mismos jugadores. Los primeros minutos fueron de tanteo obtuso, transmitiendo a la grada que el resultado a evitar era la derrota, por lo que el empate podría no ser demasiado malo. Inexactas acciones, lentas ejecuciones y total abulia. Si en algún momento habíamos pensado que Papu podría agitar algo el partido en seguida se nos olvidó. Víctor pensó lo mismo y en el minuto 54 lo sustituyó por Guti.

  El partido llevaba camino de ahogarse en el vaso de la inactividad hasta que Pep Biel capturó un balón que por allí pasaba para llegar con rapidez y decisión al balcón del área. Su disparo, un tanto fláccido, fue despejado por Giménez. Era la primera ocasión de verdad generada por el Real Zaragoza, pero como pudimos comprobar, apoca cosa para conseguir el gol. A partir de ahí, minuto 60, el Depor se quedó el balón y comenzó a buscar con ahínco la meta local. El Zaragoza, agazapado, se aprestaba a cerrarse con orden y tratar de desbloquear el marcador a base de contragolpes. La lástima fue que no supo construir ni uno solo con cierta entidad, mientras que los minutos corrían camino del empate final.

  Diez minutos más tarde Eguaras, lesionado, abandonó el terreno de juego. No estaba teniendo una tarde memorable y su puesto lo ocupó un revolucionado Ros que contribuyó a que el equipo aragonés viviese sus minutos más relevantes. Marc Gual puso a prueba a Giménez con un chut raso y poco después Pep Biel probó fortuna con un disparo lejano que se fue fuera por poco.

  Pero sería en el minuto 75 cuando el Zaragoza disfrutó de su mejor ocasión. Mejor dicho: de sus tres mejores ocasiones. Biel remató desde el borde del área, obligando a Giménez a una buena parada. El rechace lo recogió Gual, pero el portero deportivista sacó una mano milagrosa. El balón, juguetón, rodó por el área pequeña y fue recibido por Álvaro, pero su remate no llegó a buen puerto. Una lástima, pues el Zaragoza había ido a por el partido con poca fortuna en la finalización.

  Y como todo puede ir siempre un poco peor, sucedió. La Romareda recibió con una sonora pitada a Pedro, jugador muy poco querido por su indolencia y distancia afectiva con quien fue su afición. Y quien más quien menos se temió lo peor: este nos ha de amargar la tarde. ¿Podía ser? Sí. ¿Sería? Probablemente. ¿Fue? En efecto. El alicantino recibió un balón completamente libre de marca (¡ay, esos errores defensivos!), controló con la suavidad que dan los años y la experiencia y cruzó un chut envenenado que Cristian no pudo detener. Era el minuto 83.

  El zaragocismo enmudeció. El abatimiento se hizo dueño de nuestros corazones con tal intensidad que de las gargantas de los fieles no salió ni siquiera un grito de reproche. Víctor sacó a Pombo al campo y el equipo del Ebro se enmarañó de tal modo que de ahí hasta el final no fue capaz de ligar ni una sola jugada con criterio. Ni los cinco minutos de extensión ni los desesperados intentos blanquillos sirvieron para lograr el gol del empate.

  Gual lo intentó a un minuto del final pero su remate tuvo el mismo final que todos los demás: la nada. El partido acabó, la afición protestó y los jugadores mostraron su abatimiento en una preocupante demostración de que están superados por la situación. Hay motivos más que razonables para estar muy preocupados, pues el desastre se aproxima a una velocidad de crucero que ya querríamos para huir de este incendio de Atlanta que amenaza con destruirnos.   

  De momento el equipo depende sí mismo. Lo que no sabemos es si es una buena noticia u otro argumento para echarnos a temblar.

 

CALIFICACIONES

Cristian: 3. Poco trabajo. En el gol se vio superado.

Delmás: 2. Poco expeditivo en defensa. El faltó profundidad en ataque.

Guitian: 2. Discreto y poco contributivo.

Verdasca: 2. Moderadamente correcto. No aportó salida.

Nieto: 2. Fue de más a menos. Sufrió en defensa y en el gol se desubicó.

Eguaras: 2. Tocó y tocó, pero no generó.

Zapater: 2. Luchó lo indecible, pero no contribuyó.

Papu: 1. Falto de forma y ausente en muchos momentos.

Pep Biel: 3. Activo y vertical, pecó de inexacto.

Gual: 2. Trabajó y se empeñó, pero no acertó.

Álvaro: 1. Opaco y poco importante. En el gol se desubicó.

Guti: 2. Trabajó con denuedo, pero no sumó.

Ros: 2. Activó al equipo, pero algo revuelto.

Pombo: S.C.

Un trébol de tres goles (Córdoba CF, 0 – Real Zaragoza, 3)


  Cuando un equipo gana 0-3 lo primero que nos viene a la mirada es que seguramente se ha producido gracias a una evidente superioridad del vencedor. Sin embargo, en este juego desagradecido y sumamente injusto en tantas ocasiones, no siempre es así. Por   ejemplo, ayer. La victoria del Real Zaragoza ante el desnutrido Córdoba es un triunfo que nos salva momentáneamente del hundimiento y más importante de lo que algunos consideran, pero no es una noticia calmante. No de momento.

Foto: Álvaro Carmona (www.heraldo.es)

  El Zaragoza ganó, sí, pero conviene analizar las cuatro circunstancias que propiciaron esta victoria: a que el Córdoba no consiguió transformar varias ocasiones muy claras, a que su defensa es muy flojita, a que Gual ayer estuvo acertado y fino en la resolución y a que Cristian es el mejor portero de la categoría. En definitiva: gracias a que el fútbol ayer nos regaló tres puntos no sé si inmerecidos, pero que valen su peso en oro.

  La primera parte de ayer fue un castigo durísimo para las dos aficiones ayer contrincantes. Para la local porque la desolación se instaló en la grada del Nuevo Arcángel para certificar la defunción de un club histórico; para la visitante porque las urgencias del choque produjeron una inmensa desazón en sus filas ante el despropósito que su equipo estaba protagonizando. Sabiendo lo que se jugaban, los jugadores tomates no afrontaron el encuentro con la energía y rasmia necesarias y esa actitud fláccida y suicida favoreció que el Córdoba se acercara con insolencia al área de Cristian con peligro más que notable después de un inicio insulso y poco presentable que duró quince minutos.

  En ese momento fue cuando Ros ejecutó la primera acción con vocación de gol, pero lo hizo muy mal y pareció despertar al joven delantero cordobés Andrés Martín, que cabeceó con gran peligro para llevar el balón al larguero. Este gesto espoleó a los rojillos, esta vez gracias a una aproximación de Marc Gual que no acertó con su decisión. En lugar de encarar al portero Marcos, se aprestó a ser generoso y le dio, mal, el balón a Álvaro, que no acertó a recibir en buenas condiciones.

  A partir de esos momentos el Zaragoza se apropió del balón y aumentó los minutos de posesión, si bien esta se convirtió en un manoseo estéril que no anunció, en ningún caso, la luz del gol. La lentitud y el ritmo casi vagabundo del fútbol de los aragoneses era producto de la vergonzante parsimonia con que los Eguaras, Biel y Ros deambulaban por el centro del campo, además de la inexpresiva actitud de Gual, Álvaro y Ros, este último muy disminuido por un golpe que poco después le obligaría a abandonar el campo para dar entrada a Guti.

  En medio del sopor Biel se acercó a la meta contraria con juvenil osadía en el minuto 28, pero su acción final no encontró puerta. Fue lo más cerca que estuvo el equipo de Víctor del gol, que sin embargo estuvo a punto de encajar un par de tantos en las botas, otra vez, de Martín. Primero con un centro muy cerrado que solucionó Cristian gracias una eléctrica intervención. Después, rechazando con energía porteña un lejano chut, de nuevo, de Martín. Cristian, ese hombre que desgrana sabiduría futbolera con cada escueto gesto que nos regala.

  Sí, amigo lector. Si alguien merecía ganar en el momento de retirarse a la caseta en el descanso, ese equipo era el agonizante Córdoba. Por actitud, por aptitud, por fútbol y por vocación. Y esas eran muy malas noticias. Algo había que hacer si el Zaragoza quería arañarle la barba al califa destronado. Algo era preciso cambiar, pues por el camino recorrido hasta ese instante solo se podía llegar al abismo de la derrota. Terrorífico destino, en tal caso.

  El regreso al verde fue una seca fotografía del equipo que tiene posesión pero ninguna solución. El balón permanecía cosido a las botas de los zaragocistas, pero tan insustancial manejo, tan desustanciada gestión no producía ningún rédito. Solo desesperación en el mister, que no se creía la horrenda puesta en escena de sus muchachos.  

  Sin embargo, una jugada mal considerada por la defensa andaluza permitió a Delmás centrar para que Gual cabecease forzadamente. No estuvo mal, para lo poco que hasta ese momento nos habíamos llevado a la boca. Y poco después un amigo para siempre de nombre Muñoz le regaló un balón mal conbtrolado a Gual. El joven catalán se vio ante el portero y en ese momento, varios meses después, logró activar la llave de la luz para batir a Marcos.

  El 0-1 era la primera, y única, buena noicia de la noche. Un gol que abría el horizonte, que lo ensanchaba un poco, pero que no parecía suficiente para cerrar el choque. Había que ser muy firmes en el juego, pues el Córdoba se echó al monte y puso cerco a la meta de Cristian. Primero Alfaro, con un disparo que salió fuera por poco, y luego el zaragozano Chus Herrero estyvieron a punto de marcar, pero no era la noche del Córdoba. Ni la temporada, por lo que sabemos.

  El partido estaba en un ay, pero la defensa cordobesa estaba empeñada en abrir su puerta de par en par. Un nuevo error habilitó a Álvaro, pero el delantero zaragocista chutó al cuerpo de Marcos, en una nueva prueba de ineficacia goleadora. Y prueba de que no había que desaprovechar ninguna oportunida fue la siguiente jugada a cargo, de nuevo, de Martín. Protagonizó un contraataque vertical y vertiginoso que resolvió con un chut estratosférico que Cristian, el Divino, despejó con una preciosa palomita. Se estaba jugando con fuego sultán y el zaragocismo supo que o se metía un segundo gol o la noche podría convertirse en una hoguera indeseada.

  Afortunadamente, Gual había llegado anoche para quedarse. En el minuto 75 recogió un balón y en una buena acción individual batió a Marcos con un chut raso. Un segundo gol que vitaminó al equipo y acabó por derrumbar al futuro equipo de Segunda B. El Real Zaragoza estaba ganando un partido que, en realidad, estaba perdiendo el Córdoba. A ese perro flaco acudieron todas las pulgas del Guadiana y se agarraron con fuerza a su famélico lomo. Y solo por eso llegó el 0-3, cuando le defensa andaluza acabó por firmar su noche más terrible con un nuevo error que aprovechó, insaciable, Gual.                                                            

  El hat trick del delantero catalán perimitió al Zaragoza lograr tres puntos muy importantes y la situación tan favorable propició que Papu regresase a los terrenos de juego tres meses después. Buena noticia para el Zaragoza que estuvo a punto de redondear tras una jugada de Vázquez. No logró convertir, pero fue un breve destello en medio de la negrura del juego zaragocista, que aún tuvo ocasión de ensuciar con una mala defensa en el minuto 83 cuando Chus Herrero a punto estuvo de marcar.

  Los chicos celebraron la victoria con una alegría que simboliza la importancia de los tres puntos. Toda la tensión, el vacío que envolvía la mente del equipo desaparecieron tras el pitido final mostrándonos a todos que el equipo está sufriendo muchísimo y que la presión del momento podría haber en la sima del fracaso a un grupo incapaz de afrontar una situación de altísimo riesgo. Ahora quedan seis combates que deben ser afrontados con la mente limpia y el corazón armado. Y el calor del aliento de una afición indesmayable a la que la Historia le debe una compensación que merece por grandeza y gallardía.

 

CALIFICACIONES

Cristian: 5. Impresionante su trabajo. E impagable.

Delmás: 3. Trabajador, comprometido y esforzado.

Guitián: 2. Inexacto e irregular.

Verdasca: 1. Incierto e inestable.

Nieto: 3. Esforzado en defensa y vertical en ataque.

Eguaras: 1. Demasiados errores y poca claridad.

Ros: 1. Confuso en la conducción e inestable en la cobertura.

Pep Biel: 2. Tuvo claros y oscuros. Atrevido pero poco equilibrado.

Soro: 1. Poco participativo y confuso.

Gual: 4. Lograr cuatro goles lo eleva a una posición de mayor claridad.

Álvaro: 2. Trabajó con interés pero poca luz.

Guti: 2. Desubicado y con poca aportación.

Papu: 2. Activo y vertical

Zapater: S.C.

Sin reblar (Real Zaragoza, 0 – AD Alcorcón, 2)


Que lo sepa el mundo. “Reblar” es un verbo que utilizamos en Aragón para expresar que no vamos a ceder, que permanecemos empeñados en un propósito. Y “Sin reblar” es el título del himno del Real Zaragoza de los años 70 hasta que en 1986 se adoptó el actual. Mi niñez, en fin, estuvo perfumada de las notas de aquel cántico con el que mi Real Zaragoza saltaba al césped de la Basílica para enfrentarse a adversarios de todo pelaje. Sin reblar, pues, es una expresión que es muy nuestra, de todos los aragoneses. No la jodamos.

 

                                                                                                     Foto: Guillermo Mestre (www.heraldo.es)

  Y eso mismo es lo que hoy quiero trasladar a mis lectores. Si ha habido un momento en la historia del club de mi vida en que ha hecho falta atarse los machos y empentar todos en la misma dirección, ese es el hoy que nos toca vivir. Tras la dolorosa derrota de ayer ante un granítico y espumoso Alcorcón, un equipo que se las sabe todas, el Real Zaragoza cayó en las mil y una trampas que los madrileños le tendieron y mordió el polvo de la impericia. Y de la torpeza. Y de la inocencia. Y de la flaccidez física. Y del desacierto. Y del aturdimiento.

  Salió el equipo de Víctor con el mismo espíritu atrevido y vertical que tan buen resultado le dio en Cádiz. Pep Biel, el chico que realizó un gran partido hace unos días y había metido dos buenos goles, ya lo intentó en el minuto 1, pero su disparo lo despejó con una aparatosa palomita. Buen comienzo. Pero mala continuación. En la siguiente jugada el Alcorcón rompió la línea defensiva con una pase blando entre los dos centrales que recogió Juan Muñoz, aquel pepino que nos amargó con su estéril presencia hace dos años, para batir con suavidad a Cristian.

  El crochet fue de categoría. De nuevo a remar contra corriente. De nuevo empezaba un partido con la negrura de un gol en contra estampada en la frente. Y de nuevo una mala praxis arbitral. Boateng agredió a James con una entrada salvaje que solo mereció una amarilla. Muy leve castigo, si consideramos que en estas tierras se ha expulsado a Soro por un leve manotazo después de recibir varias provocaciones. James quedó malherido y tuvo que abandonar el partido minutos después. Si sería flagrante la bárbara entrada del jugador del Alcorcón, que el propio entrenador amarillo lo retiró del campo en el minuto 23 para evitar males mayores El Zaragoza no se encogió, es verdad. Siguió con su argumentario y logró crear varias ocasiones de gol, alguna muy buena. Como la que dispuso Pombo en el minuto 12 que abortó Jiménez con un paradón y la que propuso Nieto poco después, que también rechazó el portero visitante.

  El partido tuvo entonces una fase insípida, en la que el Alcorcón se encontró muy cómodo y el Zaragoza no encontró caminos de conquista, con un Nieto muy activo y con buena energía atacante. Sus centros, sin embargo, no encontraba rematador. Solo uno de ellos lo logró, pero su receptor, Soro, falló clamorosamente su chut cuando tenía todo a favor. Fue la última ocasión antes del descanso, pues los jugadores que tenían que contribuir a enjugar el fiasco de partido que estaba siendo, no encontraban ni caminos nítidos ni recovecos sorprendentes que nos llevasen al empate.

  La caseta fue el lugar del primer cambio. Víctor retiró a Soro, muy obtuso toda la noche, por Linares, buscando más chispa en el ataque. Pero el que primero dio fue el Alcorcón. En el minuto 50 una contra eléctrica de Gavilán le llevó hasta el borde del área, desde

donde lanzó un misil que desvió magistralmente Cristian, el Divino. Fue una jugada que nos mostró la punta de la guadaña por la esquina de la noche. Eso sí, el Zaragoza reaccionó con dos buenas ocasiones que de haberse convertido habrían supuesto el empate y quén sabe si el cambio de rumbo de un bajel que amenazaba naufragio a cada ráfaga de viento en contra.

    Pombo fue el primero. Recibió un magistral balón de Álvaro, escorado a la derecha al estar Linares en el césped, pero su chut, potente y colocado, lo desvió prodigiosamente Jiménez. Otro gol cantado que el del Arrabal desperdiciaba, para su desesperación y la de todos. Poco después fue Linares quien recogió otro buen balón de Álvaro, pero su regate al portero no fue suficiente para alojar el balón en la red. No estaba de Dios que ayer golease el equipo de Víctor. Después de lograr seis goles en dos partidos, ayer no fueron suficientes 21 remates para conseguir ni un solo tanto. La lectura es clara. Si a eso añadimos que la defensa fue un ejercicio de inoperancia, podemos extraer una conclusión no por evidente menos demoledora.

  Esa fragilidad defensiva se demostró poco después, cuando el Alcorcón rescató un balón en su línea de medios y lanzó a su infantería de la mano de Sangalli, que le rompió el espinazo al centro del campo aragonés y llegó a las inmediaciones del área fresco y voraz para regalarle a Juan Muñoz, de nuevo el Pepino, un balón definitivo. Ahí morimos todos. Porque el Alcorcón se maneja en estas aguas revueltas y turbias como un cocodrilo en el Nilo. Sabe lo que hay que hacer, cómo hay que hacerlo y cuándo. Caídas, lesiones fingidas, masajista y doctor al césped, interrupciones…Si se jugaron quince minutos en toda la segunda parte ya se jugaron muchos. Y ahí el Zaragoza se hunde. Como en aquella arenas movedizas de las películas de Tarzán.

    Víctor tiró de repertorio y quitó a Pombo, que recibió una monumental bronca de las que hacía años que no se escuchaban hacia un solo jugador, y puso a Aguirre, que no aportaría nada. El partido estaba amortizado. El Zaragoza no sabía qué hacer, y si lo sabía no supo cómo hacerlo. Solo Guti lo intentó desde lejos con un chut helicoidal que lamió el poste, pero de ahí al final, la nada. Lo más reseñable el grandioso enfado de una afición que ha entrado en pánico y lo expresa con pitidos, gritos y hasta insultos a sus muchachos. Es la muestra de la impotencia, la expresión del horror que merodea por los aledaños del zaragocismo y amenaza con engullirnos a todos. Por eso, es el momento de hacernos fuertes, confiar en Víctor y hacer bueno el título del viejo himno que, una vez, acompañó nuestros éxitos: sin reblar.

CALIFICACIONES

Cristian: 3. Poco trabajo pero evitó un gol cantado. En los goles, poco pudo hacer.

Zapater: 1. Mal partido. Superado, lento e ineficaz.

Verdasca: 0. Horrible en todas las facetas.

Álex Muñoz: 0. No supo qué hacer en ninguna acción.

Nieto: 4. El mejor. Muy bien en ataque y algo más expuesto en defensa.

Eguaras: 1. Inexacto, frágil y fallón.

Pep Biel: 1. Empezó bien, pero en seguida se desinfló.

James: S.C.

Soro: 0. Apagado y sin ánimo.

Pombo: 1. Lo intentó de todas las manera. Tuvo dos excelentes ocasiones, que marró.

Álvaro: 3. Activo, presente y generoso. Dio dos magníficos balones.

Guti: 2. Tuvo que suplir a James, pero es muy diferente. No se encontró.

Linares: 2. Corrió, se ofreció y casi marca.

El sur no existe (Cádiz, 3 – real Zaragoza, 3)


Para el ZGZ el sur no existe. O por lo menos no le muestra su cara amable y vital, pues cada vez que cruza Despeñaperros efectivamente un parte de su alma cae despeñada por los riscos del infortunio. Ayer, otra vez, volvió a dejarse algo de vida a orillas del mar a causa de su flaccidez moral y su delgadez futbolística. Después de encontrarse consigo mismo con dos magníficos goles del nuevo valor del equipo blanquillo, Pep Biel, no supo, no pudo sostener el cielo que estuvo a punto de conquistar.

Podría decirse que lograr un empate ante uno de los equipos aspirantes al ascenso es un logro de gran magnitud, pero el fútbol es un deporte tramposo. Esto es así porque ayer el partido estuvo tan de la mano aragonesa que justamente se puede decir que se perdieron dos puntos. Este es el hecho. Por qué sucedió es harina de otro costal.

Foto: Álvaro Rivero (www.heraldo.es)

 El choque tuvo unos primeros minutos frenéticos, de galope tendido y riendas sueltas. Tanto el Zaragoza como el Cádiz encontraron vías limpias hacia la portería contraria, favorecidos ambos equipos por una débil sujeción en el centro del campo y un enorme acierto a la hora de lanzar líneas verticales. Y de los dos equipos fue el de Víctor el que se acercó con más osadía al área rival. Lo hizo Álvaro en el minuto 6, encarando al portero con gesto de cuchillo afilado, pero su disparo lo neutralizó Sergio Sánchez en la línea de gol. Pero ya la segunda la convirtió Pep Biel tras un suave pase de Igbekeme. La ejecución fue límpida, con un toque sutil de esos que aún les duelen más a los porteros.

El Cádiz también lo había intentado, pero de este intercambio de golpes salió claramente vencedor el Zaragoza. ¿Tuvo algo que ver en el desarrollo del partido la disposición táctica de Víctor con cinco defensas y un tejido interior más conectado? Posiblemente. Es cierto que con esta propuesta tanto Pombo, como Igbekeme y, sobre todo, Pep Biel se encontraron mucho más cómodos, pues con la confianza de unas espaldas más robustas sus salidas hacían más daño y sus movimientos encontraban rutas naturales. Además, el Cádiz no hallaba su libreto ni era capaz de interpretar el guión que durante la semana les había proporcionado su entrenador.

La gran preocupación de la defensa zaragocista era Machís, buen jugador, eléctrico y chispeante que generaba situaciones de uno contra uno de difícil gestión para demás y Verdasca. Lo demás, poco inquietante. El Z sujetó bien los tiempos y los espacios, generando un entorno confortable en el que disfrutó contragolpeando y rompiéndole la noche al Cádiz. De ello se encargaron los tres maquinistas, tratando de proveer de balones a Álvaro, que hizo un trabajo oscuro pero muy útil.

El Zaragoza mantuvo el control del choque. Pombo chutó muy cerca del arco amarillo y en el 34 Eguaras enganchó un disparo seco y crujiente que detuvo con oficio Cifuentes en una estupenda estirada. Había mucho partido a favor por delante, había mucho horizonte que abarcar. Y la prueba de todo ello fue la excelente jugada que protagonizaron Nieto y Pep Biel. El zaragozano se aproximó al balcón del área y le regaló un balón de diamante a Pep Biel. El mallorquín, con una calma propia de un jugador veterano, dribló al portero cadista y alojó con un gesto técnico perfecto el balón en sus redes. Era el 0-2 que nos invitaba a frotarnos los ojos y pellizcarnos el escudo para creernos lo que estábamos viendo.

El partido estaba muy bien enfocado. Y todo hacía pensar que llegaríamos al descanso con ese muy favorable resultado, animados no solo por el resultado sino porque incluso Pombo estuvo a punto de acarició el tercer gol con otro disparo ajustado que rozó el poste derecho. Sin embargo, ya hemos dicho en más de una ocasión que el fútbol es un deporte caprichoso e inestable y el lunes volvió a demostrar que esa es una de las pocas verdades que pocos podemos refutar. Corría el minuto 44 cuando Machís recogió el balón, se aproximó al área de Cristian, mareó a todos sus rivales con varios quiebros y lanzó un misil de imposible gestión por el rosarino. El 1-2 no reflejaba lo sucedido en el campo, pero con eso nos quedamos.

En el descanso los dos entrenadores debieron hablar mucho. El andaluz para reactivar a sus chicos y recordarles que tenían la promoción como obligación; el aragonés, para reiniciar los ánimos de los suyos, algo tocados por el inesperado gol en contra. A la vuelta al campo, el match anunciaba ímpetu amarillo y contención blanquilla. Sin embargo, en el minuto 2 Nieto cabeceó extraordinariamente una buena rosca de Igbekeme logrando el 1-3. Magnífica noticia, sobre todo si se considera que el equipo local tenía una ardua tarea por delante y los de Víctor lo estaba haciendo casi todo muy bien.

El partido entraba en una nueva fase y casi todas las cartas pintaban a favor del Zaragoza. Con todo y eso, si alguien  pensaba que el Cádiz había tirado la toalla al verde ring del Carranza estaba muy equivocado. En el minuto 57 logró un gol que, afortunadamente, fue anulado por falta previa, pero fue una señal de que todo podía pasar. Y sucedió. Cuatro minutos después el recién incorporado Aketxe ejecutó con suave sabiduría una falta al borde del área, logrando un gran gol.

Quedaban treinta minutos. Mucho, muchísimo tiempo. Y un nuevo espíritu impregnaba el ánimo de los jugadores de la bahía. El Zaragoza fue perdiendo fuelle y aunque Víctor trató de equilibrar las fuerzas poniendo a Soro y Ros, era muy evidente que la balanza se inclinaba hacia los dueños del campo. Y del balón. El juego pasaba por las botas del Cádiz y al equipo zaragozano solo le quedaba cerrarse en su campo y rechazar todos los ataques. Como podía, a base de faltas, de arrojo y de rasmia, fue capaz de soportar todos los embates, provocando cierta desazón en sus oponentes. El partido fue muriendo y las aguas volvieron a su caude. Al borde del 90 casi nadie pensaba que Cristian tuviese que sufrir, pues el juego atacante de los locales fue perdiendo gas.  

  Se llegó así al tramo muy final de la batalla. Poco más quedaba por disputar e incluso Eguaras dispuso de una buena ocasión para lograr un nuevo gol, pero su chut salió alto por poco. Y lo que no tenía que ocurrir pero podía suceder, fue. Un balón lateral llegó al área zaragocista. A su disputa acudieron Álex y Vallejo. En el encontronazo, el defensa alicantino derribó al delantero del Cádiz y el árbitro no lo dudó ni un instante. Penalti. Álex Fernández fue el encargado tirar la pena máxima. Desafortunadamente, en esta ocasión Cristian no pudo evitar el mal mayor. Gol y empate cuando el equipo ya estaba a punto de llegar a la orilla.

  Este es el relato de la última batalla librada por los jugadores blanquillos, esos que son capaces de escribir párrafos límpidos y brillantes. Los mismos que también saben descubrir su bisoñez cuando se trata de enfrentarse a guerreros curtidos que muestran sus cicatrices como trofeos. Eso es algo que solo se aprende a base de lamer la suciedad de tantas heridas inesperadas. Ahora es el tiempo de limpiar los escudos.

 

CALIFICACIONES

Cristian: 3. Poco pudo hacer en los goles. Lo demás lo solventó correctamente.

Delmás: 3. Le tocoó bailar com el mejor. Salvó la cara.

Guitián: 4. Buen trabajo en general y muy bien en el corte.

Verdasca: 2. Tuvo mucha responsabilidad en el primer gol. Irregular.

Álex: 2. El penalti, innecesario, le resta credibilidad. Discreto.

Nieto: 4. Muy bien en defensa. Magnífico en ataque. Y goleó.

Eguaras: 2. Desaparecido en algunos momentos, tuvo destellos.

Igbekeme: 4. Con terreno por delante es determinante. Su posición le favoreció.

Pep Biel: 4. El mejor. Deslumbró con el balón, iluminó sin él. Doble goleador.

Pombo: 3. Mejoró partidos anteriores. se le notó cómodo en el campo.

Álvaro: 3. Trabajo oscuro pero necesario. Arrastró a los defensas y abrió espacios.

Soro: 2. Participó poco. No influyó en el juego.

Ros: 2. Poco consistente. Su juego no aportó solidez.

Linares: S.C.

Tres, fueron tres (Real Zaragoza, 3 – Nàstic, 3)


 

Cuando aún no habíamos situado nuestra inquietud en los asientos de la vieja Dama
Blanca, esa Romareda digna de noches más honrosas que un enfrentamiento de
segunda, el incierto Verdasca ya había logrado el primer gol. Pocos minutos después, en el 19, el muy ponderado Pep Biel, enganchó un vitamínico chut desde fuera del área que no pudo detener Bernabé, convirtiéndose en el segundo del partido. Y en el 40, después de haber conseguido evitar que el Nàstic acortase distancias gracias a su impericia y a una defensa razonablemente eficiente, fue Delmás quien cerró el partido con un tercer gol que supo a equipo solvente. Un 3-0 poco antes del descanso era un resultado que hacía mucho tiempo que no disfrutábamos ni recordábamos los zaragocistas. Solo los que crecimos acostumbrados a ver ganar al Zaragoza en casa, en aquellos tiempos que la Basílica era fruta prohibida para cualquier visitante.

El partido de ayer fue la respuesta a la inquietud que merodeaba el corazón blanquillo.
A lo largo de la semana se había hablado mucho, y no siempre con buena fe, de lo
peligroso que sería no vencer al flacucho Nàstic. El lío tremebundo en que podría meterse este equipo a cuyos jugadores no vemos capaces de afrontar con garantías una situación crítica. Por eso el propio Víctor se apresuró a descargar de responsabilidades a lo suyos ya en la rueda de prnesa de Mallorca, después de la dura derrota de la semana pasada. A ello había que añadir las lesiones de varios jugadores y la baja forma de algunos otros, como Pombo. Mal panorama, pues, en el que se ha movido el equipo estos días. Por eso, la victoria es tan importante.

Víctor utilizó a cuatro jugadores que no habían jugado la jornada anterior y seguro que
su mensaje en el vestuario fue una ráfaga de Estimulina rociada con varios cargadores de Motivacionil. Esto se tradujo en un comienzo de partido chispeante, cargado de intensidad y verticalidad. Eso y el gran acierto de sus jugadores a la hora de afrontar la portería de Bernabé ayudaron que en seguida se abriese el horizonte. El gol de Verdasca, ayer muy centrado en lo que sabe y tiene que hacer, fue un chute de energía para el equipo y la famélica grada, ayer solo cubierta por 15.000 fieles (gracias, Tebas).

No hacía falta mucha pizarra ni mucha elaboración. El equipo hacía bien lo que sabe
hacer y defendía con cierta corrección los desesperados ataques visitantes. Además, por si la cobertura fallaba, ahí estaban Cristian, el Divino, y el poste para evitar que la fiesta se aguase en lo futbolístico. Y en seguida llegó el segundo. Esta vez fue Pep Biel, muy reforzado por Víctor y muy aplicado respondiendo a su confianza, quien con un chut seco y colocado obtenía la recompensa del gol.

El partido estaba donde el Zaragoza quería y necesitaba. Cómodo en el césped,
aprovechando la quietud del contrario y gobernando con soltura, la afición se dispuso a
disfrutar de una noche plácida y fructífera. No había más equipo que el aragonés y poco a poco aceptamos la victoria como compañera, algo a lo que no estamos acostumbrados, ciertamente. Mientras tanto, los minutos pasaban y las ocasiones se sucedían. Una de Linares, de cabeza, y otra de Delmás, de tiro raso y ajustado al palo, fueron las mejores. Y fue el propio Julián quien, en el minuto 40, cerraría el partido con una estupenda galopada, vertical y decidida. Su disparo, raso y oblicuo, significó el 3-0, lo que sirvió para que el zaragocismo respirase tranquilo y disfrutase del bocata del descanso como hacía meses que no lo hacía.

Tras la ducha, el Zaragoza salió relajado y algo despistado al césped. Por su parte, el
Nàstic pisó la pulcra alfombra con todo, hizo dos cambios y enchufó su fracturado corazón a la desesperación. Dispuso de varias ocasiones no muy claras, pero una de ellas rozó el gol. Verdasca, atento y operativo como hacía mucho tiempo que no le veíamos, salvó bajo palos un envenenado centro de Suárez. Viendo lo que estaba sucediendo, el mister dio a entrada a Pombo por un laborioso pero estéril Linares. Estaba claro que se buscaba la reactivación, agitar un partido ya desmembrado en su planteamiento y su desarrollo y, de paso, darle al chaval la ocasión de redimirse ante los suyos y, sobre todo, ante sí mismo.

Y lo intentó con el alma. Hasta en dos ocasiones arrimó su voluntad al gol. La primera
se le fue alta por mucho y en la segunda construyó una rosac bien intencionada pero fácil para Bernabé. Era la puesta en escena de un Zaragoza conforme con los tres goles y dispuesto, si se daba el caso, a lograr un cuarto tanto siempre, eso sí, que sus
descoordinados contraataques le dieran para ello.

No fue así y lo que sí sucedió fue que el Nàstic lo intentó a base de coraje y pundonor,
llevado por la desesperada situación que lo lleva, de cabeza y pies, a Segunda B. Logró
su propósito de encerrar al Zaragoza en su área pero una vez más ahí estuvo Cristian
para evitar hasta tres posibles goles, una a Fali, al saque de una falta, y dos más a
Suárez, sin duda el delantero más atractivo de los catalanes. La entrada en el campo de
Zapater y Guti le dio algo de oxígeno a un Zaragoza dispuesto a saborear una victoria
vital y que en ningún momento se vio amenazada.

Así fue como llegamos al final. El equipo hizo lo más difícil, direccionar el partido muy
pronto y evitar angustias que podrían haber necrosado un futuro que ahora se ve un poco más limpio. Habrá que ser inteligentes y diligentes para gestionar las semanas que quedan hasta el final de la liga.

CALIFICACIONES
Cristian: 4. Otra vez, el mejor.
Delmás: 3. Sufrió en defensa en los balones largos, si bien luchó lo indecible. Y goleó.
Guitián: 4. Majestuoso y gobernante.
Verdasca: 4. Buen partido. Centrado, colaborador y goleador.
Lasure: 2. Le sigue falta chispa y encontrar la solución adecuada a cada situación.
Eguaras: 3. Dirigió con suavidad al equipo. Le faltó el último pase.
James: 3. Trabajador e incisivo.
Pep Biel: 4. Gran trabajo. Además, logró un gran gol.
Soro: 4. Encara, combina y mueve al equipo.
Álvaro: 3. Buen agitador, su trabajo desequilibró a la defensa contraria.
Linares: 2. Trabajó mucho pero no encontró su sitio.
Pombo: 3. Su salida sirvió para descompensar las líneas contrarias. Chutó con fe.
Zapater: 2. Salió a oxigenar y lo cumplió.
Guti: S. C.