Dos misiles para vivir (Rayo Majadahonda, 2 – Real Zaragoza, 2)


El Real Zaragoza encontró ayer la llave de la calma en los dos golazos que lograron
el jovencísimo Soro y el inmaculado Eguaras cuando la tormenta amenazaba con
desarbolar la frágil nave blanquilla. Dos pequeñas joyas que nos enseñaron un camino
que no sabemos si nos lleva a la vida o será demasiado corto para poder respirar mucho
tiempo.

soro

En el desangelado campo del Cerro del Espino, el equipo de Víctor sufrió mucho. Y
también sufrió el zaragocismo. Seguro que más de un zaragocista apagó su televisor
cuando el Rayo logró su segundo gol y dejó de ver el partido en la infame retransmisión
compartida que ayer nos regaló la LFP. Todo completamente comprensible. Jugar al
fútbol es una apuesta que conlleva riesgos y este Zaragoza de Víctor asume muchos, a
veces demasiados para una categoría tan destructora como la segunda división.

Pero ese es nuestro Zaragoza, el que tantos y tantos zaragocistas amamos. Lo que
sucede es que este modo de estar en el mundo requiere de algunas virtudes que ahora
mismo no nos acompañan. Requiere de más acierto en el gol, de más atrevimiento en los
metros finales y de mayor seguridad en la defensa. No mucha, pero sí más. Porque si no
se mete un gol más que el rival, si siempre hay que jugar contra el resultado, si cada
balón que nos llega hace saltar todas las alarmas, entonces es muy difícil gobernar los
partidos.
El de ayer fue del Real Zaragoza durante los primeros treinta minutos. El balón era
rojillo, Eguaras manejaba con poca profundidad pero con cierta presencia y la segunda
línea merodeaba el área local aunque con poca profundidad. Todo eso no estaba mal del
todo, pero en ningún momento se amenazó con seriedad la portería del Rayo. En los
aledaños del área contraria se perdía la posesión y había que volver a empezar una y
otra vez. Aun así, los de Víctor fueron capaces de generar una bonita jugada de ataque
por la banda izquierda que acabó en un magnífico cabezazo de Soro que repelió el
poste. Habría sido un gran gol y, sobre todo, le habría cambiado la cara al partido.

Prueba del abrumador dominio aragonés es la sucesión de corners y balones centrados
que el Zaragoza generó, pero prueba de su ineficacia, también, es la ausencia de
disparos a puerta. Mucho fuego de artificio, pues, pero nada de sustancia. Y en esas
estábamos cuando de nuevo volvió a ocurrir lo contrario de lo que todos esperábamos.
En una de las primeras aproximaciones del Rayo Majadahonda a la portería de Cristian,
Ruibal rompió la línea defensiva, le encontró la espalda a Álex, dribló a Cristian y logró
el primer gol madrileño. Una vez más, con muy poco nos sacaban los colores.

Se llegó al descanso con caras largas y gestos de decepción, pues el gol se encajó en el
minuto 42 y eso escuece mucho. Sobre todo si se tiene la sensación de que el marcador
podría ser el inverso. Y lo peor fue que la salida de la caseta activó al equipo madrileño,
que mostró desde el minuto 46 una actitud muy positiva y aguerrida. Acorraló al
Zaragoza, lo asedió y generó un estado de nervios muy dañino para los de Víctor, que no sabían qué hacer. En el minuto 48 Lasure derribó a Isaac, pero el árbitro, extraña y
afortunadamente, no pitó penalti. Habría sido un mazazo descomunal. Sobre todo
considerando que poco después Fede Varela remató, solo, un rechace de Cristian
después de una buena jugada de ataque del Rayo. Esta acción mostró las vergüenzas de
un equipo extremadamente fláccido en algunas situaciones que ya se repiten demasiado.

El 2-0 parecía un resultado muy difícil de remontar. Víctor ya había puesto a Álvaro
enel césped en lugar de Pombo, apagado y mortecino, y tras el segundo gol en contra
utilizó a Papu en lugar de Zapater. De algo sirvió, pues el equipo tiró de orgullo y buscó
el gol a trompicones pero con denuedo. Y tirando de talento. Fue Soro, el joven ejeano
que ayer jugó un muy buen partido, quien se encargó de encoger la miseria. Recibió un
balón interior de Lasure, lo controló con maestría y largó un zurdazo metálico que batió
sin remisión a Cantero. Un golazo. Quedaba poco tiempo, pero sobraba necesidad.
Lograr el empate se antojaba muy complicado pero si se conseguía supondría un valioso
bálsamo para las sangrantes heridas del equipo.

Papu estuvo a punto de lograrlo con un chut cruzado que rozó el poste, pero sería
Eguaras, ayer más cerca del jugador sedoso y crucial del año pasado, quien lograría
igualar el match. Lo hizo con un chut lejano, de volea, tras dos remates previos
rechazados por la defensa contraria. Un gol precioso que servía para moderar el desastre
que habría sido caer derrotados ante un rival directo y para atemperar el estado de
ánimo del equipo y de la afición. Eguaras lo celebró con enorme alegría, no en vano es
su primer tanto con la camiseta zaragocista, y el banquillo y los compañeros se sumaron
a la fiesta, conscientes todos de lo mucho que ayer nos jugábamos.

Punto enjuto pero nutritivo. Se le gana el goal average a un rival directo y podemos
hacerlos bueno si el viernes se derrota al Oviedo. En esas estamos, en este territorio
famélico habitamos, pero es muy importante que todos sepamos quiénes somos y de
dónde venimos. A dónde vamos lo veremos día a día.

CALIFICACIONES

Cristian: 3. Buen trabajo. Serio y correcto.
Benito: 2. Le faltó profundidad en la banda y mejor fijación en defensa.
Guitián: 2. Discreto y justo en la tarea.
Álex: 1. Perdió la posición en ocasiones y no ajustó su espalda.
Lasure: 1. No se encuentra cómodo en defensa. Su banda es fácil para el contrario.
Eguaras: 3. Manejó bien el partido y logró un gran gol.
James: 2. Irregular y poco exacto en el pase.
Zapater: 2. Trabajó mucho pero no aportó calidad en su propuesta.
Pombo: 1. Desdibujado y poco protagonista.                                                                           Soro: 4. El mejor. Talento, finura y gran trabajo colectivo. Goleó y cabeceó al palo.
Gual: 2. Se esforzó, pero sin acierto.
Álvaro: 1. No está centrado ni encuentra su lugar.
Papu: 2. Peligroso, vertical y voluntarioso.
Biel: S. C.

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Dime tú qué es dudar (Real Zaragoza, 0 – Málaga, 2)


Seguramente el llanto de Marc Gual hizo más grande el partido que jugó ayer el Real Zaragoza frente al árido Málaga. Su desolación es un lienzo compartido en el que cada error en defensa es un brochazo grueso; cada ocasión fallada en ataque es una grieta en la paleta. Un mal cuadro más propio de un tiempo que nos duele y del que nos va a costar una vida deshacernos. Algo con lo que nos cuesta convivir porque nuestra sangre corre por venas de delicia futbolística, no por gruesas arterias de pico y pala. Ayer, es decir, un equipo valiente y de dulce vocación acabó destrozado por la rugosidad de las armaduras enemigas. Y eso duele.

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  El Real Zaragoza de Víctor tiene unas cuantas limitaciones futbolísticas pero también dispone de argumentos que enamoran. En un encuentro dado a la pugna y al choque virulento, los blanquillos trataron el balón con sumo gusto en todo momento, tratando de hollar la aguerrida defensa malacitana. Jugó con pases medidos y combinaciones pacientes buscando un hueco por el que penetrar y llegar a los dominios de Munir, pero la grada en seguida fue consciente de que aquello iba a ser duro. Muy duro.

  El Málaga se encerró en su territorio y decretó que allí no entraba nadie. Nadie, al menos, con el balón jugado. Sin embargo, eso no fue obstáculo para que los de Víctor, bien comandados por Eguaras y alentados con sus galopadas por Pombo, se atreviesen a todo. Así, el 8 zaragocista lo intentó en seguida con un chut lejano y poco después con un disparo desde el borde del área que repelió bien Munir. Eran acciones verticales que definían muy bien la propuesta zaragocista si bien se hacía necesario definir el plan, algo que no parecía fácil de lograr.

  Al filo de la media hora una mala cesión de Lasure habilitó a Blanco, que se plantó ante Christian dispuesto a todo. Afortunadamente la actuación del portero y la torpeza del delantero fueron suficientes para abortar la ocasión. Que no sería la última, pues unos minutos después se produjo una falta lateral a cargo de Guitián. Bien ejecutada, el central Ricca remató el 0-1. Demasiada recompensa para muy pocos méritos, pero sabido es que el fútbol es ese deporte no siempre generoso con el voluntarioso.

  Si Marc Gual hubiese acertado en su remate unos minutos después, el partido habría entrado en una segunda fase atractiva para el Zaragoza, pero su chut salió desviado junto al poste izquierdo. Quizás era el preludio de lo que iba a suceder en la segunda parte, pues desde entonces hasta el descanso poco más sucedió. El Zaragoza merodeando el área contraria y el Málaga entorpeciendo cualquier gesto futbolístico de interés.

  En el descanso, Víctor quitó a Guti, aún debilitado por su proceso febril, y le pidió a Soro que agitase la defensa andaluza. El de Ejea cumpliría de sobras, muy bien conectado con Benito y Pombo, con gestos y acciones muy interesantes que auguran un buen futuro. Y el partido nos mostró algunas posibilidades que la afición alentó con su apoyo.

  Se ejecutaron varias acciones de peligro que no acabaron en gol por la impericia de los delanteros aragoneses. Protagonismo especial tuvo Gual, quien dispuso de dos situaciones muy claras de gol que no acertó a transformar. La primera tras robar él mismo un balón que no llevó hasta la red contraria porque su disparo llegó debilitado a Munir. La segunda, la más clara, tras un precioso taconazo de Soro que le permitió plantarse solo ante el portero marroquí. Sin embargo, de nuevo su disparo encontró al arquero malaguista cuando ya la grada cantaba gol. No era su noche, como hace ya mucho tiempo que no lo es, y eso generó impaciencia en la afición y ansiedad en el equipo.

  A todo ello no ayudaba una actuación arbitral desastrosa, claramente perjudicial con el Zaragoza y contemplativa con la dureza extrema de los jugadores del Málaga. La prueba más evidente es la lesión de Ros tras una violenta entrada de Keidi que trastocó no solo los planes de Victor sino el peroné del navarro. Así, el entrenador zaragozano tiró de velocidad, la de Aguirre, y de compromiso, el de Zapater con la intención de al menos equilibrar la balanza. No sirvió. El partido moría, la grada alentaba y los chicos del león tiraban de corazón, pero no alcanzaba.

  Y como hemos escrito más arriba: el fútbol es bastardo y cruel con el débil. Y ayer se volvió a demostrar. Una jugada embarullada, con la defensa descolocada y alborotada fue la antesala del segundo gol visitante. Adrián acertó a rematar un balón travieso que por allí andaba y se acabó la luz. Un 0-2 demoledor en cuanto a la clasificación pero un partido para el orgullo, la esperanza y la fortaleza de ánimo que tiene que mantener este equipo para salir del horrendo pozo en el que nos hallamos.

  Se jugó bien y la iniciativa y la propuesta futbolística nos agradan, pues comulgamos con ellas. Ahora hay que solucionar los errores que se cometen en ambas áreas. Y eso solo se consigue con trabajo, compromiso y deseo de mejorar. Y con un par de fichajes que ayuden a evolucionar y fortalecer al grupo.

Foto: José Miguel Marco / Toni Galán (www.heraldo.es)

CALIFICACIONES

Christian: 3- Poco trabajo bien resuelto.

Benito: 4. Estuvo fantástico. Incisivo y creativo por su banda.

Gutián: 3. Correcto en general, en los goles algo más puco hacer.

Álex: 2. Algo inestable, le faltó contundencia.

Lasure: 2. Irregular y falto de rigor táctico.

Eguaras: 3. Gobernó adecuadamente el equipo. Le faltó físico.

Ros: 3. Trabajador, generoso y presente.

Guti: 2. Algo debilitado, su aportación se quedó a medias.

Ibekeme: 4. Estuvo acertado casi siempre. Emergió en situaciones complicadas.

Pombo: 4. Está a gran altura. Incisivo y talentoso. Debe mejorar el chut.

Gual: 3. Extraordinario derroche e inteligencia en sus movimiento. Lástima sus errores.

Soro: 4. Estuvo fino, creativo y transgresor.

Aguirre: 3. Aporta velocidad y regate. Quizás con continuidad veamos al mejor Aguirre.

Zapater: 3. Como siempre: su tesón, rasmia y fe son encomiables.

El sueño necesario (Sporting, 1 – Real Zaragoza, 2)


Ayer fue un día mágico, uno de esos día de amaneceres prolongados y atardeceres extensos. Ayer el Real Zaragoza fue capaz de vencer al Sporting en el magnífico escenario de El Molinón tras un partido disputado con atrevimiento y fortaleza mental. La victoria refuerza la esperanza y consolida una idea que ha impregnado el alma de los chicos y el corazón del zaragocismo.

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  La visita a Gijón siempre es difícil. Víctor lo sabía; los jugadores lo sabían y los aficionados teníamos la certeza de que iba a ser un choque de alta intensidad y enorme exigencia. Y de confirmar todo eso se encargó el equipo asturiano. Desde el pitido inicial los herederos de Quini se dispusieron a la batalla con un empuje inusitado que los blanquillos no supieron ni pudieron contrarrestar. Fruto de ese ímpetu fueron varias ocasiones de gol de cierto relieve que la zaga zaragocista solventó con acierto y  con alguna intervención de Cristian que nos recordó al seguro de vida que fue la temporada pasada.

  En medio de esa tormenta ofensiva local llegó la oportunidad más clara del Sporting. Cristian le dio el balón a Eguaras quien, lento y despistado, se vio superado por la presión de dos jugadores. Perdió el balón y Djurdjevic se quedó solo ante el rosarino. Sin embargo, su chut lo escupió el poste cuando ya todos cantábamos gol. Fue el primer aviso de que aquello iba en serio, pero no fue suficiente para que el Zaragoza se diera cuenta de dónde estaba y comenzara a activar los mecanismos dormidos de su maquinaria. Aun tuvo Blackman otro momento favorable para inaugurar el marcador, que no convirtió, a la espera de más situaciones favorables. Esta llegó un corner mal defendido que Djurdjevic remató resolviendo una melé propia de un patio de recreo de la EGB y poniendo el 1-0 en el marcador.

  Fue una buena bofetada futbolística que el equipo de Víctor acusó y que sirvió para despertar y comenzar a llevar el balón al área de Mariño. Ros y Guti ejercieron de palanca generadora de juego y Eguaras inició una fase de participación muy interesante. Buena parte de la responsabilidad de esta reactivación la tuvieron varios jugadores: Igbekeme se soltó y tiró líneas verticales, Lasure comenzó a acordarse de cómo se juega al fútbol por la banda y Pombo se hizo el amo de la entrelínea, convirtiendo cada acción en una pequeña obra maestra que descolocaba a sus contrarios. Y de una de estas aproximaciones llegó el primer gol del Zaragoza. Un buen centro de Ros lo remató impecablemente Álex Muñoz, equilibrando un partido que ya era claramente de los blanquillos.

  El Sporting se quedó grogui. El derechazo al mentón lo acusó de tal modo que a partir de ese momento ya solo hubo un equipo en el césped del precioso estadio asturiano. El equipo funcionaba como una máquina de precisión y así llegó el segundo gol. Un extraordinario pase de Eguaras a Lasure habilitó al aragonés para centrar al área chica y esperar el remate de Gual. El catalán, muy activo y brillante incluso en los desmarques y quiebros pero desafortunado en el remate, no acertó tampoco en esta ocasión. Afortunadamente, apareció Guti, que remató cruzado para alojar el balón en la red de Mariño. Era el 1-2, el premio a un partido muy bien gobernado y perfectamente ejecutado por el Zaragoza.

  Aún pudo aumentar la ventaja si en el minuto 42 el árbitro hubiera pitado un claro penalti del portero local a Gual, pero este lo único que recogió fue una tarjeta amarilla por simulación. No importó. La segunda parte comenzó con un Zaragoza serio, firme y gobernante. Al Sporting no le quedaba más remedio que irse con todo adelante, pero Víctor, con Loreto en la banda, dispuso muy bien a los suyos y propuso un plan en el que con una contención inteligente se podía manejar bien la situación.

  Todo pasaba por mantener el balón lejos de la portería propia y aprovechar las superioridades generadas a partir de la posesión. De este modo, el Zaragoza disfrutó de dos buenas ocasiones antes del minuto 60 que no supo aprovechar. A los movimientos de José Alberto, el entrenador local, respondió Víctor con la aportación de Papu y Zapater, con una clara intención de sostener el protagonismo. El Sporting no encontraba ni el ritmo ni el estilo para generar situaciones de peligro y como única idea optó por acumular delanteros.

  En medio de una situación de claro control aragonés, destacó un gran cabezazo de Djurjevic al que contestó Cristian con una grandiosa parada que sirvió para salvar dos puntos de enorme valor. Fue una intervención marca de la casa, como aquellas que nos regaló el año pasado para llegar hasta las más altas cotas de la ilusión. Y ayer, en cierto modo, es lo que ocurrió: que el Zaragoza jugó un partido de futuro, de camino abierto hacia el mañana.

CALIFICACIONES

Cristian: 4. Gran partido, serio y determinante.

Delmás: 3. Luchó y trabajó lo indecible, con acierto y compromiso.

Guitián: 4. Serio, inteligente y contundente.

Álex: 4. Bien colocado, certero y seguro. Y goleó.

Lasure: 4. Recuperó su esencia. Si se atreve, es un gran lateral.

Eguaras: 3. Su físico aún lo limita, pero tiene detalles de figura. Su pase, magistral.

Ros: 4. Impecable en el esfuerzo y acertado en sus decisiones.

Guti: 4. Su presencia es de incalculable valor. Da equilibrio y fortaleza. Goleó.

Igbekeme: 4. Su verticalidad y descaro son claves.

Pombo: 4. Está enchufado y comodísimo con su rol. Altísimo nivel.

Gual: 3. Tiene movimientos de gran calidad. Le falta definir.

Papu: 2. Su salida aportó cierto desequilibrio.

Zapater: 3. Entró con todo y lo dio todo.

Aguirre: S.C.

He visto al Zaragoza (Real Zaragoza, 2 – Extremadura, 1)


   He visto varias veces el vídeo que el Real Zaragoza ha publicado en las redes y que muestra cómo celebra el banquillo el gol del Papu. La energía de Víctor, la expresividad de Zapater, la euforia de Belsué, el abrazo monolítico de todos ellos más Guti, Aguirre, Perone y otros más son el nítido argumento que el zaragocismo mostró ayer al mundo entero. Y es que en tan solo cinco días el sol de la llegada de Víctor Fernández ha destrozado la agónica depresión en la que había caído el club, la afición, el entorno mediático y hasta la ciudad después de la horrenda catástrofe que fue la derrota ante el Depor.

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   El partido de ayer fue una oración compartida que recorrió la espina dorsal de una hinchada que, tras el pitido final, vuelve a creer que se puede creer. Lo había anunciado el mister: “El equipo se va a parecer poco a lo que se ha visto hasta ahora”  y lo confirmó en la rueda de prensa previa al partido: “Ojalá seáis capaces de ver los cambios”. Y es que de entrada las principales variaciones fueron la presencia de cinco jugadores que habían desparecido de las alineaciones de Alcaraz: Zapater, Pombo, Álex Muñoz, James y Ratón, unos por necesidad y otros por decisión del mister.

   Pero lo importante no solo fue su presencia, sino la forma en que el Zaragoza afrontó el partido. Hubo decisiones discutibles, como colocar a Zapater de lateral, y otras diferenciadoras, como pedirle a Álvaro que basculase a la banda para dejar a Marc Gual de delantero referencia. Sin embargo, las más decisivas fueron las que invitaron a Pombo a gobernar su destino para que navegase por donde su instinto le aconsejase y propiciar que los pulmones de James recorriesen sus propios senderos.

    Fue una propuesta valiente, transgresora. E inteligente. Desde el primer minuto el Real Zaragoza desarrolló un discurso vertical cuyo único fin era perforar la meta del Extremadura y lo hizo de forma solidaria, agarrándose al esfuerzo común como hacía mucho tiempo que no hacía. Esa propuesta hizo posible que el balón rondara la meta forastera casi siempre gracias a  balones filtrados por Pombo, James y Lasure a un hiperactivo Marc Gual que, sin embargo, no acertó a definir ninguna de esas ocasiones. Lo más cerca que estuvo fue con un chut diagonal que repelió el poste y con un disparo lejano que lamió la cepa del palo.

   La Basílica se frotaba los ojos, atónita ante el relato que le estaba regalando el equipo aragonés. Los jugadores de león galopaban con audacia por el césped y construían jugadas que anunciaban el gol en cada último toque. Sin embargo, la falta de finura al convertir, en muchas ocasiones con Gual como ineficaz protagonista, acabó por pasar factura. Hasta en cuatro ocasiones pudo golear el catalán: minuto 5, minuto 7, minuto 27, minuto 29 y minuto 33, pero ya se sabe, ese burdo tópico que habla de que en fútbol no se puede perdonar. Porque si se hace, en una jugada tonta, en un error infantil puede llegar el gol en contra.

   El Extremadura había dado algunas pinceladas a partir del minuto 19, pero sin peligro real. Sin embargo, en el 37 ocurrió lo peor. Un error de concepto defensivo de Zapater habilitó a Chuli quien le regaló un preciso pase a Willy para fusilar a Ratón. Era el temido escenario, es verdad, pero ayer todo era distinto. La grada reaccionó con gallardía y los muchachos de Víctor siguieron creyendo en sí mismos y en su destino.  Prueba de ello fue el chut duro y seco de James que rechazó con apuros Álvaro y, sobre todo, el disparo de Zapater que sacó Pardo bajo palos.

   La segunda parte comenzó con el deseo de la remontada instalada en los corazones blanquillos. Y la esperanza. Sin embargo, sendas acciones visitantes estuvieron a punto de dar al traste con esa ilusión recién recuperada tras lo visto en la primera parte. Un error de Guitián que habilitó a Carrillo y un balón mal controlado por Zarfino fueron los dos sustos con que se inició la segunda parte. De otra parte, el árbitro no quiso pitar un claro penalti al propio Guitián.

   El partido estaba muy abierto y había que cerrarlo. Todo comenzó con el gol de Pombo. Fue en el minuto 57, cuando tras un chut de James el zaragozano recogió el rechace y batió a Álvaro. La explosión de alegría de la hinchada iluminó la noche y en ese mismo momento Victor decidió poner a Delmás por Zapater, quien nos dio a todos una lección de zaragocismo con su frenética carrera hasta la banda. Rodri, el entrenador extremeño, vio venir la avalancha zaragocista y tomó medidas defensivas de alto grado. No fueron suficientes. Víctor reaccionó utilizando a Papu, que volvía, por Guti, y el georgiano respondió a la fe que el entrenador aragonés tiene depositada en él. Recogió un balón en el pico del área, hizo un quiebro y clavó el balón en la escuadra de Álvaro. La bellísima ejecución provocó el delirio entre la afición, que celebró con inusitada alegría el tanto que sería de la victoria.

   Al Extremadura no le quedaba más remedio que buscar el gol del empate y a ese impulsó contestó el banquillo aragonés sacando al césped a Aguirre con la idea de sujetar aún más a la defensa visitante y blindar así el resultado. Se consiguió la victoria y, muy importante, el zaragocismo esbozó ayer una sonrisa de futuro que debe mantenerse con mucho trabajo, fe incombustible y la incorporación de algunos jugadores que armen al equipo. Y con el liderazgo de Víctor, el entrenador que quiere ser invisible. Algo imposible, por fortuna.

P.S.: Feliz 2019 (Si nos aguarda el futuro)

Foto: Toni Galán (www.heraldo.es)

CALIFICACIONES

Ratón. 3. Seguro y confiado, cumplió sobradamente.

Zapater: 2. Sufrió muchísimo, pero cumplió. Estuvo a punto de golear.

Guitián: 4. Seguro y contundente, un error casi empaña su tarea.

Álex Muñoz: 4. Serio y cumplidor, se encontró muy cómodo con Guitián.

Lasure: 3. Subió bien por su banda y mostró razonable seguridad.

Ros: 4. Luchador, comprometido y acertado.

James: 4. Rozó el sobresaliente. Tiene muchas cosas buenas.

Guti: 3. Se dejó el alma. Le falta rodaje, pero hizo un buen trabajo.

Pombo: 5. Enorme. Calidad, generosidad, talento y zaragocismo en estado puro.

Gual: 3. Lo intentó todo, pero toma malas decisiones. Su movilidad, extraordinaria.

Álvaro: 3. Escorado a la banda, perturba más a la zaga contraria que de punta.

Delmás: 3. Trabajó lo indecible y le dio aire fresco a la banda.

Papu: 4. Mágico. Salió y revolucionó la delantera. Logró un gol magistral.

Aguirre: 3. Lo poco que estuvo ya nos indicó para qué está en este equipo.

Todo ya es nada (Depor, 3 – Real Zaragoza, 1)


   ¿Cómo se escribe un final? ¿Cómo se evita el abismo cuando este se abre bajo tus pies? ¿Cómo impedir que el oleaje del maremoto destruya lo que el sueño eterno ha construido? Seguramente moriríamos antes de encontrar alguna respuesta a estas cuestiones pero lo que no lograremos, al menos hoy, es dejar de preguntarnos en qué momento perdimos el favor de la Verdad.

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   El partido que ayer jugó el Real Zaragoza ocupará las páginas más mezquinas de los libros de historia blanca y azul. Después de cinco o seis minutos de modesta dignidad, el equipo (mal) dirigido por Lucas Alcaraz abandonó cualquier sendero de dignidad y se suicidó como viene haciéndolo desde aquel mentiroso encuentro de Oviedo. En el minuto 8 ya había recibido un gol (en fuera de juego) tras ejecutar Pedro una falta. Sí, Pedro, aquel que aquí no era capaz de sacar un corner adecuadamente ni resolver un centro con una mínima corrección.

   Enorme jarró de agua fría que a punto estuvo de sepultar al inerme grupo de jugadores rojillos sino fuera por       que cinco minutos después el Depor cometió un penalti que sirvió para empatar. Javi Ros fue el autor y su alegría nos regaló unos instantes de esperanza. Pero solo unos instantes. Ni el equipo estaba dispuesto a concedernos la ilusión de un partido digno ni la noche daba para milagros, ni de P. Tinto ni de nadie. Así, al saque de otra falta, de nuevo ejecutada por Pedro, el cuadro gallego volvió a convertir. Es verdad que en ambos casos, con el VAR en juego, los goles habrían sido anulados por fuera de juego, pero también lo es que las dos situaciones fueron muy mal defendidas. Falta de tensión, de colocación, de concentración y de de calidad. Falta de vida, en fin.

   Con 2-1 en contra, la noche coruñesa ya no detectó ni medio litro de aire aragonés fruto del esfuerzo de nuestros muchachos. La desidia en la posición, la torpeza en la ejecución y la abulia en el deseo fueron tres enormes losas que acabaron por sepultar al agónico equipo de Alcaraz. Quien gritaba en la banda, sí; quien gesticulaba sobre la cal, también. Pero quien transmitía impotencia y vacío en sus argumentos, desde luego.

   La propuesta futbolística de Alcaraz se basó ayer una vez más en un engordamiento ineficaz de la defensa, con la colocación de cinco hombre con dos de ellos supuestamente abiertos en banda. Esta disposición, sino está muy trabajada y engrasada, provoca un vacío enorme en el centro del campo, que precisa de tres superhéroes capaces de vertebrar territorios extensos con un enorme esfuerzo y perfecta sincronía. Y arriba, dos puñales capaces de evitar la salida del balón del contrario y al mismo tiempo incomodar al enemigo con rápidas incursiones y letales finalizaciones. Todo eso es lo que dice la teoría. La práctica, por el contrario, nos invita la vergüenza propia y al miedo a un enorme ridículo. De todo ello hubo mucho ayer.

   Para redondear el desastre, Lasure cometió un penalty de esos que te preguntas “pero, ¿qué hace?”, pero penalty al fin. González logró el 3-1 y ahí acabó todo. Se llegó al descanso con la certeza de la muerte segura y por si había dudas el cambio de Ratón por Cristian acabó de otorgarle carta de naturaleza al pesimismo zaragocista. Alcaraz no confía en los suyos ni estos en su mister, así que cualquier decisión que se pudiera producir aportaba poca confianza de poder encontrar alguan solución al desastre.

   Alcaraz tiró de repertorio y se le ocurrió volver a la defensa natural quitando a Lasure por James. El jugador africano agitó levemente a su equipo con alguna aproximación y un chut lejano, pero poco más. Después fue Pombo el elegido, pero el zaragozano tampoco fue la respuesta a la inoperancia aragonesa. El Depor, mientras tanto, decidió nadar (poco) y guardar la ropa (toda). Manejó los tiempos, gobernó los espacios y se burló, sin hacer burla, del equipo tomate, que ni sabía, ni podía y, quién sabe, a lo mejor tampoco quería.

   Alguna ocasión de peligro por parte local, dos acercamientos superficiales y nada más. El partido estaba más que amortizado antes del descanso y todo lo que pudiera ocurrir en esta segunda parte apuntaba antes a la ampliación de la victoria local que al acercamiento del Zaragoza. Con la misma suavidad con que la noche se había hecho la dueña del cielo que cubre el flamante Riazor, la agonía cubrió el inerme cuerpo del equipo del león. Ahora, en lo más profundo de nuestras almas se ha instalado un poema cuya armónica rima recorre los recovecos del pánico. “No haya nada aquí”, titulé el pasado domingo. La pregunta, hoy, es: ¿hay alguien aquí?.

Foto: Mero Barral (www.heraldo.es)

CALIFICACIONES

Cristian: 1. Fue goleado y nada pudo hacer. Tampoco solucionó nada.

Benito: 0. Ineficaz y estéril.

Verdasca: 0. Está fuera del mundo.

Guitián: 0. No estuvo, por mucho que se le esperara.

Nieto: 0. Superado y anulado por la situación.

Lasure: 0. Que nos diga dónde está el verdadero Dani.

Ros: 1. Lucha, lucha y lucha.

Pep Biel: 0. ¿Quién le dijo que meter un gol le hace jugador?

Guti: 0. Ha llegado antes de tiempo.

Gual: 0. Demasiado fuego de artificio.

Álvaro: 0. Nos debe muchas cosas.

Ratón: 2. Detuvo un balón con peligro

James: 1. Intentó golear con un chut lejano.

Pombo: 1. Salió desmotivado y poco hacendoso.

No hay nada aquí (Real Zaragoza, 0 – Córdoba, 0)


 

   Apúnteme usted, señor escribano: que esta historia tiene un final sin sangre y la voz seguirá cruzando las dos orillas del Ebro cuando la primavera se acueste. Apúnteme usted, señor de la guerra, que esta leyenda no ha de morir. Apúntelo usted, por misericordia, que no quedan latidos en nuestros corazones con los que combatir tal miseria. Apúntelo, señor, y que vengan los caballeros de la luz y nos nieguen tanta negrura.

Benito

   El Real Zaragoza firmó ayer una nueva página de indignidad. El partido que no le disputó al Córdoba hizo sonrojar al zaragocismo y sirvió para emborronar un poco más el alma de una afición malherida y desesperanzada. Ni un solo argumento para creer en el equipo, para considerar un horizonte nítido. De los trece jugadores que vistieron ayer la camiseta blanquilla solo disipamos las dudas con Cristian, que salvó de nuevo al equipo a poco del final del partido con una buena parada a disparo lejano. Solo él, paciente lector. Los demás compusieron un ejército inerme muy mal dirigido por Lucas Alcaraz. El entrenador andaluz volvió a dislocar nuestras conciencias con una alineación incomprensible en algunos puestos y que no ayudó en ningún momento a afrontar el choque con garantía de éxito.

   El equipo aragonés comenzó el partido con un ímpetu eléctrico que le dio para disfrutar de una extraordinaria ocasión en las botas de Álvaro. Corría el minuto 4 y el catalán ecibió un buen centro que remató a bocajarro pero Abad lo rechazó cuando ya se cantaba el gol. Fue todo. A partir de ese momento, asistimos a una estéril ceremonia de despropósitos, errores no forzados y decisiones erróneas. Ni el Zaragoza ni el Córdoba están para nada más que dejarse el alma, pero desde luego a eso tampoco sabe jugar el equipo del león. Con muy poco, el equipo verdiblanco era capaz de poner en jaque a la enflaquecida zaga local, que vio cómo el exzaragocista Jaime, De las Cuevas o Quintanilla podían asustarnos con acciones afortunadamente no muy certeras.

   El nerviosismo y la excesiva responsabilidad fueron haciendo mella en los jugadores de Alcaraz. No había forma de sujetar el partido ni mucho menos de construir ni una sola jugada razonable. El centro del campo no tenía sustancia y los dos puntas deambulaban desorientados por los alrededores del área andaluza, pero sin ninguna posibilidad de lograr gol. Al contrario, otra vez el Córdoba estuvo cerca de convertir, esta vez con una acción a cargo de Abad que no encontró puerta gracias al rechace de Álex.

   Llegó el descanso y las miradas extraviadas de la grada decían mucho más de lo que se atrevían a expresar. No había argumento, ni relato, ni melodía. El Zaragoza había demostrado ser un equipo muerto, aterrorizado y sin aire en los pulmones. ¿Habría cambios? ¿Saldría Pombo, extrañamente en el banquillo, para aportar algo más de acidez en el ataque? ¿Qué tipo de pensamientos pasarían por la mente del veterano Alcaraz? Las respuestas vendrían en forma de nada cuando saltaron los jugadores al terreno de juego. Es decir, todo seguiría igual.

   Y así fue. Ambos equipos mantuvieron sus libretos y siguieron jugando a no jugar. El Zaragoza no carburaba, no echaba humo por sus chimeneas, seguramente porque ni hay leña ni brasas. A los pocos minutos la afición comenzó a mostrar su descontento y Alcaraz movió ficha. “La” ficha. Pombó saltó al césped de la Basílica y esta lo bendijo con una cerrada ovación y coreando su nombre. La gran esperanza blanca del zaragocismo ya estaba donde debía. Sin embargo, lamentablemente, su presencia sola no basta para enmendar a este desastroso equipo. Y eso se pudo comprobar con el discurrir de los minutos. El partido entró en una fase de desconcierto multitudinario en el que nadie era capaz de tomar el timón, ni de ejecutar una acción correctamente.

   Es verdad que el Zaragoza tiró mínimamente de corazón, pero este está tan apagado que apenas consiguió encender una mini llama de ilusión. Al contrario, fue el Córdoba el que acorraló al equipo blanquillo y a punto estuvo de conseguir un gol que habría supuesto una puñalada en el desvencijado pecho de este grupo que ya no es capaz de ofrecer ni medio mensaje de vida.

   El partido finalizó con un 0-0 que deja un paisaje desolado al final del cual asoma un horizonte negro que nos atrae con la fuerza de un poderoso imán. Muchas cosas y muy pronto tienen que cambiar para encontrar solución a un desastre que amenaza con engullirnos a todos y llevarnos al vacío.

CALIFICACIONES

Cristian: 4. De nuevo, el mejor.

Delmás: 1. Superado por todo y por todos.

Verdasca: 1. Nervioso e inexacto.

Álex: 2. Alternó errores y aciertos.

Lasure: 1. Ha perdido la chispa que nos enamoró.

Ros: 1. Falló mil pases aunque su lucha no falta.

Guti: 1. Le falta ritmo y poso.

Benito: 2. Lo intentó todo, pero en territorios que no conoce.

Pep Biel: 1. No es jugador titular.

Gual: 1. Se pierde n un mar de regates imposibles.

Álvaro: 1. La tuvo, pero no golea. Desubicado.

Pombo: 2. Trató de encontrar caminos en solitario.

Soro: S. C.

La chirigota del alma rota (Real Zaragoza, 0 – Cádiz, 1)


El 30 de noviembre de 2018 quedará para la Historia como el día en que vimos asomar la mirada de la muerte por la esquina de nuestros corazones. La derrota ante el Cádiz inaugura una época de terror en el zaragocismo que más vale que sepamos gestionar si no queremos que nos devore a todos: directiva, cuerpo técnico, jugadores, masa social y, por decantación, a la propia ciudad. No hay respuesta, ni siquiera un gesto afirmativo o negativo, a las mil preguntas que sobrevuelan el cuerpo agonizante de este Real Zaragoza. No hay forma de elaborar un relato mínimamente coherente que arroje medio gramo de luz sobre el problemón que ahora mismo es el equipo. Son muchas las opiniones, las impresiones, las sensaciones, pero muy poca la información. Y miedo. Mucho miedo.

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   Alcaraz ha dado muestras de total incapacidad para enderezar el rumbo de un bajel desarbolado, con sus marineros completamente derrotados por los elementos e incapaces de afrontar los embates del oleaje que le regalan los otros equipos. El entrenador andaluz nos ha propuesto una serie de decisiones incomprensibles y manifiestamente incorrectas que han hundido la quilla de la embarcación en las arenas movedizas de la ineptitud y los jugadores no son capaces de resolver ninguna situación competitiva. Ni ante equipos de dulce como el Alcorcón, ni ante equipos resucitados como el Cádiz.

   Ayer todo volvió a ser un desastre. Una enorme catástrofe que destrozó el ánimo y la esperanza de la afición zaragocista. Solo los primeros minutos se asemejaron a un partido de fútbol jugado con cierta seriedad. Los primeros minutos, nada más. A partir del minuto diez, el equipo se derrumbó y arrastró la camiseta y el escudo por la recién renovada alfombra verde de la Basílica. La afición en seguida se dio cuenta de que aquello era un calco de los últimos partidos de su equipo: inseguridad, torpeza, desánimo, derrota en cada balón disputado, vacío creativo…Podríamos seguir así durante varias líneas más, pero no sería productivo. Mejor relatar que el Cádiz, casi sin querer, con un poco de disciplina, rapidez de movimientos bien gestionada y un grado de confianza en sí mismos razonable fue más que suficiente para que en el minuto 20 se acercase a la meta de Cristian y batiese al gran portero argentino.

   Es fácil imaginar que una enorme losa cayó sobre el zaragocismo. Los brazos caídos de los jugadores, sus miradas perdidas, los gestos de abulia eran señales inequívocas de que el partido se firmaría con otra derrota. Tan solo Benito, y por supuesto Cristian, estaban a la altura de lo que la noche y el futuro exigían. Gual, es verdad, se movía con voluntad aunque con ansiedad y Pombo, el muchacho sincero y osado que lleva el escudo impreso en el corazón, también buscaba con cierta zozobra soluciones de imposible ejecución. ¿Y el resto? Pues el resto no era sino un ejército harapiento y magullado cuyo aliento no servía ni para apagar una vela a punto de consumirse.

   Al poco de comenzar la segunda parte Alcaraz, el estéril Alcaraz, sacó al campo a Álvaro, el lobo. Un lobo sin dientes, sin fiereza, nervioso. Obviamente, insuficiente para las enormes necesidades del equipo. Y lo peor fue que el cambio supuso la retirada de James, un detalle que levantó la indignación del público, a esas alturas ya suficientemente inquieto e irritado por el juego del equipo. Las acciones ofensivas del Zaragoza eran motivo de desesperación mientras el centro del campo daba muestras, como a lo largo de todo el partido, de una desértica propuesta futbolística. Eguaras estuvo desorientado e inhábil en todo momento y el baile de posiciones y tareas encomendadas a los demás acabó por destruir cualquier asomo de sensatez.

   El Cádiz, muy cómodo jugando frente a un equipo desnutrido como el Zaragoza, aún se permitió el lujo de armar algún contraataque de esos que si quiere el equipo contrario te taladra el pecho. No consumaron, pero seguramente porque no les hizo falta. El Zaragoza, en los últimos minutos, lo intentó con poca fe en dos ocasiones. La primera, con una falta botada muy mal por Pep Biel y la segunda con un chut de Álvaro al muñeco  cuando tenía todo a favor para lograr el empate.

   El partido murió con un corner con Cristian incorporado y el pitido final que abrió las compuertas de las protestas, los gritos contra jugadores, entrenador y directiva y un manto de desolación cubriendo la triste mirada de una afición que merece ya, de una vez por todas, que se reconozca su sufrimiento a manos de gestores inadecuados y profesionales ineptos causantes del insoportable dolor que nos atenaza. Que necesita que alguien pare el paso firme de la muerte.

Foto: José Miguel Marco / Toni Galán (www.heraldo.es)

CALIFICACIONES

Cristian: 3. Salvó dos goles en medio del caos.

Benito: 2. Luchó y mostró gallardía.

Delmás: 1. Desubicado y poco útil.

Perone: 0. Un central que no actuó como central.

Nieto: 1. Desnortado y seco.

Aguirre: 1. Duró poco más de una mitad. Un error.

Eguaras: 0. Obstaculizado por el devenir del partido.

James: 2. Se acercó en algún momento a la corrección.

Pep Biel: 1. No supo qué hacer con el balón.

Pombo: 2. Trabajó con tesón y trató de dignificar su papel.

Gual: 1. Se dejó la piel pero yerra en las decisiones.

Álvaro: 0. No es el delantero que dice ser.

Guti: 1. Presencia precipitada en un partido complejo.

Soro: 1. Poco participativo e insustancial.