Cani, la insalvable añoranza


Escribí este artículo el 7 de julio de 2007. En aquellos días el Real Zaragoza era un club gallardo y atrevido, que había rozado con la yema de los tacos su participación en la Champions y que osaba codearse con el Olimpo. Sin embargo, aquel verano yo seguía sintiendo un enorme vacío. Hacía un año que Cani había sido traspasado al Villarreal en oscuras circunstancias y un extraño dolor me atenzaba, al igual que a miles de zaragocistas.

   Hoy, diez años después, Cani acaba de colgar las botas. Y lo ha hecho en su amado Real Zaragoza, ante su gente y abrazado a un escudo que nuca se desprendió de su pecho. He pensado que rescatar este artículo es una hermosa manera de rendirle mi homenaje y profesarle mi admiración y respeto. Gracias, Cani. Gracias siempre.

Es leer su nombre y esbozar la sonrisa propia de quien sueña con esa chica que vive tan cerca y sin embargo aloja sus deseos tan lejos de uno. Cani fue mi anhelada leyenda. Era la figura a la que le tenía reservada una discreta peana en la que colocaría, con el paso del tiempo, una fotografía suya. La imagen de un jugador (yo así lo imaginaba) ya maduro y a punto de retirarse. Y, por supuesto, vestido de zaragocista. Y diré aquí que en mi particular imaginario adornan mis recuerdos Violeta, Arrúa, Señor y Aragón. Él, pues, sería el quinto heredero de mi memoria.

   Cani merecía un futuro más cálido. Su clase, su elegancia, la capacidad para inventar con el cuerpo lo que sólo está en la mente del estudioso le hacían depositario del vigor del combatiente ajeno al miedo a tener miedo. Sólo quienes han visto la luz de la magia del fútbol se atreven a dibujar las imposibles líneas que su pie demandaba. En las carpetas de nuestro pasado guardamos los quiebros atrevidos que sólo él decidía proponer, las fintas a veces imprudentes con que enfurecía a sus impotentes adversarios y los, para muchos, insensatos pases que no todos eran capaces de interpretar.

   En ocasiones la grada manifestaba un agreste desacuerdo con su filosofía futbolística, con su apuesta diagonal y dislocada. Sin embargo, esa misma grada aceptó el abrazo al Cielo que supuso aquel desconcertante pase a Villa para convertirlo en un cuarto gol al Villarreal, el descarado regalo a Ewerton para que superara a Casillas o la descarnada vaselina que surcó la noche gallega en aquel partido ante el Deportivo en Riazor. Todo esto es fútbol; mejor, es Fútbol. Sabor, jugosa fantasía, arte en medio de la barbarie, párrafos íntimos de un diario escrito a fuerza de imaginarlo.

Cani, yo lo sé, estaba destinado a ocupar un lugar amado en el Retablo Mayor del Zaragocismo. Cani, para mí tengo que él también lo sabe, fue zarandeado por las fieras bocanadas del destino, de un destino manejado por los dueños de las ilusiones ajenas. Y esto que escribo me ayuda a secar la lágrima que todo hombre debe derramar cuando alguien se convierte en su insalvable añoranza.

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Al final de este viaje (Real Zaragoza, 1 – CD Tenerife, 2)


   Se acabó. Cayó el telón de miseria de una obra putrefacta en la que los actores han estado a la altura de una historia muy mal escrita por sus autores. Ayer se presentó el último auto y los espectadores, hastiados y vacíos de emoción, apenas tuvimos fuerzas para protestar por el engaño vivido.

   Jugaba el Real Zaragoza su último partido ante un Tenerife orgulloso y feliz porque en unos días va a optar a un ascenso a Primera que nosotros ahora mismo vivimos como un sueño imposible. Para ello César Láinez dibujó en equipo en el que jugaron algunos jugadores que el año que viene pueden ser importantes y tuvo que recurrir a otros poco valiosos en el presente y en el futuro pero necesarios ayer para completar una alineación. Con esa idea le plantó cara al equipo canario, ese que tanto añoran Valentín y Ángel, si bien con poca convicción pues el grupo contaba con muchas novedades y poca conjunción. Lógico, pues, que el partido discurriese según el guión forastero.

   Lasure y Pombo circularon bien por el lateral izquierdo y Cani se encontraba a gusto por detrás de Raí, muy activo toda la tarde aunque todavía muy poco exacto en sus acciones. Edu García recorría la banda derecha y guardando las espaldas el inconmensurable Zapater, que jugaría un buen partido para cerrar una temporada ejemplar. Atrás, Valentín y José Enrique sufrían las acometidas de Lozano, muy bien acompañado por Cristo y Omar.

   Este se plantó un par de veces ante Saja sin resultado favorable y Cani se sacó un gran chut de los bolsillos del lujo que despejó bien Falcón. Todo esto antes de que Omar detectase que Saja estaba adelantado. Su decisión fue lanzar un chut desde el propio campo que acabó en las redes zaragocistas después de golpear el larguero y rebotar en el cuerpo del sorprendido portero argentino. Un gran disparo, sin duda, pero también un gol de mala suerte, esa que siempre acompaña a los débiles, a los pobres, a los incautos. A nosotros.

   La Basílica asistía entre abúlica y estupefacta a un partido que no era sino un reflejo opaco de una temporada triste y dolorosa. Estoy seguro que solo los gestos de los jóvenes zaragocistas despertaban algo de ilusión en la afición, que en esos momentos mostró su enfado con algunos cánticos de ciertos sectores de la grada y una irónica ola que recorrió el estadio varias veces.

   La segunda parte mostró a un Real Zaragoza un tanto más peligroso. Cani le mostró al mundo una vez más que es un grandísimo jugador con un gesto técnico que mareó a Edu Oriol para servirle a Raí un balón que acabó en el poste. Había más movilidad en ataque y el balón circulaba con algo de más de vida, pero un corner rematado de cabeza por Carlos Ruiz significó la puntilla. Un 0-2 que indicaba perfectamente la distancia entre ambos equipos, así que Láinez movió el banquillo para invitar a Guti a participar por primera vez on el primer equipo. También Samaras saltó al campo en medio de una pitada que él se encargaría de amortiguar con su esfuerzo y us tesón el rato que estuvo en el césped.

   El Zaragoza ganó en posesión y circulación y protagonizó hasta tres ocasiones de gol en las botas de Raí y Ros y en la cabeza de Edu García. Fueron acciones que animaron un poco la tarde, a lo que contribuyó también Saja con un par de buenas actuaciones que provocaron el aplauso de los aficionados. Buen prólogo al gol del Zaragoza. La jugada llegó por la banda de Isaac que, tras recorte, cedió a Guti para que este rematase inapelablemente logrando un buen gol.

   Fue una breve y delgada alegría que no se vio completada con un empate que habría amortiguado algo la tristeza y el vacío en que vive sumido el zaragocismo. Un final famélico que nos deja a merced de un oleaje despiadado que no sabemos cuándo cesará. Hoy solo esperamos que mueran las nubes y el sol regrese.

CALIFICACIONES

Saja: 3. Ayer jugó su último partido como profesional. Sacó dos balones de gol. Suerte, Sebastián.

Isaac: 2. Corrió la banda con intención y dio un pase de gol. En defensa, frágil. 

Valentín: 1. Indeciso e impreciso.

José Enrique: 1. Fiel a sí mismo, cerró el libro de los riesgos innecesarios.

Lasure: 3. Buen manejo de balón, rápido y atento.

Zapater: 4. Buen partido. Estuvo donde se le necesitó y lo dio todo, como siempre.

Ros: 1. No encontró casi nunca la decisión más apropiada.

Edu García: 2. Estuvo participativo pero le faltó verticalidad. Remató con peligro. 

Cani: 4. Tuvo cien detalles de calidad y encontró el camino a la excelencia. Quédate.

Pombo: 3. Se asoció muy bien con Lasure y encontró siempre opciones de juego. Se le nota crecido.

Raí: 2. Eléctrico, ágil y rápido. Su sitio es otro, pero lo intentó.

Samaras: 2. Luchó y trabajó con denuedo. Desequilibró a la defensa.

Guti: 3. Su breve presencia anunció a un jugador de gran recorrido. Goleó.

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Seremos felices un día (Girona, 0 – Real Zaragoza, 0)


Estoy seguro de que mis lectores entenderán que esta crónica esté tan vacía como el partido que ayer no disputaron el Girona y el Real Zaragoza. Un choque vacío de juego pero lleno de necesidad para ambas partes, pues tanto los catalanes como los aragoneses buscaban ayer objetivos en los que les iba la gloria y la vida, respectivamente. Hablar de fútbol es imposible, pues ayer no se dirimía un enfrentamiento deportivo. Más bien hablaremos de un momento y un espacio de urgencias históricas en los que ambos clubes se jugaban su futuro, sobre todo el zaragocista.

   Pedro Machín ya había salido a la palestra para expresar que el punto le sabría a gloria. No hizo falta ser muy espabilado para comprender que no íbamos a encontrarnos con un equipo aguerrido que le disputase a los de Láinez los tres puntos, pero como en esto del fútbol nunca se sabe, no faltaron los chistes que hablaban de lo torpes que somos y que a ver si la liamos y nos metemos un gol en el último minuto en propia o cometemos un penalti estúpido a punto de acabar. En fin, nos hemos vuelto tontos todos con tanta desgracia.

  No hay manera de llenar dos líneas escribiendo sobre fútbol. Es que no hubo nada de nada. Ni siquiera disimulo. Que no me parece mal, ¿eh?, no se me malinterprete. Tengo apuntados tan solo un chut a las nubes de Silva que provocó la imagen de la temporada con ese gesto de coña marinera del inédito Samaras, un corner a favor del Girona porque José Enrique casi la lía y le golpeó al balón fatal y creo que nada más. Lo demás, un embrollo de pases laterales, horizontales y hacia atrás y algún amago de enfado por parte de los jugadores cuando el árbitro les pitaba alguna falta por haber rozado con el cordón de la bota a un contrario. Y fin.

   El broche de la temporada fue vergonzoso pero necesario. Ayer no se trataba de quedar como unos caballeros guardando las formas y compitiendo como si tal cosa. Ayer se trataba de salir del coma, de abandonar la UCI y comenzar a respirar por uno mismo. Y seguir viviendo. El gran Láinez lo explicó magistralmente: “No se le puede vender a la afición que es un día feliz. Se le puede vender a la afición que si vamos a ser felices algún día es por hoy. (…) Para alcanzar el éxito que ha alcanzado hoy el Girona era necesario que hoy el Real Zaragoza se salvara y que la persiana del club el próximo 1 de julio se elevara”. Después de leer esto, poco más queda por escribir.

   Son palabras certeras, inteligentes, serias, honestas. Como él. Podemos decir que una de las mejores cosas que le han podido pasar al club en los últimos tiempos es que Láinez haya cogido las riendas del equipo y haya construido un discurso tan coherente y ajustado. Del mismo modo que lo hizo en su momento Víctor Muñoz, cuando llegó al equipo y lo salvó de la ruina deportiva y, por tanto, económica. Entonces no hubo paciencia ni diagnóstico acertado. Esperamos que a la segunda vaya la vencida.

   Lo que ayer se cerró fue un aviso muy serio. No es cualquier cosa el hecho de haber salvado la categoría. Solo de pensar cómo estaríamos ahora en caso de haber caído derrotados, con un terrorífico partido ante el Tenerife, con una grada incendiada y unos jugadores devorados por la realidad, a uno le tiembla el corazón. Solo pensar en cómo deben estar ahora mismo el mallorquinismo y el elchismo a uno se le quiebra el alma. Por eso, amables lectores, déjenme respirar con alivio. Triste por la vergüenza vivida pero consolado porque la Historia nos da otra oportunidad.

   Hoy comienza la temporada 2017-2018. Hemos aprendido mil lecciones y solo espero que entre todos sepamos encontrar los caminos adecuados para construir un proyecto cuyo término final sea esa felicidad de la que habló ayer Láinez. Porque es bien cierto que no hay futuro si no sujetamos el presente. No hay latidos en el mañana si hoy nos hubiera faltado el aire. Gracias, César. Nos has dado la vida.

CALIFICACIONES

Pongamos que hablo de todos y cada uno de ellos y no encuentro ninguna palabra justa. En todo caso aplaudo a Zapater y a Cani por su zaragocismo irredento, a Ratón por su honradez, a Ros por su honestidad, a Edu García por su generosidad y a Ángel por su compromiso. A los demás les pregunto qué les dirían ellos, como aficionados, a unos jugadores que nos han llevado donde ellos lo han hecho.

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Real Zaragoza, el incendio que nos mueve.


4 de junio de 2017. Este es un artículo sobre el zaragocismo. O mejor: sobre el futuro del Real Zaragoza. Hoy, que cruzamos la línea que separa el universo de la nada. Hoy, que ya no notamos el frío en la piel porque la vida nos la ha arrancado a tiras. Hoy, cuando la orilla se aleja y se acerca a cada brazada y no hay sol ni luna porque el cielo ya se derrumbó.

   Somo territorio de mixturas, cruce de caminos, país débil entre imperios poderosos. Nos gusta decirnos a nosotros mismos que somos menos que los demás, cuando precisamente la nobleza aragonesa hizo roca aquella afirmación de “somos pocos, pero nunca poco”. Somos.

   Mi madre nunca ha pisado la Romareda, pero respira zaragocismo por los cuatro costados. Ya su padre, mi abuelo Juan Antonio, que murió centenario, apuraba las tardes del domingo con el transistor encendido y sonreía cuando Paco Ortiz cantaba algún gol de Ocampos. Mi padre sale poco de casa, pues las piernas ya no son sus amigas. Sin embargo, quiero decir aquí que era él quien me llevaba cuando yo era un niño a la entonces joven Romareda. Íbamos en su vespa blanca y me colocaba a los pies de la portería de la Feria de Muestras para que yo pudiera darle los balones a Oliveros y este sacara los corners. Conforme a lo que hoy se estila, yo pregunto: ¿cabe mayor abrazo al amor?

   Llevo demasiado tiempo viendo lágrimas blancas y azules en los ojos de mis amigos. Tipos duros del roquedal que cogen a la vida por los huevos y se la llevan por delante, pero que lloran como niños cuando sienten que el aliento de su Real Zaragoza del alma es cada vez más tenue y la muerte asoma por la esquina de sus maltrechos corazones. 

   Los niños de siete años en las excursiones cantan aquello de “Alé, Zaragoza, alé, alé” espontáneamente y creen que el Zaragoza es el mejor equipo del mundo. He visto cientos de veces en los últimos años esa mirada perdida, ese gesto roto que trata de avanzar por la espalda de un zaragocismo zarandeado por el infortunio.

   Hoy, maldita sea, he amanecido después de ver cómo anoche grupos de ciudadanos mancillaban mi ciudad ocupando espacios públicos que no les pertenecen, como no les pertenecen a los ejércitos invasores las avenidas de las villas ocupadas. Porque así me sentí ayer. Invadido, ocupado, mancillado. No saben quienes aplauden los éxitos de los forasteros, los que nunca han bebido ni vivido el aroma del cierzo que nos acuna desde que nacemos, que la vida pasa por amar lo propio y respetar lo ajeno, pero nunca por abrirle las puertas al poderoso a cambio de que nos permita dormir a la sombra de su soberbia.

   Hoy es un día muy importante. Es un día crucial que puede significar el ser o no ser de una ciudad, de una identidad, de un futuro más o menos visible. Que nadie se piense que estamos hablando solo de un juego. Zaragoza necesita respirar el aire fresco de unas instituciones deportivas fuertes, sanas, sólidas y con mañana abierto.  Por eso, es imprescindible que el Real Zaragoza se sostenga en 2ª división para comenzar, a partir de mañana, a trabajar en un proyecto solvente. Que no se le olvide a ningún zaragozano, a ningún aragonés.

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No, no la merecéis (Real Zaragoza, 1 – Rayo Vallecano, 1)


   La grada estalló. Cuando Embarba empaló un remate seco y curvo que dio con el balón en la red de un estupefacto Ratón, la castigada afición zaragocista explotó. Lo hizo mostrando toda su ira contra unos jugadores incapaces físicamente y débiles mentalmente que han llevado al equipo al borde del abismo. No podía ser verdad. No era posible que de nuevo el frágil edificio construido sobre la base del gol de Pombo se viniese abajo arrastrando a miles de corazones destrozados por la desgracia. Pero sí. El Rayo empataba en el último minuto y la anhelada salvación se escapaba por el sumidero de la impotencia.

   La tarde nos presentó un paisaje árido de la mano de un horario infame. El sol bañaba todos los rincones de la Basílica y la afición se dispuso a cerrar una temporada infame que nos ha regalado decenas de momentos amargos. El Rayo vino a Zaragoza dispuesto a jugar al fútbol frente a un equipo, el de Láinez, agotado en el físico y exhausto en lo futbolístico. El entrenador aragonés dispuso el mismo dibujo que tan buenos resultados le dio hace unas semanas, pero sus peones ya no están para ejecutar un plan de semejante calibre. Además, enfrente se plantó un equipo muy bien organizado que se apropió del balón y lo supo manejar con buen criterio y talento. Fran Beltrán, Baena y Jordi saben a qué juegan y se aplican con gran dedicación a lo que Michel les pide que hagan. Eso fue suficiente para dominar el partido y eso que faltaba el veterano e inteligente Trashorras. Arriba, además, Embarba y Ebert sabían cómo hacer daño y a punto estuvieron de adelantarse en el marcador, pero los palos lo impidieron.

   En esas estábamos cuando Isaac y Lanza tejieron una correcta jugada que dio con el balón en los pies de Pombo, quien enganchó un certero latigazo que supuso el 1-0. Grande fue la alegría del joven jugador y más aún la de una afición muy necesitada de estímulos positivos. El gol no era justo, pues el partido tenía color visitante, pero esto del fútbol es así de raro. En cualquier caso, el partido se ponía de cara y ahora empezaba la segunda parte, ese tramo en el que el Zaragoza suele tirar por la borda lo conquistado en la primera.

   Láinez tuvo que echar mano de Feltscher a causa de un golpe de calor sufrido por Isaac. De este modo, además de la aportación de un muy cuestionado Xumetra en lugar del irascible Lanza, el entrenador pretendía bloquear las incursiones visitantes por esa banda, lo que había sido un enorme problema en los primeros 45 minutos. Sin embargo, el equipo cayó en el mismo error de siempre. Sus dos centrales retrasaron su posición y Zapater se incrustó entre ellos, lo que propició que tanto los laterales como Ros y Edu Bedia se echaran atrás, provocando un atasco que impedía que el balón saliera con limpieza. El Rayo aprovechó la circunstancia y comenzó un asedio tanto por las bandas como con balones diagonales que asfixiaron las combinaciones zaragocistas. Arriba Ángel se desgastaba en carreras inútiles a la búsqueda de los balones largos que Cabrera o Silva le entregaban con muy mala fortuna y ni Xumetra ni el incorporado Edu García supieron abrir líneas de circulación.

   La grada comenzó a desesperarse. Cada vez con más frecuencia el balón rondaba el área de Ratón, que recibió varios remates inexactos pero francos. Si el Zaragoza llegaba a las inmediaciones de Amaya podía hacer daño, como Edu Bedia con un acrobático remate que rozó el larguero u otro remate de Ángel, pero eran acciones aisladas, muy poco frecuentes. Michel apostó por introducir a Javi Guerra y por jugar con tan solo tres defensas arriesgando pero sabiendo que era su oportunidad.

   Llegaba el final del partido y los jugadores blanquillos notaron el temblor en sus piernas y en sus mentes. En muchas jugadas llegamos a contar ocho jugadores resguardados aterrorizados dentro del área, incapaces de expulsar el balón de la zona defensiva. Con ello el peligro se hacía muy evidente. La tragedia se mascaba y quien más quien menos contábamos los segundos desesperados, ansiando el pitido final. Pero no ocurrió. De nuevo antes del último minuto sucedió el error fatal, la equivocación bastarda, la torpeza excavada en el alma blanquilla. Feltscher despejó con la espinilla un balón fláccido que fue a parar a Lass para que este se lo acomodase a Embarba. Y los cielos se desplomaron sobre la Romareda.

CALIFICACIONES

Ratón: 2. Discreto trabajo. No se sacudió a la defensa de su área.

Isaac: 0 Sufrió lo indecible.

Silva: 2. Luchador pero poco eficiente.

José Enrique: 0. Juega con juego. Y se quema.

Cabrera: 1. Inexacto y fallón.

Zapater: 2. Tuvo que tapar muchas vías de agua.

Ros: 1. No está acertado en sus decisiones.

Edu Bedia: 2. Tiene talento y calidad. Casi mete un gran gol.

Lanzarote: 1. No supo leer el partido y aportó poco.

Pombo: 3. Buen trabajo. Con clase y buenas intenciones. Goleó.

Ángel: 2. Desasistido y mal acompañado.

Feltscher: 0. Errático y torpe.

Xumetra: 0. Lento y apático.

Edu García: 1. Pone interés pero no aporta soluciones.

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Lento pero llega (Real Oviedo, 0 – Real Zaragoza, 0)


Ayer hice algo que no he hecho en los últimos diez años: vi el partido que jugó el Real Zaragoza en diferido, como esos ciudadanos que viven en el mundo de las cajas B. No es una buena experiencia, pues se sufre igual o más que cuando asisto al gol postrero que cada domingo encaja nuestro equipo, pero es novedosa. Lo que no cambia es el dolor que atraviesa nuestros maltrechos corazones cada vez que los muchachos se visten con la camiseta blanquilla/avispa/tomate y deciden manchar un poco más nuestro escudo. Que eso, y no otra cosa, es lo que son estos chicos (con honrosísimas excepciones que todos sabemos) y los cientos de mercenarios que han atracado sus almadias en el puerto del Ebro: una banda de mediocres artistillas del pelotón que casi acaban con una historia legendaria.

   El partido de ayer fue el peor de la era Láinez. Lo digo yo y lo dice el propio mister. Y lo dices tú, amable lector. Y lo dice el fútbol. EL que no hubo, el que se extravió en el césped del Carlos Tartiere cuando el Zaragoza perdió el balón y se lo entregó al Oviedo, que ayer también se jugaba su ser o no ser aunque él lo hacía por arriba. Durante los primeros 45 minutos solo al comienzo supo el equipo aragonés ejecutar el plan trazado, pero muy pronto se cayó y se vio desbordado por las bandas y en las segundas jugadas.

   Ni la defensa ni las dos líneas del centro del campo entendieron el choque ni la defensa comprendió la propuesta asturiana, de tal modo que el balón comenzó a merodear por el área de Ratón que, ayer sí, completó un notable partido. Y menos mal, porque poco más podemos salvar de esta primera parte. El portero gallego realizó varias paradas de mérito que impidieron que se moviera el marcador, un hecho de gran mérito porque los de Hierro acosaron a los blanquillos con incursiones por las bandas, una gran intensidad y un amor propio digno del objetivo que peleaban.

   Carlitos, Nando, Toché, Susaeta y Costas pudieron marcar en un alarde de agresividad y voluntad encendida que solo la magnífica actuación de Ratón pudo amortiguar. Sin embargo, lo que es el fútbol: Ángel bien pudo anular la muy interesante propuesta futbolística del Oviedo con un estupendo cabezazo tras un saque de banda que Juan Carlos despejó con una florida estirada. Habría sido un resultado injusto, pues el único amo y señor del partido había sido el equipo azulón.

   Tras el descanso, y con el temor instalado en el zaragocismo, pues la costumbre es una maestra de emociones, el Zaragoza salió un tanto más activado. Los primeros diez minutos contemplaron una versión correcta del equipo, que apretó al Oviedo e hizo posible un pare de acercamientos interesantes, pero la imagen de recuperación en seguida fundió a negro. Susaeta de nuevo probó a Ratón y el partido volvió al guión inicial. Buenas combinaciones locales, inconsistencia defensiva de los avispas e incapacidad para tejer combinaciones. Algo vio Láinez para decidir el cambio de Edu Bedia y Cani, que habían aportado muy poco, por Pombo y Edu García. Su entrada aportó algo más de verticalidad y control del juego, pero el Oviedo seguía a lo suyo.

   Con una grada entregada, con el aliento indesmayable de su público los de Hierro se echaron al monte y buscaron el gol con desesperación. Lo rozaron de nuevo en el minuto 78, cuando Toché cabeceó fuera por muy poco y minutos después el aragonés Linares, en una suave vaselina que Ratón le detuvo y del que recibió un duro golpe que desencadenó el rush final. Porque el Oviedo se desquició, el Zaragoza arañaba la vida en cada jugada y el árbitro demostró un alto grado de ineptitud golpeando a Ratón con dos tarjetas amarillas que supusieron su expulsión. El partido se fue hasta el minuto 100, como suele suceder en los partidos de regional cuando se alargan los tiempos hasta que el equipo local marca y se lleva la victoria.

   Afortunadamente eso no ocurrió y el equipo aragonés le robó un punto al destino que puede ayudarle a preparar el partido ante el Rayo con ánimo positivo y chance de lograr el objetivo final. El domingo a las 6 de la tarde el zaragocismo espera cerrar esta miserable temporada y comenzar a mirar con esperanza el horizonte de un futuro fértil y digno.

CALIFICACIONES

Ratón: 4. Extraordinario partido. Ratón firmó su mejor partido.

Isaac: 1. Deficiente partido. Ni en ataque ni en defensa estuvo acertado.

Silva: 2. Partido muy sufrido en el que tuvo que hacer su trabajo y el de los demás.

José Enrique: 1. Juega con fuego y no transmite seguridad. Demasiados errores serios.

Cabrera: 2. Muy irregular. Con luces y sombras, trabajó mucho.

Zapater: 1. Su peor partido de la temporada. Le puede la ansiedad y cometió fallos serios.

Ros: 0. No controló el balón y erró en los pases. Muy desnortado.

Edu Bedia: 0. No estuvo en ningún momento en el partido. Le ganó la presión.

Xumetra: 1. No se le puede negar su esfuerzo y sus ganas, pero no está.

Cani: 0. No fue el jugador sabio y talentoso que el equipo necesita.

Ángel: 3. Lo intentó pero nadie le entendió. Casi logra un gran gol.

Pombo: 2. Su entrada aportó frescura y control. Trabajó bien.

Edu García: 2. Su alma zaragocista le ayuda en su propuesta. Colaboró bien.

Lanzarote: 2. Inquietó a la defensa ovetense en apenas unos minutos. Acabó de portero.

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La salvación, tacita a tacita (Real Zaragoza, 1 – Cádiz, 1)


Otra vez el folio en blanco. Otra vez el endiablado desafío de construir un relato cuyos protagonistas fracasan. Otra vez el regalo envenenado, el derrumbe de las murallas de nuestra herida esperanza. Una noche que debía haber sido una sinfonía de amor entre una afición desesperada y un equipo malherido acabó convertida en página de frustración que no entiende de lealtades infinitas. Cuando el partido agonizaba, un balón náufrago encalló en las botas de un guerrero inopinado que, loco de fe, consiguió destrozar las líneas defensivas. Y despojó a los pobres de una necesaria victoria.

   Porque el Zaragoza es un equipo hambriento, muerto de sed y huérfano de destino. Su único futuro es no morir y por mucho que derrame el alma en el campo siempre dejará una puerta abierta para que por ella entre el fuego exterminador. Como ayer. Como otras diez ocasiones en que dejó escapar los tres puntos en los últimos minutos porque no saben o no pueden o no entienden. O no aprenden, en palabras de su entrenador.

   Láinez volvió a su equipo fetiche, a sus once fieles soldados que le habían dado la vida a este grupo en las primeras jornadas de su era. Incluyó, eso sí, a Feltscher en lugar de Isaac, pero por lo demás fue un viaje a los orígenes. Y funcionó bien durante gran parte del choque. Ya en el minuto 4 Ángel la tuvo, pero Cifuentes resolvió con reflejos el chut del tinerfeño y segundos después un cabezazo emponzoñado de Cabrera. Habría sido un gran comienzo para un partido de enorme enjundia. No fue, pero el equipo continuó con su plan, el que ya se sabe y que tan buen final le ha otorgado en varios partidos.

   Poco a poco el equipo aragonés de deconstruyó, pero las partes resultantes no ofrecieron delicatessen, sino nerviosismo y tiritonas. Feltscher en seguida señaló el camino perfecto al Cádiz y este no lo desaprovechó. Bajo el mando de Aketxe, un buen jugador que le hace mucho bien al equipo andaluz, el balón comenzó a acostumbrarse a rodar en el medio campo zaragocista. Ratón tuvo que actuar con reflejos para detener un disparo oblicuo en tiro de falta y el equipo, en general, veía que el balón tenía ribetes de plata, porque sus dueños viven en la Tacita.

   Con un centro del campo anodino y alejado de su mejor versión solo Pombo aparecía esporádicamente para conducir con talento ciertos balones. Sin embargo, no llegaban nunca a los pies de Ángel ni de la segunda línea. Algunos de los nuestros, como Lanzarote, intentaban cosas pero fuera de lugar y lejos del área gaditana. Nada relevante, al fin. En estas estábamos cuando poco a poco Bedia fue adquiriendo algo de tono. Demostró que bien entrenado puede ser un jugador valioso para este Real Zaragoza. Y él fue el listo del recreo. Sacó una falta avispadamente, entregándole el balón a José Enrique que dibujó un centro perfecto para la cabeza de Ángel. El gol del canario suponía una inyección de alegría que la Basílica acogió con alborozo. La afición, esforzada y generosa durante toda la noche apoyando a los suyos, lo celebró con una explosión de júbilo digna de mayores gestas.

   El descanso llegó y la Basílica respiró contenidamente la brisa tenue de la noche. Cuando el partido se reanudó, el Cádiz pretendió ser el Cádiz. Martilleó las bandas, recogió con avidez cada balón que se arrimó a su orilla y decidió asustar al Zaragoza. Esta tarea no es nada difícil y a poco que conozcan los rivales al equipo aragonés les resulta cómodo hurgar en sus muchas heridas. El partido era de los andaluces aunque la chispa de Ángel y las acciones emergente de Pombo mantenían cierta tensión en el partido.

   Antes de la marcha de Lanzarote aún tuvo el Cádiz una ocasión de empatar, pero Feltscher lo evitó tras una mala acción de Zapater y otra no mejor de Ratón. El partido se sostenía porque el Zaragoza mantenía el orden en la cobertura y minimizaba sus errores. Al mismo tiempo Pombo ejecutó varios gestos inteligentes que mantenían alerta al Cádiz, que no se fiaba. Entró Isaac por Edu Bedia y ahí el equipo de Láinez perdió pausa y manejo de balón, si bien sus acciones ganaron en imprecisa electricidad.

   Pero cuando el partido parecía finiquitado, cuando la Romareda estaba a punto de cerrar una noche para el recuerdo en medio de un ambiente grandioso gracias a una afición galana y leal, la luna se apagó. Un balón al centro del área fue muy mal despejado por José Enrique. Lo recogió Aitor, que pasaba por allí, y enganchó un disparo seco y malhadado que arruinó la quebradiza felicidad de la fidelísima hinchada blanquilla. La grada sintió el hondo desgarro de la penuria una vez más y el silencio se escuchó en el corazón de cada quien. Después, Xumetra pudo marcar, pero erró. Todo daba igual.

Foto: Jaime

CALIFICACIONES

Ratón: 3. Buen trabajo. Ágil y con reflejos, blandea en las salidas.

Feltscher: 3. Fue de menos a más. Tapó bien y dio opciones en ataque.

Silva: 3. Buen partido. Contundente en el corte y audaz en el remate. Casi marca.

José Enrique: 2. Irregular. Alternó buenas acciones con errores.

Cabrera: 2. Sufrió mucho en defensa. No supo leer el ataque.

Zapater: 3. Quiso jugar el balón, pero arriesgó mucho. Algún error de bulto. Luchador.

Ros: 2. No sorprende. Trabaja mucho, pero no está acertado en el pase.

Edu Bedia: 3. Buen manejo, ofrece criterio y visión. Aguantó mejor el ritmo del partido.

Lanzarote: 3. Trabajó mucho y lo intentó todo, pero estuvo alejado de su lugar natural.

Pombo: 3. Volvió a ser osado y diferente. Algunas acciones, de lujo. Ayudó mucho.

Ángel: 4. Qué decir. Lo da todo, participa sin reservas y golea. Sobresaliente.

Xumetra: 1. Muy acelerado. Se nota que quiere pero le falta poso. Falló un gol.

Isaac: 1. Jugó en un lugar extraño. Corrió pero sin concreción.

Barrera: S.C.

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