Tenemos presidente, pero aún no hay futuro


   Pues bien, de nuevo en marcha. Han sido tres semanas de descanso, de alejamiento de la dramática vorágine en que nos hemos visto sumidos durante los últimos meses. Hoy ya es el día en que el Real Zaragoza dispone de un Presidente Ejecutivo, por nombre Fernando Molinos, Nando para los zaragocistas veteranos que tuvimos la suerte de poderlo ver jugar junto a Violeta a principios de los años setenta. 

   Presidente y cambios en el club. Un cambio más. ¿El definitivo? Nadie lo sabe. Ni siquiera el propio Agapito Iglesias, quien amaga pero nunca cumple con los deseos del zaragocismo que, no se olvide, no le quiere y lo ha mostrado y demostrado de muchas maneras.

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El futuro se llama Manolo Jiménez.


  Hoy es un día blanco y azul por los cuatro costados del escudo. Ha hablado Manolo Jiménez, ha hablado el hombre que ha puesto sobre el corazón del zaragocismo toda la rasmia, fe y vigor que hacía falta para romperle la cara a la muerte. Ha hablado y ha dicho que le gustaría seguir en el Real Zaragoza.

   Un deseo que comparte el universo del león, claro está, pero que se antoja de imposible cumplimiento a quienes sentimos la Historia del club en cuya alma se acostó Lerín y cuyo futuro ha dibujado Roberto, pongo por ejemplo. Imposible porque el destino aún lo escribe el Sr. Iglesias. Imposible porque no hay ni una sola razón que nos invite a pensar que un plan sensato pueda ser desarrollado por el Sr Iglesias. Imposible porque la fractura hinchada/máximo accionista sangra por las costuras de la vida y ese es un mal que impide que ni una sola idea, por razonable que sea, pueda llegar a convertirse en verdad.

   Manolo Jiménez es un hombre cabal y si es cierto lo que publica hoy Heraldo de Aragón, su propuesta es tan atractiva, tan capaz de enamorarnos, que no es posible que sea cierta. No es posible tanta sensatez, tanta normalidad, tanto conocimiento. Porque si a algo nos ha enseñado el Sr Iglesias es que es posible ser el paradigma de la insensatez, el paladín de la anormalidad y el máximo ejemplo de no tener conocimiento. Y con ese bagage casi nada que podamos soñar va a cumplirse.

   La batalla está planteada. Si el Sr Iglesias se va y entra un cuerpo ejecutivo razonable, el camino está trazado. Es el del raciocinio. Y una cosa más: si hay un posible comprador, ya le digo aquí que se va a encontrar con un capital humano impresionante, el de la hinchada del León. Sin duda, la mejor afición.

Agapito, el hombre que no sabía amar


De Agapito Iglesias, dueño de la inmensa mayoría de las acciones de la Sociedad Anónima “Real Zaragoza”, se ha dicho y escrito mucho. Grandes periodistas, magníficos escritores e incluso reconocidos representantes políticos han derramado sobre la llanura zaragocista sus impresiones y opiniones y han prodigado adjetivos que trataban de dibujar el perfil de este empresario que un día llegó, abrazado a las bruñidas ruedas del éxito social y económico, para ungir a la afición blanquilla con el aceite de un futuro glorioso y hoy alienta el desprecio de la sociedad a la que nunca sirvió.

Decenas de artículos, pues. Y decenas de tertulias televisivas y radiofónicas en las que su nombre se ha mencionado perfumado con palabras rugosas y melodías carcomidas por la ira. Con razones, con la verdad que nos otorga el dolor que nos mata poco a poco, y con la tristeza que nos produce que este ciudadano, cuyo nombre de raíz griega significa “Amado”, haya logrado que sean tan oscuras las nubes que ocultan la luz que apenas nos quede fe para creer en el Cielo que un día nos cobijó.

Sin embargo, es hoy el momento en que me atrevo a exponer una circunstancia en la que nadie ha reparado o que, por lo menos, a nadie he escuchado argumentar. Si es cierto que Agapito / Amado no es un hombre respetado ni, por supuesto, querido por el zaragocismo, no menos verdad es que el drama que el máximo accionista vive y del que es probable que ni él mismo sea consciente, no es su inmadura incapacidad para gestionar un club de fútbol, ni su infantil soberbia, ni su altanería de capa sin espada, ni su insípida displicencia hacia la afición. La fatal realidad es que Agapito / Amado es un hombre incapaz de amar, absolutamente incompetente en el arte de darse a los demás.

Agapito / Amado es un ser estéril y eso es mucho más triste que ser malvado, desaprensivo o inepto. Estéril porque no sabe mostrar compasión hacia quien sufre, en este caso la afición zaragocista; porque nunca encuentra palabras de consuelo con las que calmar la tristeza de quienes tanto confiaron en él, en este caso la afición zaragocista; porque actúa con insolencia ante las lágrimas de los débiles, en este caso la afición zaragocista; porque escribe con tinta de hiel mensajes cargados de impudicia dirigidos a los olvidados, en este caso la afición zaragocista.

Es un hombre incapaz de amar, porque nunca ha consolado al desconsolado. Ha preferido la huida cuando tanta falta nos hacía su presencia y ha evitado calmar las heridas producidas por su desamor cuando la tristeza ha golpeado con fiereza a todos los zaragocistas. A ese hombre estéril, incapaz de amar, le regalo dos palabras de un niño vestido con su camiseta blanca, un lunes por la mañana, con los surcos aún vivos del llanto. Me gustaría verlo cerrando las olas de la tormenta cuando las playas recogen los restos de tantos naufragios. A ese hombre estéril, digo, le regalo los silencios de la afición cuando tenemos que escuchar los ecos de la vergüenza que él ha construido con sus actos de desamor.

Don Agapito / Amado es un ser yermo, espejo de los versos de Lorca, pero lo que nunca podrá ser es víctima. Porque quien no ama no vive la vida en plenitud y quien no es pleno difícilmente puede darse al otro, a quien respira el mismo aire y construye la vida con la misma sangre. El hombre que no sabía amar ha conseguido, junto con otros que habitan el silencio escondidos en la sombra de la mentira, que la afición zaragocista viva en soledad este drama y no encuentre ni un abrazo breve en el que encontrar cobijo. Porque las palabras de los periodistas de fuera, dichas bajo el terciopelo de la noche, tienen tanto óxido en cada sílaba que no hacen sino agudizar el dolor.

Agapito, el hombre que no sabía amar, haría bien en aprender a querer.