Mi crónica: Real Zaragoza, 1 – Atlético de Madrid, 3 (Arriba los compañeros)


    descenso01bAdiós, Primera División. Hola, Infierno. Lo hemos conseguido. Ya somos equipo se Segunda. Ayer no se ganó al Atleti y además la Romareda estalló. No mostró indiferencia, animó al equipo y expresó su repulsa hacia Agapito, pero todo fue inútil, todo era ya inútil. Los jugadores se quitaron las caretas (¿serán estas las caretas a las que se refería el decadente Jiménez?) y nos enseñaron todas sus miserias. Mal, muy mal. El partido fue el certificado de defunción. Ya hemos caído.

   Jiménez nos anunció la titularidad de Jorge Ortí y mantuvo al resto de los jugadores, salvo los obligados cambios de Leo por Roberto y Fernández por Sapu. os demás, igual. En los primeros minutos hubo algunas ocasiones de gol propiciadas por algunos disparos lejano que Courtois se encargó de desactivar mientras el Atleti, armado de una gran calidad, nos ponía los pelos de punta cada vez que se acercaban a nuestra área. Al mismo tiempo, algunos jugadores muy señalados por la grada cometían errores graves que otros se encargaban de corregir. Nombremos a Apoño y Loovens en el capitulo 1 y a Álvaro en el capítulo 2.

   Cuando llegó el minuto 32 la Romareda recuperó la agapitada, estruendosa anoche, pero los jugadores no parecieron darse por aludidos y mantuvieron el mismo tono indolente que les había llevado a mostrar un latido apagado y falto de sangre. Así las cosas, corrían los minutos y nuestra única esperanza era el milagro. Algún chut lejano y nada más.

   La segunda parte nos trajo la inclusión de Movilla en lugar de Pinter, buscando un mayor control de balón y algo más de madurez, pero muy poco cambió el paisaje. Se mejoró en la combinación aunque el ataque seguía estéril, pero se perdió en la recuperación, con lo que el Atleti se acercaba con más peligro aún. Y ahí morimos. El equipo poco a poco fue bajando los brazos y a Jiménez se le ocurrió gastarle la útima roma a la afición de la que tanto habla: Bienvenu por Victor. La pitada fue colosal pero se la trajo al fresco. Y comenzó la agonía. En una de tantas llegadas que el equipo de Simeone fabricó, llegó el primer gol del Atleti. La Romareda se desmoronó.  La vieja Basílica vio cómo se iniciaba un desolado abandono de localidades por parte de cientos de aficionados que, literalmente, no pudieron soportar el dolor que nos produjo este gol. Todo se derrumbaba. A los pocos minutos Postiga remataba a placer y devolvía el partido a sus inicios, pero todo se antojaba imposible. Demasiado tarde.

   Así era. En el minuto 90 Diego Costa lograba un segundo gol y un minuto después firmaba la hecatombe con el tercero. El resultado era un hierro al rojo vivo penetrando en las carnes del zaragocismo, que ya no pudo aguantar por más tiempo la indignidad y proclamó su ira con gritos y gran bronca. Nada que ver con las extraordinarias protestas que los más veteranos recordamos haber vivido en nuestro estadio pero nada que ver tampoco con el aquiescente apoyo a los jugadores de las ultimas seis plantillas. Ayer hubo para todos y para todo y hasta se llegó a discutir en la grada agriamente ante la divergencia de pareceres con lo que se estaba viviendo.

   Esta es la crónica. Este es el (pobre) relato de un (pobre) partido protagonizado por unos (paupérrimos) jugadores que no supieron hacer honor a la camiseta que vestían y cuyo escudo les pesa muchísimo y por un (inepto) entrenador que ha perdido el norte y ha dilapidado el crédito más formidable que ningún coach haya vivido nunca en ningún campeonato de cierta entidad. Ahí queda eso, hermanos. A partir de ahora, máxima exigencia. A todos. Y a la afición que la dejen, que nos dejen en paz, pues no hay ninguna como esta en ningún lugar del mundo. Se acabó.

CALIFICACIONES:

Leo Franco: 2. Aún salvó algún gol.

Fernández: 2. se hincho de subir por la banda, pero sufrió en defensa.

Loovens: 0. “Pa qué”.

Álvaro: 3. Esforzadísimo y valeroso, pero no pudo cerrar todas las vías de agua.

Abraham: 2. Como siempre, mejor en ataque que en defensa. 

Apoño: 0. Jugó con fuego y se acabó quemando.

Pinter: 1. Mermado físicamente tras una entrada, no llegó.

Victor: 2. Buenos primeros minutos, pero luego se apagó.

Jorge Ortí: 2. Peleó y jugó algunos balones con clase. Le faltó atrevimiento.

Montañés: 1. No consiguió desbordar. 

Postiga: 2. No se escondió y logró un gol.

Movilla: 2. Le dio cierto poso al partido, pero se diluyó. Luchó

Bienvenu: 0. 0. 0.

Rochina: 0. No sabe jugar en equipo.

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Atlético de Madrid, 2 – Real Zaragoza, 0 (Proposición inconsistente)


287872_gVer los nombres y ubicaciones de los jugadores y levantar una ceja, signo éste de escepticismo, fue todo uno. Ver a Pinter de central, a Paredes de lateral, a Abraham no sé dónde y Apoño puesto al revés, sirvió para dudar. Y contemplar los primeros minutos y romperse la ilusión de lograr traernos medio punto del Manzanares, el punto final de la tarde.

Cuando un entrenador descose a un equipo porque contempla soluciones donde hasta ahora no había problema, la jugada suele salir mal. Y si a ello le sumamos que los jugadores no se lo creen ni apuntan intenciones de hacerlo creíble, es sencillo ablandar la noche para que aquello acabe pronto. Que es lo que sucedió ayer. Lo que apuntaba como un partido bonito, interesante, jugoso, incluso victorioso acabó siendo una mala copia de lo que hasta ahora había venido demostrando el Real Zaragoza fuera de casa. Desde el minuto uno, sí, desde el uno, el Atlético fue a por el partido, con avaricia, con deseos de partirle el alma al contrario y decirle a la Liga que este año la alternativa se llama “At-le-ti” y que ahí van a estar ellos, para darle perfume a esta agónica competición que ya no tiene interés ni para los campeones. Y a este embate le contestó el equipo de Monolojiménez con una deshuesada actitud, propia de equipos de alambre oxidado, de grupos que van a los sitios con la sana voluntad de poner los discos, no de bailarlos.

La alineación fue un despropósito y la puesta en escena, famélica. Sin alma, sí; sin espíritu, sé; sin garra, sí. Jugarle al Atlético como se le jugó ayer es un suicidio y nadie entendió ni la propuesta de juego ni la actitud de los jugadores.

Hasta el minuto treinta el equipo achicó balones y sudó la gota gorda para detener el aluvión de fuerza e ingenio que tenía delante, pero a la primera que tuvieron la colaron. Un corner de libro y gol. Y ninguna capacidad de respuesta por parte del grupo. Postiga deambulando por las orillas del Manzanares, hablando con los patos y echándoles pan portugués y los demás a ver cómo el espíritu del Cholo se hacía con el dominio de la poca vida que ayer corría por el césped.

La defensa no pudo nunca con el ataque local y Loovens aún debe soñar con las llegadas del Tigre y de Arda y los demás aún deben preguntarse tantas cosas…Fue, en realidad, un calco del partido del año pasado, cuando estábamos muy mal y todavía pintaba peor. Y por eso cometimos penalty, uno de esos penalties que provocan los equipos menores cuando en lugar de jugar al fútbol se dedican a taponar las mil vías de agua que anegan una embarcación vieja y cochambrosa. Porque así se mostró el Real Zaragoza: cochambroso y mediocre.

En la segunda parte Manolojiménez sacó el equipo habitual: Abraham, a su sitio, Víctor, a jugar y el dibujo, el de siempre. El único, el que tiene, el que sale al campo cada semana y con el que las cosas no nos han ido tan mal. Y un poquico más de ambición y deseos de molestar a Courtois. Bien es cierto que ayer todos estaban locos por regresar a Zaragoza y tan apenas un lejano tiro de Apoño fue lo que se aportó en el ataque, pero por lo menos ya no se sufrió con la ventolera colchonera. Ellos bajaron el psitón y nosotrosnos nos parecíamos un poco más a nosotros. Eso, sí: demasiado tarde. El partido ya lo habíamnos tirado a la basura nada más comenzar el choque y de ese modo pocas cosas buenas nos pueden pasar.

Luego vino lo esperado: dos cambios para nada. Dos cambios que desnudaron al equipo, pues mostraron al viento que no hay más cera, porque si lo que tenemos, que es lo que tenemos, es Eduoriol en horas bajas, y Javiálamo con muchas ganas pero muy poco rodaje, pues estamos muy fastidiados. Claro, que también se puede mirar como un toque de claxon a la secretaría técnica para busque debajo de las piedras y encuientre dos delanteros, un medio centro y un defensa que recompongan un poco las escasas alternativas de que el grupo dispone. 

CALIFICACIONES

Roberto: 4. Hizo tres paradas de gran mérito, aunque los goles, los dos de falta, fueron imposibles.

Sapunaru: 2. Acarició en repetidas pocasiones a su amigo Falcao, pero no aportó entendimiento a la defensa.

Loovens: 1. Lento, desubicado. Muy poco defensa para tanta delantera.

Pinter: 2. Algún corte interesante y colocación fueron sus argumentos.

Paredes: 1. Flojo partido del asturiano, que habría aportado mucho más como central por su velocidad y colocación.

Zuculini: 1. Apenas participó y su voluntad no sirvió de mucho.

Abraham: 1. Jugó donde no sabe en la primera parte. Su aportación en la segunda fue débil.

José Mari: 1. Desorientado y con poca capacidad de contención.

Apoño: 2. Mal la primera parte, donde nos mostró que sin Movilla no es tan importante como el año pasado. En la segunda se lo creyó un poco más y pretendió liderar al grupo.

Postiga: 2. No le llegó ni un solo balón en condiciones. No pudo ayudar al grupo.

Víctor: 2. Trató de agitar el partido, pero había demasiado polvo en el camino.

Edu Oriol: 1. Insignificante. Su presencia fue agua dulce en el mar.

Álamo: 2. Luchó como en él es habitual cada vez que le dan dos minutos y dibujó algunas líneas de ataque diferentes.

P.S.: Pongo una foto en la que únicamente se ve a jugadores del Atleti porque ayer tuve la sensación de que en el campo sólo había futbolistas rojiblancos.

Escribíamos ayer: Atl. de Madrid y Real Zaragoza


Mi crónica del partido: Real Zaragoza, 1 – Atlético de Madrid, 0 (Con la llovizna en los surcos) 26 marzo 2012

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Temo a la madrugada (Real Zaragoza, 0 – Atl. de Madrid, 1)


El fútbol es el deporte más miserable de cuantos son practicados por la especie humana. Un partido que pudimos haber ganado, empatado o perdido a partes iguales acabó como nunca debió finalizar. Una derrota que hace daño, como todas, pero últimamente las que sufrimos duelen más porque nuestras cicatrices alojan grandes cantidades de sal que hacen aún más dolorosa la muerte.


El Real Zaragoza sufrió mucho durante los primeros minutos del encuentro. El Atlético de Madrid venía de perder sus últimos cuatro partidos y desde el primer minuto nos dejó bien claro que venía a ganar, porque lo necesitaba, porque la vida se le iba y porque ya no le quedaba sangre con que afrontar el poco futuro que le queda. Acorraló al Real Zaragoza, disfrutó de varias ocasiones de gol y nos apretó el corazón hasta casi desintegrarlo. Leo Franco, la defensa o su mala puntería fueron las razones por las que no subió ningún gol a su casillero. Mientras tanto, los jugadores zaragocistas se fueron sacudiendo poco a poco el agobio colchonero hasta equilibrar un choque que llevaba camino de derrota.

El esfuerzo realizado por nuestra defensa fue grande y trajo como consecuencia que nuestra portería estaba a cero. A ello colaboró el gran trabajo de Leo Franco, con un par de paradas de gran mérito, especialmente un balón que le robó al Kun cuando este ya enfilaba la raya del arco. Y cuando él no llegaba, ahí estuvo Gabi para sacar de la misma línea un remate de cabeza que llevaba escrito a fuego y oro la palabra “gol” en su trayectoria.

Cuando el choque llegó a territorios más calmados, el equipo aragonés intentó acercarse a la puerta de De Gea y especialmente lo hizo Gabi, con un gran chut que salió lamiendo la escuadra atlética. Habría sido el gol de la jornada, pero el fútbol también es un deporte de centímetros. A veces de milímetros, como al final de partido podríamos comprobar con amargura.

Nos fuimos al descanso y en ese instante ya todos sabíamos que ganaría el partido quien pudiese acertar una ocasión. O al revés: perdería quien cometiese un error. La segunda parte dio comienzo con un cambio muy importante en el equipo de Aguirre. Salió Bertolo por un inoperante Sinama. El argentino comenzó muy activo y desde el primer momento le tomó la medida a Ujfalusi, al que volvió loco con tres internadas que no acabaron en gol porque, y eso ya lo sabemos, no tenemos quien remate. Si en el área hubiera habido un delantero con aptitudes goleadores, el Real Zaragoza se habría adelantado en el marcador, porque las mejores ocasiones eran suyas. Incluso Braulio pudo marcar en un tiro raso y colocado que detuvo De Gea con agilidad.

La jugada clave llegó en el minuto… Una melea veinte cemítros de la línea de gol madrileña no fue resuelta por ningún delantero aragonés. El consiguiente contraataque fue culminado por el Kun, quien en un magistral regate se fue de Ponzio y le cruzó un balón imposible a Leo Franco. Gol y desazón en el zaragocismo. El equipo del Ebro acusó el golpe, pues cuando mejor estaba jugando llegó la peor de las noticias. Tuvieron que pasar algunos minutos para que el equipo zaragozano reaccionara, momentos que trataron de aprovechar los atléticos con varios contrataques que a punto estuvieron de lograr el objetivo de rematar la faena. No fue así y Aguirre decidió jugársela e hizo reaparecer a Uche, quien volvía jugar un partido oficial después de su segunda lesión de rodilla en menos de un año. Y el nigeriano logró que De Gea notase el temblor de los palos después de estrellar un magnífico balón en el larguero. Y el propio portero atlético volvería a setir el miedo en su cuerpo cundo Bertolo estrellaba otro balón en el larguero. Demasiada mala suerte. Demasiada frustración.

El partido murió. El Real Zaragoza lo había intentado, había tratado de derrotar a un poderoso equipo que llegaba a Zaragoza con todo y que, precisamente gracias a la calidad individual de uno de los suyos, nos privó de un resultado positivo. Y nos regaló una nueva estancia en las habitaciones del infierno.

Hace un tiempo fui audaz


Hace tres años, el Real Zaragoza se enfrentaba al Atlético de  Madrid. Eran tiempos de volcán. Manolo Villanova acababa de tomar las riendas de un caballo desbocado en cuyo corazón se apagaba un escudo herido por la muerte que llegaba. Era un tiempo de terror, de horror al vacío. Era el tiempo de vencer y morir.


Aquella noche de sábado (sí, también era noche de sábado) nuestro esplendorosos jugadores, los de oropeles inmerecidos, los de gallardas armaduras de pretendida nobleza, afrontaban el partido con soberbia y urgencia y Villanova, ese gran zaragocista que lo dejó todo, absolutamente todo por desembarrancar a su querido real Zaragoza, se presentó en la Romareda con la mandíbula adelantada y el pecho tenso.

Escribí mucho aquella tarde. Me dejé el alma en cada palabra, como vengo haciendo desde hace tanto tiempo, y me fui a ver el partido no sin antes proclamar: “Hoy es noche de luz, cielo de batalla, campo de batalla”. Y unos días antes había escrito un artículo (“Ojalá que las hojas no te toquen el cuerpo cuando caigan”) que demandaba una serie de argumentos para salir de la profunda crisis de juego en la que buceaba el equipo.

Ese mismo día Manolo Villanova llegaba al Real Zaragoza. Irureta se había muerto, si no había llegado ya inerme a nuestra casa. ¡Qué engaño! ¡Cuánta mentira hubo en aquel entrenador hueco y triste que acabó por cavar nuestra tumba! Irureta había roto propia leyenda en apenas dos meses y el real Zaragoza acudió a Manolo, ese buen hombre, ese buen entrenador, que acogió en sus manos a un animal al que conocía tan bien como a sí mismo, y se conjuró para reanimarlo. Su primer gran desafío, enorme desafío era enseñarle a competir, mostrarles a aquellos grandiosos jugadores, a aquellos torpes jugadores, el camino para aprender a ganar, algo que habían olvidado sumidos en sus egocentrismo y sus oropeles excesivos. Y lo tuvo que hacer, nada más y nada menos, que ante el atlñetico de Madrid. ¡Menudo debut!

Y vencimos. Se derrotó al Atlético de Madrid (2 – 1) con goles de fortuna (esa canilla de abiatti) y de penalty (Milito) y todo valió. aquella noche nos bebimos todas las botellas de zaragocismo que encontramos en los bares de Aragón. Y fuimos felices.

Hoy quien era nuestro rival es nuestro coronel. Aguirre era entonces el entrenador del Atleti y perdió. Esta noche se enfrenta a uno de los equipos de sus amores, pero ya demostró en Pamplona que es un profesional cabal y honrado y ha preparado este partido con todo el mimo que su experiencia le exige. No cuenta con grandes jugadores, como sí tuvo Villanova entonces, pero nos ofrece la garantía de la lucha, el esfuerzo y el compromiso. Y Uche, con quien parece que cuenta más de lo esperado. Y en esa defensa aguerrida y pétrea en la que asoma Da Silva. Y en la Virgen del Pilar. Imagino.

Perder el viento

Señales de urgencias (El Periódico de Aragón)

Aguirre prueba sistema pero sigue igual (El Periódico de Aragón)

La depresión de Quique (El Periódico de Aragón)

Miedo a los muertos (Heraldo de Aragón)


Atlético de Madrid, 1 – Real Zaragoza, 0


Victoria, la palabra extraviada

Una derrota, por muy esperada que sea, nunca deja de ser dolorosa. Y eso ha ocurrido hoy, día en que el Real Zaragoza ha caído vencido por un famélico gol logrado por un Atlético de Madrid perezoso, alejado de la audacia que se le supone a un equipo acostumbrado a los éxitos en los últimos tiempos.

El partido ha sido una mala caricatura de nosotros mismos, un escaparate en el que ya no cabe más inoperancia, en el que ya no es posible mostrar más incapacidad. Se ha mejorado en consistencia defensiva, si bien el más leve despiste nos cuesta un gol, como se ha podido comprobar hoy con ese desajuste en una cobertura inédita en la que ha debutado un desorientado Lanzaro que tan sólo ha durado 45 minutos sobre el césped. Ha mejorado la defensa, decía, pero cuando el otro equipo nos deja el balón o nosotros se lo arrebatamos porque el otro se aburre con él, ya no sabemos qué hacer. Se nos hace de noche cuando tenemos que combinar, asociarnos y dibujar una jugada. No hay capacidad para crear, no tenemos el talento que se precisa para llevar la amenaza a las trincheras contrarias y nos falta calidad para interpretar la más modesta de las partituras. El resultado es la nada, el vacío, el callejón sin salida en que se está convirtiendo nuestra vida.

La primera media hora la ha comprado el Atlético en el Mercado del Fútbol. Les ha bastado quedarse el balón para encerrarnos atrás, en ese territorio que ha señalado Gay y del que ha prohibido que nadie saliera, no vaya a ser que nos constipemos. Y ahí, donde se supone que teníamos que vivir esta noche, hemos muerto. Una pérdida del balón en el medio campo, una galopada de Filipe Luis y un vigoroso remate a gol de Diego Costa han acabado con nuestro planteamiento inicial. A partir de ahí el Atleti nos ha invitado a jugar, ha escenificado su papel de buen anfitrión pero nosotros no sabemos sr mejores huéspedes. Hemos querido, sí, pero ni conocemos las reglas ni nadie nos ha explicado que para completar este viaje hace falta tener algo más que ganas. Y menos mal que la lesión de Leofranco la ha solventado muy bien Tonidoblas, su sustituto, con una proverbial parada a disparo de Diego Costa en la primera parte y otra buena intervención a un cabezazo de Godín en la segunda.

La continuación la ha planteado Gay con dos delanteros, Marco Pérez y Sinama, que han salido al campo con el encargo de abrir espacios, atemorizar a la defensa rojiblanca y trazar diagonales por las que propiciar ocasiones de gol y ha retrasado a Ander para que se encargara de echar carbón en la sala de máquinas. Pero nada ha salido bien. Las dos únicas ocasiones de gol las ha protagonizado Gabi, con sendos disparos desde lejos mientras el trabajo del mencionado Ander no encontraba fruto porque en la línea de tres cuartos se nos acaba el crédito. Ni siquiera cuando el Atleti se ha quedado con diez por expulsión de Reyes por propinarle un codazo/empujón a Contini hemos sido capaces no ya de de revertir el resultado, sino ni siquiera de poner nerviosa a la parroquia colchonera.

La salida de Bertolo, el entusiasmo de Lafita y el empeño de Ander y Gabi han sido insuficientes para afrontar un final de partido con todo a favor pero con una débil capacidad para resolver la contienda. Apenas hemos inquietado a De Gea, no hemos disparado a puerta más cerca de quince metros y en ningún caso hemos inquietado seriamente al joven portero toledano. Y es que el propio Gay lo ha reconocido: “Hemos tenido las persianas bajadas en ataque”. Lo peor que nos puede pasar es que no seamos capaces de encontrar un carpintero que nos ayude a subirlas .

Real Zaragoza, 1 – Atlético de Madrid, 1


La sonrisa quebrada

El Real Zaragoza y el Atlético de Madrid han empatado (1 – 1) en partido correspondiente a la 25ª Jornada del Campeonato Nacional de Liga de 1ª División. El gol lo logró Jarosik.

La empresa, hercúlea, propia de titanes furiosos y cuyas almas llevan la sangre inyectada en cada pliegue de la piel, si es que las almas tienen piel, crece en dificultad conforme se acerca el abismo. El final, es decir. La empresa es salvar la vida, romper el maleficio que nos acompaña desde hace años y llegar a la orilla para poder respirar el aire que aún se nos niega. Y esa empresa nos exige dolor, sudor y vómitos de sangre seca. Lo pudimos comprobar el domingo.

El domingo nuestro Real Zaragoza se enfrentaba a uno de los equipos más inconsistentes y sorprendentes del mundo. Un equopo que es capaz de abofeteaqr al Barça y dejarse comer el alma por un casi segunda como el Almería. Un equipo que bosteza por la mañana y revive en medio de la oscuridad. Y ese equipo, amigos, es el Atleti. Un equipo al que el Real Zaragoza le puso las peras al cuarto, al que le enseñó los colmillos afilados por la desesperación y alq ue tuvo contra las cuerdas hasta que los dioses se desperezaron y decidieron enviar una bocanada de ambrosía a los madrileños para permitirles empatar un partido que no merecían. Y el silencio en la Romareda.

Empezó muy bien el choque, con un equipo aragonés muy implicado, muy bien ubicado y muy bien adiestrado. El temprano gol de Jarosik fue como un fulgor en la oscuridad y sirvió para ayudar a ordenar todavía más a un muy bien estructurado equipo. Los jugadores del Atleti, su terrorífica línea ofensiva, se vio ahogada por una magnífica disposición táctica y por un esforzado trabajo de todos los jugadores zaragocistas, hasta el punto de no conceder ni una sola ocasión a los rojiblancos en toda la primera parte. El encuentro fue duro, metálico en las formas y espinoso en el fondo y los jugadores de uno y otro equipo miraban de cara la batalla, si bien eran los zaragocistas los más competitivos, los más bravos creyéndose que su vida, cada gota de futuro, se iba en cada disputa, en cada golpeo, en cada carrera.

La segunda parte fue una continuación de la primera. El Real Zaragoza, sin embargo, cedió la posesión del balón a los madrileños y eso supuso un cierto control al equipo contrario, aunque nunca dieron sensación de casi nada. Además, un histriónico Reyes acabó por despedirse del mundo con un manotazo propinado a Eliseu para explicarle a los cielos, por si había alguna duda, que aquel Real Zaragoza podía con ellos y no les estaba dejando jugar como ellos pretendían. Estaba claro que los tiempos en que el Real Zaragoza invitaba a sus contrarios al lucimiento habían muerto y ahora somos un equipo duro, uniforme, asociado y férrico, que ha optado por mostrar su gesto más coriáceo y que, además, cuenta con jugadores de talento que van a poner al servicio de la causa cada gramo de ácido láctico de que dispongan.

Si hay que ponerle nombre propio a este Real Zaragoza hoy, sin duda, tenemos que hablar de Gabi, un futbolista que está dejándose la vida en el empeño y que, ahora mismo, es el santo y seña del equipo. Con la garra que nos proporciona y su nivel de exigencia es fácil entender que hoy, ya, sí, el Real Zaragoza tiene un Gran Capitán en sus filas. Si durante un tiempo habíamos dudado, habíamos perdido la identidad y nos movíamos en un océano de incertidumbre y ausencia de cara, hoy ya podemos decir que hay varios jugadores que son el alma y el gesto del zaragocismo. Gabi, sin duda, es uno de ellos, si no el más significado, y eso ayuda a que el futuro se respire mejor. Ni siquiera el gol del joven Ibrahima, ni siquiera el jarro de agua fría que supuso el empate in extremis del Atleti, ni siquiera la decepción que supuso perder dos puntos nos hace bajar la guardia. Nada de eso nos hace estar tristes. Au contraire: vamos a Santander a buscar los tres puntos que merecemos y por eso la Peña Zaragocista “Juan Señor” de Alcorisa viaja a Cantabria este fin de semana en un viaje que se planificó hace tiempo pero que ahora adquiere un enorme significado. Ojalá los peñistas alcorisanos y bajoaragoneses guarden en sus mochilas un hueco para ese motín que tanto anhelamos y que tanto bien nos haría. Servidor, desde luego, apuesta por el abordaje inteligente y la obtención de la recompensa merecida.