Valencia CF, 2 – Real Zaragoza, 0 (Las cañas fueron lanzas; el barro, tumba)


   El fulgor de la victoria de la semana pasada se ha apagado con tal prontitud que aún no hemos tenido tiempo de saborear su dulzura cuando ya nos invade la amargura de una nueva derrota. La de esta tarde blanda, la de la temprana cita con el horizonte de la debilidad.

El partido no nos muestra en su resultado el discurso que han escrito en el césped ambos equipos y eso no es una buena noticia para el Real Zaragoza. Aunque haya propuesto un fútbol más combinativo, aunque haya disparado a puerta más veces que en toda la temporada y parte de la pasada, aunque tengamos jugadores que aportan cierto brillo a un grupo que no acaba de dominar ni el área propia ni las llanuras ajenas. Y ahí morimos.

Manolojménez ha optado por repetir alineación. Ha vuelto a confiar en Romaric-Apoño-José Mari como triángulo base del grupo, pero la idea se le ha venido abajo cuando el africano ha desactivado su sala de máquinas y Apoño se ha visto obligado a remendar los descosidos de la medular, con lo que el dibujo inicial se ha ido por la cloaca. Si los diez primeros minutos han sido el escaparate de un equipo motivado y en algún momento hasta jugón, a partir del once, con el gol de Feghouli, todo se ha oscurecido. El partido ha entrado en una fase de “ahora tú, ahora yo”, e incluso podemos afirmar que Roberto no ha tenido trabajo, mientras que Guaita ha tenido que intervenir varias ocasiones, sobre todo con una brillante intervención ante un magnífico chut de Montañés tras jugada cosida a la diagonal.

   Pero había tres problemas que urgía solucionar. Uno: la banda izquierda se asemejaba a un jersey calado por el que el agua inunda la piel de quien lo viste. Dos: Romaric y Apoño no aportan lo que deben, y ahí el barco se escora: Tres: las ocasiones creadas son insuficientes para hacer un gol. Increíblemente, tras una buena primera parte, perdíamos por un gol fruto de una mala defensa que se pierde entre la zarachina conceptual.

   La segunda parte no ha contemplado ninguna variación en el equipo. Manolojiménez ha mantenido su fe en Romaric y Apoño, decisión que ha desilusionado un tanto a la afición. Mientras meditábamos sobre esa decisión, Víctor a enviado un grandioso chut a la escuadra de Guaita, lo que habría supuesto el gol del empate y el inicio de un partido completamente nuevo. Sin embargo, todo ha seguido igual y la defensa ha continuado dando muestras de debilidad, como se ha demostrado en la jugada del segundo gol. Una aproximación por el lateral de Abraham ha sido el origen de un pase al área pequeña muy mal defendida, de nuevo tras rechace, para que Viera rematase deficientemente y el balón entrase. De pandereta.

   Cuando el partido se ha puesto feo como un bruja de Trasmoz, Manolojiménez le ha pedido a Aranda que saliese a jugar. Y lo ha hecho. Ha jugado al fútbol como nunca, ha combinado magistralmente con Víctor, ha encarado y desbordado con audacia y ha puesto encima de la mesa el debate: “¿Tengo que jugar junto a estos o no?” La afición, desde la lejanía, le ha aplaudido, pues su juego y presencia han sido de lo mejor en esta tarde junto a la chispa y la desfachatez técnica y física de Víctor, que está creciendo futbolísticamente a una velocidad sorprendente.

   Lastimosamente, el partido estaba muy de cara para el Valencia, que no se ha inmutado cuando nuestro mister ha sacado a Movilla y Eduoriol para tratar de encontrar el sendero adecuado. El madrileño ha vuelto a demostrar que su presencia le hace mucho bien a este equipo y que mezcla muy bien con Apoño. Y con el mundo.

   De ahí hasta el final el partido ha ido acomodándose en la hamaca hasta encontrar la postura. Se ha dormido y nos ha dormido y en nuestros sueños hemos revivido un choque en el que hemos vuelto a vestirnos de inoperantes defensores, lentos centrocampistas y estériles rematadores, por lo que seguimos sin encontrar respuestas a tantas preguntas. Esto quizás anime una semana en la que esperamos con inquietud la visita del Getafe, pero de ese debate tiene que surgir la autocrítica que nos ayude a ser más osados y, sobre todo, más fuertes.

CALIFICACIONES

Roberto: 3. Vendido en los dos goles, afrontó dos manos a mano con solvencia.

Sapunaru: 2. Mejor por abajo que por arriba, los balones largos son su cruz.

Álvaro: 3. Un tanto más inseguro que en ocasiones anteriores, fue, sin embargo el mejor de la defensa.

Paredes: 1. Sobrepasado en más de una jugada larga. Ese derribo en el área…

Abraham: 1. Sufrió muchísimo en defensa. Fue desbordado por su banda más de lo aceptable.

José Mari: 3. Luchador y trabajador, tuvo que jugar, un día más, por dos. No se le puede pedir más.

Romaric: 0. Hum…

Apoño: 2. Tras una primera parte deficitaria, la presencia de Movilla en la segunda le dio vida y él le ofertó aire a equipo.

Víctor: 5. Tuvo veinte minutos en la segunda parte de crack. El resto del partido, muy activo y peligroso.

Montañés: 3. Si ese chut de la primera parte llega a ser gol habría cerrado un partido más que notable. Está encontrando su sitio.

Postiga: 3. Volvió a dar la cara durante todo el partido. Dispuso de alguna ocasión de gol clara, por lo podríamos exigirle ese acierto que necesita el equipo.

Aranda: 4. Gran partido del andaluz. Su potencia la acompañó de descaro, clase y calidad en el regate.

Movilla: 2. Si hubiera salido antes habría sido más determinante. Aun así su presencia le da seguridad al equipo y le aporta varias cucharadas de clarividencia al juego.

Edu Oriol: 1. No introdujo la frescura que necesitaba el partido.

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Cuando el tiempo nos invita a la vida (Real Zaragoza, 4 – Valencia, 0)


Escribió el poeta que para saber de amor es menester haber estado solo. Lo escribió con la mano temblorosa de quien ha sentido el mordisco del abandono y no cree que nunca vuelva el calor de un susurro imaginado. Pero ese calor, esa quemazón necesariamente hiriente que sirve para cauterizar la aspereza del infortunio, regresó anoche a la Romareda, a la Vieja Dama Blanca tantas veces testigo de la gloria, demasiadas veces humillada por la desidia de unos pocos.

No de sus legítimos habitantes; no de esos zaragocistaas de corazón que ayer acudieron a la llamada del león siempre vivo, por mucha muerte que le aceche. No de todos aquellos que ayer gritaron, gritamos los cuatro goles que nuestros héroes, los nuestros, consiguieron ante un Valencia que no supo, ni pudo afrontar el choque con la sangre caliente del guerrero digno y voraz. Fueron cuatro goles con alma blanca y azul; cuatro dentelladas al destino arrugado que acecha nuestro presente y que han convertido un día de homenaje al Hueso Galletti en una jornada de aplauso al zaragocismo más límpido y solidario.

El partido comenzó con un Real Zaragoza en los ojos de cuyos jugadores brillaba una fiereza inusitada. Fue un comienzo fulgurante al que nos supo hacer frente el VAlencia, dolido como venía del fracaso de Alemania. Y en tan solo cuatro minutos el partido ya había abierto sus carnes para que el león aragonés incidiera sus colmillos con rapidez y certeza. Una falta botada magistralmente por Paredes fue eficazmente rematada por Jarosik, logrando el primer gol de la noche. La estupefacción se dibujó en el rostro de los jugadores valencianistas y en el de su propio entrenador, que había propuesto un partido intenso y balsámico que sirviera para cerrar las heridas del fracaso europeo.

Sin embargo, pronto nos dimos cuenta todos que aquello era un magnífico comienzo que iba a tener una electrizante continuación. El Real Zaragoza se mostraba muy seguro en defensa, cerraba cualquier combinación forastera, barría con solvencia y dedicación el centro del campo y salía con talento y rapidez al contraataque, propiciando dos buenas ocasiones de gol que ni Bertolo ni Uche lograron culminar.

Antes, Tonidoblas había cerrado el camino al gol a Joaquín en un magnífico mano a mano, aunque se la jugada había sido anulada (injustamente) por fuera de juego. Eso ocurría minutos antes de que Uche, a pase de Jorgelópez, habilitase con un soberbio pase a Ander Herrera para que éste, sabiamente, batiese a Guaita, quien no supo cerrar el único lugar por el que el balón podía transitar hacia su red. Era el segundo de la noche y la Romareda se aprestaba a vivir una de sus noches mágicas.

El tramo hasta el descanso fue una pugna entre dos ejércitos con objetivos dispares y esfuerzos desiguales. Mientras el Real Zaragoza controlaba la situación, el Valencia navegaba a duras penas por un mar escabroso, sin brújula y escaso de víveres. Un gran equipo, el tercero de la Liga, no encontraba la Osa Mayor que le indicase la ruta a seguir, mientras que los zaragocistas cumplían armoniosa y decididamente el papel que el Vasco Aguirre les había dibujado en el alma.

La segunda parte dio comienzo con una propuesta un tanto más atrevida de Unai Emery. Ya en el minuto 30 había realizado un arriesgado cambio, visto el fracaso de us idea inicial. Sacó a Banega en un intento por recuperar el balón y la dignidad, pero el Real Zaragoza, anoche, era mucho Real Zaragoza. Los ataques deshilachados de los levantinos no podían inquietar a una defensa y un portero que cumplían sobradamente, con un Ponzio inconmesurable y una solvencia en todas las líneas que facilitaron que, poco a poco, los aficionados empezaran a barruntar la mejor de las noches.

El cielo terminó de abrirse cuando Bertolo forzó un penalty que dio con Stankevicius en el vestuario por doble amarilla. Gabi, el Gran Ga(st)bi, se encargó de hacerle el tercer roto a Guaita. Tres a cero era ya mucha renta y la grada decidió que era el momento de comenzar a agitar la Hora de los Felices. La ola mexicana se puso un tremendo cachirulo y la afición zaragocista, que había respondido grandiosamente a la llamada del club, comenzó a disfrutar, por fin, de un triunfo holgado, merecido y muy gratificante.

Pero aún habría más. Aún conseguiría Braulio activar un enorme ¡Huy! con un disparo cruzado que Guaita desvió muy bien. Lo que no conseguiría evitar el veterano Albelda es que el propio Braulio se le escapara y provocase un segundo penalty que significó el cuarto gol, de nuevo de Gabi, y la explosión de júbilo de la afición zaragocista, que no dudó en celebrar el triunfo con una desbordada  alegría propia de mayores gestas, pero a la que no será uno quien juzgue, pues esta hinchada se lo merece todo. Absolutamente todo.

El partido acabó. Ahora, resta cumplir como hombres, en expresión clásica y en absoluto sospechosa, créanme, en los dos desplazamientos que nos toca frente a dos equipos que nos están acostumbrando a verles completar hazañas imposibles y protagonizar  fiascos memorables. Ojalá nuestros héroes sepan encontrar el camino hacia la luz. Lo que es seguro es que su esfuerzo es nuestra fuerza.