El 10 de mayo más feliz


   recopa02Sí, amigo mío. Yo también lo vi. Mi corazón también voló junto a aquel balón furioso e insolente que Nayim envió a las estrellas. Mi boca también agrietó los pechos de mis amigos, los que lanzaron alaridos de incredulidad y hasta de reproche cuando el ceutí golpeó el futuro con una pasión solo reservada a los elegidos.

Sí, amigo mío. Yo también lloré. Y abracé y besé a aquel desconocido que me regaló su asombro cuando el zaragocismo estalló en un millón de versos blancos y azules. Cuando aquel anonadado portero no pudo evitar que la gloria viajase a los confines del paraíso del buen gusto por el fútbol de seda.

Sí, amigo mío. Hoy hace veinte años que el cielo vivió con un alborozo pocas veces sentido una noche irrepetible. Viviremos otra vez mil ceremonias del triunfo, volveremos a ser queridos por todos, de nuevo gozaremos con la clase de fútbol que solo pueden degustar quienes han saboreado como propias la magia de los Magníficos, la alegría de los Zaraguayos, la maravilla de Señor y los Zaraochentas. Todo eso volverá. Pero la imagen del Negro encaramado al travesaño de la portería con la Recopa en la mano empaña cualquier verso suelto que ningún poeta pretenda volver a escribir.

   El 10 de mayo es una fecha que nos enseña el camino que debemos andar. Hoy, cuando nuestro Real Zaragoza juega un trascendental partido ante el Albacete, equipo que quiero pues mi sangre manchega a ello me invita, el zaragocismo en pie celebra un aniversario que nos tiene que empujar al futuro. Hoy la Basílica será un escenario mágico en el que el espíritu de los héroes de París cubrirá de principio a fin la tarde de fútbol. Los aficionados hablaremos de todo ello y nos volveremos a contar dónde estábamos aquel día, con quién y qué hicimos después. Y sonreiremos.

   Sí, amigo mío. Hoy hace veinte años yo también creí morir de felicidad. Y cuando regresé a casa le dije a mi hijo, de apenas un año, que algún día estaríamos juntos en la Romareda cantando los goles de ese equipo al que mi padre me enseñó a amar llevándome a la Romareda cada domingo en aquellas hermosas tarde de domingo de principios de los 70.

   Hoy os quiero decir que soy feliz porque los tres vamos a ver a nuestro Real Zaragoza. Mi padre en casa, después de unos días difíciles, precisamente en el partido que enfrenta a su Real Zaragoza y a su Albacete. Mi hijo y yo, en la Basílica, con nuestra gente de Alcorisa. Nunca imaginé un 20 aniversario de la Recopa más hermoso.

Foto: portada de El Periódico de Aragón

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Gol de Nayim, sol de Nayim. Diecinueve años.


   NayimHa salido el sol. Tenía que ser. Un diez de mayo, todos los diez de mayo tienen un dueño. Un único propietario. Nadie más tiene derecho ni derechos. El Real Zaragoza es el autor de una epopeya que permanecerá suspendida en la mirada de los dioses del fútbol por toda la eternidad. Con razón, con razones. Con todos los versos que el ser humano ha sido capaz de escribir gastados por la inmensidad de aquella noche. Con todos los lienzos que cualquier pintor ha sido capaz de pintar colgados de las paredes de la Historia. Con todas las melodías que músicos de aquí y de allá han sido capaces de componer arrullando las manos blancas de quienes vivieron aquella ascensión a los cielos.

   El proyectil que Esnaider, el hijo de Mar del Plata, ubicó en el costado dolorido de Seaman, fue la primera página de un libro que no tenía índice, pero sí párrafos preparados en los vientos de los Campos Elíseos. Seaman, un portero que habría de vivir una noche alambrada que, seguro, nunca olvidará. Fue un golazo. Un boquete en la Vía Láctea que ningún “golie” habría sido capaz de evitar. La pierna izquierda del argentino estalló en un latigazo voraz, violento que provocó que la Tierra se balancease fuera de su órbita para anunciar a los meteoritos que les había salido un contrincante.

   Lo recuerdo. Muy bien. ¿Quién no? Volaron los abrazos en aquel punto de reunión, en Alcorisa. Varios cuerpos se juntaron al mío o el mío a los suyos en un baile de sudores y gritos azules, incrédulos ante la certeza de ser los primeros en golpear al gigante inglés. El partido era eléctrico e inquieto. Y el brillo del gol del nueve zaragocista se vio oculto cuando a los pocos minutos John Hartson firmaba el empate después de un jugada clásica de banda y pase de la muerte. Eran las tablas de París, la noche sellada por una igualdad en la que brillaba la fuerza londinense, por una parte, y el talento zaragozano por otra.

   Noventa, cien, ciento quince, ciento diecinueve minutos. Uno tras otro vimos caer en la arena de la esperanza los granos de la pasión, la que había llevado hasta Francia a miles y miles de zaragocistas que deseaban con el alma poder vivir un éxito del calibre de una copa de Europa. Ya no quedaba voz, los brazos pesaban después de miles de movimientos agitando las bufandas. Y fue entonces cuando Aragón conquistó Francia. 

   Como si Goya le hubiera prestado la paleta y los pinceles al chico de Ceuta para que recrease en un fresco lejanos fusilamientos, Nayim sujetó con su pecho de acero un balón rebotado por el inglés, lo aplacó contra el suelo y miró al cielo. Vio alrededor que Pardeza ratoneba, que Esnaider le marcaba la diagonal. Vio que el portero contrario le invitaba a la leyenda con una colocación seductora que nadie habría despreciado. Él tampoco. Cualquiera habría dudado. Él no. Bajó la mirada. Respiró hondo para quedarse con el aroma de la hierba del Parque de los Príncipes, porque él sabía que los olores y la música nos los quedamos para siempre en la memoria. Y golpeó con su alma musulmana el balón que inició una lujuriosa parábola. Le dio tiempo al zaragocismo a contener la respiración. El estadio se congeló. Zaragoza, Aragón entero levantó su mirada al cielo ya oscuro de aquella primavera. Y España toda. Porque entonces nos querían, nos admiraban. Éramos un equipo cercano, elegante, generoso con el buen gusto futbolístico.  

   Aquel “shot”. Aquella rúbrica de la magia hecha fútbol llevaba la firma de la gloria. Se vio cuando el balón empezó a descender. ¿O era la luna que iluminaba nuestros corazones? Ese gol nos dio la felicidad. Nos dio grandeza. Nos devolvió todo lo que el Real Zaragoza le había dado al fútbol, que era mucho. A lo largo de sus 62 años de vida había paseado por Europa, por España, por Aragón una estela que le había convertido en grande. Nayim, como Esnaider antes, como todos los grandes jugadores que conformaron aquel equipo, como su entrenador, Víctor Fernández, fue el jugador que le puso cara al señorío zaragocista.

   Hoy hace 19 años de aquella tarde de Mayo. Solo le pido a la Virgen del Pilar que el próximo año, cuando cumplamos el XX aniversario de aquella gesta, quienes dirijan al club de mis amores sean gente decente, trabajadora, sensata, honrada. Zaragocista. Sé, algo me lo dice, que así será.

Real Zaragoza. Sobre el fuego de tu espalda (Final de la Recopa, 1995)


   Capítulo 6 del documental de TVE Aragón “75 años del Real Zaragoza. Se trata de un vídeoclip que recrea la final de la Recopa de 1995 que ganó el Real Zaragoza ante el Arsenal con aquel mágico gol de Nayim.