Flojico lo nuestro (Betis, 4 – Real Zaragoza, 0)


   Nueva debacle. Nuevo desastre futbolístico el que nos ha regalado el fracturado equipo que dirige Popovic y que obliga a pensar que el play off está muy difícil. O, por lo menos, más difícil que ayer. El partido que ha tirado por la borda después del segundo gol es un ejemplo de la debilidad psicológica de un grupo que se rinde muy `pronto cada vez que vienen mal dadas y esa es una muy mala noticia, precisamente cuando más fuertes hay que estar. De piernas y de cabeza.

   Ha propuesto Popovic una alineación que sobre el papel ha parecido consistente. Ha elegido a los cuatro defensas más dotados para el trabajo de protección del área y le ha dado a Bono la titularidad, en un claro mensaje por si había alguna duda: “Este es mi protero”. Ene l centro del campo un trío de contención y brega, con Basha e Insa pro delante de Dorca, y arriba los tres mejores futbolistas con que cuenta el equipo: Borja, Pedro y Jaime. Como decimos, una idea con fundamento teórico.

   La primera parte ha sido competida. El Real Zaragoza sostenía con oficio los ataques del Betis, que dominaba el control del balón, y aún se atrevía a salir con velocidad a la contra, sobre todo gracias al atrevimiento de Jaime. En esos minutos se han producido dos jugadas, una en cada área, que han puesto de manifiesto la incompetencia del trío arbitral. Primero una mano de Cabrera que ha pasado inadvertida para el colegiado y pocos minutos después otra mano, ahora en el área bética, que también ha ignorado. Dos gravísimos errores que nos daban idea de la escasa calidad técnica de los jueces, que pocos minutos después volvían a cometer otra equivocación al pitar un fuera de juego inexistente a Pedro en clara jugada de gol. Este, además, gozaba de otra ocasión a pase de Borja, pero su remate, blandito, daba en el poste.

   Por contra, el Betis sí sabía qué había que hacer para quedarse con los tres puntos: jugar al fútbol y rematar con hambre. Es lo que ha hecho Molina. Gran control, excelente quiebro y jugoso chut al palo largo. Golazo y jarro de agua fría para un equipo, el aragonés, que hasta entonces había competido con dignidad y corrección. Todavía aguantó el equipo hasta el descanso, dejando la pelea abierta y permitiendo que hubiera un resquicio para la batalla.

   Popovic ha retirado a Insa y le ha pedido a Álamo que saliese a correr la banda para tratar de equilibrar el match. Y los primeros minutos han sido buenos. Incluso el Real Zaragoza ha logrado dos goles que el árbitro, otra vez el árbitro, ha tirado por tierra al arbitrar muy mal dos jugadas que eran legales. De nuevo los errores de los jueces. Y otra vez el Betis ha aprovechado la ocasión. Ha llegado el segundo gol en un balón lateral muy bien rematado por Rubén Castro. Ahí ha terminado el partido. El grupo se ha derrumbado y el equipo de Mel ha cerrado el choque con dos goles más, esperpénticos, grotescos, absurdos. Ridículos.

   Nadie ha reaccionado, Ni el entrenador ni los jugadores. Imagino que ni siquiera el zaragocismo. Con el 2-0 casi todos nos hemos puesto a pensar ya en el partido del domingo, porque el equipo tiene tan poca alma, es su mente tan de cristal que el menor contratiempo lo hunde. Eso ha pasado hoy y ninguna solución aportada desde el banquillo ha dado la sensación de abrir caminos que recorrer. Y en esas estamos, escondidos dentro de un enorme cajón en cuya tapa se puede leer, escrito con letras negras bien legibles, la palabra “fragil”.

CALIFICACIONES

Bono: 2. Ha recibido cuatro goles y ha parado un posible quinto. Poco más.

Vallejo: 2. Hoy se le han colado demasiadas jugadas por su banda.

Mario: 3. Ha hecho una primera parte muy buena, muy atento al corte. Luego se ha difuminado.

Rubén; 1. Muy falto de forma y ritmo.

Cabrera: 1. Mal partido. Desubicado y superado demasiadas veces.

Insa: 2. Partido flojo. Se ha retirado lesionado. Creo.

Basha: 1. Desilusionado él mismo con su juego.

Dorca: 1. No está apto para jugar, por lo menos así.

Jaime: 3. Buen partido. Rápido, osado y jugón.

Pedro: 2. Ha intentado muchas cosas y algunas le han salido.

Borja: 3. Como siempre, luchador y buscón.

Álamo: 1. No ha aportado casi nada.

Rico: 0. Horribles minutos.

Wiilian: 2. Mejor entonado que otros días. Le falta intensidad.

Anuncios

Soñar que somos fuertes (Real Zaragoza, 2 – Real Betis, 2)


   Puede que duela reconocer aquello de “si no se puede ganar al menos hay que empatar”, pero el partido de ayer es de esos que guardaremos en la memoria menor que nos toca vivir. Choque de eléctricos desguaces venidos a regular, lo que anoche ocurrió en la Basílica pudo ser un fracaso y acabó convertido en media victoria, suficiente para afrontar con cierta calma la semana “Camino Soria”.

   Enfrentarse a este Betis, con quien lo hacíamos por primera vez en las calderas del infierno, era una apuesta por el sufrimiento y la incertidumbre. Tras unos días esquinados por la roja a Fernández y su posible sustitución por Diogo, saltar al campo suponía un riesgo no calculado y así lo pudimos comprobar en seguida. Control anodino del balón por parte de los béticos y nula presencia de los nuestros en el juego. No había forma de rozar el cuero y quienes tenían que sujetar la bola no aparecían, tan delgado era nuestro centro del campo. Pases y más pases por su parte, inexactitudes y más inexactitudes por la nuestra.

   Con semejantes ingredientes el menú aparecía falto de sal y calor. Y, en todo caso, escaso de sabor. Por eso, por si alguien dudaba de nuestro desequilibrio defensivo, una pifia portero/defensas dio con el balón en los pies de Renella para que éste crucificase nuestra endeblez. Eso, por no contar otros dos desajustes que propiciaron sendas ocasiones salvadas por Cabrera y el palo respectivamente que habrían supuesto un 0-3 de difícil digestión.

   La primera parte, por lo aquí escrito, fue una mala estrofa que nadie supo leer y la única salida que encontró el equipo de Víctor fue tirar de chuts lejanos de William y un par de combinaciones eléctricas que no supimos culminar. El gol en contra, entonces, aparecía como un mal muy menor que había que corregir en la segunda parte. Con un cambio estratégico que la afición reclamaba en forma de refuerzo en el centro del campo, por ejemplo. 

   Y eso sucedió. Aunque no de la manera deseada. Víctor sacó a Galarreta por Lolo, lo que supuso que la Basílica silbase a modo de cierzo para que se enterase todo Aragón de cual es nuestro gusto. No se inmutó el zaragozano. Y a los dos minutos ocurrió. Un chut de William da en el codo de Jordi y el penalty lo transforma él mismo, dando lugar a un suspiro de alegría zaragocista. Pero pronto se hizo más oscura la noche. Un mal despeje de Cabrera dio con el balón en la red de Whalley, en una desafortunada jugada que pareció apagar la posibilidad de remontar el partido.

   El Real Zaragoza apuntó alto. La inclusión de Lolo coincidió con un repunte en el juego del grupo. El entrenador afinó la defensa y engrosó el centro del campo, ahora más presente y activo. Los balones ya no pasaban de largo y el partido entró en una fase en la que se vislumbraba la posibilidad de lograr algo positivo. Pedro lo intentó en una primetra ocasión, aprovechando el viento de cola que traía la nueva disposición táctica del equipo y la pasividad bética. Había chispa, empuje, deseo de acercarnos al equilibrio. Y llegó. Con un golazo. Un pase largo y diagonal de Rico que acogió Pedro con su pecho, acomodó con la rodilla y culminó con su pierna izquierda para dibujar uno de los mejores goles de la temporada. La Romareda explotó de alegría y desde ese momento hasta el final empujó a los chicos con la fuerza que le otorga el pundonor y la lucha de los suyos.

   El Betis, con un Rubén Castro motivado pero fallón, se acercó a los dominios de Whalley varias ocasiones aunque sin acierto, al igual que el Real Zaragoza, que dispuso de dos situaciones que casi acaban en gol. ambas las desbarató Adán; la primera con una extraña parada y la segunda, más clara y franca, con un paradón que evitó lo que pudo haber supuesto un gol postrero que habría significado la victoria. No fue y a los pocos segundos el árbitro pitó el final y la afición prorrumpió en una cerrada ovación a los suyos. señal de que el esfuerzo se recompensa. Señal de que el equipo tiene alma. La nuestra.

CALIFICACIONES

Whalley: 2. No muy bien en el primer gol y sufridor en los baloners altos.

Diogo: 3. Acelerado e inexacto al principio, puso mil kilos de agallas en la segunda parte.

Mario: 3. Mandón y poderoso en todas sus acciones.

Cabrera: 2. Tuvo de todo: buenas acciones e imprecisiones.

Rico: 3. Buen partido. Firme en defensa y atrevido en ataque.

Dorca: 3. Muy buena segunda parte, cuando se sintió más acompañado.

Galarreta: 2. Muy encimado y asfixiado por los contrarios.

Eldin: 3. Activo y atrevido. Buscó el baklón en todo momento.

Pedro: 4. Marcó un extraordinario gol y supo cómo jugar en cada instante.

William: 4. Peleó, jugó el balón con valentía y provocó y metió un penalty.

Borja: 3. Muy bien marcado, se pegó una paliza de correr y casi marca en el último segundo.

Lolo: 3. Pausó el juego y conectó bien con los delanteros.

Jaime: 3. Cumplió bien su papel de revulsivo. Suyo fue el último centro que casi acaba en gol.

Rubén: S.C.

Mi crónica: Real Betis, 4 – Real Zaragoza, 0 (La Milla Verde)


   golbetisEl Benito Villamarín ha adoptado, por un par de horas, la fisonomia del Estado de Oklahoma, por el que se ha desplazado un devastador tornado blanquiverde que ha arrasado todo lo que se ha encontrado a su paso. El Real Zaragoza, es decir. Su acción ha abarcado un rectángulo de 105 por 68 metros y a los quince segundos de iniciar su acción ya se había cobrado las primeras víctimas. Las autoridades hablan de un balance provisional de varios cientos de miles de zaragocistas heridos de muerte y un corazón de león agonizante, si bien no se conoce la suerte que han podido correr los dirigentes del club, cobijados en refugios especialmente construidos para la ocasión.

   Lo ocurrido en el transcurso de esas dos horas se puede resumir en pocas palabras. Un encuentro muy ben planteado y mejor ejecutado por un Betis cuyo colmillo goteaba sangre, con un entrenador fortalecido por un trabajo bien hecho y unos jugadores talentosos y atléticos que han encontrado una tierna víctima que apenas ha llegado a la orilla del lago ha visto como el enemigo se tiraba a la yugular y lo destrozaba con cuatro certeras dentelladas. Y en las cuatro ocasiones con un esquema muy similar: rápida circulación, ajustada combinación, búsqueda de las diagonales y ejecución certera. 

   En ningún momento el Real Zaragoza ha sabido jugar el partido. Ni intensidad, ni idea futbolística, ni músculo, ni vergüenza. Nada. Sobre el césped los defensores del león no han sido dignos de representar a una afición, una camiseta, una historia, una ciudad. No han aportado ni medio gramo de lo que se debe ofrecer a un contrario que le ha roto las costuras desde el primer segundo. Y es que no ha habido más. Un muestrario de torpezas, una colección de despropósitos que Manolo Jiménez no ha sabido, tampoco, corregir. Ni sobre la marcha ni en el descanso, y eso que a mitad de partido ha tirado de Rochina, sin duda el único que ha intentado, de forma grotesca a veces, sí, crearle algún problema a Adrián y a la zaga bética, pero ha sido insuficiente. Dos goles en la primera parte y dos en la segunda han sido el botín, pero hay que ser justos y decir que el caos en el equipo aragonés ha podido propiciar algún gol más de los chicos del Betis, porque lo de hoy ha sido lamentable. Y muy doloroso.

   No sé si se nota que no sé qué escribir. No me avergüenza decirlo, porque es tal el sufrimiento que nos ha producido el partido de esta tarde que resulta imposible encontrar las  palabras. Será porque han huido al ver venir el desastre y no hay forma de encontrarlas. Nadie sabe su paradero. Porque hoy lo único que nos queda es la tristeza de la muerte tantas veces anunciada y cuya llegada nunca hemos querido aceptar. Su sombra ya asoma por la esquina y sólo una condescendiente acción valedora de la Diosa Fortuna puede evitar lo que parece inevitable. A ella encomendamos nuestra suerte. 

CALIFICACIONES:

Roberto: 0.

Sapunaru: 0.

Álvaro: 0.

Abraham: 0.

Apoño: 0.

José Mari. 0.

Victor: 0.

Rodri: 0.

Montañés: 0.

Postiga: 1. Se lo ha peleado todo.

Rochina: 1. Ha intentado meter gol en un par de ocasiones.

Fernández: 1. Ha corrido la banda con osadía y velocidad, tanto en ataque como en defensa.

Binevenu: 0.

El reflejo del fango (Real Betis, 2 – Real Zaragoza, 1)


por Juan Antonio Pérez Bello


Han transcurrido tres horas. Aseguro que lo que estoy escribiendo lo hago sin haber leído ninguna crónica, escuchado ningún relato radiofónico ni visto los goles de la jornada. No sé cómo ha finalizado el resto de los partidos ni, mucho menos, conozco la valoración de Víctor Fernández ni las opiniones de ningún jugador zaragocista. Sé que puede parecer extraño e increíble, pero es así. Por todo ello, me siento legitimado para expresarme en los términos que lo voy a hacer, libre como estoy de contaminación mediática, informativa y hasta emocional.

El partido que han disputado el Betis y el Real Zaragoza ha sido feo. La primera parte nos ha traído a los zaragocistas la buena noticia del gol de D’Alessandro y la grata sensación de un equipo aragonés trabajador, mediocre en su propuesta pero eficaz en su esfuerzo. Se veían ayudas, presión, ganas de cumplir con lo que parecía un mandamiento divino hecho verbo hace unos días por un Ayala comprometido e incluso sabihondo. La frase de la semana, “su” frase, se había instalado en el subconsciente del zaragocismo y daba la sensación de que todos firmábamos un choque abyecto, rencoroso con el pasado y dispuesto a la rapiña, legítima, de los tres puntos sin más. Ni menos. Y para lograrlo todos los jugadores se aplicaban a la faena.

César resolvía lo poco que le llegaba; Ayala y Chus Herrero barrían la zona de hojarasca molesta con seriedad y oficio, Paredes marcaba su territorio con fortaleza y rasmia y Diogo, ¡ay, Diogo!, parecía abrir con timidez pero cierta resolución el cajón en el que guardaba alguna de aquellas virtudes que la temporada pasada nos hicieron pensar que era, junto a Alves, el mejor “2” de la Liga. Con timidez, porque en seguida hemos descubierto que todo era el reflejo de un sueño. Breve y mal dormido.

En el centro del campo Luccin se mostraba imperial y multiplicador y Zapater volvía a su patio de recreo particular, ese en el que ha dibujado sus tardes y noches más lúcidas y lucidas. Esta, en mi opinión, estaba siendo la mejor de las noticias: nuestro centro del campo no era brillante ni exponía las mejores ideas, pues eso queda para cuando vuelva el añorado y evocado Matuzalem.

La sorpresa de la tarde había sido la inclusión de D’Alessandro en lugar de Oliveira. En todo caso se había pensado en Aimar, pues los periodistas ya habían informado de ese movimiento táctico en el partidillo del jueves. Pues bien, D’Alessandro. Participativo, presente, lujurioso con el balón, como siempre. Y también lento en el pase, dubitativo en el regate, aturullado en la finta. Eso sí, su rosca despertó del letargo a un dormido Ricardo que no vio el proyectil del argentino y ahí se nos abrió el cielo. Oscar y Sergio no brillaban como semanas atrás, pero su prestancia y estancia en el césped auguraban alguna magia de esas que se esconden pero cuando menos lo esperas nacen y se ofrecen. Y Diegol. Luchador, solitario, peleador, solitario, guerrero, solitario. Diegol, como un almogávar sin embarcación pero con el pecho adelantado para recibir el primer flechazo, el primer golpe de espada, el primer rayo de Ares, la encarnación del tumulto en la batalla. Y ahí acabó su pugna: en la nada.

Este no era un mal dibujo si lo que queríamos era recoger la mies de los tres puntos y a casa. Esta no era una mala propuesta si hubiéramos sido capaces de acabar la pelea, antes que Héctor hubiera abierto la puerta de la ciudad y hubiera acabado arrastrando el cadáver del guerrero más bello que el cielo imaginara. Este era el mejor de los designios para afrontar un miércoles de miel y Copa, el primer mojón en la Vía Apia del triunfo, que eso es la Copa del Rey para el Real Zaragoza. Pero murió antes de nacer.

Los brazos se nos cayeron. Supimos, entonces, que no sabemos hacer las cosas bien, que nos mostramos como un caimán desorientado ante la primera avenida del río y las pirañas enemigas acaban siempre por mordisquear, gozosas, nuestra carne blanda y jugosa. La segunda parte fue un no estar. El equipo se hundió y la esperanza desapareció de nuestros corazones. La mala gana de los jugadores, la herida sangrante que supuso la lesión de Ayala, un auténtico muro hasta ese momento, la decisión equivocada en el cambio de Aimar por Sergio García y la deriva a la que nos apuntamos a poco que nos aprieta el enemigo hicieron todo lo demás. Al final, decepción, enfado, agonía prolongada hasta el día del Getafe. Sólo pido una cosa: que alguien me lo explique. Prometo entenderlo.