El fútbol no entiende (Ponferradina, 1 – Real Zaragoza, 1)


 

   1107374_1Cuando Ángel remató el buen pase de Diamanka y logró el gol del empate una enorme sensación de alivio recorrió el espinazo del zaragocismo. Si con los méritos que el equipo había presentado a su parroquia era capaz de salvar un punto que quién sabe si nos servirá para algo, bien podíamos abrazar la fortuna que nos visitaba. En un partido hueco, vacío de fe y ausente de fútbol, el Real Zaragoza cerraba una tarde que amenazaba tormenta y que, al final, nos daba un respiro para seguir en la batalla.

   La alineación ofrecía algunos huecos de entidad. La vuelta de Cabrera tras cinco semanas de inactividad, la ausencia de Hinestroza y, sobre todo, Lanzarote y la presencia en lugares inauditos de jugadores como Javi Ros y Sergio Gil auguraban, cuando menos, incertidumbre. Preámbulo, pues, inestable. Que pronto pudimos confirmar, cuando comprobamos que el grupo no estaba para apuestas decididas sino más bien para procurar que no se produjera ninguna vía de agua en el cascarón blanco y azul y, si se pudiera, agujerear el del adversario.

   La primera parte vivimos un choque mediocre pero exento de peligro. La Ponfe mostró una nerviosa versión de lo que es un equipo apurado y temeroso, asustado ante una posible debacle de consecuencias imprevisibles. Morán y Dorca sujetaban al equipo, pero poco más, pues la segunda línea no aportaba ninguna idea sabrosa. Ni Pedro, horrible, ni Sergio Gil, absolutamente desubicado, estaban para farolillos, mientras que Javi Ros no encontraba referencias  ni a izquierda ni a derecha. Arriba, un joven satélite llamado Dongou orbitaba aislado en busca de algún balón extraviado. Por contra, la defensa procuraba no recibir balones que pudieran poner el 1 en el casillero local, pues Isaac apuntaba que iba a ser una tarde irregular y Cabrera no ofrecía la seguridad de muchas tardes, recién salido de su lesión.

   Los minutos pasaban y nada relevante se producía. El 0-0 parecía el premio merecido. Escaso, pero merecido. Y con esa información nos íbamos al descanso. Lo que tenía que haber sido la continuación de la fantástica tarde ante el Alcorcón se estaba mostrando como un encuentro insustancial que solo una acción aislada podría desatascar en la segunda parte. Si se daba.

   Tras el descanso la Ponfe dio un paso adelante y como nadie vestido de rojo le dijo que no, se lo creyó. Los primero quince minutos fueron demoledores. El Real Zaragoza se fue arrugando a velocidad de vértigo. No había explicación convincente de lo que estaba ocurriendo, pero el equipo azulón comenzó a galopar a espaldas de Isaac, que veía una y otra vez cómo las jugadas trenzadas de los rivales proveían de balones peligrosos a los locales. Afortunadamente, ahí estuvo Manu Herrera, que ayer fue el mejor del equipo salvando con sus paradas hasta tres balones con etiqueta de gol.

   En medio de esa preocupante situación se produjo la primera de las cuatro jugadas que el árbitro adulteró con su errónea actuación. Dongou fue derribado por el portero, pero el penalti no fue pitado. A continuación, Manu Herrera resolvió dos de esas tres situaciones que hemos mencionado antes y Carreras apostó por ángel y Diamanka en lugar de Ros y Pedro, seguramente en un intento por apurar a la Ponfe con una mayor presencia arriba que acortase su intención ofensiva. La solución no dio resultado inmediato. En el minuto 69 un Rico menor no acortó el camino a Acorán, quien, por potencia, se escapó del burgalés y fusiló a Manu Herrera. Fue un golpe muy duro que el Zaragoza intentó amortiguar con ataques rápidos aunque desordenados. En uno de estos Dongou volvió a ser derribado por el portero en el área, pero de nuevo el árbitro miró hacia el peñón de Ifach y amonestó jocosamente al joven delantero diciéndole que no se tirase más.

   El partido estaba fracturado y aun se pudo enderezar si una falta magistralmente lanzada por Ortí, que acababa de salir por Guitián, hubiera sido interpretada como gol por el colegiado, pues pareció traspasar la línea de puerta. No fue así. Afortunadamente, dos minutos después Morán le puso un buen balón a Diamanka, que ejecutó muy bien la jugada con un pase letal a ángel que este convirtió en el gol del empate. Era una recompensa de difícil interpretación. Un punto de oro, pero un punto amargo. Tras un partido inconsistente y extraño, se lograba un empate que le permite al equipo seguir arriba pero con la idea de que se podía haber aprovechado mejor la difícil situación que atraviesa el equipo leonés.

   Partido, pues, de doble sabor. Se pudo obtener la victoria, pero también se pudo perder. Ayer, desde luego, salió la moneda de canto. Y gracias. Seguramente hasta la última jornada seguiremos instalados en territorio incertidumbre y hasta entonces mantendremos la inquietud de no saber con certeza si seremos capaces de regresar al camino que nos lleve de vuelta a casa. A Primera.

Foto: El Periódico de Aragón

CALIFICACIONES

Manu Herrera: 4. Tuvo tres intervenciones decisivas.

Isaac: 1. Muy disminuido e incapaz de sujetar a sus pares.

Gutián: 3. Correcto, pero menos decisivo que en otras ocasiones.

Cabrera: 2. Se le notó la inactividad. Irregular.

Rico: 2. Tuvo dificultades. Físicamente se le vio un tanto justo.

Morán: 3. Tuvo una buena primera parte, pero al comienzo de la segunda se debilitó.

Dorca: 2. Un tanto inseguro y desubicado.

Ros: 2. No tuvo suerte con sus acompañantes. Muy aislado.

Pedro: 1. Mal partido. Insignificante y muy poco útil.

Sergio Gil: 1. No supo encontrar la razón de ser en la banda.

Dongou: 2. Luchó, estuvo presente e incordió al rival.

Ángel: 3. Goleó, que es mucho.

Diamanka: 3. Su salida ayudó a equilibrar el choque. Dio el pase de gol.

Ortí: 3. Trabajó por el equipo. Su falta pudo ser un gran gol que no le dieron.

 

 

 

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Moneda de tres caras (Real Zaragoza, 2 – Ponferradina, 0)


573418_gUn partido de doble cara y mala solución, fuese el resultado que fuese, dio con los huesos de Popovic en la sala de prensa para celebrar, con gesto descreído, una victoria limpia y sin contestación. Un partido que presagiaba tormenta y quiebra se convirtió en el argumento para esperar a que la incertidumbre desaparezca y ver qué pasa en San Mamés. Porque queramos o no, este equipo no aclaró ayer cuál va a ser su futuro, aunque Ranko auguró muy buenos tiempos por venir. ¿Quién le cree?

   Apostó el cuerpo técnico por volver la vista a los mejores tiempos, esos en que Morán gobernaba los tiempos, Diamanka rompía la columna de los equipos contrarios y Ortuño remataba la faena mientras atrás Bono, Cabrera y Vallejo se encargaban de mantener el estilo de hierro fundido de un equipo que se había acostumbrado a no encajar goles. Y la jugada salió muy bien. Para empezar Pedro volvió a señalar el camino con varias acciones que nos recordaron al jugador que nos gustó y se gustó la temporada pasada. Junto a Pape formaron una media punta letal que en pocos minutos dejaron el partido muy bien enfocado.

   Fue casi un visto y no visto. Seguros en la retaguardia y ordenados en el centro del campo, el Zaragoza supo a qué jugar. Con capacidad para recuperar balones y los mecanismos de salida bien engrasados a la Ponferradina le resultaba imposible imponer su plan. Era una delicia ver a Diamanka gestionar decenas de metros cuadrados con su omnipresencia y su capacidad de despliegue mientras Pedro hacía mucho daño gracias a su talento y a la inestimable colaboración de Rico, que se adueñó de la banda izquierda y confirmó su ascensión como defensa pero, sobre todo, como carrilero. Así mismo, la banda derecha también agitaba al equipo leonés, con un Isaac que completó un muy correcto trabajo en conexión con Ángel, rápido y perturbador. Era, en fin, un equipo con ganas de reivindicarse.

   El primer gol, obra de Pedro, insufló de aire a una grada dividida a la hora de condenar o defender a Popovic, y como esto es fútbol, cuando el balón cruza la línea de la portería contraria las penas y las iras son menos. Y si a los pocos minutos el equipo genera dos ocasiones y poco después se consigue un segundo gol, casi todo se ve de otra manera. Lo cierto es que el partido era de color blanquillo y el juego nos hacía pensar que los tres puntos podían quedarse en la Romareda a poco bien que se hicieran las cosas. Pero sobre todo lo que ya era un acuerdo plenario es que gran parte del éxito se debía al buen hacer de Diamanka, un diamante que le da brillo y esplendor al equipo con su despliegue, su potencia y su diferencia futbolística.

   El descanso vino muy bien para saborear la victoria provisional y cuando empezó el segundo tiempo la grada transmitía confianza y calma. Lo malo sucedió apenas al minuto de juego: un mal gesto y Diamanka se lesionó. Lo más temido sucedió y el esfuerzo realizado, seguramente porque aún no estaban cerradas sus heridas, dio con el amplio centrocampista en la enfermería. Eso permitió que Sergio Gil saliese en su lugar para jugar una buena segunda parte que ofreció otro perfil, en la que la Ponferradina quiso acercarse al Zaragoza. Afortunadamente ahí estuvo Bono, que evitó un par de ocasiones muy claras de los ineficaces delanteros leoneses.

   El partido perdió intensidad local, si bien la anchura del juego forastero permitió que Ortuño y Ángel dispusiesen de varias ocasiones que no pudieron certificar. Sergio Gil le otorgó al equipo una calidad de distinción, pero se perdió consistencia en la medular. Eso y el empuje de la Ponfe añadieron algo de suspense al choque, aunque en ningún momento se tuvo la sensación de poder sufrir un traspies que empañase el buen trabajo de la primera parte.

   Partido que oxigena al entrenador, al que sus jugadores apoyan y que impide a la directiva accionar el play del cambio. Son tres puntos que permiten interpretar la situación de diferentes formas: se alarga la crisis, se cierra la crisis, se oculta la crisis. Crisis, en cualquier caso, que solo morirá si el lunes se vence en Bilbao y la semana siguiente se derrota al Numancia. Esto del fútbol es así, igual que lo único importante es regresar lo antes posible al camino que nos devuelva a casa. A Primera.

Foto: El Periódico de Aragón

CLASIFICACIONES

Bono: 4. Tres paradas de auténtico mérito y muy seguro en su trabajo.

Isaac: 3. Rápido, trabajador y luchador.

Vallejo: 4. Gran partido, por seguridad y jerarquía.

Cabrera: 3. Rocoso y fuerte.

Rico: 3. Muy activo y solidario, además de esforzado.

Morán: 3. Inspirado y atento al juego en todo momento.

Pedro: 4. Marcó la diferencia con sus quiebros y conducción. Y marcó un gol.

Ángel: 3. Listo, habilidoso y muy presente.

Dorca: 2. Mejoró, pero se muestra lento y no siempre elige bien.

Diamanka: 4. El mejor. Marca la diferencia y le falta campo. Se sale.

Ortuño: 3. Guerrero, potente y goleador.

Sergio Gil: 3. Talentoso. Tiene detalles magníficos aunque aún le falta físico.

Jorge Díaz: 2. Le dio al partido velocidad y garra.

Abraham: S.C.

Fútbol de cabotaje (Real Zaragoza, 4 – Ponferradina, 1)


   El Real Zaragoza cerró anoche la sangría que estaba vaciando su corazón después de cuatro partidos sin saborear la victoria. Y lo hizo a lo grande, con alegría, con goles y juego dinámico, sobre todo en la primera parte. Un estreno cirílico, vigoroso, de los que te dejan una sonrisa ancha y joven que procuras mantener a lo largo de los días a la espera de que no se trate de un espejismo, sino de una realidad prolongable.

   Fue un partido abierto desde el minuto 1. En seguida se vio que el equipo actuaba bajo un discurso nuevo y distinto. Sobre todo distinto. Rapidez de pensamiento, combinación, toque y juego corto. Fútbol de viaje breve, de isla en isla, como un bajel griego que busca pronto el puerto próximo. Nada de transiciones elongadas, nada de espero, recupero y me lanzo. Era otra cosa. Y a todo ayudó ese gol que un equipo complaciente según su entrenador nos regaló en el minuto 3. De este modo el partido era un poco más nuestro. La disposición de los chicos de arriba, ágiles y libres, dio para vivir unos momentos de actividad ofensiva que aligeraron el alma de la afición.

   Se alternaron las presencias en ambas área con generosidad. La Ponferradina mostraba sus argumentos y ponía a prueba a la inédita defensa zaragocista hasta procurarle ciertos quebraderos de cabeza. Como podían se sacudían los nuestros los ataques leoneses y así loigraron sostener al equipo hasta que en el minuto 32 Borja remató magistralmente un medido centro de Álamo que se coló por la escuadra de Prieto. Era el momento  perfecto para ampliar la ventaja, pues el equipo mostraba una buena cara en ataque y una correcta capacidad para contener a los del Bierzo.

   Y todo mejoró cuando poco después, en el 35, Pedro recogía un rebote de la defensa para colocar el 3 en el marcador. Todo estaba saliendo a la perfección. Ciertamente el primer gol había abierto la puerta a la victoria pero nada habría sido suficiente si el grupo no hubiera hecho caso a su propia identidad y no hubiera porfiado en un estilo combinativo, de posesión y dominio con el que pareció sentirse a gusto desde el principio. Galarreta jugaba más suelto, Pedro y Eldin campaban por Territorio Entrelíneas con solvencia y Dorca se encargaba de gobernar las líneas de pase con el fin de atrapar el balón y vestirlo con los colores blanco y azul. Sí, definitivamente parecía un buen plan.

   La segunda parte se anunciaba como una buena ocasión para confirmar lo apuntado en la primera y de firmar con una dorada rúbrica lo esperado se encargó Eldin con un gol que a todos nos pareció una joya futbolística. Robó el balón en los tres cuartos, avanzó con decisión y cuando encaró a Prieto elevó con suavidad el balón por encima de él. Fue un gol magnífico que puso a la Basílica en pie. Era el cuarto de la tarde y la grada rebosaba felicidad.

   Pero aún quedaba mucho partido y la Ponfe se aprestó a demostrar por qué llevaba siete partidos sin perder y por qué ocupaba puestos de promoción. Le arrebató el balón al Real Zaragoza y encaró el partido con osadía y verticalidad. Así, nueve minutos después de la maravilla de Eldin Yuri remató un balón suelto después de dos buenas paradas de Whalley. Era su gol y a partir de ahí comenzó un nuevo partido. Con una propuesta atrevida y directa, sin nada que perder, el match se pintó de rojo, si bien no se vivieron situaciones de peligro. Más bien fogueo y ataques dislocados que no hicieron peligrar el resultado salvo un remate al larguero de Yuri que le habría puesto unos gramos de emoción al choque. No fue así y aunque Popovic trató de activar el contraataque con la entrad de Jaime por un aplaudido Álamo, el encuentro languideció poco a poco hasta llegar al pitido final.

   Bastó una muy buena primera parte y un gol de antología en la segunda para firmar un partido que debe servir para recolocar las piezas, reconstruir el ánimo del grupo y encarar el tramo final del año con solvencia y presencia en la parte alta de la tabla. 

CALIFICACIONES

Whalley: 3. Muy activo y energético. Alternó grandes paradas con algunos errores.

Fernández: 3. Presente en todas las acciones defensivas, participó con acierto en ataque.

Cabrera: 3. Muy inquieto y a veces inexacto, fue todo pundonor.

Lolo: 3. Tenía una difícil papeleta que cubrió con profesionalidad.

Rico: 3. Actuó con coraje y colocación. Subió con confianza.

Dorca: 4. Interpretó muy bien el partido. Sofocó vías y aportó pase.

Galarreta: 4. Jugó libre y desplegó su talento con naturalidad.

Álamo: 3. Peleó y aportó centros y combinaciones. Suyo fue el pase en el segundo gol.

Pedro: 4. Tiene calidad y entre líneas se mueve como pez en el agua.

Eldin: 5. Jugó un gran partido y metió un gol para recordar.

Borja: 4. Se fajó muy bien con la defensa y logró un bonito gol.

Jaime: 2. No aportó casi nada, salvo algunas conducciones sin finalizar.

Toto: S.C.

Diego Suárez: S.C.

Mi crónica. Ponferradina, 4 – Real Zaragoza, 2 (Nadar en el desierto)


   439314_g¿Cabe más dolor? ¿Es posible que el destino nos tenga reservado más sufrimiento? ¿Qué miserable infortunio aguarda agazapado tras la esquina de la Historia? Hoy, precisamente hoy, víspera de un glorioso aniversario, antesala del cumpleaños de un club que ha sido señor, admirado y querido por las olas de los siete mares, el Real Zaragoza ha vivido una página macilenta, bochornosa, vergonzante. Hoy, amigo zaragocista, la sangre se nos ha secado.

    Los jugadores blanquillos han arrastrado el escudo del león precisamente en la tierra que nos cedió el símbolo que hoy nos representa como ciudad. Indignos jugadores, indignante actitud, insultante propuesta futbolística, humillante gesto de guerreros harapientos y cobardes. No hay pulso en el grupo ni ideas en el corazón del comandante. Tampoco hay generales con galones ganados en el campo de batalla, sino medallas de lata que cuelgan del pecho de pusilánimes ineptos que, para nuestra desgracia, deciden cómo vamos a morir y, seguramente, cuándo.

    El partido ha sido un desastre sin paliativos. Un error de principio a fin. Un insulto a la afición, a un sentimiento. Al fútbol. Cuando un equipo recibe un gol en el minuto 2, y no es la primera vez que ocurre, quiere decir muchas cosas. Demasiadas. Un equipo sin alma, sin tensión, sin orgullo. Eso ha sido el Real Zaragoza desde el principio. Con una defensa temblorosa como un flan, un centro del campo lamentable y unos puntas desquiciados es muy difícil competir con garantías. Solo Leo Franco, como siempre, ha mantenido mínimamente el tipo y solo la fortuna de un gol inesperado logrado por Arzo a los pocos minutos nos ha permitido amortiguar la ira que nos ha invadido. Pero nada más. Ante un equipo menor pero contento de ser lo que es los nuestros han deambulado por el campo con mucha pena y ninguna gloria.

   La nauseabunda actuación de la inmensa mayoría de nuestros jugadores daba para poco más que para la burla. Los despropósitos de Acevedo, la indolencia de Paglialunga, el Rey del (pase) Paralelo, eran argumentos más que suficientes para abroncarles desde la lejanía. La torpeza continuada de Luis García, la flaccidez futbolística de Cidoncha, las facilidades de Rico…En fin. Nada, absolutamente nada podemos destacar como razón positiva mientras la Ponferradina se crecía y se atrevía a jugar al fútbol. Si acaso anotaremos un par de chispazos que han pretendido maquillar el juego de los de Herrera. Un par de chispazos, digo. O uno. Esa falta que ha ejecutado Rico y que ha obligado a Santamaría a sacar el balón con apuros. Pero ahí se ha acabado la intensidad del equipo. Torpe, analfabeto, miedoso, desalentado. Nuestro equipo era el espejo del exilio. Adiós a las armas.

    Después del descanso todo ha sido peor. Mucho peor. Incluso Paglialunga nos ha querido demostrar que aún puede rebajar sus prestaciones. Rozando la infamia futbolística el argentino se ha empeñado en bajar a los sótanos del infierno a buscar en el fondo de las calderas la esencia de un deporte del que desconoce casi todo. El centro del campo se ha despedazado en mil fragmentos y eso lo ha aprovechado un pulgoso jugador leonés, por nombre Yuri, que se ha convertido en la Pesadilla en Toralín Street. Con un poquito de velocidad y cuarto y mitad de descaro le ha roto la cintura a los centrales zaragocistas y ha cosido con letras blancas y azules los tres goles que han acabado por destrozar a los aragoneses. Solo la salida de Esnaider ha permitido maquillar el partido, ya de por sí bastante torcido, pero de poco ha servido. Únicamente para emcionarnos con sus lágrimas de amor fraternal.

    Luego, para terminar de certificar la hecatombe, un cuarto gol para el escarnio. El zaragocismo no sabía dónde meterse. La humillación ha sido tal que la memoria de Murillo, Lapetra, Santos y hasta la del recientemente fallecido Torres ha sentido el peso del escarnio que nunca debimos sufrir.

   P.S.: Escribo esta crónica por amistad, por lealtad, por memoria y por corazón. Mi gente me ha dicho que nadie me reprocharía que hoy no escribiese nada. También que pusiese el escudo y ya está, que es lo único que queda decente. He preferido completar los noventa minutos. Mañana lloraré de emoción recordando aquella noche de hace diez años y el brillo en los ojos de los niños zaragocistas.

Foto: El Periódico de Aragón

CALIFICACIONES

Leo Franco: 2. Ha recibido cuatro goles. Poco ha podido hacer.

Cortés: 1. Escaso de fuerzas e ideas. Abundante en goles en contra: cuatro.

Arzo: 1. Ha metido el primer gol. Le han metido cuatro.

Álvaro: 0. No ha llegado a nada. Solo a recoger cuatro balones de su portería.

Rico: 0. Su banda regala puntos, según su mister. Y cuatro goles.

Paglialunga: 0. Le gusta jugar mal. Y ver cómo se encajan cuatro goles.

Acevedo: 0. Es muy bueno jugando mal.Y ha invitado a la Ponfe al primero de los cuatro goles.

Luis García: 0. No sabe controlar el balón, pero sabe contar hasta cuatro.

Cidoncha: 0. Lleva el 22. Que suma cuatro, como los goles recibidos.

Montañés: 1. Ha intentado cuarenta regates pero solo ha triunfado en cuatro.

Roger: 1. Le ha puesto interés pero no mete goles. Ni uno ni cuatro.

Álamo: 1. Tiene presencia y pundonor.

Esnaider: 2. Ha metido un gol que nos ponía en el mapa.

Fernández: S.C.

Mi crónica: Real Zaragoza, 2 – Ponferradina, 1 (Días de vino y jotas)


montañés   Hay partidos que se resuelven porque hay un jugador de los veintidós que acierta o yerra una jugada que nadie sospecha como peligrosa y ahí se cierran los cielos. No gana el equipo que mejor juega ni pierde el que peor lo hace, sino que se lleva el triunfo el grupo que mete un gol más que el otro. Nada más. Y nada menos. Y si no, que se lo digan a los chicos de Herrera, que esta noche duermen en un territorio apetecido, el de la cercanía a las praderas del ascenso. Justa o injustamente ya es opinable.

    De lo visto el domingo pasado, nada. Ni combinación, ni rapidez en la transición, ni solidez defensiva. Al menos no con claridad. Y con un equipo enfrente que nos ha plantado cara, como todos. Es el peligro de no ser respetado, de haber invitado a todo el mundo a nuestra fiesta porque nuestro fútbol no da para mandar en el campo. O, como se dice ahora, “gobernar los partidos”. Claudio Barragán, el entrenador de la Ponfe, le ha cerrado el aire a nuestros laterales, ha organizado una sensata red de contención y ha fiado su ataque a unos habilidosos futbolistas que incluso se permitían el lujo de proponernos taconazos y tirarnos tunelillos que los nuestros sufrían con cierta impotencia.

    En ese toma y daca nada beneficioso para nuestros intereses el equipo leonés se ha encontrado cómodo e incluso ha dado muestras de atrevimiento, obligando a Leo Franco a realizar alguna parada de mérito, en lo que sería una constante, pues suyo iba a ser el mejor trabajo de los blanquillos. Los demás no acertaban a cumplir sus obligaciones. La defensa era un muro de membrillo. Paglialunga se golpeaba él solo en los tobillos, mientras Acevedo no era el extractor de balones que fue en Mallorca. Barkero mantenía una modesta línea de calidad, pero Víctor se borraba a sí mismo y a Montañés lo freían a faltas no siempre pitadas, por lo que nadie le proporcionaba balones a un voraz Henríquez que se machacaba a lo largo de todo el campo buscando comida. Y así fue hasta que el Real Zaragoza se ha encontrado con un gol fruto del atrevimiento y de la fortuna. Barkero ha puesto un inteligente balón en la parcela de Montañés, quien ha debatido el cuero con Ramírez provocando que éste lo introdujera en su propia meta. Era gol, un gol bendito que ha iluminado el festivo firmamento zaragozano cuando menos lo esperábamos.

   El partido se ponía bien. Sin embargo el equipo ha dado dos pasitos atrás y se h dejado querer. O mejor: se ha dejado devorar. Y la Ponferradina se ha atrevido a poner algunos puntos sobre varias íes hasta que ha conseguido el empate. Y ha sido como siempre: falta, balón bombeadito, cabezazo sencillito y al puchero. Podríamos decir que ha sido en fuera de juego, que lo ha sido, pero eso no sirve para que para cambiar de tema, como los malos estudiantes. Nuevo jarro de agua fría y a la ducha. La Basílica, enmudecida, las dudas sobrevolando nuestra inquietud y cuarenta y cinco minutos por delante de incertidumbre.

    La segunda parte ha comenzado con un tímido arreón zaragocista que apenas ha durado unos minutos. En seguida ha dado comienzo un desnutrido concierto de errores, imprecisiones y malos entendidos que auguraban otro pequeño drama. ¿Sería posible que este equipo volviese a mostrarse incapaz de ganar en casa? Todo apuntaba a que sí; es decir, a que no ganábamos. Para contradecir nuestros temores, Herrera le ha pedido a José Mari que sustituyera a Paglialunga, o porque fuera a hacer nada distinto, sino porque a lo mejor hacía lo que el argentino no había sido capaz. No ha mejorado el equipo, que ha comenzado a mostrar signos de impaciencia y nerviosismo, acosado por un árbitro horrible que se apuntaba a destrozar lo poco que de partido de fútbol tenía el choque.

   Y en esas estábamos cuando Víctor se ha dispuesto a ejecutar una falta al borde del área. Lo ha hecho con decisión y energía y el balón ha salido curvo y valiente, llegando hasta el fondo de las mallas esquivando la inútil estirada de Santamaría. Otro gol salvífico del jugador catalán que lleva camino de convertirse en ese pequeño héroe que todo equipo necesita para lograr lo que no siempre se merece. Un gol fantástico que abría la tarde a la posibilidad de una victoria tan necesaria como útil, por lo que el equipo se ha aprestado a defenderla con uñas, dientes y rasmia. Con lo que único que tenía, en realidad, porque el fútbol se había quedado en Palma y aún no había encontrado un billete de vuelta. ¡Ah! Y con Leo Franco, nuestro portero, el mejor jugador del equipo. Ha resuelto un mano a mano, varios balones altos, de esos que nos matan cada partido, y diversos chuts que en otras circunstancias habrían supuesto un problema serio. Decisiva actuación, pues, la del argentino.

   Victoria, entonces. Triunfo que nos aupa a los arrabales del play off y nos permite aspirar el aroma de la cabeza de la tabla, un perfume prohibido hasta ahora que, una vez disfrutado, tiene que llevarnos a vivir una semana interesante en la que la preparación del choque en Riazor seguro que nos invitará a masticar fútbol, bebernos nuestros debates sobre jugadores y alineaciones y degustar el sabor de la victoria. Y decir, sin ningún dramatismo: “Después de todo, mañana será otro día”

CALIFICACIONES

Leo Franco: 4. Determinante. Sus paradas han sostenido la victoria del equipo.

Cortés: 1. Fláccido en defensa y estéril en el desdoble.

Laguardia: 2. Los pocos balones que ha interceptado el equipo han llevado su firma.

Paredes: 1. No ha podido ni siquiera complementar el discreto trabajo de Lagu.

Abraham: 1. Fláccido en defensa y estéril en el desdoble.

Paglialunga: 1. Flojo partido. Inexacto en la ubicación y torpe en el pase.

Acevedo: 2. Ha sido el más consistente de la retaguardia sin ser un valladar. Le dado cierta salida al balón.

Victor: 3. Mediocre primera parte, mejorada en la segunda, sobre todo cn su buen gol.

Barkero: 2. Ha hecho un partido correcto, sin estridencias. Suyo ha sido el pase del primer gol.

 Montañés: 4. Los contrarios solo lo han podido parar a base de golpes. Su verticalidad es su mejor arma y su velocidad un argumento rotundo.

 Henríquez: 3. Ha peleado con alma y fuerza. No ha recibido buenos balones pero no le duelen prendas en ir al infierno si es preciso en busca de un trozo de cuero.

 José Mari: 1. No ha aportado casi nada.

 Ortí: S.C.

 Cidoncha: S.C.