Hace falta valor (Real Zaragoza, 1 – Llagostera, 0)


   PedroMuy pocas veces una victoria ante el rival más débil puede tener tanto valor como la que obtuvo ayer el Real Zaragoza ante la UE Llagostera. Con cierto sentido táctico, una más fluida circulación, buenas dosis de tesón y la contribución de los tres canteranos rayando a gran altura, el equipo de Carreras alcanzó su objetivo: vencer y anunciar que es posible convencer. No ayer, no en esta ocasión, pero sí con la incorporación de un medio centro con criterio y un delantero que contribuya con un colmillo un poco más afilado a la imperios tarea de convertir en gol las ocasiones que se crean.

   El choque era una circunstancia de doble cara. Si se ganaba nadie iba a aplaudir con entusiasmo, pero si se perdía con toda probabilidad el desastre habría engullido a un zaragocismo herido por los últimos partidos y debilitado por el juego del equipo. Así pues, la tarde anunciaba inquietud. Y en seguida vimos que había motivos para la incertidumbre. Con un equipo exacto al de Oviedo, Carreras les pidió a Pedro y Freddy que jugasen en su banda natural y eso ayudó a que el balón acabase con mayor facilidad en el área catalana. No fue menor la decisión, así como tampoco es menospreciable que los jugadores se empeñasen en tratar al balón con pases cortos y combinaciones más limpias que lo visto hasta ahora.

   Era un escenario un tanto diferente. Sin abismo sobre el pasado, sin ruptura evidente, pero sí con un ritmo más acorde con lo que a muchos nos gusta que sea el Zaragoza. Ahí ha tenido mucho que ver que Morán no ha mirado tanto al frente como a los lados y también ha sido muy importante que en el centro del campo sobresaliese el blanco de las camisetas zaragocistas sobre el naranja del forastero. Justo la idea que Carreras pretende convertir, poco a poco, en la base del concepto futbolístico que ha elegido para sacar a este equipo de la atonía. 

   El partido adquirió desde el inicio un tinte de proximidad. Al área de René, es decir. Eso sí, no había claridad en la finalización, pues desde que Cabrera remató de cabeza en el minuto 6 hasta que Pedro avisó con un cierto grado de acierto pasaron 19 minutos. Pero había ocasiones. Fueron esos minutos un tanto agitados. Cabrera y Dorca lo intentaron, el segundo con mayor peligro pero con acertada respuesta de René, aunque el gol se había escondido en los recovecos de la memoria, evitando a toda costa llegar. Porque no estaba, pero se le esperaba. Hasta que se abrió la puerta. Fue en una muy luchada jugada de un tremendamente esforzado Ortuño. Se llevó por delante cualquier contradicción que le saliera al paso para conseguir un pase que remató Pedro con igual fiereza. Fue un gol muy aplaudido, pues fue como una sencilla liberación colectiva.

   Aún se pudo ampliar la ventaja en el minuto 42 si Ortuño hubiese resuelto un mano a mano ante el portero catalán. Fue una pena pues el murciano estaba trabajando muy bien y su pundonor merecía una recompensa. No importaba, en cualquier caso. El partido estaba razonablemente bien trazado, aunque en la Basílica quien más quien menos temía que el temor acabase por destruirnos una vez más. Por eso, cuando comenzó el segundo tiempo se recibió muy bien el interés de Pedro por hacer las cosas bien. Trató de comandar las combinaciones de adentro hacia la banda y en una de estas enganchó un durísimo chut que restalló en el larguero.

   Fue la primera de varias ocasiones muy bien diseñadas que no se tradujeron en gol por la impericia de los delanteros, sobre todo de Diamanka, que erró hasta tres claras situaciones. Y el Llagostera, que hizo un partido acordado en su esencia, tratando de acomodarse a una situación en la que no se encontraba cómodo. Y mucho menos cuando se produjo la irrupción de la sensación de la tarde. Sergio Gil, el muchacho que sabe jugar al fútbol, el chico que entiende este mundo como no muchos, el chaval que mueve el cuerpo con armonía y le enseña al balón cómo tiene que rodar y por dónde debe volar entró al campo y le dijo al zaragocismo que podemos contar con él. No es la clave del ascenso, pero si queremos soñar él debe estar en nuestros sueños.

   Fue media hora de fútbol un tanto diferente. No hubo cambios significativos pero sí detalles que ayudan a imaginar otra tendencia. Un perfume a posibilidad que debe tener que confirmarse en el futuro próximo con la incorporación de algunos jugadores que añadan desde el minuto 1. Para que la segunda vuelta sea un escenario de esfuerzo y promesa y encontremos en ella el camino de regreso a casa. A Primera.

Foto: Heraldo de Aragón

CALIFICACIONES

Bono: 3. Poco trabajo pero bien solventado.

Isaac: 2. Mejor en defensa que en ataque, donde no siempre acertó en sus decisiones.

Cabrera: 2. Una vez más resaltó su trabajo aéreo. Peor con los pies.

Vallejo: 4. Muy bien posicionado y valiente y seguro en la salida.

Rico: 4. Compromiso, potencia y detalles de clase.

Morán: 2. Mejor en el pase corto que en las transiciones. Gana cuando juega con el socio próximo.

Dorca: 2. Mejor acompasado su juego que otras veces. Bajó su rendimiento en la segunda parte.

Diamanka: 1. Parece enfadado. No encajó en la filosofía de la combinación y falló en el remate.

Pedro: 4. Por el gol, por el larguero, por las ganas y por la voluntad.

Ortuño: 3. Aguerrido, fiel a su estilo y poderoso en el choque.

Hinestroza: 1. Está instalado en el error.

Sergio Gil: 4. Grandioso en la combinación, en los movimientos y en el ritmo.

Ortí: 2. En el tiempo que estuvo interpretó muy bien el partido y casi marca.

Rubén: S.C.

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Copa vacía (Real Zaragoza, 1 – Llagostera, 2)


1060205_1   Pues al final no sabe uno si enfadarse por la eliminación o alegrarnos por no tener que pasar el ácido trago de una eliminatoria de Copa en pleno mes de enero frente a un Deportivo que no nos dice nada. Sobre todo porque en ese momento es cuando se cuecen las tendencias que nos tienen que llevar hasta el mes de junio con el pañuelo bien atado en la punta de la lanza.

   El partido tuvo dos caras. Por decirlo de forma sencilla: una primera pintada con las pulsaciones del alma de Aria y una segunda diseñada con la electricidad del talento de ese futuro zaragocista de pelo royo y estilo Lapetra que se llama Sergio Gil. O Aragón, que ayer sí que pudimos decir que desde que don Santiago sembró de talento el césped de la Romareda nadie había dado un pase de cuarenta metros como el que ayer nos regaló Sergio mediada la segunda mitad. La pena es que no fuera suficiente para ganar un partido que se puso de cara con un penalty a favor a los diez minutos pero que Ángel no pudo transformar y que al final perdió por la mala suerte de un balón mal defendido que rebotó en la espinilla de un Iñaki que había hecho un notable partido en su debut con el Real Zaragoza.

   El Llagostera controló bien el encuentro durante los primeros cuarenta minutos, hasta el punto que se adelantó con una acción fulgurante de Benja. Cerró bien los espacios e impidió que los locales trazasen líneas de pase sensatas y eso fue suficiente para dormir la noche. Enfrente un equipo con intenciones correctas pero al que le fallaban algunas piezas cuando de ejecutar acciones se trataba. Sin querer hacer sangre se podrá decir que Morán y Wilk no encontraron la tercera pata adecuada en un aria que no ocupaba espacios, sino que deambulaba por el rectángulo. Y este sistema, para ser eficaz necesita de todas sus piezas. En el momento en que una falla, el edificio se cae.

   Aun así, una buena jugada de Hinestroza por la derecha sirvió para que ejecutase un buen centro al área que remató Ángel aprovechando un fallo del portero argentino del equipo catalán. Empate y a la ducha.

   En el descanso Popovic eligió a Sergio Gil para que dinamitase le partido. Y eleigió bien. Muy bien. El aragonés decidió aprovechar la ocasión y protagonizó una actuación que encandiló a la Basílica, que aplaudió en varios momentos sus acciones. Manejó el balón, controló los tiempos, tiró desmarques, combinó con talento, disparó a puerta y dio un pase que cruzó la noche para arrancarle al zaragocismo una sonrisa de futuro como hacía años que no producía. El partido se encendió y llegaron varias ocasiones que el Ratti desarboló con sus intervenciones.

   El gol parecía cerca, pero no llegaba. Lo que sí asomaba por la esquina eran treinta minutos extras que no venían nada bien, habida cuenta el importante partido que hay que jugar el domingo, pero cuando nadie lo esperaba Ríos Reina quebró la cintura de Isaac y su blandengue centro tropezó en Iñaki y entró mansamente en la red de Manu. Crueldad con nocturnidad para romper la ilusión de una afición que sabe que la Copa es un estorbo en un año como este pero que siempre hace gracia recibir a un primera aunque sea para estorbar. Un lío, en fin, que no debe distraernos del camino que hemos emprendido juntos y que nos debe llevar de vuelta a casa. A Primera.

Foto: El Periódico de Aragón

 

 

Parada y fondo (Real Zaragoza, 2 – Llagostera, 2)


Nuevo jarrón de agua fría, con recipiente y todo, a las ilusiones del zaragocismo. Un partido travieso, oxidado y bufo dio al traste con las ilusiones de una afición que empieza a estar cansada de tanto altibajo, vacío de fútbol y escasez de argumentos.

   Ante un equipo romo y pobre que fue capaz de hacernos varios rotos, el Real Zaragoza no encontró en ningún momento la clave de lo que debe ser un partido jugado con alma y sentido. Los cambios que Popovic se vio obligado a realizar, hablamos de Lolo por Basha e Insa por Galarreta, dieron resultado a medias, pues si bien sujetaron un tanto más el centro del campo que el domingo pasado, no acabaron por asentar al equipo, que pululó por el campo desorientado y fláccido desde el principio.

   A esa circunstancia se sumó la tremenda fragilidad defensiva que mostró el grupo en todo momento. Con la novedad de Alcolea en la portería, el resto de jugadores de cobertura eran los mismos que otras veces hemos aplaudido, pero cada vez que el Llagostera cogía el balón algo malo pasaba en la retaguardia. Con todo ello, como quiera que Eldin no encontraba el sitio y Pedro no acababa de enganchar combinaciones razonables, el juego ofensivo carecía de mordiente y chocaba una y otra vez con la correcta defensa catalana.

   Así estaba el panorama cuando rondando el minuto 30 el árbitro pitó un penalti no muy claro a favor que permitió a los de Popovic adelantarse en el marcador tras la transformación de Borja. El partido se ponía de cara, pero no se consiguió enderezar el rumbo futbolístico. El equipo seguía inhibido, torpe y fallón. No se cogía el timón del choque, que seguía en manos de los forasteros, aunque es cierto que tampoco aportaban gran cosa al mismo. En cualquier caso, todo seguía muy abierto.

   Tanto que en un sencillo córner llegó el empate. Un balón templadito al área, una defensa del mismo blanda y pobre, una estatua de Alcolea y gol. Era para no creérselo. Con casi nada nos rompían la mínima ilusión. El equipo acusó el golpe y nada hacía pensar que aquello tuviera respuesta adecuada por parte de los blanquillos. Al revés. A los pocos minutos una falta de Cabrera al borde del área la metió el árbitro dentro para pitar penalti. Todo se venía un poco más abajo. Si el Llagostera transformaba el castigo el partido se convertiría en una muralla de difícil asalto. Pero no. Alcolea detuvo el lanzamiento y eso propició que, al menos, nos fuésemos al descanso con un empate que dejaba la puerta abierta a la esperanza.

   La segunda parte comenzó parecida. Un toma y daca insulso y poco consistente que ofrecía pocas razones para pensar que el equipo había aprendido la lección. La suerte vino cuando Pedro le lanzó un balón mágico a Borja que este convirtió con maestría, rapidez, potencia y anticipación. Un buen gol que, si se sabía administrar, debía servir para logra la necesaria victoria. Un buen gol que no hacía justicia a lo hecho hasta ahora pero que a nosotros nos parecía justísimo. Un buen gol, sí. Pero nada más.

   El equipo gerundense se creyó que era el Bayern de Llagostera y se quedó el balón. No tuvo que hacer mucho, porque el equipo zaragocista estaba roto, amortiguado en su dejadez, incapaz de gobernar tres pases. Y con ese panorama instalado en la Basílica surgió de la nada el segundo gol. Un balón insulso, incoloro e insípido sobrevoló el área de Alcolea para que éste viera cómo se colaba en la red sin que nadie, nadie pudiera ni supiera hacer nada.

   A partir de ese momento el Real Zaragoza vivió un período de tesón y control del juego. Apuró su velocidad en ataque y combinó mejor. Fruto de ese arreón llegó una magnífica ocasión de Borja, quien otra vez se quedó ante René, pero el portero consiguió desviar milimétricamente y el balón dio en el poste. Fue lo mejor del partido, que, por otra parte estuvo a punto de romperse con las contras visitantes. Y pudo haber pasado lo peor, pero afortunadamente la puntería de los visitantes tampoco estaba muy afinada, con lo que se llegó al final con un empate que sabe a nada. Bueno sí: a tristeza, a pesadumbre y a preocupación.

CALIFICACIONES

Alcolea: 2. Inseguro y nervioso, detuvo un penalty, lo que le da un punto al equipo.

Fernández: 1. En su línea de inoperancia e incapacidad.

Vallejo: 1. Descolocado y blando.

Mario: 1. Fallón y frágil.

Cabrera: 2. El más entonado. Peleón y fuerte.

Dorca: 1. Falto de ritmo y desorientado.

Lolo: 1. No sujetó el juego ni gestionó la salida de balón.

Eldin: 1. Fue un partido malo por su flaqueza física y su desacierto en el control.

Natxo Insa: 4. Buen partido. Omnipresente, trabajador y con criterio.

Pedro: 3. Fue de menos a más. Dio un gran pase de gol y trabajó duro en su banda.

Borja: 4. Un delantero que mete dos goles y pelea como lo hizo él merece esta nota.

Willian: 2. Su aportación fue conseguir que el balón circulase más cerca del área contraria.

Jaime: S.C.

Saber jugar, saber ganar (Llagostera, 0 – Real Zaragoza, 1)


Si hay partidos capicúa este es uno de ellos. Capicúa o simétrico, se puede decir, pues empezó como acabó y en medio disfrutamos de un pliegue como los que identifican a un test de Roscharch. Y puede que eso fuera así por azar o porque la mano humana hizo que así fuera. De cualquier modo, será un partido que recordaremos como el de la confirmación de Galarreta como el faro cuya luz hay que seguir. Con todo lo bueno y todo lo malo que eso tiene.

Acudía el Real Zaragoza a Palamós después de disfrutar de una mini concentración de esas que hacen los entrenadores cuando constatan que el grupo está deshilachado o necesita una cierta dosis de introspección. En nuestro caso ambas razones podrían servir. Y con todo, el argumento que cementaba al equipo era que si se ganaba este partido muchas cosas buenas nos pasarían. Lo sabían los jugadores, lo sabía el entrenador y lo sabía la afición, que se desplazó valerosamente hasta Cataluña para apoyar a los suyos.

Pero el partido empezó mal. Los primeros veinte minutos fueron un completo desorden. Las líneas estaban separadas, el centro del campo era un boquete fláccido, la defensa mostró todas sus debilidades y los balones que llegaban arriba lo hacían desinflados y con las costuras rotas. Por si fuera poco, los jugadores locales se hartaron de lanzar misiles a la espalda de la defensa y llegaban con facilidad a la portería de Whalley, quien, afortunadamente, veía cómo los contrarios no encontraban puerta a pesar de todas las facilidades ofrecidas por los zaragocistas.

Piernas temblorosas, mente nublada y músculo descosido. Esas eran las armas de los nuestros. Hasta que ocurrió. Galarreta se dijo a sí mismo que el balón tenía que ser suyo y se lo quedó. Comenzó a distribuir el balón con un criterio y una clarividencia tales que hasta el sol cambió su ubicación. El Real Zaragoza inició una fase en la que el fútbol bueno, sencillo y eficaz era su principal y único argumento y por eso no tardó en llegar el gol. La Llagostera no podía contrarrestar los razonamientos futbolísticos del equipo aragonés y, así, llegó el tanto de Borja, porque eso es lo único que podía pasar, lo que ocurre cuando el fútbol se convierte en ciencia exacta.

El final de la primera parte fue, así, un periodo fértil y productivo en el que disfrutamos con el juego de nuestro equipo. La pregunta, eso sí, nos martilleaba: ¿saldría el Real Zaragoza con esa pusilánime actitud a la que nos tiene tan acostumbrados últimamente cuando abandona la caseta? Afortunadamente en esta ocasión recibimos la sorpresa. La segunda parte se inició con una magistral lección de fútbol simple, combinativo y creativo por parte de los de Victor Muñoz. Galarreta gobernaba con sabiduría; Dorca era el ancla elegante; Álamo llegaba por su banda y ya solo le sobraba un toque; Borja finalizaba con peligro; Eldin rompía líneas de cal y William acompañaba la osadía con potencia. Atrás, todo controlado.

Fueron los mejores veintitantos minutos de la temporada. Pero de repente se hizo de noche. Todo sucedió cuando el entrenador decidió que Galarreta ya no daba más de sí y optó por una solución más conservadora con la incorporación de Basha. En un momento en que la Llagostera no estaba para muchas fiestas un soplo de aire fresco le llegó al equipo catalán, que constató cómo sus contrarios daban un pasito hacia atrás y lo que hasta ahora había sido una sinfonía muy bien interpretada se convertía en una pieza mal interpretada por la  charanga de una despedida de soltero. Y llegó Mr Panic a nuestra casa.

   Vivimos nervios, miedos e incertidumbres. Incluso cuando nos pitaron un penalty a favor algo pasó por la mente colectiva del equipo, pues ni siquiera esa opción la jugamos bien. Hasta tres jugadores debatieron quién lo tiraba y lo que pudo ser el 0-2 se quedó en un penalty fallado y unos minutos finales no aptos para casi nadie. ¿Se tomaron malas decisiones? Seguramente la victoria lo tapa todo, pero el partido estuvo a punto de irse por el sumidero si no llega a detener Whalley un par de balones de mucho peligro y ellos fallar todo lo que tenían que fallar. Afortunadamente, todo quedó como tenía que quedar, pues es verdad que el partido era del Real Zaragoza y cualquier otro resultado habría sido injusto. Claro, que el fútbol no entiende de eso, que ya lo sabemos bien por estos pagos.

CALIFICACIONES

Whalley: 4. Solucionó muy bien varios balones peligrosos y mostró seguridad.

Fernández: 2. Rápido y muy implicado, dejó que le centrasen varios balones peligrosos.

Mario: 3. Muy serio y con mucho oficio.

Rubén: 4. Muy bien por alto y muy atento al corte.

Cabrera: 4. Muy eficaz en defensa y batallador en todos los balones.

Galarreta: 5. El mejor del partido. Jugó con clase, inteligencia y finura.

Dorca: 4. Junto a Galarreta fue el compañero perfecto para anclar al equipo.

Álamo: 4. Aunque aún le sobra un toque, creó mucho peligro y peleó con potencia y furia.

William José: 3. Buen compañero, estuvo atento a todos los balones.

Eldin: 3. Buen trabajo en la banda, le costó entrar en el partido.

Borja: 4. Goleó de nuevo y remató en varias ocasiones con peligro.

Basha: 2. Sustituir a Galarreta tiene eso; que pierdes en la comparación. Fallón e inseguro.

Lolo: S.C.