La tarde incontenible (Irureta, entrenador).


   Prudencia, calma, esperanza. La semana ha sido para guardarla en el baúl del pánico, en ese armario que todos tenemos en el desván y que abrimos de vez en cuando para remover los amasijos que el recuerdo ha ido depositando en él, y por eso mismo parece que ha pasado una eternidad. Pero no. El lunes nos acostamos con un equipo encendido por el triunfo ante el Murcia y un técnico que llamaba a la puerta del éxito razonable, pero el martes el sol se quedó a dormir y se nos hizo de noche. Garitano, derrumbado, mortecino, inánime, dejaba que la vida se le fuese por las palabras y dejaba al zaragocismo sin comandante. No tengo motivos para no creerle, así como no tengo razones para no creer al Presidente, por lo que que doy el OK a los mensajes recibidos y me froto los ojos. El club, ágil y diligente, presenta al nuevo entrenador y ya no nos quedan fuerzas para decir que sí o decir que no. Sólo elevamos suavemente la mirada, nos encogemos de hombros y pensamos junto a los compañeros: hay que apoyar a Irureta.

   Los periódicos comienzan a dibujar un paisaje más jovial entre los jugadores. Nos cuentan que el vasco, el segundo vasco de la semana, está logrando que vuelvan las bromas, que la alegría presida el trabajo y las bromas acompañen cada gota de sudor. Y nos lo cuentan con un empeño especial, con mucho interés. Con demasiado, yo diría. Pero no estamos para tontadas, así que lo aceptamos y miramos hacia el domingo. Trabajo, esfuerzo, conceptos, más trabajo… D’Alessandro se queda en tierra porque quiere cruzar el océano y mañana no hay más estandarte que la victoria. Si ganamos, el aire será más limpio. Si ganamos.

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Se nace cada día.


   Y cada rayo de sol es un mensaje de futuro. El Real Zaragoza acaba de vivir sus diei horribili debido a la desacertada decisión del Consejo de Administración de destituir a Victor Fernández en el menos afortunado de los momentos y sustituirlo por Ander Garitano en el menos apropiado de los instantes. Toda una cortina de humo negro se ha instalado en el horizonte zaragocista y poderosos vientos nacidos en el Moncayo o en la Cordillera del Sentido Común deberán llegar a nuestra ribera para limpiar el paisaje, huraño como un anciano resentido, agostado como una mala cosecha.

   Ayer jugó el Real Zaragoza el partido de vuelta de los Octavos de Final de la Copa del Rey y pocas veces he sentido mayor bochorno (¿se me entiende?) ni he deseado con más ganas que un partido finalizase. Ver a nuestros jugadores no-correr, no-luchar, no-pugnar, no-batallar, no-ganarse el respeto del rival produjo en mi corazón resquebrajado un sentimiento de pena inmenso como hacía años no vivía. Y no sólo por lo que estaba presenciando, sino porque no sentía el calor de ninguna luz venidera. Vi a Ander luchar contra unos molinos enormes, gigantescos, demoledores. Vi a Ander impregnar de impotencia el escudo que con tanto afán defendió durante seis temporadas y que venía siendo su fiel brújula estos últimos años en su faceta de entrenador de las categoría inferiores y ahora como máximo responsable del equipo. Y lo vi y casi me vengo abajo.

  En este blog he escrito en muchas ocasiones con el entusiasmo por bandera, con el ánimo como estandarte, con el empuje que da una emoción sostenida a lo largo de muchos años, pero ni son modos ni me gustan las maneras. Por eso, y porque siento a este club como algo muy propio, digo que queda un mundo, que nos merecemos, todos, algo más, mucho más, y que hoy empieza la Liga. Hoy empieza la vida. Y lo digo porque lo creo. Y porque si no lo creyese debería apagar la luz.