La salvación, tacita a tacita (Real Zaragoza, 1 – Cádiz, 1)


Otra vez el folio en blanco. Otra vez el endiablado desafío de construir un relato cuyos protagonistas fracasan. Otra vez el regalo envenenado, el derrumbe de las murallas de nuestra herida esperanza. Una noche que debía haber sido una sinfonía de amor entre una afición desesperada y un equipo malherido acabó convertida en página de frustración que no entiende de lealtades infinitas. Cuando el partido agonizaba, un balón náufrago encalló en las botas de un guerrero inopinado que, loco de fe, consiguió destrozar las líneas defensivas. Y despojó a los pobres de una necesaria victoria.

   Porque el Zaragoza es un equipo hambriento, muerto de sed y huérfano de destino. Su único futuro es no morir y por mucho que derrame el alma en el campo siempre dejará una puerta abierta para que por ella entre el fuego exterminador. Como ayer. Como otras diez ocasiones en que dejó escapar los tres puntos en los últimos minutos porque no saben o no pueden o no entienden. O no aprenden, en palabras de su entrenador.

   Láinez volvió a su equipo fetiche, a sus once fieles soldados que le habían dado la vida a este grupo en las primeras jornadas de su era. Incluyó, eso sí, a Feltscher en lugar de Isaac, pero por lo demás fue un viaje a los orígenes. Y funcionó bien durante gran parte del choque. Ya en el minuto 4 Ángel la tuvo, pero Cifuentes resolvió con reflejos el chut del tinerfeño y segundos después un cabezazo emponzoñado de Cabrera. Habría sido un gran comienzo para un partido de enorme enjundia. No fue, pero el equipo continuó con su plan, el que ya se sabe y que tan buen final le ha otorgado en varios partidos.

   Poco a poco el equipo aragonés de deconstruyó, pero las partes resultantes no ofrecieron delicatessen, sino nerviosismo y tiritonas. Feltscher en seguida señaló el camino perfecto al Cádiz y este no lo desaprovechó. Bajo el mando de Aketxe, un buen jugador que le hace mucho bien al equipo andaluz, el balón comenzó a acostumbrarse a rodar en el medio campo zaragocista. Ratón tuvo que actuar con reflejos para detener un disparo oblicuo en tiro de falta y el equipo, en general, veía que el balón tenía ribetes de plata, porque sus dueños viven en la Tacita.

   Con un centro del campo anodino y alejado de su mejor versión solo Pombo aparecía esporádicamente para conducir con talento ciertos balones. Sin embargo, no llegaban nunca a los pies de Ángel ni de la segunda línea. Algunos de los nuestros, como Lanzarote, intentaban cosas pero fuera de lugar y lejos del área gaditana. Nada relevante, al fin. En estas estábamos cuando poco a poco Bedia fue adquiriendo algo de tono. Demostró que bien entrenado puede ser un jugador valioso para este Real Zaragoza. Y él fue el listo del recreo. Sacó una falta avispadamente, entregándole el balón a José Enrique que dibujó un centro perfecto para la cabeza de Ángel. El gol del canario suponía una inyección de alegría que la Basílica acogió con alborozo. La afición, esforzada y generosa durante toda la noche apoyando a los suyos, lo celebró con una explosión de júbilo digna de mayores gestas.

   El descanso llegó y la Basílica respiró contenidamente la brisa tenue de la noche. Cuando el partido se reanudó, el Cádiz pretendió ser el Cádiz. Martilleó las bandas, recogió con avidez cada balón que se arrimó a su orilla y decidió asustar al Zaragoza. Esta tarea no es nada difícil y a poco que conozcan los rivales al equipo aragonés les resulta cómodo hurgar en sus muchas heridas. El partido era de los andaluces aunque la chispa de Ángel y las acciones emergente de Pombo mantenían cierta tensión en el partido.

   Antes de la marcha de Lanzarote aún tuvo el Cádiz una ocasión de empatar, pero Feltscher lo evitó tras una mala acción de Zapater y otra no mejor de Ratón. El partido se sostenía porque el Zaragoza mantenía el orden en la cobertura y minimizaba sus errores. Al mismo tiempo Pombo ejecutó varios gestos inteligentes que mantenían alerta al Cádiz, que no se fiaba. Entró Isaac por Edu Bedia y ahí el equipo de Láinez perdió pausa y manejo de balón, si bien sus acciones ganaron en imprecisa electricidad.

   Pero cuando el partido parecía finiquitado, cuando la Romareda estaba a punto de cerrar una noche para el recuerdo en medio de un ambiente grandioso gracias a una afición galana y leal, la luna se apagó. Un balón al centro del área fue muy mal despejado por José Enrique. Lo recogió Aitor, que pasaba por allí, y enganchó un disparo seco y malhadado que arruinó la quebradiza felicidad de la fidelísima hinchada blanquilla. La grada sintió el hondo desgarro de la penuria una vez más y el silencio se escuchó en el corazón de cada quien. Después, Xumetra pudo marcar, pero erró. Todo daba igual.

Foto: Jaime

CALIFICACIONES

Ratón: 3. Buen trabajo. Ágil y con reflejos, blandea en las salidas.

Feltscher: 3. Fue de menos a más. Tapó bien y dio opciones en ataque.

Silva: 3. Buen partido. Contundente en el corte y audaz en el remate. Casi marca.

José Enrique: 2. Irregular. Alternó buenas acciones con errores.

Cabrera: 2. Sufrió mucho en defensa. No supo leer el ataque.

Zapater: 3. Quiso jugar el balón, pero arriesgó mucho. Algún error de bulto. Luchador.

Ros: 2. No sorprende. Trabaja mucho, pero no está acertado en el pase.

Edu Bedia: 3. Buen manejo, ofrece criterio y visión. Aguantó mejor el ritmo del partido.

Lanzarote: 3. Trabajó mucho y lo intentó todo, pero estuvo alejado de su lugar natural.

Pombo: 3. Volvió a ser osado y diferente. Algunas acciones, de lujo. Ayudó mucho.

Ángel: 4. Qué decir. Lo da todo, participa sin reservas y golea. Sobresaliente.

Xumetra: 1. Muy acelerado. Se nota que quiere pero le falta poso. Falló un gol.

Isaac: 1. Jugó en un lugar extraño. Corrió pero sin concreción.

Barrera: S.C.

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Tacita de hiel (Cádiz, 3 – Real Zaragoza, 0)


 

img_20161204_125046   Y fin. Desconexión. No en dos fases, no es preciso. En una. Y con la misma displicencia que ellos nos regalan afronto esta crónica. Con dolor, con tristeza. Y con rabia, porque es la crónica que llevo esperando toda la temporada. La crónica del partido que el equipo de mis amores tenía que jugar frente al equipo de mi sobrino Sergio, sobre el que llevamos varios meses hablando en tono de cariñosa rivalidad. 

   Fin, digo, porque el horrible y oxidado sonido de la humillación se instaló ayer en el corazón del zaragocismo después de recibir los tres balazos que un equipo sencillo, simple y honrado alojó en nuestro maltrecho y malnutrido cuerpo. Y porque es insoportable comprobar qué baratos son los goles que encajamos, con qué poco destrozan nuestro orgullo, mancillan nuestra historia, descosen nuestro escudo los rivales de una categoría paupérrima y maloliente donde el Real Zaragoza es, sin duda, el equipo más indigno de los veintidós.

   ¿Alguien se anima a analizar el partido? ¿Alguien encuentra un argumento que desmonte la eficaz y animosa propuesta futbolística del Cádiz? ¿Tan difícil es contrarrestar una idea de partido como la que planteó el equipo andaluz, simple y próspera? Ellos te dan el balón y tú ya sabes que tienen dos puñales en las bandas y un tipo rocoso, burdo y potente en la punta. Lo sabes, lo has visto en vídeo, te lo cuentan, lo anuncian, lo pregonan a los cuatro vientos. Y tú caes en la trampa y a la primera bofetada te rindes. Para oponer ese relato decides deambular, nunca correr. Evitar el choque, nunca discutir el balón. Optar por el desorden, nunca elegir el sentido de grupo. Y el Cádiz, audaz y desinhibido, percute una y otra vez sobre tus debilidades y le echa toda la gasolina a la hoguera que tú ya traes avivada desde Zaragoza. Y ruge el Carranza aunque ayer estuviese medio vacío y tú te hundes y abandonas el combate.

   La defensa sufrió mil y un embates del contrario, sobre todo por el carril de Fran, ayer frágil y torpe. El centro de la defensa, ya de por sí inestable, desde que no está Silva es el sumidero por el que mueren todas nuestras vidas. Y hasta José Enrique se contagió ayer de la dejadez general, recreándose en estúpidas jugadas defensivas.

   El centro del campo fue un caos de principio a fin. Zapater, desquiciado, Morán, indolente y Barrera desnortado. Y en la punta Cani y Lanzarote no reciben ni un solo balón benefactor ni su talento les da para gobernar una nave zarandeada por la ineptitud del equipo. Para rematar, es decir, para no rematar, Ángel se inmoló a base de carreras estériles fácilmente desmontadas por la muy bien organizada defensa cadista, como si Oliva y Carmelo hubieran vuelto de sus dorados retiros.

   Y cuando llega la segunda parte tu entrenador decide insistir en una ruta que ya hemos visto todos que es un camino muerto. Y recibes un segundo crochet. Nada del otro mundo, ¿eh?. Desborde por la banda, centro al área pequeña y remate. ¡Ah! Y gol, ese acontecimiento que ya ha tocado a nuestra puerta en veinticinco ocasiones para otorgarte el honor de ser el equipo más goleado de la competición. Muerte más muerte. El Cádiz, mientras, gustándose. Alegre, aguerrido, aplicado, audaz. Cada muchacho de amarillo sabía qué tenía que hacer, cómo debía hacerlo, dónde debía acometer su tarea y cómo desarrollar cada acción. Con disciplina, con diligencia, con cierto talento. Y con amor a sus colores.

   Agné ha tirado de repertorio y tras el segundo gol ha elegido a Juan Muñoz para sustituir a un desactivado Barrera. Ha sido inútil. Después le ha pedido a Xiscu que saliera en lugar de un inexistente Morán, decisión que no ha emocionado a nadie y que no ha servido para activar al equipo, en clara caída libre desde el minuto 47. El entrenador zaragocista no ha encontrado ni la letra ni la música adecuada para reactivar a un grupo muerto futbolísticamente, a merced de un Cádiz que ha sabido jugar sus bazas y ha cumplido al milímetro el plan de su entrenador, Cervera. Un Cádiz que ha llevado a lo largo de todo el partido otra velocidad, otra emoción, otra actitud. Y el castigo ha sido muy doloroso. Por el resultado y por el mensaje que transmite el grupo, vacío y descosido en todas sus costuras. Y porque el tercero ha sido obra de Ortuño, el díscolo delantero que se fue del Zaragoza por la puerta de atrás y nos tenía unas ganas enormes.

   El panorama es sombrío y quizás sea el momento de plantear que el objetivo del equipo no es, de ningún modo, el ascenso. Si se logra será porque sea la consecuencia de un proceso que, ahora mismo, está muy lejos de afrontar, pues los jugadores no tienen calidad, no disponen de fortaleza física y su ánimo es una línea plana que señala caminos pedregosos de difícil tránsito.

   Hoy solo me queda el gusto de felicitarte, Sergio, por la victoria de tu equipo, ese Cádiz fidedigno y generoso cuya victoria nos dice que se puede ser modesto y al mismo tiempo digno de ser admirado.

CALIFICACIONES

Ratón: 1. No ha aportado ni una sola acción reseñable.

Fran: 0. Desbordado, desasistido y desordenado.

Bagnack: 1. Lento y fuera de sitio en muchas ocasiones.

Cabrera: 1. Ya no es líder ni aporta fortaleza.

José Enrique: 1. Se ha perdido en controles estériles.

Zapater: 1. Desbordado y descolocado.

Morán: 0. Desaparecido y oscurecido.

Barrera: 0. No ha aportado nada.

Lanzarote: 1. Frío y pasivo.

Cani: 1. Ha intentado algunas cosas, pero no ha estado acertado.

Ángel: 1. Aislado y torpón.

Juan Muñoz: 1. No ha participado nada en el juego.

Xiscu: 1. Pasivo e insignificante.