Al final de este viaje (Real Zaragoza, 1 – CD Tenerife, 2)


   Se acabó. Cayó el telón de miseria de una obra putrefacta en la que los actores han estado a la altura de una historia muy mal escrita por sus autores. Ayer se presentó el último auto y los espectadores, hastiados y vacíos de emoción, apenas tuvimos fuerzas para protestar por el engaño vivido.

   Jugaba el Real Zaragoza su último partido ante un Tenerife orgulloso y feliz porque en unos días va a optar a un ascenso a Primera que nosotros ahora mismo vivimos como un sueño imposible. Para ello César Láinez dibujó en equipo en el que jugaron algunos jugadores que el año que viene pueden ser importantes y tuvo que recurrir a otros poco valiosos en el presente y en el futuro pero necesarios ayer para completar una alineación. Con esa idea le plantó cara al equipo canario, ese que tanto añoran Valentín y Ángel, si bien con poca convicción pues el grupo contaba con muchas novedades y poca conjunción. Lógico, pues, que el partido discurriese según el guión forastero.

   Lasure y Pombo circularon bien por el lateral izquierdo y Cani se encontraba a gusto por detrás de Raí, muy activo toda la tarde aunque todavía muy poco exacto en sus acciones. Edu García recorría la banda derecha y guardando las espaldas el inconmensurable Zapater, que jugaría un buen partido para cerrar una temporada ejemplar. Atrás, Valentín y José Enrique sufrían las acometidas de Lozano, muy bien acompañado por Cristo y Omar.

   Este se plantó un par de veces ante Saja sin resultado favorable y Cani se sacó un gran chut de los bolsillos del lujo que despejó bien Falcón. Todo esto antes de que Omar detectase que Saja estaba adelantado. Su decisión fue lanzar un chut desde el propio campo que acabó en las redes zaragocistas después de golpear el larguero y rebotar en el cuerpo del sorprendido portero argentino. Un gran disparo, sin duda, pero también un gol de mala suerte, esa que siempre acompaña a los débiles, a los pobres, a los incautos. A nosotros.

   La Basílica asistía entre abúlica y estupefacta a un partido que no era sino un reflejo opaco de una temporada triste y dolorosa. Estoy seguro que solo los gestos de los jóvenes zaragocistas despertaban algo de ilusión en la afición, que en esos momentos mostró su enfado con algunos cánticos de ciertos sectores de la grada y una irónica ola que recorrió el estadio varias veces.

   La segunda parte mostró a un Real Zaragoza un tanto más peligroso. Cani le mostró al mundo una vez más que es un grandísimo jugador con un gesto técnico que mareó a Edu Oriol para servirle a Raí un balón que acabó en el poste. Había más movilidad en ataque y el balón circulaba con algo de más de vida, pero un corner rematado de cabeza por Carlos Ruiz significó la puntilla. Un 0-2 que indicaba perfectamente la distancia entre ambos equipos, así que Láinez movió el banquillo para invitar a Guti a participar por primera vez on el primer equipo. También Samaras saltó al campo en medio de una pitada que él se encargaría de amortiguar con su esfuerzo y us tesón el rato que estuvo en el césped.

   El Zaragoza ganó en posesión y circulación y protagonizó hasta tres ocasiones de gol en las botas de Raí y Ros y en la cabeza de Edu García. Fueron acciones que animaron un poco la tarde, a lo que contribuyó también Saja con un par de buenas actuaciones que provocaron el aplauso de los aficionados. Buen prólogo al gol del Zaragoza. La jugada llegó por la banda de Isaac que, tras recorte, cedió a Guti para que este rematase inapelablemente logrando un buen gol.

   Fue una breve y delgada alegría que no se vio completada con un empate que habría amortiguado algo la tristeza y el vacío en que vive sumido el zaragocismo. Un final famélico que nos deja a merced de un oleaje despiadado que no sabemos cuándo cesará. Hoy solo esperamos que mueran las nubes y el sol regrese.

CALIFICACIONES

Saja: 3. Ayer jugó su último partido como profesional. Sacó dos balones de gol. Suerte, Sebastián.

Isaac: 2. Corrió la banda con intención y dio un pase de gol. En defensa, frágil. 

Valentín: 1. Indeciso e impreciso.

José Enrique: 1. Fiel a sí mismo, cerró el libro de los riesgos innecesarios.

Lasure: 3. Buen manejo de balón, rápido y atento.

Zapater: 4. Buen partido. Estuvo donde se le necesitó y lo dio todo, como siempre.

Ros: 1. No encontró casi nunca la decisión más apropiada.

Edu García: 2. Estuvo participativo pero le faltó verticalidad. Remató con peligro. 

Cani: 4. Tuvo cien detalles de calidad y encontró el camino a la excelencia. Quédate.

Pombo: 3. Se asoció muy bien con Lasure y encontró siempre opciones de juego. Se le nota crecido.

Raí: 2. Eléctrico, ágil y rápido. Su sitio es otro, pero lo intentó.

Samaras: 2. Luchó y trabajó con denuedo. Desequilibró a la defensa.

Guti: 3. Su breve presencia anunció a un jugador de gran recorrido. Goleó.

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Seremos felices un día (Girona, 0 – Real Zaragoza, 0)


Estoy seguro de que mis lectores entenderán que esta crónica esté tan vacía como el partido que ayer no disputaron el Girona y el Real Zaragoza. Un choque vacío de juego pero lleno de necesidad para ambas partes, pues tanto los catalanes como los aragoneses buscaban ayer objetivos en los que les iba la gloria y la vida, respectivamente. Hablar de fútbol es imposible, pues ayer no se dirimía un enfrentamiento deportivo. Más bien hablaremos de un momento y un espacio de urgencias históricas en los que ambos clubes se jugaban su futuro, sobre todo el zaragocista.

   Pedro Machín ya había salido a la palestra para expresar que el punto le sabría a gloria. No hizo falta ser muy espabilado para comprender que no íbamos a encontrarnos con un equipo aguerrido que le disputase a los de Láinez los tres puntos, pero como en esto del fútbol nunca se sabe, no faltaron los chistes que hablaban de lo torpes que somos y que a ver si la liamos y nos metemos un gol en el último minuto en propia o cometemos un penalti estúpido a punto de acabar. En fin, nos hemos vuelto tontos todos con tanta desgracia.

  No hay manera de llenar dos líneas escribiendo sobre fútbol. Es que no hubo nada de nada. Ni siquiera disimulo. Que no me parece mal, ¿eh?, no se me malinterprete. Tengo apuntados tan solo un chut a las nubes de Silva que provocó la imagen de la temporada con ese gesto de coña marinera del inédito Samaras, un corner a favor del Girona porque José Enrique casi la lía y le golpeó al balón fatal y creo que nada más. Lo demás, un embrollo de pases laterales, horizontales y hacia atrás y algún amago de enfado por parte de los jugadores cuando el árbitro les pitaba alguna falta por haber rozado con el cordón de la bota a un contrario. Y fin.

   El broche de la temporada fue vergonzoso pero necesario. Ayer no se trataba de quedar como unos caballeros guardando las formas y compitiendo como si tal cosa. Ayer se trataba de salir del coma, de abandonar la UCI y comenzar a respirar por uno mismo. Y seguir viviendo. El gran Láinez lo explicó magistralmente: “No se le puede vender a la afición que es un día feliz. Se le puede vender a la afición que si vamos a ser felices algún día es por hoy. (…) Para alcanzar el éxito que ha alcanzado hoy el Girona era necesario que hoy el Real Zaragoza se salvara y que la persiana del club el próximo 1 de julio se elevara”. Después de leer esto, poco más queda por escribir.

   Son palabras certeras, inteligentes, serias, honestas. Como él. Podemos decir que una de las mejores cosas que le han podido pasar al club en los últimos tiempos es que Láinez haya cogido las riendas del equipo y haya construido un discurso tan coherente y ajustado. Del mismo modo que lo hizo en su momento Víctor Muñoz, cuando llegó al equipo y lo salvó de la ruina deportiva y, por tanto, económica. Entonces no hubo paciencia ni diagnóstico acertado. Esperamos que a la segunda vaya la vencida.

   Lo que ayer se cerró fue un aviso muy serio. No es cualquier cosa el hecho de haber salvado la categoría. Solo de pensar cómo estaríamos ahora en caso de haber caído derrotados, con un terrorífico partido ante el Tenerife, con una grada incendiada y unos jugadores devorados por la realidad, a uno le tiembla el corazón. Solo pensar en cómo deben estar ahora mismo el mallorquinismo y el elchismo a uno se le quiebra el alma. Por eso, amables lectores, déjenme respirar con alivio. Triste por la vergüenza vivida pero consolado porque la Historia nos da otra oportunidad.

   Hoy comienza la temporada 2017-2018. Hemos aprendido mil lecciones y solo espero que entre todos sepamos encontrar los caminos adecuados para construir un proyecto cuyo término final sea esa felicidad de la que habló ayer Láinez. Porque es bien cierto que no hay futuro si no sujetamos el presente. No hay latidos en el mañana si hoy nos hubiera faltado el aire. Gracias, César. Nos has dado la vida.

CALIFICACIONES

Pongamos que hablo de todos y cada uno de ellos y no encuentro ninguna palabra justa. En todo caso aplaudo a Zapater y a Cani por su zaragocismo irredento, a Ratón por su honradez, a Ros por su honestidad, a Edu García por su generosidad y a Ángel por su compromiso. A los demás les pregunto qué les dirían ellos, como aficionados, a unos jugadores que nos han llevado donde ellos lo han hecho.

No, no la merecéis (Real Zaragoza, 1 – Rayo Vallecano, 1)


   La grada estalló. Cuando Embarba empaló un remate seco y curvo que dio con el balón en la red de un estupefacto Ratón, la castigada afición zaragocista explotó. Lo hizo mostrando toda su ira contra unos jugadores incapaces físicamente y débiles mentalmente que han llevado al equipo al borde del abismo. No podía ser verdad. No era posible que de nuevo el frágil edificio construido sobre la base del gol de Pombo se viniese abajo arrastrando a miles de corazones destrozados por la desgracia. Pero sí. El Rayo empataba en el último minuto y la anhelada salvación se escapaba por el sumidero de la impotencia.

   La tarde nos presentó un paisaje árido de la mano de un horario infame. El sol bañaba todos los rincones de la Basílica y la afición se dispuso a cerrar una temporada infame que nos ha regalado decenas de momentos amargos. El Rayo vino a Zaragoza dispuesto a jugar al fútbol frente a un equipo, el de Láinez, agotado en el físico y exhausto en lo futbolístico. El entrenador aragonés dispuso el mismo dibujo que tan buenos resultados le dio hace unas semanas, pero sus peones ya no están para ejecutar un plan de semejante calibre. Además, enfrente se plantó un equipo muy bien organizado que se apropió del balón y lo supo manejar con buen criterio y talento. Fran Beltrán, Baena y Jordi saben a qué juegan y se aplican con gran dedicación a lo que Michel les pide que hagan. Eso fue suficiente para dominar el partido y eso que faltaba el veterano e inteligente Trashorras. Arriba, además, Embarba y Ebert sabían cómo hacer daño y a punto estuvieron de adelantarse en el marcador, pero los palos lo impidieron.

   En esas estábamos cuando Isaac y Lanza tejieron una correcta jugada que dio con el balón en los pies de Pombo, quien enganchó un certero latigazo que supuso el 1-0. Grande fue la alegría del joven jugador y más aún la de una afición muy necesitada de estímulos positivos. El gol no era justo, pues el partido tenía color visitante, pero esto del fútbol es así de raro. En cualquier caso, el partido se ponía de cara y ahora empezaba la segunda parte, ese tramo en el que el Zaragoza suele tirar por la borda lo conquistado en la primera.

   Láinez tuvo que echar mano de Feltscher a causa de un golpe de calor sufrido por Isaac. De este modo, además de la aportación de un muy cuestionado Xumetra en lugar del irascible Lanza, el entrenador pretendía bloquear las incursiones visitantes por esa banda, lo que había sido un enorme problema en los primeros 45 minutos. Sin embargo, el equipo cayó en el mismo error de siempre. Sus dos centrales retrasaron su posición y Zapater se incrustó entre ellos, lo que propició que tanto los laterales como Ros y Edu Bedia se echaran atrás, provocando un atasco que impedía que el balón saliera con limpieza. El Rayo aprovechó la circunstancia y comenzó un asedio tanto por las bandas como con balones diagonales que asfixiaron las combinaciones zaragocistas. Arriba Ángel se desgastaba en carreras inútiles a la búsqueda de los balones largos que Cabrera o Silva le entregaban con muy mala fortuna y ni Xumetra ni el incorporado Edu García supieron abrir líneas de circulación.

   La grada comenzó a desesperarse. Cada vez con más frecuencia el balón rondaba el área de Ratón, que recibió varios remates inexactos pero francos. Si el Zaragoza llegaba a las inmediaciones de Amaya podía hacer daño, como Edu Bedia con un acrobático remate que rozó el larguero u otro remate de Ángel, pero eran acciones aisladas, muy poco frecuentes. Michel apostó por introducir a Javi Guerra y por jugar con tan solo tres defensas arriesgando pero sabiendo que era su oportunidad.

   Llegaba el final del partido y los jugadores blanquillos notaron el temblor en sus piernas y en sus mentes. En muchas jugadas llegamos a contar ocho jugadores resguardados aterrorizados dentro del área, incapaces de expulsar el balón de la zona defensiva. Con ello el peligro se hacía muy evidente. La tragedia se mascaba y quien más quien menos contábamos los segundos desesperados, ansiando el pitido final. Pero no ocurrió. De nuevo antes del último minuto sucedió el error fatal, la equivocación bastarda, la torpeza excavada en el alma blanquilla. Feltscher despejó con la espinilla un balón fláccido que fue a parar a Lass para que este se lo acomodase a Embarba. Y los cielos se desplomaron sobre la Romareda.

CALIFICACIONES

Ratón: 2. Discreto trabajo. No se sacudió a la defensa de su área.

Isaac: 0 Sufrió lo indecible.

Silva: 2. Luchador pero poco eficiente.

José Enrique: 0. Juega con juego. Y se quema.

Cabrera: 1. Inexacto y fallón.

Zapater: 2. Tuvo que tapar muchas vías de agua.

Ros: 1. No está acertado en sus decisiones.

Edu Bedia: 2. Tiene talento y calidad. Casi mete un gran gol.

Lanzarote: 1. No supo leer el partido y aportó poco.

Pombo: 3. Buen trabajo. Con clase y buenas intenciones. Goleó.

Ángel: 2. Desasistido y mal acompañado.

Feltscher: 0. Errático y torpe.

Xumetra: 0. Lento y apático.

Edu García: 1. Pone interés pero no aporta soluciones.

Lento pero llega (Real Oviedo, 0 – Real Zaragoza, 0)


Ayer hice algo que no he hecho en los últimos diez años: vi el partido que jugó el Real Zaragoza en diferido, como esos ciudadanos que viven en el mundo de las cajas B. No es una buena experiencia, pues se sufre igual o más que cuando asisto al gol postrero que cada domingo encaja nuestro equipo, pero es novedosa. Lo que no cambia es el dolor que atraviesa nuestros maltrechos corazones cada vez que los muchachos se visten con la camiseta blanquilla/avispa/tomate y deciden manchar un poco más nuestro escudo. Que eso, y no otra cosa, es lo que son estos chicos (con honrosísimas excepciones que todos sabemos) y los cientos de mercenarios que han atracado sus almadias en el puerto del Ebro: una banda de mediocres artistillas del pelotón que casi acaban con una historia legendaria.

   El partido de ayer fue el peor de la era Láinez. Lo digo yo y lo dice el propio mister. Y lo dices tú, amable lector. Y lo dice el fútbol. EL que no hubo, el que se extravió en el césped del Carlos Tartiere cuando el Zaragoza perdió el balón y se lo entregó al Oviedo, que ayer también se jugaba su ser o no ser aunque él lo hacía por arriba. Durante los primeros 45 minutos solo al comienzo supo el equipo aragonés ejecutar el plan trazado, pero muy pronto se cayó y se vio desbordado por las bandas y en las segundas jugadas.

   Ni la defensa ni las dos líneas del centro del campo entendieron el choque ni la defensa comprendió la propuesta asturiana, de tal modo que el balón comenzó a merodear por el área de Ratón que, ayer sí, completó un notable partido. Y menos mal, porque poco más podemos salvar de esta primera parte. El portero gallego realizó varias paradas de mérito que impidieron que se moviera el marcador, un hecho de gran mérito porque los de Hierro acosaron a los blanquillos con incursiones por las bandas, una gran intensidad y un amor propio digno del objetivo que peleaban.

   Carlitos, Nando, Toché, Susaeta y Costas pudieron marcar en un alarde de agresividad y voluntad encendida que solo la magnífica actuación de Ratón pudo amortiguar. Sin embargo, lo que es el fútbol: Ángel bien pudo anular la muy interesante propuesta futbolística del Oviedo con un estupendo cabezazo tras un saque de banda que Juan Carlos despejó con una florida estirada. Habría sido un resultado injusto, pues el único amo y señor del partido había sido el equipo azulón.

   Tras el descanso, y con el temor instalado en el zaragocismo, pues la costumbre es una maestra de emociones, el Zaragoza salió un tanto más activado. Los primeros diez minutos contemplaron una versión correcta del equipo, que apretó al Oviedo e hizo posible un pare de acercamientos interesantes, pero la imagen de recuperación en seguida fundió a negro. Susaeta de nuevo probó a Ratón y el partido volvió al guión inicial. Buenas combinaciones locales, inconsistencia defensiva de los avispas e incapacidad para tejer combinaciones. Algo vio Láinez para decidir el cambio de Edu Bedia y Cani, que habían aportado muy poco, por Pombo y Edu García. Su entrada aportó algo más de verticalidad y control del juego, pero el Oviedo seguía a lo suyo.

   Con una grada entregada, con el aliento indesmayable de su público los de Hierro se echaron al monte y buscaron el gol con desesperación. Lo rozaron de nuevo en el minuto 78, cuando Toché cabeceó fuera por muy poco y minutos después el aragonés Linares, en una suave vaselina que Ratón le detuvo y del que recibió un duro golpe que desencadenó el rush final. Porque el Oviedo se desquició, el Zaragoza arañaba la vida en cada jugada y el árbitro demostró un alto grado de ineptitud golpeando a Ratón con dos tarjetas amarillas que supusieron su expulsión. El partido se fue hasta el minuto 100, como suele suceder en los partidos de regional cuando se alargan los tiempos hasta que el equipo local marca y se lleva la victoria.

   Afortunadamente eso no ocurrió y el equipo aragonés le robó un punto al destino que puede ayudarle a preparar el partido ante el Rayo con ánimo positivo y chance de lograr el objetivo final. El domingo a las 6 de la tarde el zaragocismo espera cerrar esta miserable temporada y comenzar a mirar con esperanza el horizonte de un futuro fértil y digno.

CALIFICACIONES

Ratón: 4. Extraordinario partido. Ratón firmó su mejor partido.

Isaac: 1. Deficiente partido. Ni en ataque ni en defensa estuvo acertado.

Silva: 2. Partido muy sufrido en el que tuvo que hacer su trabajo y el de los demás.

José Enrique: 1. Juega con fuego y no transmite seguridad. Demasiados errores serios.

Cabrera: 2. Muy irregular. Con luces y sombras, trabajó mucho.

Zapater: 1. Su peor partido de la temporada. Le puede la ansiedad y cometió fallos serios.

Ros: 0. No controló el balón y erró en los pases. Muy desnortado.

Edu Bedia: 0. No estuvo en ningún momento en el partido. Le ganó la presión.

Xumetra: 1. No se le puede negar su esfuerzo y sus ganas, pero no está.

Cani: 0. No fue el jugador sabio y talentoso que el equipo necesita.

Ángel: 3. Lo intentó pero nadie le entendió. Casi logra un gran gol.

Pombo: 2. Su entrada aportó frescura y control. Trabajó bien.

Edu García: 2. Su alma zaragocista le ayuda en su propuesta. Colaboró bien.

Lanzarote: 2. Inquietó a la defensa ovetense en apenas unos minutos. Acabó de portero.

La salvación, tacita a tacita (Real Zaragoza, 1 – Cádiz, 1)


Otra vez el folio en blanco. Otra vez el endiablado desafío de construir un relato cuyos protagonistas fracasan. Otra vez el regalo envenenado, el derrumbe de las murallas de nuestra herida esperanza. Una noche que debía haber sido una sinfonía de amor entre una afición desesperada y un equipo malherido acabó convertida en página de frustración que no entiende de lealtades infinitas. Cuando el partido agonizaba, un balón náufrago encalló en las botas de un guerrero inopinado que, loco de fe, consiguió destrozar las líneas defensivas. Y despojó a los pobres de una necesaria victoria.

   Porque el Zaragoza es un equipo hambriento, muerto de sed y huérfano de destino. Su único futuro es no morir y por mucho que derrame el alma en el campo siempre dejará una puerta abierta para que por ella entre el fuego exterminador. Como ayer. Como otras diez ocasiones en que dejó escapar los tres puntos en los últimos minutos porque no saben o no pueden o no entienden. O no aprenden, en palabras de su entrenador.

   Láinez volvió a su equipo fetiche, a sus once fieles soldados que le habían dado la vida a este grupo en las primeras jornadas de su era. Incluyó, eso sí, a Feltscher en lugar de Isaac, pero por lo demás fue un viaje a los orígenes. Y funcionó bien durante gran parte del choque. Ya en el minuto 4 Ángel la tuvo, pero Cifuentes resolvió con reflejos el chut del tinerfeño y segundos después un cabezazo emponzoñado de Cabrera. Habría sido un gran comienzo para un partido de enorme enjundia. No fue, pero el equipo continuó con su plan, el que ya se sabe y que tan buen final le ha otorgado en varios partidos.

   Poco a poco el equipo aragonés de deconstruyó, pero las partes resultantes no ofrecieron delicatessen, sino nerviosismo y tiritonas. Feltscher en seguida señaló el camino perfecto al Cádiz y este no lo desaprovechó. Bajo el mando de Aketxe, un buen jugador que le hace mucho bien al equipo andaluz, el balón comenzó a acostumbrarse a rodar en el medio campo zaragocista. Ratón tuvo que actuar con reflejos para detener un disparo oblicuo en tiro de falta y el equipo, en general, veía que el balón tenía ribetes de plata, porque sus dueños viven en la Tacita.

   Con un centro del campo anodino y alejado de su mejor versión solo Pombo aparecía esporádicamente para conducir con talento ciertos balones. Sin embargo, no llegaban nunca a los pies de Ángel ni de la segunda línea. Algunos de los nuestros, como Lanzarote, intentaban cosas pero fuera de lugar y lejos del área gaditana. Nada relevante, al fin. En estas estábamos cuando poco a poco Bedia fue adquiriendo algo de tono. Demostró que bien entrenado puede ser un jugador valioso para este Real Zaragoza. Y él fue el listo del recreo. Sacó una falta avispadamente, entregándole el balón a José Enrique que dibujó un centro perfecto para la cabeza de Ángel. El gol del canario suponía una inyección de alegría que la Basílica acogió con alborozo. La afición, esforzada y generosa durante toda la noche apoyando a los suyos, lo celebró con una explosión de júbilo digna de mayores gestas.

   El descanso llegó y la Basílica respiró contenidamente la brisa tenue de la noche. Cuando el partido se reanudó, el Cádiz pretendió ser el Cádiz. Martilleó las bandas, recogió con avidez cada balón que se arrimó a su orilla y decidió asustar al Zaragoza. Esta tarea no es nada difícil y a poco que conozcan los rivales al equipo aragonés les resulta cómodo hurgar en sus muchas heridas. El partido era de los andaluces aunque la chispa de Ángel y las acciones emergente de Pombo mantenían cierta tensión en el partido.

   Antes de la marcha de Lanzarote aún tuvo el Cádiz una ocasión de empatar, pero Feltscher lo evitó tras una mala acción de Zapater y otra no mejor de Ratón. El partido se sostenía porque el Zaragoza mantenía el orden en la cobertura y minimizaba sus errores. Al mismo tiempo Pombo ejecutó varios gestos inteligentes que mantenían alerta al Cádiz, que no se fiaba. Entró Isaac por Edu Bedia y ahí el equipo de Láinez perdió pausa y manejo de balón, si bien sus acciones ganaron en imprecisa electricidad.

   Pero cuando el partido parecía finiquitado, cuando la Romareda estaba a punto de cerrar una noche para el recuerdo en medio de un ambiente grandioso gracias a una afición galana y leal, la luna se apagó. Un balón al centro del área fue muy mal despejado por José Enrique. Lo recogió Aitor, que pasaba por allí, y enganchó un disparo seco y malhadado que arruinó la quebradiza felicidad de la fidelísima hinchada blanquilla. La grada sintió el hondo desgarro de la penuria una vez más y el silencio se escuchó en el corazón de cada quien. Después, Xumetra pudo marcar, pero erró. Todo daba igual.

Foto: Jaime

CALIFICACIONES

Ratón: 3. Buen trabajo. Ágil y con reflejos, blandea en las salidas.

Feltscher: 3. Fue de menos a más. Tapó bien y dio opciones en ataque.

Silva: 3. Buen partido. Contundente en el corte y audaz en el remate. Casi marca.

José Enrique: 2. Irregular. Alternó buenas acciones con errores.

Cabrera: 2. Sufrió mucho en defensa. No supo leer el ataque.

Zapater: 3. Quiso jugar el balón, pero arriesgó mucho. Algún error de bulto. Luchador.

Ros: 2. No sorprende. Trabaja mucho, pero no está acertado en el pase.

Edu Bedia: 3. Buen manejo, ofrece criterio y visión. Aguantó mejor el ritmo del partido.

Lanzarote: 3. Trabajó mucho y lo intentó todo, pero estuvo alejado de su lugar natural.

Pombo: 3. Volvió a ser osado y diferente. Algunas acciones, de lujo. Ayudó mucho.

Ángel: 4. Qué decir. Lo da todo, participa sin reservas y golea. Sobresaliente.

Xumetra: 1. Muy acelerado. Se nota que quiere pero le falta poso. Falló un gol.

Isaac: 1. Jugó en un lugar extraño. Corrió pero sin concreción.

Barrera: S.C.

Asoma el abismo (CF Reus, 1 – Real Zaragoza, 0)


El Real Zaragoza fue ayer un equipo de torpe aliño indumentario. Un equipo al que se le cae sobre el babero el líquido que sorbe y que no sabe digerir ni el más mínimo contratiempo. Ante un grupo ortodoxo, firme y razonablemente ordenado, no supo ni pudo argumentar ni una sola acción meritoria, como si la poca sabiduría futbolística que Láinez ha traído al equipo ya no sirva para sostener su plan. El Reus, un concepto en sí mismo, le dio un repaso táctico, técnico, físico y mental y el zaragocismo, su afición, recibió una bofetada insultante que hunde todavía más la vergüenza de estos años en el desánimo y, lo que es peor, el temor a consecuencias fatales.

   Láinez dio entrada a Samaras por Bedia y movió a Pombo, que ocupó de forma alternativa posiciones más centradas, buscando circulación inteligente del balón y rupturas interiores que hicieran daño a la muy bien armada defensa catalana. El propósito pareció cumplirse al principio, cuando el Zaragoza fue capaz de acercarse al territorio de Badía, pero Ros no supo aprovechar la primera y mejor ocasión que tuvieron los blanquillos, algo que ya se ha visto que en esta categoría se paga muy caro.  

   Poco a poco el Reus se fue adueñando de la situación. El cambio de guión tuvo nombres propios, entre los que sobresalió, para maldición de la leyenda negra zaragocista, Querol. Los zaragocistas lo recuerdan bien porque en la aciaga tarde de Palamós, ante la Llagostera, fue el jugador que nos asestó cuatro puñaladas mortales. Doloroso recuerdo que ayer se encargó de reavivar. El Reus comenzó a gobernar el partido bajo el mando de Folch y Vitor Silva y la notable actividad de Benito, el lateral al que pretende el Zaragoza para la temporada que viene. Él mismo lanzó un buen chut que Ratón detuvo con  dificultad y que fue el aviso del gol que fabricó Máyor, más hábil y listo que Silva, habilitando a Querol para que este fusilase al portero zaragocista.

   El gol hizo mucho daño y Láinez decidió variar el guión. Quitó a un invisible Pombo y dio entrada a Cani con la idea de reunir talento y calidad en la segunda línea y romper la maraña del Reus. No lo consiguió y además el grupo perdió el norte a pesar de mejorar un tanto su actitud. Los errores eran muchos y la impericia de los jugadores aragoneses exasperaba a cualquier aficionado que estuviese contemplando el desastroso partido.

   Los laterales volvían a ser dos enormes agujeros negros que ni Cabrera ni Isaac podían tapar, además de contar con un centro del campo inerme y muy torpe, donde Zapater no llegaba a solucionar todas las situaciones problemáticas que Ros provocaba con su inexactitud.

   Xumetra salió por un inoperante e irritado Lanzarote, pero tampoco este cambio funcionó. El Reus se agazapó muy bien atrás y salió a la contra en varias ocasiones, propiciando varias situaciones de gol, pero ahí demostró que es un grupo sin gol y muy fallón a la hora de resolver situaciones. Y menos mal, porque de haber sido un poco más eficaces el resultado de ayer le habría sacado los colores a un Zaragoza que se iba fundiendo por momentos.

   Aún tuvo una buena ocasión Ángel, pero tampoco ayer era su día. Un buen pase largo le habilitó ante Badía pero su remate fácil y fláccido fue detenido bien por el portero local. Ni siquiera la entrada de un casi olvidado Edu García pudo reactivar al Zaragoza en los últimos minutos. El equipo, curiosamente, recordó muchísimo al que salió escandalosamente derrotado ante la Llagostera. Mortecino, débil, confundido, aletargado. Todos esos adjetivos describen muy bien a un grupo que ha vuelto al punto de partida, cuando César Láinez llegó y recogió a un espectro futbolístico que se arrastraba por los terrenos de juego y amenazaba por despeñarse por el acantilado del descenso.

   No está mucho más lejos de esa situación en estos momentos. Con la amenaza de la Segunda B muy próxima y un calendario terrorífico, Láinez tiene motivos para no dormir, para seguir sin comer y para volverse loco tratando de encontrar soluciones a los mil problemas que asolan al Real Zaragoza.

CALIFICACIONES

Ratón: 2. Poco pudo hacer en el gol pero tampoco transmitió seguridad.

Isaac: 1. Empezó entonado en ataque pero en seguida perdió todas las batallas defensivas.

Silva: 2. Se mostró irregular y poco resolutivo.

José Enrique: 1. No está para jugar. Pobre físicamente y muy mal ubicado.

Cabrera: 1. Ha bajado muchos enteros. No cubrió bien su banda y en ataque estuvo mal.

Zapater: 3. Luchó lo indecible, pero de nuevo vuelve a estar solo y desasistido.

Ros: 0. Muy mal partido. Ni manejó ni sostuvo.

Lanzarote: 1. Comenzó bien, gustándose, pero acabó nervioso, aportando muy poco.

Pombo: 1. Invisible. No supo qué hacer con el balón.

Samaras: 3. Físicamente está muy flojo, pero su calidad aportó acciones de interés. Luchó como el que más.

Ángel: 2. No estuvo tan ágil y rompedor. Le ahogaron anulando todos los espacios por los que transita habitualmente.

Cani: 2. Comenzó bien, dibujando buenos pases, pero acabó desquiciado. Y expulsado.

Xumetra: 0. Nula aportación.

Edu García: 0. Nada que comentar.

La delgada línea azul (Real Zaragoza, 1 – Getafe, 2)


   Pocas veces el zaragocismo ha podido sentir el vacío de una forma tan radical como ayer en la Basílica. Del paraíso de la primera parte al infierno de la segunda mitad. De la deliciosa ambición de los primeros 45 minutos a la decepcionante incapacidad que nos regalaron tras el descanso. De la esperanzadora ilusión que impregnó a la afición blanquilla al metálico baño de realismo que nos inundó a última hora del día.

   El Real Zaragoza mostró una vitalista versión de sí mismo en la primera fase de un encuentro muy complejo. Ante un Getafe duro y mal encarado supo oponer una propuesta inteligente y sacrificada, con la presencia de Casado y Cani como novedades en la alineación. Desde el primer momento asumimos que iba a ser un choque tintado de jugadas poliédricas en el que habría que hacerlo todo muy bien si queríamos salir vivos. En un principio la idea asomaba por la esquina del riesgo controlado. Decidir que Cani se sumase a la causa para dotar al equipo de más control y mejores atribuciones ofensivas contrastaba con la necesidad de mantener un adecuado equilibrio defensivo, pues el Getafe se asomaba al balcón de Ratón con mucho descaro y mil ideas que desarrollar.

   Los acercamientos a ambas áreas se sucedieron sin rubor y los dos equipos disfrutaron de ocasiones de gol. Bien por la impericia de los delanteros, bien por las intervenciones de los porteros, el marcador no se movía, si bien la tensión se mantuvo a lo largo de la primera fase. Cani, Edu Bedia, Pombo y Lanzarote masticaban las combinaciones con cierta osadía sin descuidar las coberturas, tejiendo una inteligente malla que envolvía al centro del campo madrileño eficazmente.

   En medio de semejante fragor, surgió el talento y la sabiduría de Cani, que le regaló un pase de diamante al mejor delantero de la categoría. Ángel recibió el regalo y no quiso decepcionar a su rendida afición, así que cruzó eléctricamente el balón y batió a Alberto. Era un premio jugoso que alimentaba ilusiones quizás desmedidas pero, en todo caso, legítimas y estimulantes.

   Sin embargo, nada más comenzar la segunda parte ya se vio que el camino por recorrer iba a ser durísimo y extraordinariamente largo. Bordalás arengó a los suyos y les afiló el cuchillo con el que salieron al césped de la Romareda. No había pasado ni un minuto y el Getafe ya había enseñado sus armas, que eran muchas y de calidad. Buen manejo del balón, excelentes transiciones y adecuada ocupación de espacios. Para defender semejante ataque hacía falta una cohorte de jugadores dispuestos mentalmente y capaces físicamente, pero el Zaragoza no disponía de semejantes herramientas.

   En esas llegó el empate. Una jugada revoltosa muy mal resuelta por la zaga aragonesa dio con el balón en los pies de Molina que solo tuvo que ejecutar el gesto para batir a Ratón. El partido estaba basculando hacia la propuesta del Getafe, así que Láinez trató de solventar el problema sustituyendo a Cani por Javi Ros. Claramente se veía que nadie se conformaba con el empate, aunque los de Bordalás parecían mejor dispuestos. Y sucedió que el infortunio se alió con el Zaragoza. Un remate de cabeza de Fuster fue a dar al palo para luego rebotar en Ratón y entrar mansamente en la portería. Fue un duro golpe. Se escapaba claramente la victoria, pues las sensaciones físicas de los locales eran muy pobres.

   A ello había que añadir que algunos jugadores como Edu Bedia y Casado habían bajado sus prestaciones respecto del primer tiempo, por lo que Láinez hizo los cambios obligado por las circunstancias, no porque considerase que había alternativas tácticas que incorporar. Eso es un hándicap y en un equipo tan justo con tantos déficits no deja de ser un problema añadido si hay que remontar un marcador adverso. Desde ese momento hasta el final, ni la aparición de Samaras ni el empuje de la afición pudieron lograr siquiera el empate final. No diré que Ángel la tuvo en la última jugada, pues su error, con ser grave, no nubla en ningún momento su enorme trabajo y la importancia de su juego y sus goles.

   Derrota dura, pero al fin y al cabo nada extraña si atendemos a la trayectoria del equipo a lo largo de la temporada. Ciertamente el zaragocismo ha llegado a sentir el perfume de la promoción a lo largo de esta semana, sobre todo porque ilusionarse es humano y necesario, pero la crudeza de la realidad es mucho más fuerte que la fuerza de los sueños. Por lo menos de momento.

Foto: LFP

CALIFICACIONES

Ratón: 4. Gustó su trabajo, su tranquilidad y su valentía en algunos momentos.

Isaac: 2. Sigue en su línea de trabajo y constancia, aunque ayer estuvo menos profundo.

Silva: 2. Los dos goles se produjeron en remates cerca del área pequeña, su territorio.

José Enrique: 2. El mismo diagnóstico que para Silva, si bien ofrece detalles técnicos de altura.

Casado: 2. Mostró altibajos, alternando aciertos con errores de bulto.

Zapater: 4. Incansable, omnipresente y protagonista.

Edu Bedia: 2. Fue de más a menos. Su déficit físico es un problema.

Cani: 4. Calidad, talento y compromiso.

Pombo: 3. Estuvo valiente, talentoso y presente.

Lanzarote: 3. Se muestra generoso, esforzado y con detalles de gran calidad.

Ángel: 4. De nuevo goleador y trabajador incansable. Aclamado por la afición.

Javi Ros: 3. Hizo un buen trabajo y entonó el centro del campo.

Samaras: 1. Está para pocos minutos a pesar de que tiene detalles de gran jugador.

Valentín: 2. Correcto en el corte y firme en la marca.