Mi crónica. Tengo miedo de ti (Alcorcón, 1 – Real Zaragoza, 0)


   Álamo_bPues si Víctor Muñoz estaba cabreado, él, capitán general de la moderación verbal, imagínese el lector cómo andaba el zaragocismo ayer por la tarde. El partido número cuarenta y dos de esta liga fue un feo gesto de desprecio por parte de los jugadores hacia su afición. La más castigada de esta España “monarblicana” que parece no saber quién es, razón por la que a lo mejor ellos se sintieron legitimados para avergonzarnos un poco más. Mal, muy mal. Lamentable y vergonzoso el no esfuerzo. Insultante. Inolvidable. Porque será imposible olvidar lo que hemos sufrido estos meses, más lo que sufrimos la temporada anterior, más lo que sufrimos la anterior, más lo que sufrimos la anterior, más…

   ¿De verdad se merece este equipo que malgaste mi tiempo escribiendo sobre el “no partido” en Alcorcón? No, ni ayer ni ningún otro de los cuarenta y un fines de semana anteriores. Nadie se salva, si exceptuamos un par de paradas de Whalley y tres toques de Tierno o Víctor. Lo demás, un horror. Sin ganas, sin intención, sin calidad. Abúlicos y amorfos, los jugadores que ayer tuvieron el honor de vestir nuestra gloriosa camiseta ya pueden dormir tranquilos. Seguramente les pagarán, que es justo, no digo que no, pero sepan todos, futbolistas y staff, que no hay por dónde coger este sinvivir. Y no sé qué más decir.

   Por no tener no tengo ni notas del partido ni recuerdos del mismo. Lo vi con la distancia que me otorga no sentir como propio lo que debería ser parte de mí y eso me impide escribir nada con cierto interés. Si es que la salida apática de los jugadores merece ser relatada, o la pusilanimidad de la defensa merece ser narrada, o la insustancialidad del centro del campo salvo los detallitos de Tierno merece ser reseñada.

   Con tales datos sobre el césped no era difícil que el Alcorcón, que nada se jugaba tampoco, se apropiara en seguida del partido, nada extraño por otra parte esta temporada, acostumbrados como estamos a llorar cada pase, cada error, cada inexactitud.

   En la segunda parte todo fue a peor. Más indolecia, más tristeza, más vergüenza. Ni Barkero, ni Suárez ni Cortés aportaron nada y lo que sí sucedió es que llegó al área zaragocista el balón número 1534 desde la banda derecha para ser rematado limpiamente, cómo no, por el delantero contrario de turno. Un déjà vu demasiado doloroso por repetido y por previsible. Un horror.

   Acaba la temporada, acaba este desastre que no admite ningún adjetivo más porque los hemos gastado todos y no nos queda rabia que derramar. Adiós, soldados harapientos. Adiós, comandantes deshuesados. Adiós, generales incapaces. Adiós, vergüenza sempiterna.

Foto: El Periódico de Aragón

CALIFICACIONES

Whalley: 2. Hizo dos paradas de mérito. Fernández: 1. Insulso. Álvaro: 1. Superficial. Laguardia: 1. Triste. Rico: 1. Debilitado. Cidoncha: 0. No sirvió. Tierno: 2. Dio cierto sentido al juego. Víctor: 2. Inquieto y voluntarioso. Montañés: 1. Ausente. Álamo: 1. Inexacto. Ángelo: 0. Vacío. Barkero: 1. Dio tres pases. Suárez: S.C. Cortés. S.C.

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Mi crónica. La Vergüenza vive aquí (Real Zaragoza, 1 – Sporting, 1)


460975_g_b   Si el Real Zaragoza no fue capaz ayer de derrotar a un amorfo y anodino Sporting, muy mal acompañado por una “Mareona” apática y muda, ya se puede decir que no está preparado para nada. En una tarde que nos recibió en la Romareda con una exhibición de truenos y relámpagos y una molesta lluvia primaveral y nos despidió con unos tímidos rayos de sol crepuscular, pudimos vivir el último capítulo de una temporada miserable, irrespirable, inmoral.

   Un partido que se presumía difícil, pues el equipo asturiano pretendía optar a la promoción y cuenta entre sus filas a varios jugadores de talento y clase, no fue tal. Los jugadores de los dos equipos decidieron ofrecernos un espectáculo lento, con movimientos al ralentí, en el que, sin embargo, los locales decidían apurar un tanto sus débiles virtudes. Con Tierno y Víctor como jugadores más atrevidos y seguros, algunos balones llegaron a la meta de Cuéllar, que incluso evitó un gol con una buena parada a un chut de Henríquez. La banda derecha funcionaba bien, con Montañés y Fernández muy activos. Incluso Ángelo se movía por allí con cierta soltura, mientras que en la izquierda Abraham vivió sus mejores minutos de la temporada mientras le duraron las fuerzas.

   El Sporting de Abelardo, mientras tanto, trazaba balones altos para poner a prueba a la defensa zaragocista y a un excesivamente nervioso Whalley, el debutante que no encontraba su sitio en una portería que parecía venirle grande. El partido, así, se vivía con la breve esperanza de un gol que podría llegar de nuestro lado y encarrilar el partido. Y mire usted por dónde fue el portero rojiblanco quien nos lo regaló. Un mal control con los pies le puso en bandeja a Roger el balón y lograr el gol blanquillo. Gol de opereta, pero gol. La grada, que había visto un par de detalles de Henríquez y consideraba que el partido se podía ganar, aplaudió con moderación y esperó que llegase el descanso.

   El debate estaba en la grada. Demasiados frentes abiertos, demasiadas heridas sangrando, demasiados temas que comentar. Y entre todo ello la necesidad imperiosa de conseguir al menos un punto, combinada con la vergüenza de estar luchando por evitar el descenso a 2ª B, hecho éste, por cierto, que olía a muerte. A final.

   La segunda parte fue peor. El Real Zaragoza no encontraba tan fácilmente los caminos para llegar a la portería contraria. Aun así, Víctor y Ángelo disfrutaron de sendas ocasiones que habrían supuesto un segundo gol que, no obstante, ya sabemos que nunca es garantía de nada. Poco a poco el Sporting se fue adueñando del partido, ganó metros, se quedó con el balón y arrinconó a los nuestros. Abelardo lo vio claro y optó por Barrera, Jara y Pablo. Con ellos empezó a jugar mejor entre líneas y a esta situación contribuyó Víctor Muñoz con sus cambios: quitó a Tierno y Víctor Rodríguez, los dos mejores del partido. Parece como si pensara: voy a romper mi centro del campo y así se lo pongo fácil a mi amigo Abelardo. No, ya sé que no fue esa su intención, pero no puedo estar de acuerdo con esos cambios. De hecho, la salida de Acevedo, fuertemente pitado, y Álamo fue una mala decisión.

   Y llegó el gol asturiano. Como siempre, en el minuto ochentaytantos. Un centro, un cabezazo y, en esta ocasión, una muy mala acción de Whalley, al que se le coló el inocente cabezazo entre las piernas. Gol y nervios. Gol y miedo. Pánico. ¿Se imagina el lector qué habría supuesto un segundo gol en contra? Derrota y viaje a Alcorcón donde, quizás, el equipo madrileño se jugase el pase a la fase de promoción. Afortunadamente ni lo uno lo otro sucedió. Se pitó el final del partido, el Real Zaragoza certificó su permanencia, el Sporting tan contento porque ganando al Tenerife en casa se cuela en la lucha y, además, había salido el sol. Pero sólo el de verdad, porque el otro, el blanco y azul, sigue cubierto por unos negrísimos nubarrones que sólo anuncian desesperación y un horizonte aterrador.

Foto original: El Periódico de Aragón

Mi crónica. Otro portazo al fútbol (Real Murcia, 1 – Real Zaragoza, 1)


Cansado. Deshilachado. Derrumbado sobre nuestras propias ruinas. Así latió ayer el corazón del Real Zaragoza a lo largo y ancho de los 90 y pico minutos que duró el partido de la Condomina. Con tan poca fe como talento muestra este equipo que pasará a la historia de la letra pequeña, que esconderemos en nuestra memoria de zaragocistas con vergüenza nada torera y sentimiento de humillación y derrota.

   El partido de ayer fue uno más. Un encuentro que añadir a esta ignominiosa lista de horribles experiencias que nos están haciendo sufrir hasta los límites que un amante de sus colores puede soportar. Un choque planteado con una alineación muy similar a la del último día, con el único cambio de Rico por Abraham, pero idéntica falta de ideas, talento e intensidad. No hay nada más que pedir porque nada nos puede dar.

   Bien es cierto que se consiguió mantener la puerta a cero durante casi cuarenta minutos pero si el Murcia, que se jugaba estar ahí arriba, no aportaba gran cosa, salvo una ocasión librada por Laguardia bajo palos, el equipo de Muñoz tampoco se vio necesitado de nada. Hasta que llegó el gol local. Un chut seco, petrificado que le rompió el antebrazo a Leo Franco. Le hizo un extraño el balón. Eso dijo. Lo cierto es que el partido le hizo un extraño al equipo. Porque no había fútbol ni proyecto de partido.

   La defensa no aportaba solvencia ni seguridad y el centro del campo fluía con algunas gotas de intención, fundamentalmente por el trabajo de Tierno. La delantera, por otra parte, no encontraba caminos para llegar a la puerta de Casto y es que poco más podemos contar.

   La segunda parte vio la entrada de Henríquez. Quizás fue la mejor noticia. Álamo había estado demasiado tibio y el chileno le dio un ligero toque eléctrico al ataque. El Murcia seguía sin inquietar pero a eso ya estamos acostumbrados: a tener rivales sin sustancia a los que, sin embargo, no sabemos combatir. Y el de ayer era un caso más. Hasta Tierno se fundió. No me extraña: lo que tiene alrededor es como un bote humo caducado que acaba con los pulmones mejor trabajados.   

   Hubo tiempo hasta para anular dos goles, uno a cada equipo. Pero nada más. El Murcia, apagado. El Real Zaragoza, balonazo va, balonazo viene. Hasta que llegó el minuto 69: Rico centró, el balón botó delante de un mal central y Henríquerz, que llegaba como una bala, lo cabeceó a la red. Gol y resurrección del chileno. El partido se igualaba a la vez que se rompía. Cualquiera podía hacer gol. O ninguno podía hacer gol. Eso sí: Roger demostró una tarde más por qué está jugando en este equipo. Cada balón que le ponen y él atrapa, porque velocidad y desmarque tiene, lo acaba desperdiciando porque es incapaz de meterlo en la portería. Son esos balones que Ewerthon cazaba al vuelo y acababa siempre en gol, por hablar del último buen delantero que tuvimos. ¿Recuerda el lector el primer gol al Córdoba aquel 19 de Junio de 2009? Pues eso.  

   Casi al final el Murcia pudo inquietar a nuestro portero, pero no hubo motivo para más lamento. Porque de eso vamos sobrados. De lamento y miseria.

Mi crónica. Tiempo de ser fantasmas (Real Zaragoza, 2 – Sabadell, 2)


   quedadaNo sé qué duele más: si contemplar cómo el Real Zaragoza se ha desmoronado en la segunda parte hasta acabar en el fondo del abismo o escuchar el fláccido y derruido discurso de Víctor tras el partido. Ambas circunstancias, no obstante, suficientemente dañinas para el corazón zaragocista, que ayer por la tarde, en su particular Viaje a Ítaca de basílica a basílica, una vez más dio muestras de que quiere seguir latiendo. A pesar de la muerte. Porque la tarde empezó con la esperanza de que aún nos queda esperanza y continuó con una primera parte de ilusión, acabó con una tragicómica segunda parte que lo dice todo. En realidad nos quieren hacer creer que somos esto: un solar sin vida.

   El Real Zaragoza presentó una alineación en la que figuraba una declaración de intenciones que a muchos nos agradó. Con lo poco que teníamos, con la poca calidad que nos acompaña, Víctor se decidía por jugar con Víctor y Montañés. Velocidad. Y hacía debutar a Tierno. Toque y combinación. Y a los cuatro minutos ya había dispuesto el equipo de dos ocasiones de gol. Y a los 25 minutos ya se ganaba el partido con un 2-0 que invitaba a pensar que hoy, sí.

   La contención en el centro del campo y la rapidez de ejecución en ataque hacía que la defensa del Sabadell no se encontrase cómoda y que Longás, esa pequeña delicatessen nunca bien degustada en la Romareda, no conectase con sus delanteros. El partido lo tenía sujeto el equipo de Víctor. Y si los catalanes se acercaban, ahí estaba Leo Franco para desbaratar sus ataques.

   Era evidente que el equipo funcionaba. Como no lo había hecho hasta ahora. Nunca en toda la temporada como esta tarde. Y la afición trataba de encontrar las claves. Y casi todos coincidimos en tres ideas. Una: la fluidez del balón en el centro del campo, con una pareja, Arzo y Tierno, segura en el manejo del balón y de los tiempos. Dos: la intensidad física y el derroche de energía en la presión y en la disputa. Y tres: la dinámica conexión entre los cuatro hombres de arriba, rápidos y decididos. Si la segunda parte se mantenían esas tres claves, el partido era nuestro.

   Si se mantenían. Pero no se mantuvieron. Pese a que todos los jugadores nos dijeron que en el vestuario hablaron de seguir así y de conseguir el tercer gol para cerrar el partidoi, lo cierto es que el equipo se hundió. Se cayó. Se rompió. En apenas cinco minutos ya supimos que aquello no tenía nada que ver con la primer parte. El equipo dio un paso atrás y se dejó dominar por el Sabadell, que vio que podían hacerse con el partido. Y pensado y hecho. En el minuto 10 ya comprobamos que a los nuestros les temblaban las piernas, que Tierno y Arzo se habían desfondado, que los de arriba ya no presionaban la salida del balón catalán y que la defensa se refugiaba en los brazos de las Hermanas Clarisas del convento de Jerusalén. Tanto se habían retrasado. Tanto se había descompuesto el equipo.

  De esta forma al Sabadell sólo le quedaba seguir el guión que todos los equipos de segunda se han aprendido cuando juegan contra nosotros: balones a nuestra banda izquierda, da igual que esté Abaraham que Rico, centro al punto de penalty y a esperar que alguien remate. De nuevo pensado. De nuevo, hecho. Dos aproximaciones de ese calibre y dos goles. Y a morirnos de miedo. Y de indignación. No sabemos si falló el físico o la mente. O las dos cosas. Pero algo falló. Todo, en realidad.

   La capacidad de sufrimiento y trabajo de que había dado muestras el equipo durante la primera parte desapareció y por ahí, por ese sumidero, se nos fue la vida. Un mínimo último esfuerzo, un minúsculo intento, pero ahí quedó todo. En nada. En un empate. Que nos acerca a la 2ª división. Y es que ya lo dijo Víctor cuando llegó: “Subir a primera desde segunda es fácil. Subir a segunda desde segunda B es muy difícil”. Mensaje recibido. Cambio y corto.

CALIFICACIONES

Leo Franco: 2. Un par de paradas y un par de goles.
Fernández: 2. Rápido y luchador. Cumplió.
Álvaro: 1. Le rematan todo.
Laguardia: 1. Le rematan todo.
Abraham: 1. Los dos goles goles entraron por la puerta de su casa.
Arzo: 2. Bien en el corte en la primera parte. En la segunda se fue.
Tierno: 2. Buenos detalles técnicos. En la segunda parte se fue.
Álamo: 2. Batallador y vertical. Buena primera parte. Luego se fue.
Víctor: 3. Brillante primera parte. Grandes asistencias. Falló un gol. En la segunda se fue.
Montañés: 3. Muy buena primera parte. Vertical y rápido. Luego se fue.
Roger: 3. Gran primera parte. Corrió, luchó y metió gol y medio. En la segunda parte, aislado.
Cidoncha: 0. Catstrófico. No dio ni un pase bien.
Luis García: 0. Consumido en su incopetencia.
Rico: 1. Poco pudo aportar.

foto: @EspDeportivo

Mi crónica. La vida tenía un precio (Córdoba, 1 – Real Zaragoza, 2)


   A Víctor no le ha gustado cómo ha jugado el equipo, pero ha ensalzado la actitud de sus jugadores. A Víctor le ha parecido que Barkero y Luis García eran dos buenas opciones, pero ha aprovechado la lesión de uno y la ingravidez del otro para reconstruir el equipo. A Víctor se le ha visto lejano durante el partido debido a su sanción, pero cercano y eléctrico en la distancia corta cuando ha visto, de repente, sin esperarlo, una luz al final del túnel. Como todos. A Víctor, en fin, le salen las cuentas de la salvación.

   Con la no muy comprendida decisión de colocar a Cidoncha de central el Real Zaragoza ha afrontado un partido que se presentaba hosco y arisco. Enfrente un Córdoba que venía de ganar en Barcelona al B con un juego rocoso, firme atrás y a la contra. Y con esas armas nos han propuesto un choque en el que si no poníamos todo sobre el campo íbamos a sufrir. 

   Pronto se ha visto que el equipo no estaba para ninguna alegría. Ni para una sonrisa de media comisura. El desafortunado resbalón de Cidoncha ha propiciado, complementado por la indolencia del resto de compañeros, que el Córdoba se adelantase en el marcador. Ni quince minutos y ya estaba el partido agrisado. Y lo peor es que no había jerarquía en el grupo ni personalidad para diseñar un plan. Además, un apático Barkero se lesionaba y tenía que dejar su puesto a Paglialunga.

   Los minutos pasaban y no había ni apunte de recuperación. Con un juego largo y directo, el Córdoba desnudaba todas nuestras carencias y tan solo un esquelético contraataque mal finalizado por Montañés podía haber supuesto la ocasión para empatar. Espejismo, en todo caso. El partido era del Córdoba. La desesperanza, del equipo aragonés.

   En el descanso Víctor ha sustituido a Luis García por Víctor Rodríguez, lo que ha supuesto que el partido se reactivase. El incansable trabajo del pequeño catalán ha sido el mejor argumento para revertir la situación. El balón se ha quedado en los pies de los (hoy sí) tomates, se ha comido el campo y las jugadas han empezado a fluir. Sin llegada y, por supuesto, sin pegada, pero el dominio ha sido completo durante este período. Se veía a un Córdoba amedrentado, fatigado en su idea futbolística y los movimientos rápidos e intencionados de Víctor, Montañés y, más tarde, Álamo han conseguido abrir levemente la ventana a la esperanza.

   El cariz que ha tomado el partido hacía pensar en el empate. Más por minutos de posesión que por sensación de peligro, pero como el fútbol es una ráfaga de viento que tan pronto sopla de poniente como vuela desde levante, el gol ha venido tras una falta al agitador Víctor. Él mismo la ha sacado y Cidoncha, como quien pasa por ahí, ha peinado el balón consiguiendo un gol balsámico. Edulcorante.

   A partir de ese momento el match ha entrado en una fase en la que el error podía provocar una debacle, así que con los dedos cruzados contemplábamos cómo pasaban los minutos y los nuestros, aunque no convertían, caso de Paglialunga, lograban que los andaluces no asustasen salvo la ocasión de Abel. Partido deshuesado en el que casi nada más podía pasar. O casi nada más tenía que pasar. Pero fútbol es fútbol.

   Arzo ha colgado un balón al balcón de la Mezquita, se ha enganchado en la media luna de los muros de Medina Azahara y cuando ha caído lo ha recogido Roger, quien hoy ha decidido que acertaba con el chut y conseguía el gol de la victoria. Cuando nadie lo esperaba. Cuando nadie creía en nada más que en seguir atemorizados a la espera de que los próximos partidos nos trajesen los cuatro puntos que necesitamos para salvar la categoría. Gol de último suspiro. Gol de resurrección. 

Mi crónica. Entre el espanto y el dolor (Real Zaragoza, 1 – Las Palmas, 2)


   452531_gCuando a los diez minutos de iniciado el partido el marcador señalaba un 0-2 vergonzante y espinoso nadie se acordó de nada. Ni del ayer, ni de las glorias pretéritas, ni del pasado dorado con que hace unas fechas nos regaló el alma Rafael Rojas con su libro “Magníficos. La Edad de Oro del Real Zaragoza” (Doce Robles). Nadie osó colocar el pulgar hacia abajo reclamando del César la muerte del vencido. Sencillamente porque en la tribuna no había César al que dirigirse. Diez minutos y 0-2. ¿Quién da menos?    

   Sin duda, nuestro Real Zaragoza, Siempre puede ofrecernos más miseria. Siempre puede abrir un poco más la sangrante herida que anuncia la muerte. Ninguno de los muchachos que demabulaban por el césped de la Basílica sabía qué hacer. Leo Franco rescató dos balones del fondo de la red, pero pudieron ser más; la defensa naufragó en una ciénaga de incompetencia; el centro del campo comprobó que los espacios que debían dominar eran demasiado amplios como para ser recorridos con dignidad. ¿Y la delantera? Huérfana como una patria sin patriotas.    

   Así las cosas, tan solo el fulgor de un par de arrancadas por la banda a cargo de Álamo propiciaron que la grada se levantase de sus asientos y pudiese contemplar el eléctrico gol de Montañés. No era fútbol, no del bueno, pero fue gol. En quince minutos, tres goles. En quince minutos nuestra garganta ya supo lo que era la presión de la soga y solo faltaba esperar que el verdugo le diese una patada a la banqueta. Porque lo que estaba claro es que la suerte no estaba con nosotros, como se vio con ese chut endiablado de Montañés que Barbosa desvió en acrobática estirada. El empate habría cambiado la cara del match, pero ni el Real Zaragoza lo merecía ni Las Palmas dio sensación de acobardarse ante semejante ocasión.    

   Víctor planteó un partido sin fe. Confiado a lo muy poco que tiene se le olvidó decirnos que él no puede enseñar a jugar a unos profesionales absolutamente hundidos en la depresión y el desánimo. Sin ningún jugador capaz de gobernar mínimamente el juego, el estilo directo al que se agarra el entrenador no funcionó. Enfrente había un equipo que maneja muy bien el balón, que sabe combinar y que le da a su fútbol una pausa que no sabemos combatir. Y nos hicieron añicos, con Apoño de jefe de la sala de máquinas y Valerón de Gran Maestre de la Orden del Fútbol Supremo. En nuestro bando, tan solo la electricidad de Montañés, cortocircuitada cada vez que tres canarios se le echaban encima. En la segunda parte salió Esnaider por un lesionado Álamo. De nada sirvió. Su bisoñez y la trascendencia del partido pudieron tanto con él como con Suárez, de igual modo que ni Luis García ni Barkero son capaces de ningún modo de gobernar el desgobierno. A ello sumamos la falta de calidad y de moral del resto de los jugadores, con lo que el desarrollo del partido tenía un cruel guión escrito de antemano. Hubo, eso sí, unos minutos de empuje, que coincidieron con el minuto 60 y siguientes, pero ni el equipo de Víctor tiene veneno en sus botas ni al equipo de Lobera le temblaron las piernas. Un par de ¡uys! y muy poco más.    

   El partido se fue desinflando y Víctor salió por Arzo, lento e incapaz de dar lo que se le pide. No Víctor Muñoz, que aun habría sido una solución, pues en esa posición llegó a ser internacional en 60 ocasiones, sino Víctor Rodríguez, a quien el primero le hizo jugar de mediocentro. No funcionó. Después, el entrenador aragonés acabó por reformar por completo el centro del campo con la salida de Acevedo por Barkero, inocuo y fútil. Tampoco funcionó. En realidad, nada fue como debía ser. Y así, el desastre se completó. La derrota se cerró en el minuto 10, por lo que todo lo que ocurrió después fue pura iniquidad sufrida por la afición que, inerme y muerta después de mil muertes, abandonó la Basílica desolada y aterrorizada con la idea de un descenso a 2ª B. Que es una posibilidad cierta. Que es una certeza que hay que contemplar como posible.

CALIFICACIONES

Leo Franco: 1. Recibió dos goles ante los que nada hizo.

Fernández: 1. Atropellado e inexacto.

Álvaro: 1. Dispuesto al combate, pero sin armas.

Laguardia: 1. Quiso querer, pero no aportó soluciones.

Rico: 1. Le caen todas y sus nervios lo acusan.

Arzo: 1. Llega tarde y mal a todos los balones y no controla el juego.

Barkero: 1. No sabe qué tiene que hacer. Y no hace nada bien.

Álamo: 2. Por su banda llegó el gol y varios balones valientes.

Luis García: 1. No tiene físico para el trabajo que se le pide.

Montañés: 2. Eléctrico y atrevido, pero muy solo. Marcó el gol.

Suárez: 1. Solo, aislado. No se le vio a gusto.

Esnaider: 1. Muy voluntarioso, pero inocente y estéril.

Víctor: 1. No supo qué hacer con el balón en los pies.

Acevedo; S.C.

Mi crónica. No hay nada tras la nada (Girona, 2 – Real Zaragoza, 0)


   _cidoncha_f101ee27No queda hueco por el que introducir ni medio gramo de esperanza. A la infame retransmisión televisiva de laligatv que tuvimos que sufrir los que no estuvimos en Montilivi añadamos la ineptitud de los jugadores y la torpeza del entrenador. ¿O no se puede decir que los jugadores no fueron aptos y el entrenador no acertó? Porque ayer se jugó contra el colista, el último. El peor de la categoría. Y nos ganó. Y no hay argumento que soporte la vergüenza que ayer sufrimos. Y la ruina en el corazón.
   Jugó el Real Zaragoza un partido anodino y no supo hincarle el diente a un choque que se presentaba como una ocasión de mirar al frente y acabó siendo una vuelta de tuerca más al garrote que aprieta el gaznate. En tan solo 13 minutos ya se había firmado la sentencia de muerte y lo peor fue que el grupo no pudo reaccionar. Ni supo, claro está. Había apostado Víctor por un doble pivote de pausa y toque, con Arzo y Cidoncha con la encomienda de hacerse con el balón y propiciar situaciones de gol a la, en teoría, dinámica delantera, con Montañés, Luis García, Roger y Ángelo. Pero una cosa es proponer y otra disponer. Y el balón no se quedó en las medias blancas, sino en las piernas rojiblancas.
   El Girona parecía el Bayern de Munich y con tres pases bien dados volvía loco al equipo aragonés. La defensa blanquilla seguía siendo un flan y en esta ocasión hasta el portero fallaría. Se adivinó en seguida que la única opción que teníamos eran las galopadas de Montañés y que Roger enchufase algún balón despistado, pero esto no se daría. El valenciano tenía ayer menos pólvora que una mascletá de ajos y entre sus errores y los aciertos de Becerra el casillero llegó con el cero al descanso.
   No daba la sensación de que el equipo pudiera remontar el gol en contra. Cidoncha se había deshecho en un centro del campo demasiado ancho y esa fue la razón de situar a Víctor Rodriguez en su lugar. El equipo vivió bajo el fulgor de un breve chispazo pero las pocas ocasiones construidas fueron liquidadas por los jugadores zaragocistas, estériles y apáticos. Álamo fue otra solución de emergencia, pero nada aportó al desastre del canario.Bueno, sí: más niebla. Ni juego, ni esfuerzo, ni orgullo, ni combinación. El equipo nininini no daba para más. Si acaso para ofrecerle al equipo catalán algún motivo extra para creer que se pueden salvar.
   Durante unos minutos Víctor fue la única herramienta discretamente útil en el equipo del Ebro y fue por eso que el entrenador local decidió incluir en el campo a Matamala. Su idea no fue otra que taponar esa pequeña vía de agua y lo consiguió con un par de acciones contundentes. A partir de ahí no había que hacer otra cosa que esperar que el Real Zaragoza cometiese un error y poder así cerrar el partido. Y de eso se encargó Leo Franco, de regalarle a Ortuño un balón para que confirmase la derrota zaragocista. Ya ni el argentino hace bien su trabajo. El gol destrozó el ánimo del equipo, del entrenador, que acabó expulsado, y de la afición, que ya no sabe qué lágrimas llorar, pues las suyas ya están resecas por la desesperación.
   Derrota dolorosa. Derrota de infamia. Derrota humillante. Derrota (casi) definitiva. ¡Ah! Y volvemos a las andadas con las palabras de algunos de nuestros jugadores. ¿De verdad saben lo que significa el león que les regala el aire que respiran?

CALIFICACIONES
Leo Franco: 1. Su error le quita lo que otras veces le dimos.
Fernández: 2. Muy dinámico y participativo. Cerró bien.
Álvaro: 1. Renqueante e inestable.
Laguardia: 1. Muy atascado en defensa y con el balón en los pies.ç
Abraham: 1. No tuvo mucho trabajo, pero no se atrevió a nada.
Arzo: 1. Diluido en un mar demasiado extenso.
Cidoncha: 1. Fue un globo deshinchado.
Montañés: 2. Rápido y atrevido, pero inexacto.
Luis García: 1. No aporta control ni en los balones parados.
Henríquez: 1. Oscurecido y yermo.
Roger: 1. Lo intentó todo. Lo falló todo.
Víctor: 2. Agitador y voluntarioso.
Álamo: 1. No aportó nada.
Rico: S.C.