Mi crónica del partido: Getafe, 0 – Real Zaragoza, 2 (Todo lo que vale es mi horizonte abierto)


   Ya está. Ya se asoma el futuro ante nuestras limpias miradas. Ya nuestra fuerza de espíritu ha clausurado los espacios que antes eran abismo y Hades. Y las olas, amorosas y fértiles, acarician la espalda de este cuerpo azul y blanco que, feliz, avanza y pleno y vivo con el amor de la vida rociando los minutos de las miles de gargantas fecundas. Ayer escribimos la oración más bella, los versos más amados mientras los guerreros recogen los restos de vida que dibujan el paisaje de la victoria.

   Ayer el Real Zaragoza conquistó el derecho a pasar a la Historia. Nunca antes un equipo había destrozado un espectro tan fornido y firme como el que atenazaba nuestro futuro hace apenas unas semanas, pero un trabajo impecablemente ejecutado por Manolo Jiménez y una fe metálica que ha llevado a los chicos a ganar todo lo que tenían que ganar han permitido que hoy estemos hablando de Primera División y de un mañana posible. El Real Zaragoza y una afición que debería ostentar el honor de ser Pregonera de las Fiestas del Pilar, mérito más que ganado a fuerza de coraje, comunión indestructible y  vigor espiritual.

   El partido de ayer quedará en los corazones blanquiazules y nada ni nadie conseguirá arrancarlo de la memoria histórica del zaragocismo, de Zaragoza, de Aragón. En muy pocas ocasiones se pudo vivir la intensidad de un final que en varios momentos, confieso, vimos peligrar. Sobre todo cuando a falta de diez minutos, con uno a cero a favor, el Getafe con ocho y nosotros con diez, la atonía del grupo invitaba a los locales a matarnos en cualquier contra. Como así pudo ocurrir, cuando Güiza pudo rematar completamente solo, en una falta horriblemente defendida, y provocar un cataclismo en el alma zaragocista. Afortunadamente su chut salió desviado, como si un imán atrajese al cielo getafeño un balón que llevaba la muesca del gol grabada en el cuero.

   No queremos ni pensar qué podría haber ocurrido. Ni podemos, tal es el dolor que podría haber supuesto el empate, pero anoche no estaba de Dios que el Real Zaragoza no venciese. A pesar de una primera parte ahíta de balones muertos y pases secos, de fútbol horizontal y miradas huidizas. A pesar de quedarse el equipo de Luis García con un jugador menos después de una desafortunada acción de Sarabia, que se atrevió a aplaudir con mofa y befa la tarjeta amarilla que le acababa de sacar Teixeira Vitienes. En varias ocasiones se acercó el equipo avispa a los territorios fláccidamente defendidos por los madrileños, pero todos los chuts se hicieron con una timidez y una discreción dignas de mejores empresas, mientras que el Getafe jugaba a no jugar y de vez en cuando, como para lavarse la cara a sí mismo, ejecutaba alguna entrada durísima o empleaba cierto grado de dureza futbolística no muy bien explicada. Aun así, en el minuto 45 Álvarez dispuso de una oportunidad muy clara, pero su disparo se dobló hacia afuera y salió a un palmo del poste derecho de Moyá. Y cerocero.

  Durante el descanso debió vivirse una situación de profunda reactivación mental. Nos imaginamos a Manolojiménez abrazando a sus jugadores, mimando a cada uno de los soldados y tirando de gimnasia mental para procurar una actitud más positiva. Las dos velocidades que todos veíamos que era necesario meterle al partido, vamos. Y empleó un cambio, el de Luis García, veterano y avezado jugador que ya había vivido varias situaciones como ésta, la más sangrante la del partido en que el Espanyol se salvó con un gol de Corominas, por un Zuculini que ayer no podía imprimirle al centro del campo la energía habitual en él. Con ello se pudo lograr una mayor frescura y claridad ofensiva, una mayor movilidad, un viento más nítido y atrevido. No era demasiado, pero sí fue suficiente para que en el minuto 57 Postiga se incrustase entre los dos defensas centrales, se escorase a la izquierda y enviase un balón blandito al centro del área pequeña para que Miguel Torres entorpeciera la trayectoria con la mano. Era penalty, era expulsión, era el Cielo, que ya no podía esperar.

   Apoño, que ayer jugó un partido grande, en su papel de general sabio y entregado, armó su pierna derecha y colocó el balón en el palo derecho. Gol y explosión de júbilo, paroxismo, exaltación de la amistad. Pero miedo. Porque el que puede morir, sabe que puede morir. Por eso, El Real Zaragoza comenzó un partido hueco, paralítico. Se empeñó en sumergirse en un juego de contención, de tuyamía y no me la pierdas que perdemos. Un error provocado por el pánico, por la agonía de un equipo que ha vivido todo el año en la negrura del descenso y que sabía que un gol, un miserable gol del Getafe, le metía en descenso con muy poco margen para la recuperación. Así que a jugar a la taba.

   Pasaban los minutos y la tiritona mental empezó a apoderarse de todos. Y el partido se trabó, se empeñó en presentar la bofetada como único argumento, lo que provocó la expulsión de Duijmovic y Miku. Ocho para diez. Aunque lo peor ya había pasado. El susto. La tragedia que estuvo a punto de consumarse. Esa de la que habábamos antes. Ese error, bendito error, cometido por Güiza y que pronto olvidará el zaragocismo, porque la memoria es amable y estamos muy necesitados de recuerdos amables. Y de héroes.

   Las crónicas hablarán del excelente trabajo de Manolojiménez, de su magnífica labor, de la epopeya protagonizada por el equipo. Y todo eso es verdad. Grandiosa verdad. Mas aquí pondremos sobre el altar del zaragocismo a la afición, la que se lo merece todo, la que se merece pregonarle a la Virgen del Pilar, la que ayer rompió a llorar exhausta después de un titánico esfuerzo que sólo la Historia valorará en su justa medida, que sólo el Corazón del León, ese que siempre vuelve, sabrá apreciar con equidad. Mientras eso llega, aquí queda esta última crónica de la Temporada 2011-2012, la que quedará para siempre moldeada con letras de nácar blanco y oro azul en el Libro de las Leyendas.

CALIFICACIONES

Roberto: 3. La calma fue su compañera. El mejor jugador zaragocista de la temporada se lo merecía.

Álvarez: 3. Muy motivado y trabajador, corrió con zapatos de tacón. Su fallo ante el gol fue fruto de la ansiedad.

Da Silva: 3. Ayer dio una lección de veteranía. Muy sereno y atento, leyó muy bien el partido.

Paredes: 4. Aunque no era partido para lucirse, no sólo controló en defensa sino que salió con jerarquía, poniendo balones a la delantera que podían haber sido mejor aprovechados.

Abraham: 2. Le tocó defender al mejor, Pedro León. Se le vio un tanto inseguro, aunque no le perdió la cara al partido.

Zuculini: 1. No estuvo bien. Le pudo la responsabilidad. El centro del campo estuvo mortecino sin su energía.

Micael: 2. Ayer no fue el jugador talentoso y técnico que ha demostrado ser. No aportó mando ni gobierno.

Edu Oriol: 1. Ayer se le notó fatigado, mental y físicamente. No consiguió desbordar y sus intervenciones fueron confusas.

Apoño: 4. Fue el comandante del equipo. Sobre todo en la segunda pare, cuando con la entrada de Luis García encontró un compañero que supo interpretar sus pases y su manejo del tiempo.

Lafita: 4. Grandioso, responsable, líder. Levantó el partido cuando ya no había luz en la noche. Muchas ganas y todo el empeño por salvar a su Real Zaragoza, nuestro Real Zaragoza.

Hélder Postiga: 4. Provocar un penalty y lograr el segundo gol son argumentos de gran importancia para darle el galardón al jugador decisivo del partido. Pudo con los dos centrales.

Luis García: 3. Le dio al equipo la electricidad necesaria para reactivar un cuerpo cansado y un alma apagada. Su trabajo por la banda y su veteranía, cruciales.

Duijmovic: S.C.

Barrera: S.C.

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Mi crónica del partido: Real Zaragoza, 2 – Racing, 1 (El sueño de tantos amores)


   Cuando Ángel Lafita ha estrujado entre sus manos la camiseta blanquilla y ha besado su escudo repetidas veces en medio de un lago de lágrimas largo tiempo acunadas en su corazón, algo se ha roto en el cielo zaragocista. En el fragor de la emoción, cuando el llanto de esperanza inundaba la noche azul, muchos, todos sabíamos que horizontes nuevos tienen que nacer para que este latido sea el anuncio de un futuro distinto, más ancho, mejor construido.

    La pierna derecha del aragonés ha sido el instrumento que ha sellado una victoria no por menos merecida más sufrida. Una victoria que deja el tablero de juego dispuesto para que los guerreros del león cierren de una forma definitiva esta herida que tanto dolor ha supuesto y cuya firma final ya tiene hora. Ha sido un gol de sangre, un gol que había pretendido ver la luz en varias ocasiones que sendos largueros y varias paradas portentosas habían evitado. Por erso, cuando Lafi ha recogido el balón tras error acrobático de Postiga, la hinchada ha sabido que ahí, sí; en ese instante, sí; al cobijo de la Vieja Dama Blanca, de la Basílica del fútbol español, sí.

    El partido tenía un perfil dramático lo mirásemos como lo mirásemos. No sólo por lo que podía ocurrir en él, que no era bueno en el minuto 10 con el gol, siempre de cabeza, de Chrsitian, sino porque nuestro Real Zaragoza se jugaba su futuro en otros tres campos. Y en los tres ocurrían hechos que nos negaban la vida. El Sevilla fallaba un penalty, el Granada vencía al campeón de Liga y el Valencia no acertaba con el gol. Menos mal que Postiga, dos minutos después del gol cántabro, restablecía las tablas y todo volvía a empezar. El guión era muy claro, el relato tenía una línea argumental que se reducía a presionar y atacar y las ocasiones se sucedían anunciando que en cualquier momento llegaría el gol.

    Pero no llegaba. Había aproximaciones, intentos vanos, interés desmedido, pero salvo un chut de Pinter y alguna ocasión torcida de Postiga, poco más ofrecía el equipo de Jiménez, que veía pasar lo sminutos y apagarse la llama de la esperanza.

    Comenzó la segunda parte y durante el primer cuarto de hora el partido entró en una fase lánguida y un tanto fláccida, en la que el Real Zaragoza ofrecía síntomas de agotamiento y el Racing navegaba cómodamente en unas aguas mortecinas en las que se encontraba cómodo y de las que no sabía ni quería salir. La afición que ha acuñado uno de los eslóganes más afortunados de los últimos años comenzaban a notar la presión en el estómago y a sentir un sudor frío en las manos despertó súbitamente cuando Lafi estrelló un magnífico remate en el larguero. Era el minuto 60 y empezaba la última fase y definitiva del partido. En cinco minutos Postiga protagonizó un par de ocasiones y el cansancio comenzó a hacer mella en las piernas de los jugadores.

    El Racing, mientras tanto, de paseo. Sin urgencias ni entusiasmo, lo suyo era dejar pasar los minutos. Se suceden las ocasiones zaragocistas, más por corazón que por razón. Nuevo larguero de Lafita, nueva ocasión de Postiga, nuevos ataques. Y así hasta el minuto 80. En ese momento Postiga trató de rematar de forma acrobática, erró y el balón quedó acomodado cerca del área pequeña. Y allí estaba Angelito para enganchar un chut seco y mortífero que rompió la red de Mario. La explosión de júbilo fue para recordar y guardarla en el imaginario colectivo del zaragocismo. Un gol que puede tener un valor incalculable, un valor histórico. Un gol que llevaba varias jornadas mereciendo el zaragozano. Un gol que nos ha roto la garganta.

    El partido estaba cerrado. Quedaban diez minutos y un poco más y, sin embargo, una vez logrado el 2 – 1 lo más importante ya no estaba sucediendo en la Romareda, sino en Los Cármenes y en el Luis Casanova. Allí el destino se había puesto la camiseta blanca con el escudo de león y se estaban escribiendo sendas páginas de esperanza inesperada minutos antes: el Valencia lograba el gol de la victoria y el Real Madrid remontaba un resultado adverso que abría las aguas de los siete mares para que por los espacios abiertos pudiera discurrir el pueblo elegido, el zaragocismo.

    Y fin. Cuando el árbitro pitó el final y supimos los demás resultados comenzaba la cuenta atrás del viaje que el próximo domingo tiene que llevar hasta Getafe a la marea blanca y azul, el corazón que sustente a un equipo que tiene que escribir una nueva página en la que el heroísmo, seguro, será nuestro más fiel compañero.

 CALIFICACIONES

 Roberto: 5. Sus paradas han sido de nuevo determinantes para evitar los goles cántabros.

 Álvarez: 3. Correoso en defensa y valiente en el despliegue ofensivo.

 Da Silva: 2. Sufre en los balones aéreos pero completa buenas acciones de corte.

 Paredes: 3. En línea positiva, la misma que viene manteniendo en los últimos partidos en los que actúa como central.

 Abraham: 4. Se ha asentado definitivamente como un lateral muy seguro y audaz en el recorrido de la banda.

 Apoño: 4. Buen partido del malagueño, que de nuevo ha dado una lección de organización y manejo de los tiempos.

 Micael: 4. Junto a Apoño conforma la base de la combinación y la salida de balón.

 Pinter: 3. Muy batallador y participativo, en algunos momentos ha pecado de imprecisión.

 Edu Oriol: 4. Sigue en muy buena sintonía con el balón. Se atreve con todo y casi todo le sale bien.

 Lafita: 5. El gol era el premio que le faltaba. Lafita es emblema y símbolo y su versatilidad en el ataque y su completo repertorio de fintas y controles lo convierten en un peligro para el contrario.

 Postiga: 5. Ha trabajado muchísimo y ha dispuesto de varias ocasiones de gol que se ha trabajado con ímpetu e inteligencia.

 Duijmovic: 2. Ha salido por Micael. Ha oxigenado el centro del campo y ha permitido que el balón circulase mejor en un momento de cierto atasco.

 Luis García: 2. Su presencia ha contribuido, en los momentos finales, a cerrar el partido.

 Obradovic. S.C.

Mi crónica del partido: Real Zaragoza, 1 – Levante UD, 0 (Pido la fuerza de poder vivir)


   Hubo un tiempo en que pude escribir que la afición del Real Zaragoza es como un mar de lealtad. Pude decirle al viento que la afición, esa mujer hecha de emociones encendidas y pasiones rojas como el fuego, sigue tejiendo y destejiendo el sudario que ojalá nunca amortaje este cuerpo que no merece morir. La afición sabrá esperar, sufrirá los golpes de las olas encolerizadas por la derrota, sorteará las fogosas propuestas de la desesperanza y el desánimo, pero lo que nunca hará es aguardar a los cobardes ni a los tibios. Y así lo demostró anoche, una vez. Una vida más.

    Y eso es lo que tiene el Real Zaragoza después de derrotar heroica, agónicamente al Levante, el equipo amigo, el equipo que nos regala el oxígeno que necesitamos para seguir este tortuoso camino cuyo final ya vislumbramos y que quiera la Virgen del pilar que sea, al mismo tiempo, el nacimiento de un tiempo nuevo.

    El partido de ayer era a vida o vida. Comenzó tembloroso, pausado, con un planteamiento pacato por parte de los valencianos y un control del balón suave y lento por parte de los zaragocistas. Las dos líneas de contención que dispuso Juan Ignacio Martínez apresuraban el paso de la tarde, pero Jiménez había optado por la paciencia. Ritmo suave, pase pausado. Esa era la consigna. Pero la fortuna estaba de nuestra parte, y un mal despeje de los centrales granotas propició que “Eduriol” recogiese la naranja caída y empalase un fornido chut, raso y duro, que taladró la meta de Munúa. Era el minuto once y la Romareda, la Vieja Dama Blanca, la Basílica del fútbol español, estalló en un grito unánime que retumbó en las laderas del Mocayo, en los valles del Pirineo, en las huertas del Matarranya y en las llanuras de las Cinco Villas.

    A los pocos minutos del gol Apoño pretendió repetir la fortuna del gol al Athletic con un lanzamiento de falta que lamió, goloso, el palo izquierdo del portero uruguayo, pero en esta ocasión no convirtió. Habría sido otro momento de éxtasis casi insoportable, pero no iba la noche por ese sendero. Antes al contrario, entramos en una fase plúmbea, en la que el Real Zaragoza no conseguía rematar pero el Levante tampoco encontraba luz. Hasta que llegó el primer sofocón.

    Farinós, nuestro ángel amigo hace tres años con aquel penalty fallad, lanzó un proyectil templado y envenenado que Ghizzal remató con afilada intención. Durante unas milésimas de segunda se paró el mundo, pero Roberto reaccionó con la magia que le acompaña toda la temporada y despejó el balón al infinito. Y ahí empezó la batalla. Porque el Levante se desperezó y optó por una práctica de acoso y derribo, siempre por el aire, siempre con los aparatos bombarderos dispuestos, pues sin duda conocen que el sufrimiento le llega a los aragoneses en los balones parados. Y a fe que consiguieron encerrar al cuadro de Jiménez, que tuvieron que tirar de Roberto para sostener el resultado al mismo tiempo que sus atacantes, Zucu y Lafi en este caso, no lograban el gol balsámico con el que soñábamos.

    La segunda parte fue un paisaje plano en los primeros minutos. El Real Zaragoza apuntaba algunos zarpazos tímidos que servían, en cualquier caso, para mantener la tensión defensiva en los levantinos, por ejemplo Postiga, por ejemplo Zucu, por ejemplo el casi cabezazo de Apoño, por ejemplo Luis García, pero eso no fue suficiente para cerrar el choque, que abrió sus puertas a un final terrorífico, con diversas oportunidades del levante que activaron la máquina de levantar corazones marchitos de la Romareda y auparon al equipo para resistir los embates levantinistas. De todas las ocasiones creadas, desatacaremos un cabezazo de Ghelzhar ante una horrible salida de Roberto y un gol salvado in extremis por Pinter cuando ya se colaba el balón en la portería local.

    De ahí hasta el final, agonía. Sólo los que han sufrido como ayer sufrimos todos los zaragocistas saben de qué estoy hablando. El equipo se armó de energía donde sólo había calambres y fatiga para soportar con gallardía el paso de los minutos y cuando el árbitro, Estrada Fernández, pitó el final un grito ahogado llenó la noche zaragozana y aragonesa: la noche zaragocista.

 CALIFICACIONES

 Roberto: 4. sus dos excepcionales paradas en la primera parte valen una Liga. Sólo el sufrimiento en los balones altos empañan brevemente su actuación.

 Álvarez: 3. Guerrero, valiente, eficaz. Su trabajo incansable le vale el aplauso.

 Da Silva: 3. Lucha y trabaja mostrando que cree en sus posibilidades. Se multiplica y acude donde está el fuego. Y lo apaga.

 Paredes: 4. Este chico ha crecido como central. Su aportación a la defensa es ahora mismo grande y necesaria.

 Abraham: 3. Cumple a la perfección como lateral y sus combinaciones en ataque le dan lustre a su labor.

 Apoño: 5. Grandísimo trabajo el suyo, tanto en organización ofensiva como en manejo del tiempo del partido.

 Zuculini: 4. Se ha convertido en el pivote defensivo que necesitaba el Real Zaragoza. Imprescindible en las tareas defensivas e imprevisible, para bien, en sus apariciones ofensivas.

 Micael: 5. Grandiosa labor la que nos ofreció ayer. Sus combinaciones, su buena relación con el balón y el buen trato que le dio a cada jugada fueron determinantes para romperle el ritmo al Levante.

 Lafita: 4. A Lafita sólo le falta el gol. Tiene detalles de grandísimo jugador, aunque físicamente sufrió buena parte de la segunda parte.

 Edu Oriol: 5. Este chico ha nacido al mundo del fútbol en tres semanas. Ayer logró el gol de la victoria y su trabajo fue importantísimo en cada jugada de ataque que dibujaba el equipo.

 Postiga: 5. Escribíamos hace unos días que por fin se ha creído que es un gran jugador y ayer firmó un encuentro extenuante y completísimo.

  Pinter: 3. Sustituyó a un Zucu herido y su participación fue la justa y necesaria. Cortó el juego levantino, ofreció su fortaleza física, sobre todo por arriba, y salvó un gol que ya se cantaba.

 Luis García: 3. En un jugador veterano, nos dio lo que ayer hacía falta: picardía, solidez mental y mando en plaza.

 Obradovic: S.C.

Mi crónica del partido: Real Zaragoza, 2 – Athletic de Bilbao, 0 (Hablará de nuevo el aire azul)


   Era la de ayer una tarde de vida o muerte y quiso ser la de ayer una tarde de vida o vida. Mientras el norte de la capital soportaba la impertinencia de unas nubes perezosas que nos regalaban mediocres aguaceros, en el sur de la ciudad el sol competía con la borrasca para imponer su jerarquía y regalarle al zaragocismo la luz de sus rayos y fueron estos los gallardos caballeros que iluminaron una de las victorias más jugosas que se recuerdan en la Basílica del fútbol, seguro por el vigor de sus goles, seguro por la energía de toda una ciudad, de toda una comunidad que sigue creyendo en la sangre azul de su equipo.

    El partido nació eléctrico. En apenas doce minutos ya habían llegado cuatro balones a los jardines de las dos áreas; melancólicos los del Real Zaragoza, iracundos los bilbaínos, que sirvieron para proporcionarle a Roberto la posibilidad de enseñarle al mundo, con dos magníficas paradas, que es un gran portero y que su trabajo ha sido una de las pocas alegrías que nos ha sido dado vivir. Sobre todo el segundo chut, a salida de falta, felinamente resuelto con una mano sobrenatural que sólo los grandes saben y son capaces de ejecutar.

    El primer cuarto de hora, decíamos, fue una triste milonga. No gustaba que los chicos de Jiménez le dieran el balón a los de Bielsa, pues ese guión apuntaba a final gris, a desenlace lastimero. Por eso, cuando el equipo comenzó a estirarse y eligió el sendero de la presión, la vitalidad y la energía el panorama cambió. Postiga, que ayer jugó su mejor partido de la temporada, se apropió del balón, dibujó ese ceño de chico permanentemente enfadado con el maestro y disparó cruzado para ver cómo el poste derecho de Iraizoz se encargaba de escupir la primera alegría- Un centímetro a la derecha y habría sido gol, pero no cabían lamentaciones. Había que seguir. Y se siguió. Las escasas jugadas que llegaban al área aragonesa morían por el acerado trabajo de los defensas que, ayer sí, optaron por la rabia desabrochada. Y por si había dudas cuando la aviación enemiga descolgaba proyectiles con sabor a muerte, Roberto se encargaba de expulsar el miedo a base de salidas iracundas y despejes metálicos.

    La alegría llegó con el gol de Edu Oriol. Un balón recuperado en el centro del campo por el catalán fue el argumento preciso. Lo cosió a su bota, emprendió un periplo entre las bellísimas piernas vizcaínas, le ocultó al cielo el sendero a la gloria que estaba a punto de dibujar, entendió la magia del movimiento de Lafita, que arrastró el Cinturón de Hierro hasta el corner de Arrúa y disparó seco y elegante al palo corto de Iraizoz para lograr el gol de la jornada. La Romareda, la Vieja Dama Blanca, gritó el gol con toda su alma y los jugadores construyeron una montaña de liberación que demostraba que aquello era más que un “goal”, más que un objetivo logado. Aquello era un signo que señalaba el camino hacia Possibleland.

    Los quince minutos que quedaban fueron un paisaje de inestable calma. El equipo supo leer muy bien el partido y optó por el manejo de balón cuando lo teníamos y una inteligente intensidad cuando lo manejaban los del norte. Y aún se siguió trabajando en la búsqueda de un segundo gol que aclarase el futuro. Para ello, fueron muy importantes los movimientos de altísimo nivel que protagonizaron Lafita, grandioso ayer, Edu Oriol, que ayer se encontró a sí mismo,  y Postiga, que firmó su mejor partido con el Real Zaragoza. Cada balón que llegaba a sus pies era una posibilidad ofensiva: se mostraron atrevidos, intentaron jugar con calidad, fueron valientes en cada acción y con cada posesión les decían a los jugadores forasteros que aquella era su casa y allí se iba a jugar como ellos decidieran.

    La segunda parte comenzó muy bien. El equipo seguía el mismo guión con que habían acabado los primeros cuarenta y cinco minutos y lo mejor vino con una peligrosa falta que Apoño ejecutó con gran acierto. Micael toco, Paredes ubicó y el malagueño impulsó un misil que Iraizoz no supo gestionar. Gol, divina palabra. El 2 – 0 brillaba en el vetusto marcador y la hinchada rugía con el “Sí se puede”, que se ha convertido en una plegaria que el zaragocismo recita con fe y fortaleza cada día, como si su sola mención sirviese para agrandar la esperanza. Gol y a seguir en la lucha.

    Y ahí nació el mejor Real Zaragoza de toda la temporada. Disfrutamos del mejor partido en años. Un espectador que viera ayer el encuentro pensaría que los equipos que pugnaban sobre el césped de la Basílica eran dos conjuntos que el próximo año se pasearían por Europa, tal era la calidad que allí se estaba desplegando. Y en ese contexto aún pudimos disfrutar de dos bellísimas acciones protagonizadas por Postiga, con un atrevido chut desde cincuenta metros que casi es gol, y Zucculini, que, osado, condujo el balón entre las líneas enemigas para acabar soltando un zapatazo que casi revienta el larguero del gol norte. Habría sido impresionante, mas lo importante ayer no era protagonizar una hermosa goleada, sino rearmar el espíritu del zaragocismo, el de “El León siempre vuelve”, el de “Zaragoza nunca se rinde”, el de “Quien quiera llevarse el agua…”. Y eso se consiguió.

    Bielsa tiró de calidad y recurrió a Susaeta, Muniaín y Llorente, pero no sirvió de mucho. El equipo acabó gustándose, con jugadas individuales de gran nivel protagonizadas por, ya lo hemos dicho, Edu Oriol, Lafi, Postiga. Por un Micael cada vez más aragonés, con un Apoño que, ayer sí, mezcló bien con el portugués. Por un Zucculini bravo y audaz que estuvo en todas partes, menos en la portería. Y por una defensa que interpretó muy bien la partitura y, aunque nerviosa en algunos compases, interpretó correctamente la sinfonía. Y por Roberto, de nuevo gigante.

    El partido acabó con una victoria que abrió las puertas del cielo zaragocista y nos permite girar la cabeza para contemplar la llegada de los valencianos, que vienen orgullosos y altivos en busca de un billete a la gloria. Nuestros guerreros hoy descansan, pero el zaragocismo ya está preparando las gargantas para argumentarle a la Historia que aquí, en las orillas del Ebro, habita una afición, toda una ciudad, dispuesta a escribir una nueva página con párrafos de esperanza.

 CALIFICACIONES

 Roberto: 5. Sus primera intervenciones señalaron el camino al equipo. Inmenso.

 Álvarez: 4. Su audacia y su entrega es digna de reconocimiento y su rostro evitó un gol que habría sido una herida muy dolorosa.

 Da Silva: 2. Puso garra y empeño, y alternó errores fruto de la precipitación con heroicos aciertos.

Paredes: 3. Su trabajo fue el de un esforzado capitán que arrastra a sus soldados a la victoria a base de fe y arrojo.

 Abraham: 3. Muy activo y presente en todas las tareas, tanto defensivas como ofensivas.

 Zucculini: 4. Ya hemos dicho que estuvo en todas las partes y consiguiño, además, inquietar a la defensa contraria. Por no mencionar el que podría haber sido uno de los goles de la temporada.

 Micael: 4. Está tremendamente motivado. Se ha convertido en el Gabi del equipo en los últimos tres partidos en los que ha participado. Su garra y calidad lo convierten en imprescindible.

 Apoño: 3. Metió un gran gol y se entendió mejor que otras veces con Micael y Zucculini. A veces trastea el balón inoportunamente.

 Lafita: 5. Impresionante partido de Ángel Lafita. Controló balones imposibles, afrontó a la defensa contraria con osadía, luchó con el corazón a 190, consiguió centros imposibles y buscó el gol con ambición. Magistral.

 Edu Oriol: 5. Su gol, espléndido. Fue el de ayer su mejor partido con el Real Zaragoza y llegó un momento en que protagonizó gestos y jugadas propios de un gran jugador.

 Postiga: 5. Extraordinario partido. Mereció el gol y a punto estuvo de lograrlo con un magnífico chut que despreció el poste. Controló el balón, dribló con maestría, jugó de espaldas como los grandes y por fin se creyó que es un muy buen jugador.

 Lanzaro: 2. Muy nervioso, salió a trabajar en defensa como él sabe, pero ayer estuvo algo impreciso.

 Luis García: S.C.

Mi crónica del partido: RCD Mallorca, 1 – Real Zaragoza, 0 (Fuego húmedo)


   Ya está. Ya se asoma el abismo a nuestros pies. Ya no queda espacio entre el sendero y el acantilado. Y las olas, feroces, asolan los flancos del convoy que avanza trémulo y aterrado, golpeado por las miles de toneladas de fuego enemigo que, minuto a minuto, entierran inmisericordes los últimos soplos de aliento. Mientras, los guerreros se lamen las heridas de la última derrota de las que no sale sangre, sino verbos de vergüenza.

    El partido que ayer protagonizó el Real Zaragoza fue un insulto al abrazo incondicional de su heroica afición. El mar de lealtad blanco y azul lloró en casa la ignominia de unos jugadores y un entrenador que no tuvieron ni la fortaleza ni la sabiduría necesaria para, al menos, dejar la bandera de nuestra historia a la altura de su gloria. Y fue así desde el minuto menos uno. Y eso que los muchachos de Jiménez iniciaron el partido una cierta intención ofensiva, como lo prueban los chuts de Postiga y Zucculini en los tres primeros minutos y, sobre todo, la enorme ocasión de Postiga en el minuto 15, que no acertó a rematar bien con la cabeza un balón que por allí pasaba, pero también era cierto que el Mallorca creó un par de ocasiones, casi sin querer, lo que permitió asomar tal flojera en las piernas de los nuestros que la inquietud y la inseguridad se instalaron a partes iguales entre nuestra huestes.

    Los problemas empezaron a crecer por el costado de Abraham, que tenía que sujetar al ágil Pereira que poco a poco se hizo con el control de esa banda, pero, sobre todo, con los balones de corner y falta, demoledora pesadilla para los nuestros. La defensa era un caos y las propuestas aéreas sembraban el pánico en los guantes Roberto, que vieron cómo Chico marcaba de cabeza un gol que el árbitro anuló por fuera de juego…que no era. El alivio, sin embargo, permaneció vivo sólo unos minutos. En un corner, un sencillo corner al punto de penalty, llegó el gol. Victor Casadesús puso la cabeza para que el balón le rebotase y entrase, manso y mortífero, en la portería de Roberto, que sigue sin saber cómo gestionar esas jugadas. Mal los defensas, que se mueren de miedo cada vez que el cuero sobrevuela su finca, y mal el portero, que recibe demasiados goles bajo el mismo diseño.

    El partido vivía bajo el amparo de la inopetrancia futbolística de unos y otros. Los veintidós seguían las instrucciones de sus comandantes, pero los locales ejecutaban mejor el guión. La ubicación de tres centrales por parte de Jiménez, una de esas actuaciones “de entrenador” a la que de vez en cuando se entrega todo coach, no dio resultado. Sirvió, en todo caso, para Embolicar” al grupo, que no sabía si sabía que tenía que saber. Un caos. La retaguardia hacía aguas, cierto, pero el centro del campo y la delantera no pisaban terreno más seco. No encontraba ni una sola línea de pase, con Zucculini recomponiendo su gomina, Apoño escondido disfrutando con sus pases laterales y sus aperturas hacia Roberto, Duijmovic todavía soñando con el gol ante el Granada, Luis García recorriendo indolente el césped en el que fue feliz, Lafita preguntándose qué es eso blanco y redondo que bota tanto y qué se puede hacer con él y Postiga poniendo cara de niño malo cada vez que el balón le rebotaba en la espinilla y se iba a las playas del Arenal.

    Comenzó la segunda parte. En seguida Jiménez sustituyó a Duijmovic por Edu Oriol, con la sana intención de darle más recorrido al balón. Algo se logró, e incluso se disfrutó de una muy buena ocasión cuando Lafita no llegó a rematar un balón de falta servido por Luis García, pero la conducción del catalán solía moriri en la línea de tres cuartos, por lo que no podemos aportar ni una sola ocasió de gol nacida de sus combinaciones. El partido estaba sujeto con el ancla defensiva y herrumbrosa que Caparrós había hundido en el césped mallorquín, y así era muy difícil que un equipo sin argumentos futbolísticos como el nuestro pudiera sacar provecho. Habría hecho falta que jugadores con más fútbol, léase Obradovic, léase Micael, incluso Aranda, que a este Real Zaragoza le hace mucho bien, hubieran estado en el campo para resquebrajar la muralla local, pero ayer no estaban. Y sin argumentos no hay narración. Y sin narración, no hay relato. Y sin relato, no hay literatura. Fin.

    Estos cuarenta y cinco minutos fueron una representación tosca y gris de lo que debe ser un partido de fútbol. Ni la salida de Barrera, casi inédito con Jiménez desde su llegada, y de Juan Carlos aportaron nada interesante. El encuentro era un ladrillo sin cemento y el Mallorca sabía que con sólo aguantar tenía suficiente. Hasta el final tan sólo anotamos un chut de Postiga desde lejos que inquietó a Aouate, pero que fue fuera. Y nada más.

    Ahora llega el tiempo de los Titanes. No sabemos cómo están las almas de nuestros soldados. Desconocemos hasta qué punto vuelven del Mediterráneo con las armas a punto o con los uniformes deshilachados. Ignoramos qué discurso pondrán sobre la mesa. Aquí, tierra adentro, en medio de la nada, en pleno desierto futbolístico vive y se dispone a morir, si así fuera preciso, una afición aguerrida y apasionada que, con toda seguridad, no dejará solo a su equipo y lo acompañará hasta el final. Como nunca nadie lo ha hecho. Como siempre.

 CALIFICACIONES

 Roberto: 2. Me duele el alma, pero creo que en gol él tuvo otras opciones que las que eligió.

 Lanzaro: 1. Yo creo que aún no sabe si jugó como lateral, como central o como chico de los recados.

 Da Silva: 1. Físicamente justo, ya sólo da para cortar balones, de cabeza o con el pie, y mandarlos al Paraná.

 Paredes: 1. Ayer estuvo fallón y fuera de sitio. El gol pasó por delante de su territorio y no lo supo leer.

 Abraham: 1. Superado por Pereira, en las incorporaciones al ataque ganó algo de crédito.

 Zucculini: 1. Muy mal situado, cada vez que cogía el balón se lo quería llevar a casa. Defensivamente, discreto.

 Duijmovic: 0. Le probó mal el buen partido ante el Granada. No entendió el partido.

 Apoño: 1. Se le encomendó gobernar la nave, pero actuó como un grumete.

 Luis García: 0. Desaparecido, oculto. No aportó nada de nada.

 Lafita: 1. No supo con quién ni a qué jugar.

 Postiga: 1. está permanentemente enfadado con el mundo y no acierta a elegir un lugar en el que jugar al fútbol.

 Edu Oriol: 1. Trató de conducir el juego ofensivo del equipo, pero al llegar a los ts cuartos se nublaba su propuesta.

 Barrera: 1. Protagonizó un par de desbordes interesantes, pero no completó ninguna acción atacante con peligro.

 Juan Carlos: S.C.

Mi crónica del partido: Real Zaragoza, 1 – Granada CF, 0 (La luz, que es siempre nuestra compañera)


   El Moncayo es un dios que aún nos ampara. Su viento, el de las almas desgarradas, el de los flequillos vivarachos, el de las ráfagas lascivas, sinuosas como las caderas de la mañana, limpió ayer nuestros corazones de emociones apresadas en las telarañas de la derrota del jueves y aupó a un equipo que aún tiene sangre en el alma y amor que derrochar.

    Si a los cuatro minutos el zarpazo de Daniálvarez hubiera logrado su pretendida herida en el costado zaragocista la noche se habría hecho eterna en una luminosa tarde. Sin embargo, el larguero de Jerusalem impidió que la tragedia llegase antes de tiempo y a los pocos segundos nuestros muchachos cosían una elegante jugada magistralmente culminada por un espigado chaval, por nombre Dujmovic, que entendió perfectamente el pase de Aranda logrando un hermoso gol que provocaba la sonrisa de una afición que, una vez más, aportó energía, pasión y amor incondicional al equipo.

   Dio comienzo entonces una fase en la que el Real Zaragoza trató de organizar una ordenada defensa y aprestar, si se presentaba la ocasión, diagonales contraataques que permitieran cerrar el partido con algún gol de esos a los que poco a poco nos vamos acostumbrando. El Granada, mientras tanto, armó una estrategia ofensiva que no encerró poco a poco, aunque con muy poca intensidad y ninguna aproximación con peligro al área de Roberto. Zucculini y Lafita eran los jugadores más incisivos e incluso el argentino enganchó algún disparo con intención que avisaba de la posibilidad de cerrar un encuentro en el que ambos equipos morían por no morir.

   El Granada se movía con cierta comodidad e incluso se atrevió a encenderle las luces de DEFCON 2 a los aragoneses, que le rogaban con fe inquebrantable a la Virgen del Pilar que aquello terminase, pues las postrimerías de la primera parte estaban convirtiéndose en territorio fértil para lo que podría ser un gol desconsolador. Afortunadamente el árbitro pitó el final y la respiración volvió a la afición.

   La segunda parte comenzó con una energía y una disposición por parte de los nuestros que auguraba noticias en positivo. El mejor jugador del equipo, un muchacho que hasta ahora había contemplado con cierta distancia como su posición era vivir lejos del área contraria, un croata con aire despistado que no nos había enseñado todavía de lo que es capaz cuando le roza el pecho a la defensa contraria, armó varias jugadas de ataque que constituyeron los mejores momentos del equipo local. Sobre todo la que nos hizo vibrar en el minuto 1: robó un balón en la línea de tres cuartos, con potencia se llevó por delante al mundo, dibujó tres slaloms consecutivos ante un desorientado Julio César y su chut se fue de viaje al Centro de la Tierra rozando el palo lateral del portero granaíno. Y pocos minutos después culminó otra buena jugada de Aranda con un chut impreciso fruto de un inoportuno resbalón que evitó lo que podría haber sido el segundo.

   Y se acabó. A partir de ese momento las piernas de varios jugadores se negaron a responder a los impulsos racionales de unos corazones que buscaban con desesperación los caminos del alivio. El Granada se quedó el pelotón, invadió todo el territorio disponible y comenzó a tejer una asfixiante tela de araña de la que nuestros chicos no pudieron salir en ningún momento. Cierto es que no llegaron en ningún momento a preocupar a Roberto, quien, ayer sí, despejó con firmeza y rabia cada balón aéreo que sobrevoló su finca, pero la sensación de agobio se iba haciendo cada vez más agobiante. Obradovic salió por Edu Oriol y Postiga por un roto Aranda. Paredes se dislocó el hombro, la defensa se rompía la vida en cada balón y el cierzo, novio de una ciudad que semana tras semana suspira por un final feliz y azul, se asociaba en cada jugada con nuestros jugadores para evitar la tragedia.

   Fue entonces cuando llegó el momento. Daniálvarez, que ya había tratado de asustar a la parroquia zaragocista con un chut lejano y lateral, se dispuso a lanzar una de las muchas faltas que hasta ese momento había hecho el Real Zaragoza. Una falta contra el viento, contra el destino, contra la vida. Una falta que Roberto defendió con una barrera deshilachada, trémula. Una falta que estuvo a punto de derribar los muros de la patria mía. El balón se estrelló con ira en el palo derecho de la casa de Roberto, que voló desesperado hacia el misil, y el rechace no lo rentó ningún delantero andaluz. El zaragocismo recogió el corazón del suelo, donde palpitaba estupefacto víctima del tremendo susto, y nos apresuramos a elevar nuestras plegarias a una Virgen que, seguro, ayer se arremangó el manto y puso sobre la columna las preces de todo un pueblo que cada día cree con más fuerza que sí se puede.

   Los últimos minutos fueron una sucesión de ocasiones fláccidas que defendimos con uñas, dientes y toda la fiereza que nos permitía nuestra desesperación. Aún le dio tiempo al colegiado a expulsar a Micael tras una jugada que no fue merecedora de tal decisión, pero cuando pitó el final la tierra se abrió y el cielo suspiró aliviado, pensando que si hay razones para mantenernos en Primera esas llevan como nombre “Afición” y como apellido, “Zaragocista”.

 CALIFICACIONES:    la recuperación en la segunda parte de Sevilla.

 Roberto: 4. Ayer retomó el pulso después de haber iniciado su recuperación en la segunda parte de Sevilla.

 Álvarez: 2. Mucho más acertado que el partido anterior. Estuvo fuerte y convencido.

 Da Silva: 1. Tiene tantísimo interés que sus errores mueven a ternura.

 Paredes: 3. Está consiguiendo recuperar su credibilidad como defensa en un puesto para el que no fue fichado. El brazalete le da fuerzas.

 Abraham: 3. Muy activo y con gran fe en sí mismo. Tiene fuerzas incluso para salir con el balón jugado.

 Micael: 3. Ayer demostró que además de calidad tiene ganas y fuerza para competir con la intensidad que ahora necesitamos. Injustamente expulsado.

 Duijmovic: 4. El mejor. Su posición adelantada le hizo ganar enteros y se vio a un jugador muy involucrado en la fe atacante. Precioso gol el suyo.

 Zucculini: 3. Intenso y omnipresente en defensa, sus chuts son débiles y mal dirigidos, pero acaba las jugadas, un valor muy deseable.

 Lafita: 4. Lucha lo indecible y sube y baja con una intensidad que la hinchada agradece. Además, cuando encara siempre pueden pasar cosas.

 Edu Oriol: 2. Fue de más a menos. Perdió presencia y fue sustituido, pero la primera media hora aportó equilibrio táctico.

 Aranda: 3. Fija muy bien a la defensa contraria y sus pases fueron ayer dinamita. El primer gol vino de un excelente desborde por la banda derecha.

 Obradovic: 1. Salió con muchas ganas, pero participó muy poco por el perfil que había adquirido el partido.

 Postiga: 1. Frío y poco activo. Sustituyó a un agotado Aranda en un momento muy complicado y optó por apoyar suavemente en tareas defensivas.

 Lanzaro: 2. Entró en lugar de un herido Paredes y cumplió perfectamente su papel.

Mi crónica del partido: Sevilla FC, 3 – Real Zaragoza, 0 (Has destrozado mi paraíso)


   ¿Qué decir? ¿Qué escribir? ¿Cómo capturar el cielo en una noche estéril, otra más? ¿A quién hablarle de soplo de vida cuando la muerte se instala en tu hogar fracturado por tanta inanición? ¿Dónde hallar el más mínimo signo de esperanza tras lo ocurrido ayer? ¡No sé dónde diablos voy a encontrar las palabras necesarias para describir semejante desastre!

    La jornada de ayer quedará en nuestros calendarios rotos como una fecha amante de la herida mortal. La victoria del Villarreal en el último segundo del partido hacía saltar por los aires la posibilidad de lograr un salto gigante en la lucha por la salvación y a uno le pareció, desde el primer toque, que nuestros muchachos lo sabían y le rendían pleitesía a la tragedia. Era demasiado evidente que el equipo saltó al campo inerme, falto de pulso y rendido. La desgracia tenía cita con el Real Zaragoza y mientras Obradovic se lesionaba en el calentamiento un poema negro abrió el libro de la ineptitud con el dibujo de una defensa que habría de protagonizar un partido endeble, famélico, insultante y catastrófico. No sabemos muy bien qué buscaba Jiménez con semejante alineación, pero a los diez minutos ya íbamos perdiendo por un gol a causa de una muy deficiente defensa de un córner, algo ya demasiado habitual en el Real Zaragoza de esta temporada. Los defensas se arman un taco cada vez que el balón vuela sobre sus cabezas y Roberto no acaba de gestionar bien esos balones con un exceso de rigidez y un apreciable amor a la línea de gol.

    Si digo que segundos antes de que el Sevilla lanzase el saque de esquina ya me temí lo peor puede parecer presumido, pero es que fue ver el torpe movimiento defensivo de Mateos y echarme a temblar. Y ¡zas!, gol. Y lo peor de todo: ¡qué tristeza había en las miradas de los chicos! Se asomaba por la esquina un partido para perdedores y así iba a ser. Nuestros jugadores se arrastraban por el césped, no había chispa en ninguna jugada, la defensa naufragaba a cada combinación local y hasta Roberto se mostraba infantil. Y así llegó el segundo gol. Pintér, el chico húngaro que últimamente estaba jugando bien y crecía partido tras partido, perdió blandamente un balón en la línea medular y el contraataque fue resuelto sin piedad por Negredo. Dos a cero y aquello cada vez daba más pena. Para más desgracia, Apoño desperdició una clarísima posibilidad de acortar distancias cuando se quedó solo ante Palop después de una mala entrega de la defensa sevillista y chutó torpemente. Y para rematar el cúmulo de penalidades, a los pocos minutos se lesionó.

    ¿Había terminado de hundirse el Titanic? Pues no, queridos. Aún quedaban unos cuantos miles de litros de agua por recorrer los pasillos de la sentina de nuestro paquebote y llegaron en forma de fláccido cabezazo de Negredo, tras centro propiciado por un deplorable despeje de Mateos, y de inexplicable error del siempre magnífico Roberto. Tres a cero. Dramático panorama el que se instaló en el zaragocismo que no podía creer lo que estaba viendo y sufriendo y que percibía cómo, de nuevo, volvía el Real Zaragoza de las peores tardes de Aguirre, el de la falta de competitividad, el de la ausencia de garra, el de la abandonada rasmia. Y lo que es aún peor: el equipo había dimitido de vivir.

    En la segunda parte Jiménez, que ayer vio cómo su equipo era destrozado en apenas cuarenta y cinco minutos desde el palco debido a la sanción por expulsión la jornada anterior, aportó el cambio de Edu Oriol por Pinter, pero aquello fue un lío. Comenzaron a intercambiar posiciones los muchachos y en ningún momento dieron sensación de peligro. Alguna aproximación, sí, pero cada una era contestada con tres locales, casi siempre lideradas por una Navas que ayer se dio un festín a costa de Álvarez, en cuyos sueños seguro que aparece el sevillano, y cuando esté despierto también. Eso sí, este segundo tiempo sirvió para que Roberto se redimiera con varias paradas de grandísimo mérito, recuperando el crédito perdido en la primera mitad. Un chut de Postiga al palo y alguna que otra aproximación de Lafita fueron lo único que ofrecimos al mundo del fútbol, y así es realmente difícil competir con garantías. Y lo más preocupante es que el estado de ánimo que exhibió el grupo aventura momentos de penuria emocional. Mucho y bien tendrá que trabajar Jiménez para recuperar el pulso y reactivar el ánimo del equipo, sobre todo sabiendo que ahora sí que ya no queda ni medio palmo de luz que alumbre el sendero que hemos abandonado.

 CALIFICACIONES

 Roberto: 3. El grave error en el segundo gol, y ya lo siento, evita que pueda ser calibrada su actuación con mejor nota. Y eso que en la segunda parte deslumbró al Sánchez Pizjuán con varias paradas extraordinarias.

 Lanzaro: 1. ¡Qué mal partido el de Maurizio! Su banda propició jugadas que hicieron mucho daño al equipo.

 Mateos: 0. Horrible actuación de Mateos. En ningún momento supo dónde estaba ni para qué lo había puesto allí Jiménez. En los tres goles (no) participó.

 Paredes: 1. Ayer sí que lo intentó pero su pundonor acabó siendo devorado por la ineptitud de sus camaradas.

 Álvarez: 0. Navas le miró una vez a la cara, le indicó el camino al abismo y en él cayó para no asomar nunca más.

 Apoño: 0. El poco rato que estuvo no estuvo. ¡Y falló un gol…!

 Pinter: 0. Mal partido del magiar. Desorientado, desquiciado, desesperado.

 Micael: 1. Muy nervioso y trabado en su juego. No acertó a encontrar líneas de pase interesantes ni una conducción del tempo del partido adecuada.

 Luis García: 0. Inexistente el asturiano. Tan insignificante fue su aportación que acabó haciendo faltas que rozaron la expulsión.

 Lafita: 1. Muy voluntarioso pero muy desasistido. Aun así intentó el gol con sus desbordes y chuts a puerta.

 Postiga: 2. Participó mucho en el juego pero siempre en territorios insustanciales. Sus remates ayudaron a alimentar cierta ilusión por el gol, pero le faltó acierto.

 Zucculini: 1. Su salida coincidió con una cierta recuperación de la solidez en el segundo tiempo.

 Edu Oriol: 0. No, no fue muy afortunada su intervención en el partido. No consiguió desbordar ni encontrar un sitio confortable en el campo. Su desgana en algunos momentos, llamativa.

 Aranda: 0 Salió a falta de 20 minutos, pero no tocó prácticamente el balón.