Cada vez más tú, siempre más nosotros (Al zaragocismo, mar de lealtad)


(por Juan Antonio Pérez-Bello)

Gabi Fernández colocó el balón. Apenas unos centímetros de la línea frontal. Apenas un suspiro. Apenas una vida. La barrera se ofrecía insolente, la noche había cerrado demasiados caminos. Munúa, un portero discutido en Orriols y con poca chance esta temporada, se mostraba como el rey del gesto imposible y hasta ese momento ya había roto en tres ocasiones la ilusión zaragocista con paradas enormes. Gabi miró. Gabi respiró una bocanada de aire metálico y dibujó un gesto imperial. Su pierna escribió un verso suelto, de rima libre y lo clavó. Incendió la escuadra de la portería granota y el zaragocismo reventó de rabia, de dolor destruido. El grito de victoria recorrió la playa de la Malvarrosa. ¡Gol y vida!

El partido comenzó una semana antes. Cuando empezó a prepararse el desplazamiento más masivo y numeroso de toda la historia de la Liga puede decirse que el balón ya empezó a rodar. Por eso, en el momento en que Fernández Borbalán miró escrupulosamente su reloj y pitó el inicio del match, un volcán blanquiazul erupcionó. La grada retumbaba y el Real Zaragoza empujó con energía, sereno ímpetu y vocación de ganar. El primer corner llegó a apenas al minuto y las ocasiones de gol comenzaron a producirse.

Sobre el terreno de juego y en la grada había un equipo, una institución, dispuesta a morir recuperando a dentelladas la vida. Las cabalgadas de nuestros jugadores, la fiereza en la lucha de cada balón dividido, el resoplido de los pulmones llenos de viento azul eran la mejor muestra de que nuestro momento había llegado. Un chut de Lafita lo detuvo ágilmente Munúa. Un chut de Ander lo desvió apuradamente Munúa. Un chut de Lafita lo interceptó  prestamente Munúa. Un cabezazo de Uche lo derivó felinamente Munúa. Mientras tato, en el área zaragocista, la nada. El Levante mostraba una cara ordenada, aseada, pero res mès. Y llegó el momento.

Boutahar, al que ya se le había anulado un gol por fuera de juego, cayó en el borde del área y la falta señalada llamaba a Gabi para que nos enseñase cómo hay que ejecutar un castigo como ese. Y nos lo mostró. El vídeo del gol lo guardaremos en el rincón más azul de nuestro corazón, pues forma ya parte de nuestra historia más gloriosa. ¿Era eso suficiente? No, pero el resultado que se estaba dando en Riazor nos ensanchaba la sonrisa.

Finalizó la primera parte, un período en el que la afición cantamos hasta tres goles, aunque sólo uno de ellos fue válido. Pero lo que sí era cierto, verdad como la silueta del Moncayo, como el susurro del Ebro, como las tierras fértiles del Matarranya, como la pasión de las sierras de Teruel, como el sueño inacabado de las cumbres del Pirineo, es que el equipo estaba decidido a mirarle al futuro de frente, y así nos lo hizo saber cuando comenzó la segunda mitad.

El equipo sostuvo el latido pétreo de todo un pueblo, una forma de sentir y perseveró en la búsqueda de la vida. Gabi lo intentó y Munúa lo impidió. Diogo lo intentó y el larguero lo evitó. Braulio lo buscó y la mano mágica de Munúa volvió a salvar el gol. ¿Qué más hacía falta? El partido era uno de esos choques que se recordarán por nuestra sangre roja galopando por las líneas blancas del césped valenciano. Era imposible que no cerrásemos la batalla, porque había un grupo de esforzados gladiadores que ofrecieron toda la rasmia que habían acumulado a lo largo de un año muerto al tacto. Y se logró. Gabi, siempre Gabi, recibió un mágico pase de Bertolo y destrozó la red blaugrana con un colosal chut que quedará para siempre como un monumento a la clase.

Se abrió la bullonera por la que salió, con la fuerza de la vida comprimida durante tanto tiempo, todo e l zaragocismo que se había concentrado en el Ciutat. Once mil gargantas, once mil corazones perfectos en su amor incondicional y decenas de miles de gritos azules y blancos hicieron saber al mundo que Zaragoza nunca se rinde. El segundo gol fue la razón por la que la alegría inundó Aragón y todos aquellos rincones en los que se vibra con el escudo del león. Dio igual que minutos más tarde Stuani convirtiese un inesperado gol. Dio igual que el partido se adormilase. Dio igual que nada nos diera igual. El Real Zaragoza acariciaba la permanencia, la vida. Y recibió el beso más esperado. Final y en Primera.

Y volvió a abrirse el cielo. Las celebraciones dieron comienzo en una atmósfera de éxtasis, de paroxismo sin límite. No había razón para no expresar todo nuestro alivio, nuestra felicidad por seguir vivos. El fútbol, por esta vez nos había indultado y los jugadores, los técnicos, la afición se dispusieron a vivir una fiesta que deberemos recordar durante muchos años. Por lo felices que fuimos, que somos, y porque debe servirnos a todos para empezar una nueva era, esa de la que hablaba el Sr. Iglesias en su mensaje de la semana pasada y que ahora, entre todos, debemos empezar a soñar.

Y mientras el futuro llega, vaya mi reconocimiento a quienes considero los grandes artífices de la salvación. Que son todos, que somos todos, sí, pero sabemos que en toda noche de verano, en todo atardecer imperfecto siempre hay una estrella que brilla más que las demás y este es también el caso. Así pues, hoy, en nombre del zaragocismo, en nombre de esos niños que sufren por el escudo del león rampante, por la historia gloriosa que aún han de conocer; en nombre de esos jóvenes que lloran porque sus héroes han logrado al fin romper las cadenas; en nombre del zaragocismo veterano que vimos jugar a Villa, a Santos, A Arrúa, a Pichi Alonso. En nombre de todos, digo, permítaseme cerrar esta crónica, la más dulce, la más grande de toda la temporada con una sencilla pero sentida frase:  “Gracias, Javier Gabirre”.

Calificaciones:

Leo Franco: 2. Poco pudo hacer en el gol y lo poco que le llegó lo atendió con seguridad.

Diogo: 2. Salió después de una lesión y estuvo en su línea habitual. Empeñado en cosas que no le corresponden pero con una vocación ofensiva que ayer necesitábamos.

Jarosik: 3. Mandón, presente y audaz en la salida del balón. Ayer jugó un partido muy interesante y fue muy útil al equipo.

Da Silva: 3. Firme en el corte, muy bien colocado y fuerte en el choque. Incluso se atrevió con los balones largos.

Paredes: 2. Fue todo corazón. Estuvo muy correcto, aunque baja mucho su rendimiento cuando pretende subir la banda.

Ponzio: 4. Es la dovela de este equipo. Sostiene al grupo y su capacidad para mantener el balance defensivo es crucial. Si él no está habría que inventarlo.

Gabi: 5. Es la Capilla Sixtina de este Real Zaragoza, que le debe la vida. Si alguien quiere estudiar por qué el Real Zaragoza, “este” Real Zaragoza ha finalizado en la posición nº 13, debería verse todos los partidos del campeonato y seguirle exclusivamente a él. Imperial.

Ander: 2. Ayer estuvo impreciso, aunque en varias ocasiones, y esto fue muy importante, supo mantener el tiempo del partido controlando al balón con una sabiduría que, ¡ay!, seguro que desarrolla en otros lugares.

Lafita: 4. Se dejó la vida. Le mostró a la zaga del Levante la cara de un delantero atrevido, fuerte, osado, luchador, con clase y casi goleador. Uno de sus mejores partidos, lo que hace pensar que se encuentra en un momento dulce.

Boutahar: 2. Tiene clase y calidad y sus controles, sus combinaciones le hicieron ayer mucho bien al equipo. Es un jugador que ha idos de menos a más y ahora mismo sus prestaciones son interesante.

Uche: 2. Fijó mucho y bien a la defensa contraria y su presencia fue en todo momento sinónimo de peligro. Y eso, hoy, es un valor añadido. Lástima de su falta de gol.

Jorge López: 2. Hizo lo que se le pidió. Control, pase corto, timing y presencia en el centro del campo.

Braulio: 2. Muy luchador. Abrió el campo con sus galopadas y a punto estuvo de culminar un contraataque a pase de Ponzio. Igual que los demás delanteros, no encuentra la portería contraria.

Bertolo: 2. Le dio a Gabi el pase del segundo gol y contribuyó a crear inquietud en la defensa ché con algunos contraataques.

Anuncios

Junto a mi casa encontré tu voz (Real Zaragoza, 1 – RCD Espanyol, 0)


(por Juan Antonio Pérez-Bello)

   Ayer, domingo, nació una mañana joven y rubia. Había sol, el cielo enviaba un mensaje azul a quien quisiera bebérselo y el Ebro acunaba las riberas con una dulce parsimonia. Respiré los primeros minutos indeciso. No encontré, durante unos instantes, rumbo que seguir ni sendero que recorrer hasta que decidí tomar mi videocámara y buscar la fachada del Pilar. Había gente que serenamente paseaba por el espacio más emblemático de la ciudad pero en ninguna sonrisa pude ver el brillo de la ansiedad. En cambio en mi pecho no cabía más angustia.

Vi el manto del Real Zaragoza sobre el minúsculo pilar que le da vida y sentido a nuestro Aragón y rogué. Después opté por acudir a otro templo que completa mi niñez. Pensé que en la Romareda hallaría calma y verso a la espera. No sabía que había entrenamiento. No sabía nada. Por eso, cuando llegué y vi el autobús recogí una breve alegría. Los vería y podría comprobar de primera mano el pulso de sus corazones, el latido de sus pasos, el pulso de sus gestos. Y los vi. Pero lo que vi me produjo un gran desasosiego. Sus caras estaban pálidas, secas, sin mirada firme, como una campanario roto, como un altar sin santos.

Fueron saliendo uno a uno y saludaron al pequeño grupo de zaragocistas que, silenciosos, atemorizados y detenidos en el ánimo apenas alcanzaban a pedirles con delicadeza una foto o solicitarles un fugaz autógrafo. Se me cayó el alma a los pies. Y procuré no pisarla.

El día pasó fragmentado, sin aliento. Y llegó la noche. Llegó el partido. Pude contemplar una Romareda orgullosa en la derrota adelantada, adecuada al grito unánime bajo el son de un himno digno de mejores batallas. Puede contrastar en la lejanía el rostro de los jugadores con el rostro de la mañana y decidí creerme que lo que había visto hacía unas horas no era miedo, sino concentración y que cuando Lafita le había respondido a la mujer mayor que le rogaba “anda, Angelico, que tú eres aragonés, mira a ver si esta noche…” que ellos siempre lo intentaban, lo estaba diciendo en serio. Decidí creerlo y debo decir que no me costó.

Porque nada más empezar el partido ya vi que aquella batalla no se parecía en nada a las dos anteriores. En seguida pude apreciar que los jugadores iban a dárnoslo todo y nosotros nos lo íbamos a quedar. Nos iban a dar rasmia, actitud, pelea, garra, esfuerzo, lucha, fuerza. Todo. Todo excepto gol. Porque el Real Zaragoza llegaba desde todos los ángulos aunque era incapaz de lograr gol. Sencillamente porque no se puede dar lo que no se tiene. Combinaban, hilaban jugadas, chutaban, pero sin acierto. Incluso cometían errores de esos de infarto, como Jarosik o el propio Ponzio a poco de empezar, cuando derribó a…¡bueno, para qué recordarlo!

Se llegó al descanso con empate a cero. Comenzaba la segunda y aquello tenía aspecto de profundo abismo. Se seguía peleando, se seguía luchando, pero el gol no llegaba. O quizás fuese la impaciencia y el terror a la muerte, proque tan sólo tuvieron que pasar diez minutos para que el gladiador Ponzio engatillase un duro chut que desarboló a Kameni. Gol y delirio. Gol y pavor. Miedo a que de nuevo la suerte nos diese la espalda y en un insustancial contraataque el Espanyol nos partiese en mil pedazos, pues los resultados de otros campos nos descendían si empatábamos. Y estuvo a punto de suceder.

Corría el minuto 81. Isaías recoge un buen centro desde la izquierda y lo remata de cabeza. Leofranco despeja defectuosamente y Álvaro, solo y con la portería desnuda, no logra introducir el balón en la portería aragonesa y aún Osavldo repite fallo, provocando que el corazón de la Romareda sufra un colapso que a punto está de provocar un fallo multiorgánico en el zaragocismo. Sin duda un manto blanco y azul, el mismo que vestía la Virgen del Pilar durante todo el día, se extendió sobre la línea de gol e impidió una tragedia que habría acabado con la vida a ambas orillas del Ebro. Será, con toda seguridad, la jugada del año 2011, la jugada de una temporada que tiene que acabar con rostro victorioso el próximo sábado, en el estadio Ciutat de Valencia, donde el Real Zaragoza debe doblegar a un equipo, el Levante, que duerme ya el sueño de los ociosos.

Territorio disparate (Real Sociedad, 2 – Real Zaragoza, 1)


(por Juan Antonio Pérez-Bello)

   Llevo muchas semanas escuchando a ese buen zaragocista y mejor profesional de la información que es Paco Ortiz Remacha decir que no hay nada peor que dejarte el alma nadando para morir poco antes de llegar a la orilla. Confieso que es un dicho que me crea cierto desasosiego pero hoy he podido comprobar en mi propia alma lo que eso significa. La crueldad con que el destino ha castigado al zaragocismo tiene pocos antecedentes en la historia del Real Zaragoza y nunca, y digo bien, nunca, había sentido tanto dolor en una derrota como hoy cuando el famélico despeje de Paredes ha sido recogido por el veterano Aranburu y ha rasgado nuestra esperanza. Muerte en las flores. Mezquina Parca.

Si hacemos caso al mapa de nuestro amor por unos colores, reconoceremos que el partido de hoy ha sido un poema muy mal escrito por parte de los dos equipos. Tanto miedo al horror ha paralizado a los veintidós jugadores en una primera parte que ha servido para que Tonidoblas certificara un inexplicable declive en tan sólo dos partidos. El portero andaluz ha cometido un error imperdonable justamente hoy, cuando no podíamos permitirnos resbalar pues nos encontrábamos demasiado cerca del precipicio, y semejante circunstancia ha sido aprovechada por Tamudo para lograr un gol. Tamudo, siempre él.

Pero daba igual. Podría haber sido cualquier otro. El partido venía envuelto en una mortaja azul y amarilla, blanca y negra, porque ninguno de los dos equipos era capaz de dar dos pases seguidos ni de ofrecer una frase con sentido. O peor, porque si había un equipo que no merecía nada de nada ese era el Real Zaragoza. Su propuesta era tan pobre, tan vacía que daba vergüenza ver cómo nuestros jugadores arrastraban el escudo por el césped del campo donostiarra. Por eso hemos deseado con ansiedad que llegase el descanso para ver de recomponer un poco la triste figura.

Y se ha conseguido. La segunda parte ha comenzado con otro perfume en nuestras filas. Tan es así que a los cinco minutos hemos dispuesto de una magnífica ocasión que Uche, a quien se le había impedido convertir un gol en la primera parte por un inexistente fuera de juego pitado a Ander, marraba para desesperación de toda la parroquia aragonesa. Sin embargo, el aspecto del equipo era muy otro y esa intención se ha visto refrendada con una extraordinario gol logrado por Gabi de falta directa. Las gargantas se han roto en todo Aragón y los cielos se han abierto para recibir ese abrazo del destino. Y no sólo eso, sino que a diferencia de otras ocasiones en que el equipo se echaba atrás después de una buena noticia, ha seguido porfiando en busca del segundo.

Y casi lo logra Ander minutos después, pero ha fallado lo impensable. Con la portería vacía después de una trompicada pero ingeniosa combinación con Uche no ha acertado a rematar en una inverosímil postura. ¡Dios santo! ¡Estábamos perdonando una vez más! El partido lo teníamos de cara, ala Realle temblaban las piernas pero algo no funcionaba en nuestros pulmones a pesar de que en esos momentos había más posibilidades de lograr el gol que de encajarlo. La salida de Boutahar por un estéril Bertolo le había dado más control al Real Zaragoza y había liberado a Lafita, que en estos instantes se movía con desparpajo por todo el frente de ataque, proporcionándonos alternativas ofensivas que anunciaban una posible victoria. ¿Qué ha ocurrido, pues, para que todo se viniera abajo?

Ha sucedido que poquito a poco el Real Zaragoza ha ido perdiendo el alma. En cada balón dividido, en cada ocasión desperdiciada, en cada contraataque no culminado se ha ido dibujando la negrura de un futuro que no hemos sabido firmar. Y en esas estábamos cuando Tonidoblas no ha podido más y su rodilla ha dicho “hasta aquí”. Ha salido Leo Franco y aún ha tenido ocasión de lucirse ante los delanteros txuri urdin con una magnífica parada. Pero  ha sido una vana ilusión. Siempre que hemos confiado el resultado a una defensa temblorosa hemos fracasado, y hoy no ha sido una excepción. Ha bastado un corner muy mal defendido para que en el minuto 88 Aranburu recogiese un rechace y acabase matando al león aragonés. Y fin.

P.S.: Nos hemos agarrado a un horizonte plano. Hemos creído que en el pecho de nuestros muchachos  había un corazón al rojo vivo, hemos confiado en que no nos merecíamos tanto dolor y que por eso era imposible caer otra vez en el llanto ácido, pero algo me dice que no queda sangre que derramar. Hay síntomas que anuncian debilidad, fragilidad en la voluntad y falta de fe en uno mismo. Son muy amargas estas horas, pero mucho me temo que lo peor aún está por llegar. Ahora bien, también cabe la batalla, la última dentellada a la fortuna. Esto, bien mirado, también puede haber no hecho más que empezar. ¡Alistémonos contra el invasor, ese que tiene cara de fracaso! Es el último aliento.

Calificaciones:

Tonidoblas: 1. Se ha caído. Ha roto el trabajo de toda una temporada con dos actuaciones frágiles y lastimeras. No es este portero el que necesitábamos hoy.

Lanzaro: 1. Muy justo. Apenas ha llegado con solvencia a los balones y su aportación ha sido un punto menos que correcta.

Jarosik: 1. Luchar contra Tamudo tiene un peaje que pagar. En el gol se le ha escapado y aunque por arriba ha estado correcto no tiene la frescura que ha mostrado en algunos partidos y en ataque no ha podido aportar lo que en otros partido.

Da Silva: 1. El más entonado de la defensa, pero no es el central sólido y consistente que se le supone. Como él hay muchos.

Paredes: 0. No, no y no. Javi Paredes es un defensa que nos ha hecho mucho daño. Y hoy ha despejado un balón que…en fin…

Gabi: 4. El mejor. Aguerrido, presente, esforzado. Y goleador. Ha marcado un gol de gran clase y sólo ver cómo lo ha celebrado ya lo explica todo.

Ponzio: 2. En su línea de aportar trabajo y sudor. Sin embargo, no ha mezclado bien con Jarosik y Da Silva en la última línea de la cobertura y eso le resta eficacia.

Ander: 1. Lo encuentro difuminado. No ha estado a la altura de la exigencia del partido. En su haber, el gol que nos han anulado en el que ha hecho un movimiento de gran calidad injustamente juzgado.

Bertolo. 0. Es un jugador que se ha borrado del mundo. Nervioso, inexacto e insignificante. No aporta nada y ha sido justamente sustituido.

Lafita: 2. Muy trabajador e implicado. La primera parte ha pasado desapercibido pero en la segunda, con l inclusión de Boutahar, ha ganado en libertad y soltura y ha creado mucho peligro.

Uche: 1. Definitivamente su indolencia es indignante. Si es un buen jugador no lo demuestr, porque ya he perdido la cuenta de los  “mano a mano” que ha dilapidado.

Boutahar: 2. Su aportación ha sido decisiva para el resurgir del equipo tras el descanso. Ha manejado bien la pelota, ha creado ocasiones y ha sabido aclarar el ataque blanquillo.

Leo Franco: 2. Apenas ha tenido ocasión de actuar, pero ha solucionado una juagada muy clara de gol con una arriesgada intervención.

Sinama: S.C.

El domingo fue día pequeño (Real Zaragoza, 1 – At. Osasuna, 3)


No recordaba una impresión más desgarradora desde el día del Mallorca. Sí, “el día”. aquel 18 de Mayo de 2008 que propició que el cielo gris de Zaragoza, tormentoso y ceniza, se derrumbase sobre nuestras cabezas cuando el equipo hermoso que había construído Agapito Iglesias no fue capaz de limpiar una temporada horrenda que nunca, jamás olvidaremos. Y no recordaba un día así porque fue tal el mazazo, de tal calibre el estruendo causado por la derrota que un corazón tan malherido corre el riesgo de fracturarse y provocar que la vida se vaya por el desagüe del dolor.

Un partido de fútbol puede ser muchas codsas y también puede ser un viaje sin destino. algo así le sucedió al real Zaragoza el pasado deomingo, que fue incapaz de sujetar mínimamente el timón de una barco que nació sin capitán y murió con los grumetes amarrando la tormenta. Dio igual que LAfita marcase un espléndido gol en el mintio 13. Dio igual porque todos vimos que aquel choque no tenía guión. Ni las ocasiones clarísimas que nos regaló Osasuna encontraron el remate final ni nuestro centro del campo fue capaz de darle sentido al balón en ningún momento, nio nuestra defensa dio sensaciónd e solidez ni nuestro portero, nuestro querido y aceptado portero, tenía su noche. Todo apuntaba a fracaso.

La afición preparó un recibimiento digno de mejores causas, pero da igual, porque ahora mismo todo el zaragocismo ya ha asumido que nuestra guerra es no morir. Da igual que estemos peleando en el fango, porque todos los zaragocistas de corazón y razón saben que hay que preparar los mejores oropeles para estas batallas que no sirven más que para evitar caer al abismo. Ya vendrán los tiempos en que a estos tifos acompañe la sintonía de la Champions, algo de lo que no me cabe ninguna duda, pero hoy por hoy toca remar en medio del huracán.

Y en eso se convirtió el partido, en un huracán que hacía volar rocas y árboles, que movió a los mares para que se tragaran a un Real Zaragoza indolente, cabizbajo, pusilánime. No reconocíamos en ninguno de nuestros jugadores a aquellos soldados torpes pero esforzados que habían conseguido escalar murallas inaccesibles contra adversarios formidables. Al contrario: nos daba miedo hasta el miedo y eso se paga. No supimos convertir dos magníficas ocasiones en la primera parte y eso lo pagamos con sangre oxidada. Osasuna se lo creyó, tiró hacia adelante y se encontró con un gol de fortuna. Y eso nos hundió. Un gol, un simple gol bastó para enmudecer a la Romareda que, atónita, vio crecer la derrota aun cuando no había ni siquiera anunicado su llegada. El equipo se desordenó todavía más, el entrenador ocultó su sabiduría debajo de un manto de pánico y llegó el segundo gol. Jarosik no hizo la marca, Sergio Fernández, nuestro peor enemigo, remató y Tonidoblas no pudo evitar que se le doblase la muñeca. Y aún se hizo más de noche.

Aguirre trató de remendar aquel descosido y tomó varias decisiones que a nadie convencieron. Tan sólo la salida de Boutahar aportó medio gramo de esperanza con un tiro al palo que habría supuesto el empate (¡bendito empate!), pero en la siguiente jugada Osasuna consiguió el tercero. Incluso el prosible fuera de juego pasó desaparecibido para la parroquia local, que buscó las bufandas para ocultar el rostro roto. La desesperanza, que es peor que la desesperación, cubrió el alma del zaragocismo y de nuevo atronaron en nuestros oídos las melodías de la ruina.

Fue una derrota muy amarga, que nos dejó destrozados, que nos aportó un tonelada de tristeza y, lo que es peor, de miedo. No supimos cómo entendernos con la noche. seguramente porque la noche era demasiado profunda, demasiado mala amiga para tanta ilusión aniquilada.

Nuestros héroes se merecen una albada (Real Madrid, 2 – Real Zaragoza, 3)


Hace 36 años pude disfrutar de una histórica victoria de nuestro Real Zaragoza frente al Real Madrid. Era un 30 de Abril, como hoy, y también como hoy el Real Madrid era un equipo orgulloso y victorioso que se paseaba por los campos de fútbol con una sonrisa ancha y metálica que impedía que el sol iluminase al resto de los mortales. Hoy, digo, era 30 de Abril.

   Y hoy es el día en que un puñado de esforzados e ignorados guerreros ha logrado firmar una página que será recordada por nuestras mancilladas memorias cuando el tiempo haya limpiado de nuestros corazones tantas heridas como aún soportamos. Nuestros jugadores han obtenido un triunfo gallardo logrando nada menos que tres goles, al tiempo que han oscurecido con sudor, orgullo y raza el brillo de las corazas de los enemigos.

   Salía el Real Zaragoza con un planteamiento que ya le había servido en el Camp Nou y el Madrigal para ofrecer una muy interesante imagen, aunque en esos dos campos no recogiese ni un grano de trigo. La presencia de tres centrales y dos carrileros obligó al contrario a ser muy rápido en la combinación y más ágil en la resolución, pero ninguna de las dos destrezas las supo ejecutar, mientras que el Real Zaragoza encontró en su tejido defensivo y en la velocidad de Uche y, sobre todo, de Lafita sus mejores recursos para mantener prevenidos a los locales. Incluso a los pocos segundos de comenzar el choque ya dispuso de una clara ocasión que el nigeriano no pudo resolver.

   El partido se mostraba como un juego en el que el intercambio de recorridos era el recurso más utilizado, aunque los porteros no tenían que hacerse presentes, pues ningún balón proponía peligro. Doblas no tuvo que intervenir en ninguna ocasión y el dibujo planteado por Aguirre daba, una vez más, el resultado que busca cuando ante sí se planta un equipo que ama el balón. Y hoy el Real Madrid se había quedado con él. Así hasta llegar al minuto 41, cuando un buen pase de Jorgelópez a Uche no es despejado por Casillas y es finalmente rematado por Lafita. Gol y vida. Gol y certeza. Gol y horizonte.

   La segunda parte comenzó con la sustitución de Obradovic, lesionado, por Paredes. Fue un cambio mucho más importante de lo que parece, pues el serbio había realizado un gran trabajo disminuyendo la capacidad ofensiva de Ramos, al tiempo que constituía una preocupación para el sevillano con sus peligrosas incursiones por la banda. Eso, la aparición de Marcelo y que el Jabalí se quedó enganchado en la zona defensiva y no hizo ni mención de ubicarse en una posición más ofensiva nos sirven como razones para explicar el cambio de signo del choque. Sin embargo, antes de que los locales hubieran tenido tiempo de aplicarse al nuevo mundo que se abría ante todos nosotros, Carvalho ha derribado a Lafita cuando éste porfiaba por un balón largo fruto de un nuevo contraataque aragonés. Penalti bendito, penalti con sabor a gloria que el capitán, Gabi, se ha encargado de convertir en euforia bajo un cielo que hasta entonces había sido opaco y ahora se presentaba juvenil y marítimo.

El 0-2 que adornaba nuestra esperanza era mucho más que una victoria provisional. Era la muestra de que esos muchachos iban camino de la Historia. Por eso, quizás por todo eso, quien gobierna el banquillo contrario le pidió a Ozil que saliese y arreglase semejante desastre. Y ya estaba. Ya estaban casi todos, así que manos a la obra. El Real Madrid se apartó las telarañas de las piernas e inició un acoso propio del mariscal Lannes que le permitió acortar distancias en un corner cabeceado por Ramos y muy mal defendido por los nuestros. ¡Ay, ese defensor en el segundo palo! Un gol que nos pintó la cara con una sonrisa al revés, pero que no impidió que nuestros chicos siguieran a lo suyo. Buena defensa, concentración y velocidad. Es lo que tenemos, es nuestro armamento y lo supimos utilizar con maestría, con el ingenio que le otorga al perdedor la desesperación de coserte al futuro a dentellada limpia.

   En esas estábamos cuando el Imperio bramó por una pena máxima que el zaragocismo siempre negará y para siempre quedará en las costuras de la noche y Benzema pretendió romper el larguero con un chut endiablado cuando Gabi estaba en el suelo tras pisotón de Marcelo, pero lo que sí escribiremos con letras azules como el oro es que Lafita consiguió ser leyenda cuando firmó el tercer gol. Una contra de libro, de esas que aprendimos a hacer viendo partidos del Atlético, valió para que Uche sirviera en bandeja de ébano un balón al zaragozano para que rompiese los abismos. Fue un gol de garganta rota, de lágrimas furiosas, de victoria con olor a tierra prometida.

   Pero, ¿acabó aquí la batalla? No. Nunca se termina de sufrir cuando enfrente está el ejército más poderoso del mundo, cuando 500 millones de euros en cuatro años arremeten contra ti, empujados por la mercachiflería mediática deudora de tantos oropeles. Por eso, y porque aún quedaba dolor que masticar, Benzema consiguió un segundo gol que nos apretaba el aliento hasta la asfixia. Quedaba poco partido, pero quedaba mucho partido. Y por si fuera poco, el árbitro lo alargó ¡hasta siete minutos!. Nunca, ni en choques en los que ha habido bofetadas, agresiones o interrupciones gravísimas, se había visto cosa igual, pero los jugadores del Real Zaragoza, con un Tonidoblas sensacional un partido más, supieron aguantar los embates merengues con la dignidad que nos asegura, no tengo ninguna duda, la permanencia en Primera Divisón.

P.S.: A Batu y Luisca, que hoy vaticinaron una crónica diferente. Y a todos los foreros de aupazaragoza.com

Calificaciones:

Tonidoblas: 4 (5) Hoy, como siempre, ha hecho paradas decisivas y ha aportado un plus de seguridad y estima de lo propio que lo convierten en un gran portero para nuestro equipo.

Diogo: 3 (5) Difícil papeleta la que tenía el uruguayo. Primero kaká y luego DiMaría son dos rivale de mucha enjundia. Su posición adelantada le da más seguridad, pues no tiene que recorrer tanta distancia como cuando juega de lateral puro.

Jarosik: 4 (5) Ha estado muy seguro, expeditivo y presencial. Se combina muy bien con sus compañeros en este sistema aunque hoy no ha salido de su espacio en la defensa por motivos obvios.

Lanzaro: 3 (5) Hoy ha sufrido más que en otras ocasiones. Las combinaciones interiores de los madridistas le han creado problemas serios y su escasa cintura le ha jugado más de una mala pasada.

Da Silva: 3 (5) Tengo la sensación que tener tantos jugadores por delante y atan poca distancia le nublan un poco. Necesita más espacio para aportar defensivamente, pues su juego se basa en la potencia. Por arriba ha fallado en el gol de Ramos, pero por abajo ha cumplido sobradamente.

Ponzio: 4 (5) Esforzada actuación del argentino que, como siempre, ha jugado un partido completo y luchado. Ha barrido el campo como siempre aunque su aportación ofensiva, léase chuts lejanos, ha sido menor que en otras ocasiones.

Gabi: 3 (5) Hoy ha perdido muchos balones, aunque su aportación defensiva ha sido decisiva. Es el capitán, nuestro capitán y se le ha visto mandón y presente. Ha ejecutado magistralmente un penalti que no es fácil transformar.

Jorgelópez: 3 (5) Ha trabajado inteligentemente en marcar los tiempos cuando teníamos el balón. No era una tarea fácil, pues la maraña madridista y las pocas ocasiones en que teníamos posesión eran dos hándicaps grandes.

Lafita: 5 (5) El mejor: rápido, potente, valiente, atrevido, luchador, incisivo, osado. Goleador. Su mejor partido como zaragocista.

Uche: 3 (5) se ha complementado muy bien con Lafita. Su pase en el tercer gol demuestra calidad y talento. Le falta capacidad para controlar el balón y gestionar el ataque en estático.

Pinter: 3 (5) Salió por Lanzaro y cumplió una difícil papeleta: ser el tercer central. Se fajó con energía y solventó el desafío con profesionalidad.

N’Daw: S.C. (5)

Vivimos porque rompimos la muerte (Real Zaragoza, 1 – Almería, 0)


   El partido de ayer fue un vaso de agua en medio del desierto. Agua azul y madera, de la que da la vida, de la que abre los pulmones de la esperanza, de la que bebemos a sorbos agónicos. Ayer fue un partido de los que crecen a mordiscos, de los que aguardarán las esquinas de la memoria, porque si logramos permanecer en 1ª División deberá recibir el tributo del zaragocismo.

   Comenzó el choque con una clara apuesta del Real Zaragoza por el balón, por la territorialidad, por la costumbre de sentirse poderoso en el territorio amigo. Lo quiso y lo hizo y convirtió un partido de fútbol en una invasión delimitada por la ansiedad acumuladad a lo largo de los últimos meses, años ya. No se podía hablar de fútbol, no de fútbol añorado por la Romareda, que de ese ya tendremos noticias en el futuro, cuando volvamos a ser nosotros mismos, pero el zaragocismo vio, desde el primer minuto, que cabía la victoria. Nos la merecíamos por fervor, por afán, pero en seguida se vio también que iba a ser una tarea titánica lograr un gol.

   Sí éramos capaces de crear espacios, sí éramos capaces de dominar a un rival pusilánime, timorato, casi seco, pero no encontrábamos ni un sólo jugador capaz de embocar y conseguir el éxito. Ander cabeceó a la cúpula acristalada de la vieja Feria de Muestras. Ponzio nos regaló lo que ya es un clásico en cada partido: su chut de lejos para acercarse a la red. Jarosik rompió el tejado de la Romareda con un coup de tête desviado. Braulio lo intentó una vez, y el balón salió rebotado hasta la pirueta de Alves. Boutahar no recibió la alegría de un penalty pretendido. Jarosik culminó un lío fenomenal con un breve remate que capturó Alves, después de un remate al poste. Ander obligó a Alves a una buena parada con un chut desde fuera del área. Todo ello llevaba el sello del escudo del león. Mientras tanto, el Almería tuvo dos ocasiones, no importantes aunque sí inquietantes. Y es que ayer, todo servía para inquietarnos.

   La segunda parte nació muy abierta. El Real Zaragoza porfió en su voluntad y así lo mostró Ander, con un primer chut al palo tras jugada de Bertolo. Luego sería Lafita, sustituto de un inoperante Boutahar, quien probaría fortuna desde lejos con un potente e intencionado chut a la base del poste. Después, Da Silva rozaría el gol con un remate de cabeza a la salida de un corner que salvó Luna bajo los palos. Minutos después, Lafita recibía un gran pase de Ander que le permitió afrontar un uno contra uno ante Alves que no supo resolver, pues su disparo fue detenido por Alves. Siempre Alves.

   Pero, ¿sólo jugaba Alves, entonces? No. Tambiénlos postes querían protagonismo y así, Bertolo, tras magnífica jugada personal, a pie cambiado desde el extremos izquierdo, acarició el gol con un suave disparo que chocó con la cepa del poste. ¿Y ahí acabó el infortunio? No. Minutos después Sinama volvió a fallar una clarísima ocasión tras un fuerte disparo de nuevo de Bertolo cuando dilapidó un claro remate lanzando el balón otra vez al poste.

   Nadie quería pensar que semejante esfuerzo no pudiera tener recompensa. Por eso, cuando a los pocos minutos Bertolo envió un magistral pase de la muerte que Sinama supo interpretar bien cediendo la pelota a Gabi para que este chutara, golpease de nuevo el palo y rebotase en la espalda de Alves para entrar en laportería, la Romareda se derrumbó. De felicidad, de rabia, de felicidad, de alivio, de felicidad. Gol y el cielo rasgó las entrañas del zaragocismo. Gol y la luz inundó los oscuros latidos que hasta entonces golpeaban los pechos de los aficionados.

   Pero quedaban veinte minutos. Veinte minutos interminables e insoslayables que convirtieron el tramo final en un electrizante acoso del Almería que provocó que el Real Zaragoza no fuese capaz de sostener ni el tiempo del partido ni el espacio del campo de batalla. El Almería se echó al monte y allí encontró a once jugadores temblorosos, inseguros y débiles que a muy duras penas consiguieron mantener la portería a cero. Hasta seis ocasiones claras de gol tuvo el equipo andaluz, aunque fue Da Silva, a puerta vacía, quien frustró la más clara cuando Piatti encaró a Tonidoblas y le superó con un delicado toque. La carrera del paraguayo y su pelotazo a la grada quedará grabado en nuestros cuadernos de bitácora personales. Al poco, N’Daw se plantó ante Alves, siempre Alves, y el brasileño evitó lo que habría supuesto la punbtilla. No fue así y en la siguiente jugada Ander cortó un contraataque que le costó la roja. Y al rojo vivo estaba la noche, como para dejarse el corazón en la pelea que aún no acababa.

   Porque Diogo, a falta de un minuto, cometió una falta por mano al borde del área que casi nos rompe el alma. El disparo, envenenado y con ganas de muerte, fue despejado por Tonidoblas y esa fue la mejor la noticia de la noche. No porque fuese lo mejor, sino porque era lo último. Y aquí estalló la Romareda. El pitido final fue como un sello en el pasaporte a seguir teniendo derecho a luchar, derecho a poder exigir oxígeno. Queda lo peor, pero es que lo peor ya ha pasado, ya está pasando desde hace casi cuatro años, cuando iniciamos este estruendoso camino al infierno que nos negamos a recorrer en su plenitud. De momento, aquí estamos. De momento, vivimos.

Y eras como una playa ahogada (Villarreal, 1 – Real Zaragoza, 0)


Otra vez velas negras. De nuevo nuestros bajeles regresan a puerto mostrando el signo de la derrota en el horizonte seco y baldío para desolación de quienes nos quedamos tras las murallas patrias y no viajamos a la conquista de la ciudad del levante. Una vez más depositamos nuestra mirada en el sendero de la humillación para evitar las miradas inoportunas de quienes no pueden entender nuestro desamparo. Es una escena que no por conocida deja de ser dolorosa, más si lleva cosida en sus pliegues la injusticia, el merecimiento de una más adecuada recompensa. En otras palabras: jugamos como nunca, perdimos como siempre.

Y es que el partido fue un monumento a la osadía del pobre frente al orgullo del poderoso. El Real Zaragoza jugó ayer su mejor partido fuera de casa desde hace muchos, muchísimos meses. Le estampó en la cara al apuesto Villarreal una lección de audacia, tesón e, incluso, talento desesperado con la juvenil intención de derrotarle a base de voluntad y solidaria energía. Desde el primer momento nos mostró un rostro abierto, con una disposición táctica engañosamente defensiva, pues la alineación de tres centrales supuso no un amurallamiento de ejército disminuido sino una propuesta ofensiva de primer orden, con Diogo y Obradovic muy adelantados buscando con insolencia a Cani y Cazorla por todo el terreno para evitar sus envenenados pases interiores y, al tiempo, sumarse al ataque en cuanto hubiera un mínimo resquicio.

La idea cuajó, pues controlamos el partido, nos quedamos con el balón y llegamos a los dominios de Diego López varias veces y gozamos de varias ocasiones de gol como hacía tiempo no disponíamos. Sobre todo una de Uche, que podría haber supuesto un 0-1 valiosísimo, aunque anoche no era su momento y no pudo superar al portero amarillo. Es cierto que esta idea también propició que ellos dispusiesen de varios momentos de gran peligro, pero anoche Tonidoblas estuvo colosal.  Protagonizó hasta tres momentos para enmarcar, dos manos a mano y un chut endiablado, que sirvieron para mantener nuestra portería a cero y armar la moral de nuestros muchachos, que poco a poco fueron capaces de construir un edificio de notable altura futbolística para irse al descanso con un inmerecido empate, teniendo en cuenta sus merecimientos y la valiente apuesta que habían ofrecido al espectador.

La segunda parte llegó bajo el vendaval zaragocista. Nuestros jugadores salieron enérgicos, decididos a lograr la victoria y quedarse con un botín que veían justo y cercano. Volvimos a vivir situaciones propicias de gol, recurrimos de nuevo a la velocidad de Uche, que no logró convertir otra magnífica ocasión, a la oportunidad de Bertolo, que permitió que le robaran la cartera en un mano a mano que no volverá a vivir, y Tonidoblas volvió a resolver cuanto llegó a su territorio, en un partido magnífico que justificó su solvencia y la justicia de su titularidad. Pero también el colegiado quiso jugar.

Turienzo esquinó la justicia de unas manos de Marchena y de un plantillazo en el área a Ander, pero estuvo muy despierto en el absurdo penalty que Ponzio cometió llevado por su pundonor y su vehemencia. Era el minuto 70 y de nuevo el fútbol era injusto con nuestra escuadra. No era posible que fuéramos tan infelices. No podía ser que la noche, que había nacido bajo la plata de una luna osada y lujuriosa, nos arrebatase con una acción torpe y aturdida la posibilidad de lograr una cucharada de miel largamente deseada. Pero fue. El penaltry lo transformó Rossi y el equipo acusó durante unos minutos el gancho de derecha del destino. Sin embargo, se recuperó.

Siguió la porfía. Continuó la pugna y los jugadores adelantaron sus corazones para buscar el gol del empate. Ander, Paredes y Lafita fueron los recambios y eso supuso otro paso más adelante, aunque quedaba muy poco tiempo y lo que no se había hecho hasta el momento era muy difícil que ahora lo pudiéramos lograr. Aún así, Turienzo evitó que un derribo a Jarosik fuese sancionado con libre indirecto y para cerrar su lamentable actuación castigó con amarilla una caída de Uche en el área que su propia ansiedad impidió que fuese sancionada con penalty. Eso es lo que les ocurre a los equipos necesitados, agonizantes, exangües. Eso les sucede a los equipos que llegan a a estas alturas del campeonato con la sangre corriendo a borbotón por su historia, con miles de heridas sin cerrar, con el cuerpo fracturado por la derrota. Les pasa que es muy difícil que todo salga bien y cualquier revés es la muerte. Y eso nos ocurrió anoche a nosotros.

El partido se perdió injustamente. No ha habido encuentro mejor jugado que este fuera de casa desde hace muchísimo tiempo. No habrá mejor atardecer para saborear la victoria que el de ayer. Pero no caben las lamentaciones. La camiseta rota de Ander cuando abandonó el Madrigal no debe ser sino una metáfora que obligue al zaragocismo  a romperse el alma el próximo lunes  en el choque frente Almería. Esa es nuestra verdad, derrotar a los andaluces y seguir la pelea. Si el equipo está vivo, que lo está, la afición tiene un mandato: sumar voluntades para arropar a sus muchachos. El lunes no hay malos sueños que valgan. Hay futuros que construir.

Toni Doblas: 5. Lo paró todo. Lo fácil, lo difícil y lo imposible. Un partido redonde de un portero que va a ser, ya es, uno de los argumentos más poderosos para lograr la permanencia.

Diogo: 3. Cumplió un trabajo difícil y complejo. Trabajó muy bien en el centro del campo y físicamente dio una lección de poder y energía. Además, se sumó al ataque con calidad y fuerza.

Lanzaro: 3. Aunque perdió un par de veces el sitio y la espalda, trabajó con interés y eficacia. Su presencia es más que interesante y su compromiso no deja lugar a las dudas.

Jarosik: 3. La disposición táctica le pasó factura y sufrió con los balones a la espalda de Cani, pero era el precio que había que pagar. Esforzado, luchador y voluntarioso a la hora de buscar el gol. Sí, sí, el gol.

Da Silva: 2. Su trabajo fue más oscuro aunque cumplió con tesón un difícil papeleta. La defensa de cinco, que en muchos momentos era de tres, era una propuesta compleja y de difícil ejecución, pero su dedicación es de valorar.

Obradovic: 3. Sin duda está creciendo partido a partido. Ofensivamente es notable y ayer también trabajó mucho y bien en defensa, sobre todo en la interrupción de las líneas de pase interiores del Villarreal.

Ponzio: 2. Muy trabajador y eficaz en su labor de “barredor”. Intentó el chut desde fuera en un par de ocasiones y estuvo donde se le necesitó. Su ímpetu nos cobró un penalty en contra, pero ¿quién se lo puede reprochar?

Gabi: 4. Intratable en el centro del campo. Estuvo, repartió juego, recuperó balones, empujó al equipo, distribuyó empuje…Es un jugador imprescindible.

Boutahar: 1. Tiene detalles de gran calidad y se espera siempre el pase imposible, pero su irregularidad, su inestabilidad y su intermitencia no es lo que necesita ahora el equipo.

Bertolo: 1. Lo intenta todo y siempre, pero le sobra individualismo. Falló un gol ante Diego López y le sobran dos regates cada vez que coge el balón. Si trabajase más la línea de pase sería la mejor aportación al ataque del equipo.

Uche: ¿0? ¿1? ¿Qué se le puede decir a un jugador que siempre está ahí pero no acaba de convertir sus ocasiones? Es nuestra mejor arma ofensiva pero ayer falló varias ocasiones clamorosas.

Ander: 2. Cumplió las instrucciones de Aguirre. Dio balones de oxígeno, recibió una falta que pudo ser peligrosa y se fajó con el mundo. ¡Ay! ¡Qué buen vasallo si hubiese buen señor!

Paredes: 2. Cumplió bien su trabajo. Mejor en ataque que en defensa, donde sufrió porque el partido estaba para sufrir. Colaboró en tareas ofensivas e incluso lanzó con peligro una falta.

Lafita. 1. Salió tarde y le falta ritmo y presencia. Puede mejorar (y mejorará).