Crónica de ayer: Real Madrid, 2 – Real Zaragoza, 0 (temporada 2007-2008)


– por Juan Antonio Pérez Bello –

(Esta crónica pertenece al partido que enfrentó al Real Madrid y al Real Zaragoza en la temporada 2007-2008)

Seremos leyenda

El Real Zaragoza se ha enfrentado al equipo más apoyado, mimado, cuidado, halagado, obsequiado, acariciado, atendido y agasajado de España. Ha perdido por dos goles a cero pero tengo la certeza de que este partido será recordado durante mucho tiempo por la memoria zaragocista. Y lo será por varios motivos: porque se jugó muy bien, porque se mostró como un equipo equilibrado, solidario y esforzado, porque fue capaz de mostrar al mundo todo el talento que posee en cada uno de sus jugadores y porque sólo la excepcional actuación de Casillas y el mortífero veneno que proponen sus delanteros fueron capaces de doblegar a un altivo y descarado Real Zaragoza.

En ocasiones así uno debe agarrarse a la lujuriosa capacidad futbolística de su equipo y tiene la obligación de olvidarse del rival (algo muy habitual, por cierto, en los alrededores mediáticos de los grandes equipos: nunca el contrario lo ha hecho muy bien, sino que “nosotros” hemos estado muy mal), práctica esta muy sana y necesaria si queremos pisar fuerte. Así pues, diré que el mérito del adversario ha sido su portero, que es lo peor que se le puede decir a un equipo, y sobre todo si juega en su casa.

Me gusta ver el fútbol como un deporte también de datos, en el que no sólo juega el corazón, la emoción y el latido de unos colores. Por eso, si contemplamos las cifras del partido podremos concluir que el Real Zaragoza aporta números de equipo campeón y la lectura que hago es que sí, que se puede; que sí, que estamos ante un grupo unido y comprometido; que sí, que curiosamente este equipo funciona, y muy bien, sin D’Alessandro; que sí, que hay argumentos futbolísticos y físicos para alimentar la fe; que sí, que estamos ante las semanas decisivas, tal y como escribí en mi artículo “Victor Fernández, cerca de las traviesas” y que sí, que sigo confiando en el Club, en todos y cada uno de sus componentes y que días como el de ayer difícilmente se olvidan. Se perdió un partido, pero se recuperó, y creo que definitivamente, a un equipo.

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La falsa moneda (Real Zaragoza, 1 – Almería, 1)


(Esta crónica pertenece al partido que enfrentó al Real Zaragoza y al Almería en la temporada 2007-2008)

 El Real Zaragoza empató ayer frente al Almería (1 – 1) en partido correspondiente a la 29ª Jornada del Canpeonato Nacional de Liga. El encuentro se presentaba frío y distante, como una amante desconocida, como una carta del Ministerio de Hacienda, como un control de esos con que la Policía Nacional nos obsequia últimamente en la pre-expositiva Zaragoza. Un choque-trampa, un enfrentamiento más falso que la falsa “monea”, noventa y pico minutos de esos que escuecen más que el picotazo de una medusa de Salou. En fin, un horror.Y así resultó. Desde los primeros minutos fuimos capaces de hacer un análisis sencillo pero lamentablemente certero de nuestro equipo: sin Matuzalem, este equipo es otra cosa. O sea, poca cosa. El propio Óscar, que parecía estar cargándose de razones para callarnos la boca a cuantos habíamos despotricado contra él y contra todos, he dicho todos, los entrenadores que habían confiado en él a lo largo de los años, se mostró muy desorientado, perdido, difuminado. Lo veíamos descender a las calderas del centro del campo en busca de su único alimento, el balón, ese que Matu le había proporcionado con tanta elegancia como eficacia en los dos últimos partidos.

   Pero hoy no estaba el brasileño, sino Gabi, una experto en deambular sin ton ni son por el medio campo sin otra orientación que los bandazos que el cierzo ofrecía y un torpe eslabón en esa débil cadena que fue ayer el Real Zaragoza que no supo aguantar 30 segundos a que Villanova hiciera el cambio que tanto bien nos iba a hacer: Gabi fue expulsado (justamente, me temo) por una segunda tarjeta amarilla que “solicitó” con insistencia al árbitro más odiado por el zaragocismo: Iturralde. Y ese fue un problema añadido.La primera parte fue un tuya-mía bastante insulso pero necesario para lograr que este partido fuese construyéndose como una buena ocasión para lograr los tres puntos. Mucho pelotazo, es verdad, y mucho balón largo que nuestros jugadores no supieron interpretar correctamente. Así y todo, se sujetó bien al Almería, que juega muy bien sin balón y no tanto cuando lo tiene en los pies y que gusta, pues ha sabido acoger en su regazo la calidad de Corona, la picardía de Negredo y la disciplina del resto.

La segunda parte continuó por los mismos senderos, hasta la salida de Matuzalem. Fueron muy pocos los minutos que pudimos contar con su aportación, pero creo que todos estamos de acuerdo en que el Real Zaragoza, cuando juega el brasileño, es un buen equipo, muy bueno, diría yo, y cuando él no está, el equipo se deshuesa, se deshace como un tolmo de hielo en día de verano. Esos minutos, no obstante, fueron suficientes para lograr un gol y casi los tres puntos.

Sin embargo, como este Real Zaragoza es un perro flaco, pues pasa lo que tiene que pasar. Y sobrevino la tragedia. Matuzalem se lesionó y Villanova hizo dos cambios más (Zapater y Celades) en un intento casi a la desesprada para lograr el control del balón, pero es verdad que este año estamos teniendo de todo menos suerte. Dos extraordinarias paradas de César, que habrían supuesto una ovación de La Romareda si todo hubiera acabado bien, fueron contrarrestadas con una extraña jugada de córner a favor del Almería que dio con el balón dentro de nuestra portería. Quedaba un minuto. Empate y a casa.

Por la noche, escuché con mucha atención a Manolo Villanova en el programa “La jornada”, de Aragón Televisión y sus palabras fueron el mejor bálsamo. Vamos a salir, vamos a mantener la categoría y vamos a seguir siendo equipo de Primera División. ¡Ah! Y vamos a enterrar el 75 Aniversario, sin lugar a dudas un “Anno Horribilis” que recordaremos con chufla dentro de un tiempo, cuando todo haya pasado. Porque pasará, ¿verdad?

Que el manto de la Virgen del Pilar acoja nuestro dolor (Real Zaragoza, 2 – Real Madrid, 2)


¿Por dónde empezar? ¿O acaso es el final de una ilusión, de una historia imaginada pero que nunca, ni en el más lejano de los sueños, pudo acercarse a la realidad? ¿Es cierto que me has mentido? ¿Es posible que el cierzo barra nuestras sonrisas de los páramos yermos como la boca que nunca besó? No es fácil encontrar las palabras, ni sencillo reunir las ideas que antes llegaban hasta la pantalla blanca insolentes, desvergonzadas, indiferentes a la algarabía del exterior. Ahora, todo eso me falta. Si este corazón deja de latir, que lo haga al mismo tiempo que todos los vuestros y nada, ni la última gota de sangre, pueda manchar la que fue nuestra esperanza hace unos meses, unos pocos meses.

El Real Zaragoza empató (2 – 2) ante el Real Madrid en partido correspondiente a la 37ª Jornada del Campeonato Nacional de Liga. Los goles zaragocistas fueron obra de Oliveira y Sergio Fernández y los del Real Madrid de Van Nistelroy y Robinho. La noche fue más negra que nunca.

El partido de ayer será recordado como una pesadilla que deseábamos que nunca acabase. No hasta que el balón entrase en la portería defendida por Dudek y unos amigos que por allí pasaban. Tantas coasiones erradas sólo es posible acomodárselas a un equipo fibrilado, enflecado, deshilachado, abotargado, agujereado, esqueletizado. Ese equipo, amigos, fue el Real Zaragoza.

Poco podemos hablar de fútbol, pues ni el Real Madrid ofreció pundonor y garra ni el Real Zaragoza fue capaz de herir de muerte al oponente. El partido discurrió por derroteros fantasmagóricos y yo no podía creer lo que estaba viendo. Pero la fuerza de la verdad, la fuerza de la costumbre, me devolvió a la penumbra de la miserable temporada qu estamos viviendo. No es posible más dolor, no es posible más amargura, no es posible más desesperación, no es posible que merezcamos más sufrimiento. ¿Qué horrorosos crímenes hemos cometido? ¿Qué felonías hemos sido capaces de llevar a cabo? ¿De qué horrendos males se nos acusa? ¿Acaso le debemos algo a la Historia que se ensaña con nosotros como nadie lo hizo antes con el peor de los asesinos? ¿Por qué este Nurenberg continuado? No sé si lo resistiré. No sé si seré capaz de soportar ni una sola lágrima más. No sé si esta hiel que nos obligan a beber será el peor de los castigos o el futuro nos depara algo aún más temible. Sólo sé que, en efecto, el domingo se acaba la vida. Bien para morir, bien para renacer en otra bien distinta. Porque algo sí es cierto: el lunes surge un nuevo Real Zaragoza. Que la Virgen del Pilar nos bendiga.

En el Portal de Valldigna se quedó mi esperanza (Valencia C.F., 1 – Real Zaragoza, 0)


El Real Zaragoza ha caído derrotado en el partido que ha disputado frente al Valencia CF por 1 – 0 en partido correspondiente a la 36ª Jornada del Campeonato Nacional de Liga celebrado en Mestalla. El encuentro lo ha definido Silva después de recibir un pase de Baraja en un desajuste defensivo digno de peores tiempos.

Dicho esto, pareciera que se trataba de un partido más que da paso al siguiente sin otra herida que el rasguño que deja una derrota. Sin embargo, diré que ha sido la más dolorosa que este veterano zaragocista recuerda. No por lo que es, sino por lo que significa. Ver a mis jugadores jugar una primera parte propia de una ejército harapiento y desolado no es el mejor mensaje que la esperanza puede recibir. Si bien se jugaba con cierta intensidad en defensa, al margen del error mencionado, las pérdidas de balones eran frecuentes; asiduas, diría yo, y eso ha servido para construir, una vez más, a un equipo nada operativo en ataque, agotado en la creación y desarbolado como las naves de la Invencible en las costas británicas.

Podemos añadir el roto que le ha hecho al Real Zaragoza el Valencia cargando todo el juego por la banda defendida (¿defendida?) por Diogo y Óscar. Ha sido una juerga, un afetr hours levantino el que se han montado Villa y Silva a costa de estos dos jugadores, de tal manera que Villanova ha rectificado colocando a Sergio García por Óscar con el fin de taponar la hemorragia que estábamos viviendo, y ahí se ha recompuesto un poco nuestra figura.

Un primer tiempo, en fin, dislocado, hueco, con un nivel de imprecisión e ineficacia enorme, ofensivo, casi. Sólo la ocasión de Óscar (¡ay, Óscar!) en el minuto 45 ha levantado del fango a los seguidores zaragocistas, pero ahí hemos podido ver la ausencia de fuerza y energía de algunas piezas de este grupo.

En el segundo tiempo Manolo Villanova ha recurrido al Plan B: Aimar, Matuzalem y Milito han entrado al campo, pero sus fuerzas eran muy pocas, muy escasas, muy nada y, aun así, ha contado el Real Zaragoza con dos ocasiones que casi le han proporcionado el empate. Ese que habría sabido a gloria puesto que las cuentas que nos hacíamos eran esas: puntito en Mestalla y victoria ante el Real Madrid. El Valencia ha respirado y nosotros hemos visto cómo los resultados de los otros campos nos beneficiaban en algunos casos (derrotas del Recre y de Osasuna) y nos molestaban en otros (victoria del Getafe y empate del Valladolid). Y esa es nuestra miseria, que ya no podamos contar mucho más del partido, sino que nuestras miradas se ajusten a las matemáticas y a los cálculos, viendo además que nuestros jugadores han pasado página rapidísimamente a Valencia y ya limpian sus armas para el combate del domingo. Del que ya hablaremos. Mientras eso sucede, sigo lamiendo mis heridas, que son tan profundas que no sé si llegaré presto al partido. Mi corazón me pide calma.

Con tu latido (Real Zaragoza, 1 – Deportivo, 0)


Cerré los ojos. Dispuse las manos sobre la frente, como si temiese oir la voz del jefe del pelotón, momentos antes de gritar: “¡Sobre el condenado…! ¡Apunten!”. Me dije a mí mismo que alguien debía dictarle al destino que ese balón debía rodar con la determinación del Minotauro y cruzar la maldita línea blanca que aquel cancerbero de oscura barba y cabello desvergonzado defendía con la bravura del desesperado. Dejé de vivir durante unas milésimas de segundo. Sé que dejé de vivir. Pero el trueno me devolvió a la vida. Las voces desgarradas, arrancadas de las gargantas de los amigos de la Peña con la violencia del que vive en la Milla Verde desde hace demasiadas semanas, me devolvieron la respiración y el latido. Todo giraba a mi alrededor y pude acertar a preguntar: “¿Qué ha pasado?” Y obtuve respuesta. Y dormí con ella.

 El Real Zaragoza ha derrotado al Deportivo de la Coruña por 1 – 0 en partido correspondiente a la 35ª Jornada del Cameponato de Liga. El gol lo consiguió Ayala en el minuto 94, tras botar Matuzalem una falta que había sido cometida sobre Oscar. El encuentro agonizaba y el zaragocismo ya se estaba disponiendo a preparar los actos funerarios cuando el alma del zaragocismo ha sido capaz de acoger la última brizna de aliento que sobrevolaba el Templo del León. Un último suspiro ha otorgado el premio merecido después de 94 minutos de bravura, corazón y deseo incontenible.

Ha jugado el Real Zaragoza el partido soñado. Ni el más irracional de los fervores habría podido dibujar un final con más brillo. Un encuentro repleto de juego, esfuerzo, ocasiones y dramatismo que encuentra su broche en el último segundo, cuando el cielo está a punto de desplomarse sobre nuestras cabezas pero que tiene a bien proponerle a todo un Ayala la ocasión de disfrutar del llanto del atleta muerto que se agarra a la luz del triunfo con la fuerza del que agoniza. Un partido ejemplar, en el que un equipo ha mostrado la fuerza de la unión, del esfuerzo común, de la lucha por un mañana mejor.

Más de veinte ocasiones de gol, más de veinte chispazos dispuestos para el éxito, más de veinte momentos inacabados han sido capaces de crear nuestros guerreros ante el mejor equipo de la segunda vuelta, que es como decir ante el equipo que mejor ha entendido lo que significa este Campeonato. Más de veinte dentelladas al mal fario, al infierno que asoma sus fauces glotonas e insaciables por la esquina de la miseria. Más de veinte, pero ninguna ha servido para romperle la cara a la desesperanza. Sólo una, la que ha propiciado el emperador de seda que llegó de Oriente, el comandante que estaba llamado a ser el estandarte de este ejército que ha cosido sus andrajosos uniformes, rotos a lo largo de una campaña desoladora, ha conseguido derribar el portón de la muralla de esta Jerusalem inaccesible en que se había convertido la portería de Auoate. Esa falta, ese momento sideral, ya forma parte de nuestra Historia.

Debemos seguir peleando, la guerra aún no ha terminado, no hay todavía ningún ejército ni cautivo ni desarmado, por lo que el miércoles debemos acudir al Mediterráneo con las espadas limpias y las corazas bruñidas. Y eso será así. Sin embargo, lo más importante es que nuestros corazones laten de nuevo con el impuslo de la fe, y la sangre que impulsan ya discurre, valiente e incontenida, por los caminos de la esperanza.

Una roca vestida de fe (RCD Espanyol, 1 – Real Zaragoza, 1)


Hace algunos años, quizás más de los que uno mismo quiera reconocer, ocupaba mis veranos y mis ratos de ocio ayudando en el negocio familiar. El establecimiento, por mejor nombre Bar Mola, se convirtió en mi juventud en un espacio de encuentros y confidencias y en mi memoria permanece, acostado plácidamente como un amante gastado.

Un bar, para quien lo haya tenido en sus manos y en sus desvelos, es más, mucho más que un lugar donde la parroquia toma cervezas y los humos consumen las soledades. Es motivo de palabras y sueños y en él conviven los amados y los despreciados, unidos en cualquier caso por el agua de fuego que es la caña bien tirada o el vino mejor bebido.

Aquel bar, hoy alejado de sus tiempos de gloria (je, me ha salido el chiste y si alguien conoce el lugar sabrá por qué lo digo) acogió durante algunos años a una clientela peculiar. Ingenieros de la Confederación Hidrográfica del Ebro, dependientes del Corte Inglés, estudiantes de la Academia Cima…y jugadores del Real Zaragoza. Pues debe saber el lector que en el mismo inmueble donde se ubicaba el bar tenía nuestro club unos apartamentos en los que
se alojaban sus jugadores más jóvenes, algunos de la cantera, otros recién fichados allende los mares.


Por hablar de memoria, antigua compañera que cada vez me deja en más coasiones abandonado, puedo recitar los nombre de Pérez Aguerri, Vitaller y Amarilla como clientes fijos de casa, y con ellos intercambiábamos opiniones, anhelos y decepciones, pues de todo había. Sin embargo, recuerdo aquellos ratos con la tranquilidad que daba no imaginarte al Real Zaragoza sufriendo en el barro de la desesperación, ni siquiera olisqueando los aromas putrefactos del temblor del infierno. No, no eran tiempos de penurias ni algaradas. Hoy, casi treinta años más tarde, seguimos arañándole la espalda a la esperanza, la misma que nos guiñó el ojo el pasado domingo en Montjuic. Y lo escribo.

El Real Zaragoza y el Real Club Deportivo Español empataron a un gol en partido correspondiente a la 34ª Jornada del Campeonato Nacional de Liga. Ambos equipos tenían cuentas pendientes con el futuro: los catalanes en forma de posible participación en la Copa de la UEFA; los aragoneses, en forma de desgarradora ocasión de huir del fuego eterno. Ni unos ni otros lograron su objetivo.

La primera parte fue un encuentro fláccido entre quienes poco quieren y quienes nada pueden. Ambos contendientes se enredaron en un laberinto inacabable de pases fallidos y faltas desvergonzadas que no anunciaban ni belleza ni fortaleza. Los jugadores no acababan de cerrar el círculo de la poesía que, se supone, acoge el fútbol y empujaron los minutos hacia el túnel de vestuarios, a ver si así, debieron pensar, encontramos la razón a la necesidad de existir.

La segunda parte nació con deseos de descorrer las nubes y de este modo llegó la manotada que supuso el increíble gol de Riera. Una vez más, quedaba demostrado que el fútbol es un deporte en el que el peor puede ganar al mejor. No quiere decir esto que hubiese habido hasta ese instante superioridad blanquilla, pero bien cierto es que el Español tampoco había roto los manuales futbolísticos con sus aciertos. El gol, sin embargo, que en otras ocasiones (siempre) habría supuesto el fin y la ruina de nuestro equipo, no nos amedrentó. Empujados por la mejor afición de la Liga (lo dije, lo digo y lo diré tantas veces como me parezca, pues es tan verdad como que Ulises derrotó a Polifemo), enajenados por la hirviente sangre que comenzó a correr por sus venas, anchas y rocosas, los jugadores del Real Zaragoza elevaron el nivel de las aguas de los mares hasta la cúspide de la montaña mágica para colocar sobre la romana cabeza de Alberto Zapater el laurel que lo distingue como el capitán que estas naves, desarboladas pero aún enteras, necesitan. Sólo la fe nos llevó al empate. Mejor dicho: fue la fe la que nos llevó al empate. La misma fe que sostiene esta empresa hasta los alrededores de la noche del sábado, momento en que recibiremos a los hijos de Hércules para decirles que nuestro cierzo será capaz de someter al infortunio y dibujar en nuestro cielo parábolas de éxito. No sé decirlo mejor: el sábado, el Real Zaragoza se va a comer al Depor. Lo dijo el Gran Capitán. Lo aclamamos todos.

Con los puños de la razón (Real Zaragoza, 3 – Recreativo de Huelva , 0)


El Real Zaragoza venció por 3 goles a 0 al Recreativo de Huelva en partido correspondiente a la 33ª jornada del Campeonato Nacional de Liga. Gran victoria, merecida, esforzada y hermosa. Uno no podía creer que este Real Zaragoza, el que se mostraba capaz de dibujar caminos de poesía, el que proponía un fútbol digno de paladares rococós, el que apostaba por la entrega y el arte, el que de nuevo difundía a los vientos del Norte y del Sur canciones casi olvidadas, era el mismo que, números en la mano, braceaba desesperado a pocos centímetros de la Parca, esa muerte con la cara borrada por la miseria que se llama Descenso a Segunda División.

Si el fútbol es un estado de ánimo, nuestro Real Zaragoza ha decidido, por unas horas, acogerse al sonido de las trompetas de Jericó y aceptar de una vez por todas que tiene cuerpo y alma para galopar por llanuras bendecidas por los dioses de todas las religiones. Y así fue desde el primer minuto. Nuestros jugadores mostraron su espíritu, bronceado por el talento divino, y encogieron el ánimo del adversario con la fuerza propia de los guerreros que ven sus murallas en peligro.

Pablo Aimar, el Cai, el Payaso, el ángel devenido en gesto celestial, trazó varias diagonales sobre la sorprendida hierba de La Romareda y enseñó las líneas que conforman los Evangelios de eso que se ha dado en llamar fútbol. Oliveira galopaba enfurecido en busca de la gloria, que alcanzaría en dos ocasiones, al que acompañaba un distinguido Sergio García, que levantaba briznas de asombro por los senderos que se dignaba ocupar. Pero los demás cumplían los designios del gran comandante, Manolo Villanova, que no se ha cansado de repetir que si el equiopo es solidario, se entrega y presiona, podemos ganar los partidos que nos quedan. Y es necesario resaltar el gran trabajo que llevó a cabo la defensa, con un Zapater entregado y certero, un Ayala grandioso e imperial, un Sergio Fernández firme y eficaz y un Paredes fornido y ensanchado. Si además completamos el trabajo de Celades, que le dio ritmo y gesto al juego zaragocista y hasta Óscar supo cumplir con lo que se le pidió, tendremos un equipo que jugó como un equipo, unos futbolistas que fueron futbolistas y un entrenador que fue el mejor director posible en el momento más difícil de la temporada.

El partido del sábado fue lo que tenía que ser. Otra cosa habría sido la puerta abierta al averno, el sendero deslizado hasta el Hades, con una mínima expresión de esperanza en nuestras caras cubiertas por el horror del fracaso. Sin embargo, las luces que la afición fue capaz de trasladar (o trasvasar, je, que ahora ya no sabe uno qué escribir) fueron los mejores argumentos para abrir caminos de futuro. El Real Zaragoza ganó el partido, pero fue mucho más que un partido. Fue la expresión recia de una intención hecha fruto y ahora empieza la batalla incabable. La semana va a ser blanca y henchida de ilusión. que no se rompa la jarra del esfuerzo compartido en Montjuic. Un escenario, por cierto, siempre benévolo y mágico con el zaragocismo.