Real Zaragoza, el incendio que nos mueve.


4 de junio de 2017. Este es un artículo sobre el zaragocismo. O mejor: sobre el futuro del Real Zaragoza. Hoy, que cruzamos la línea que separa el universo de la nada. Hoy, que ya no notamos el frío en la piel porque la vida nos la ha arrancado a tiras. Hoy, cuando la orilla se aleja y se acerca a cada brazada y no hay sol ni luna porque el cielo ya se derrumbó.

   Somo territorio de mixturas, cruce de caminos, país débil entre imperios poderosos. Nos gusta decirnos a nosotros mismos que somos menos que los demás, cuando precisamente la nobleza aragonesa hizo roca aquella afirmación de “somos pocos, pero nunca poco”. Somos.

   Mi madre nunca ha pisado la Romareda, pero respira zaragocismo por los cuatro costados. Ya su padre, mi abuelo Juan Antonio, que murió centenario, apuraba las tardes del domingo con el transistor encendido y sonreía cuando Paco Ortiz cantaba algún gol de Ocampos. Mi padre sale poco de casa, pues las piernas ya no son sus amigas. Sin embargo, quiero decir aquí que era él quien me llevaba cuando yo era un niño a la entonces joven Romareda. Íbamos en su vespa blanca y me colocaba a los pies de la portería de la Feria de Muestras para que yo pudiera darle los balones a Oliveros y este sacara los corners. Conforme a lo que hoy se estila, yo pregunto: ¿cabe mayor abrazo al amor?

   Llevo demasiado tiempo viendo lágrimas blancas y azules en los ojos de mis amigos. Tipos duros del roquedal que cogen a la vida por los huevos y se la llevan por delante, pero que lloran como niños cuando sienten que el aliento de su Real Zaragoza del alma es cada vez más tenue y la muerte asoma por la esquina de sus maltrechos corazones. 

   Los niños de siete años en las excursiones cantan aquello de “Alé, Zaragoza, alé, alé” espontáneamente y creen que el Zaragoza es el mejor equipo del mundo. He visto cientos de veces en los últimos años esa mirada perdida, ese gesto roto que trata de avanzar por la espalda de un zaragocismo zarandeado por el infortunio.

   Hoy, maldita sea, he amanecido después de ver cómo anoche grupos de ciudadanos mancillaban mi ciudad ocupando espacios públicos que no les pertenecen, como no les pertenecen a los ejércitos invasores las avenidas de las villas ocupadas. Porque así me sentí ayer. Invadido, ocupado, mancillado. No saben quienes aplauden los éxitos de los forasteros, los que nunca han bebido ni vivido el aroma del cierzo que nos acuna desde que nacemos, que la vida pasa por amar lo propio y respetar lo ajeno, pero nunca por abrirle las puertas al poderoso a cambio de que nos permita dormir a la sombra de su soberbia.

   Hoy es un día muy importante. Es un día crucial que puede significar el ser o no ser de una ciudad, de una identidad, de un futuro más o menos visible. Que nadie se piense que estamos hablando solo de un juego. Zaragoza necesita respirar el aire fresco de unas instituciones deportivas fuertes, sanas, sólidas y con mañana abierto.  Por eso, es imprescindible que el Real Zaragoza se sostenga en 2ª división para comenzar, a partir de mañana, a trabajar en un proyecto solvente. Que no se le olvide a ningún zaragozano, a ningún aragonés.

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La Romareda, blanca dama, basílica azul.


   La Romareda, nuestra vieja y legendaria basílica futbolística, la blanca dama, es estos días motivo de disputa política. Contemplo una vez más una enorme distancia entre lo que la población quiere y los difusos y no siempre clarividentes análisis que realizan nuestros políticos, pero eso ya no me distrae.

Para mí es un templo personal y civil que forma parte de mi vida y de la de decenas de miles de ciudadanos y me aburren los argumentos de algunos que retuercen las palabras hasta oxidarlas y vaciarlas. Allá ellos.  

Hoy traigo a mi blog zaragocista un artículo que escribí en septiembre de 2007 con motivo del 50 aniversario de su inauguración. Es un homenaje, uno más, a mi padre, a mi sangre manchega. Va por él y por cuantos lograron que la vida blanca y azul creciese en nuestros corazones con su ejemplo y sus hechos.

(En su 50 Aniversario)

   La nieve es una extraña amiga que no suele visitar Zaragoza. Aquel 15 de Febrero de 1970 era domingo y el Real Zaragoza se enfrentaba en la Romareda al Atlético de Madrid. Diré que aquel “al-lee-ti” (pronúnciese con cierto deje chulesco y un tanto impertinente) era un gran “al-lee-ti”, pues esa temporada acabaría ganando la Liga en un campeonato que el “zara” terminaría en 8ª posición. Buen partido, pues, el que se disputaba aquel gélido día.

   Esa temporada aún era no abonado infantil, por lo que veía los partidos en Gol de Pie. Cada quince días mi padre me llevaba en su/nuestra vespa desde el Barrio Oliver a La Romareda. Aparcaba su esbelta y siempre dispuesta moto en los alrededores, entonces todavía polvorientos y adornados con estupendas piedras que de vez en cuando salían disparadas y golpeaban el tobillo de algún aficionado peatón, y nos dirigíamos a la puerta más próxima a lo que hoy es el edificio de la CAI. Allí, el portero nos saludaba siempre con una expresión jocosa, “¡Qué, chaval! ¡Hoy a ganar!, ¿eh?” y nos franqueaba el paso a la grada. Bajábamos las gradas y mi padre me dejaba a ras de campo, entre los cartones publicitarios y la valla de piedra, detrás de la portería a mano izquierda.

   Sin ser aún abonado ni existir en esa zona asientos, pues todos los espectadores éramos de pie, se puede decir que los aficionados de ese sector éramos casi siempre los mismos, por lo que se estableció una relación familiar y, por momento, cálida. Sin embargo, deseo recordar en esta jungla de pasado con palabras a dos personas excepcionales que se convirtieron en protagonistas de Gol de Pie en aquel momento. Se trataba de dos mujeres, madre e hija, que cada domingo ponían toda la pasión de que eran capaces para defender al Real Zaragoza y, sobre todo, rebozar al árbitro y a su madre (siempre la sufrida madre del colegiado) con toda suerte de insultos, despropósitos descalificadores y palabras ofensivas, demostrando poseer un extenso aunque no muy elegante vocabulario. Sólo había un momento en que sus voces eran engullidas por la unanimidad de La Romareda: eso sucedía cuando el clásico “¡Boooordeeee! ¡Boooordeeee!” acumulaba el carácter aragonés con un desprecio tan propio como desterrado de nuestro espíritu zaragocista.

   Pero comenzábamos nuestro homenaje a La Romareda en su 50 cumpleaños hablando de ese magnífico partido entre el Real Zaragoza y el “Atleti de Madrí”. Decía más arriba que ese 15 de Febrero la nieve visitó Zaragoza. O por mejor decir: una tupida y aguerrida agua nieve que, desde luego, no consiguió arredrame ni doblar mi voluntad de asistir al partido. Tengo muy presente el pequeño debate que se suscitó en casa, las explicaciones de mi padre tratando de convencerme para no ir, los temores de mi madre ante una posible “pulmonía” y mi deseo incontestable de participar, un domingo más, de la fiesta del fútbol. Así que bufanda, pasamontañas, guantes, moto, cuesta del barrio “p’abajo”, Vía Hispanidad interminable y llegada a La Romareda. El partido, diré, ya había empezado, pero ahí estaba nuestro portero, el mismo, el de todos los partidos, encogido, arrugado, aterido, menguado en sus escalofríos…y atónito ante mi presencia.

   – ¡Pero hombre! ¿Cómo se le ocurre traer al chico hoy, con la que está cayendo?

   Mi padre, haciendo gala de una soterrada pero para mí muy familiar sorna manchega, debía tener la respuesta muy preparada, porque fue rápido y firme al decir:

   – ¡Calle, calle, que con lo que me he oído de la mujer ya tengo bastante!

   Cientos, miles de golpecitos de mis pies al cemento del suelo me acompañaron aquel día como única forma de combatir el frío, pero nada importó, pues al gol de Ocampos en el mintuo 14 y a la victoria (1-0) obtenida por el Zaragoza ante el equipo que ganaría aquella Liga había de sumar los tres balones que devolví a los jugadores cuando salían fuera o la satisfacción de verle de cerca la cara a Oliveros o al mismo Luis (entonces ni era Sabio de Hortaleza ni daba cortes de mangas a sus jugadores). Por el contrario, para mi memoria, tu presente y nuestro mañana, aquel partido lo tengo guardado en los cajones de mi corazón, como otros muchos que después viviría en la hoy vetusta y achacosa Romareda. Sea este mi homenaje a ella y a cuantos hombres y mujeres la han acariciado, perfumado, arrullado y musicado en honor siempre de ese latido eterno que es el Real Zaragoza.

Zapater, el horizonte cotidiano


(Este artículo lo escribí y fue publicado en Diario EQUIPO el 26 de Febrero de 2009. Hoy, siete años después, lo traigo a mi blog zaragocista como homenaje a una afición que ve en el jugador ejeano un símbolo que nos da la vida.)

   Zapater02Nino Arrúa era bajo, moreno y audaz. Su nariz, capricho de dioses guaranís, se adelantaba al viento y golpeaba la red del contrario con la voracidad propia del hambre del que huyó. Su júbilo lo mostraba con sus dos brazos abiertos y los puños cerrados, como si su triunfo fuese a atrapar la gloria en sus dos manos pequeñas, y emprendía siempre una carrera que le alejaba de los amigos que le perseguían para abrazarle. Nunca lo conseguían.

   Aquella mañana de domingo Arrúa cruzó, señorial, el umbral del Campo de La Camisera. Hacía frío, el cielo era gris y su abrigo loden de paño marrón cubría su cuerpo, ya he dicho que moreno. Su pelo era negro y seco y brillaba casi tanto como los ojos de los niños que nos acurrucamos bajo su estampa. Firmó autógrafos, habló con todos y siguió con una mirada fija y recta las jugadas de los futbolistas del Oliver. No perdió detalle. Aquel día volví a casa y le dije a mi padre que había estado con Arrúa y le enseñé la mano que me estrechó y le mostré la firma con su nombre. Y quise ser el diez, como años antes soñé con el diez de Villa, el Magnífico. El diez, siempre el diez.

   Hoy, casi cuarenta años después, Arrúa sigue siendo una imagen presente pero la Historia parece que nos quiere dejar de lado. Hoy son otros los protagonistas, otros los guerreros que palpitan sobre el escudo del león y a ellos les quiero hablar.

   Le quiero hablar a Zapater, nuestro Alberto. Él es futbolista porque el cielo que cobija su corazón se lo ordenó. Es un muchacho crudo, extraído de los muchos surcos que se adormecen en las llanuras de las Cinco Villas, cuyas piernas poderosas y curvas como un meandro lánguido pronto despertaron el interés de otro aragonés que buscaba un heredero a su propia historia. Víctor Muñoz fue quien señaló al juvenil y le encomendó la misión de ser estandarte fornido, luchador inagotado, campeón en justas despiadadas.

   Quiero hablarle porque sé que su fervoroso zaragocismo le lleva a mal dormir y a sentir el galope del fracaso como si fuera sólo suyo. Alberto, que cuando recibió el rayo olímpico del mister le miró con el gesto fiero y contundente, confirmó un pacto: juró a los vientos cereales que aquel condado deseado por el enemigo sería siempre, mientras sus pulmones pudiesen, el más inexpugnable de los territorios. Elaboró un recorrido pedregoso para transitarlo y logró crecer como el gigante que es, en sabiduría futbolística y en carácter de líder. Surgieron los mercaderes en media Europa y sus cantos áureos, plagados de monedas y oropeles, rozaron su vanidad. Él los rechazó, como una doncella altiva y segura del amor de su doncel, pero esta Cruzada que se llama Temporada 2008-2009 está siendo el martirio más doloroso que nunca imaginó. Y después de cada derrota, que eso es no vencer, sus lágrimas secas se deslizan por sus mejillas huesudas y polvorientas y se convierten en agua azul y blanca y el león, el que dormita en su pecho, le recuerda una y otra vez que está llamado a ser guía de un club que ya ha visto perder a demasiados caballeros en la batalla del mercado.

   Le vemos sufrir en el campo y fuera de él y esa circunstancia debería ser argumento nunca ignorado para pensar que si hay un mañana zaragocista, debe estar acomodado a su futuro. A él le quiero hablar, para decirle que, tiene razón, que esto del fútbol es una montaña rusa, que hoy pisamos el fango y mañana besamos el sol. Por eso, y porque queremos que sea feliz, le pido que arranque los demonios del césped negro por el que ahora caminamos, que se crea que confiamos en él y en los zaragocistas que batallan cada fin de semana y que sepa que su sudor es como el agua de los ríos Alfeo y Peneo, que limpió de fiemo los establos del rey Augías, el mismo estiércol que ahora tapona la ilusión y la alegría del zaragocismo. Y que confíe en la afición, pues juntos hemos de recorrer el camino de regreso a casa. A Primera.

Milla, Zapater y Cani o la abundancia del futuro.


   Milla02Vamos a empezar. Vamos a darle la bienvenida al presente y a poner algún punto azul sobre esas íes blancas que amamos aunque hace años sea tan difícil encontrar medio gramo de alegría. 

   Hace casi un mes y medio escribí la última crónica de este blog que va camino de la década de vida. Lo titulé “Se nos muere la Verdad” y el primer párrafo rezaba:

   “El zaragocismo vivió ayer la jornada más humillante y dolorosa de su historia reciente y una de las más vergonzantes de sus 84 años de vida. Quienes ayer representaron el escudo del león no son dignos ni de esta afición, ni de esta institución ni de esta ciudad y pasará mucho tiempo antes de que podamos recuperarnos de la catastrófica derrota que ayer nos infringió el Llagostera.”

   Zapater01Eso es lo que pensaba esa tarde miserable y lo que mi corazón me dictaba, pero también diré que el tiempo es un amable amigo que ayuda a apagar fuegos de indignación. Y ese es nuestro caso. Hoy el horizonte zaragocista ha recuperado la sonrisa y puede afrontar el futuro con ilusión y fuerza. La ilusión la han puesto, principalmente, tres hombres: Milla, Zapater y Cani. Los tres, cada uno desde su posición, han conseguido activar la esperanza de un zaragocismo que moría de pena y ahora sonríe porque ve que hay proyecto que apoyar.

   La muerte dio paso a la desolación. De un barco astillado y una tripulación en algunos casos cobarde y sin alma hablamos en su momento y la historia juzgará a quienes ni supieron ni, mucho peor, quisieron morir con honor. Y a aquellos que abandonaron nuestras vidas para subirse a las cuádrigas de otros generales supuestamente victoriosos les decimos que ni hay ni habrá perdón. Y volverán a pisar el sagrado césped de la basílica vistiendo otros uniformes. No esperen desprecio, que no lo merecen, pero tampoco comprensión ante su ignominia. Y no volveré a mencionar los nombres de Guitián, Pedro y Culio. Adiós.

   Cani01Hoy es hoy. Y mañana, al mismo tiempo. La llegada de Milla me produjo una honda calma. Su discurso maduro, equilibrado y fuerte trasladó al zaragocismo un mensaje sólido y clarividente. Después llegó Alberto Zapater. Un chute de fortaleza y pasión muy bien encauzada. Su presentación sirvió para darle al play de la fe y los cinco mil corazones blanquiazules fueron testigos de un resurgir que nos convierten, de un plumazo, en firmes aspirantes a la vida. Por último, la joya de la corona. El diamante muy bien pulido que la historia nos devuelve para darle brillo a un proyecto ganador: Cani. El emblema del buen gusto, de la calidad infinita. El símbolo de una generación que va a volver a degustar la magia de un fútbol que, en realidad, nunca ha abandonado la Romareda.

   Los tres, Milla, Zapater y Cani, son los faros que ha conectado Julià para alumbrar el camino que ahora comenzamos a andar juntos. Un proyecto de altísimo riesgo, que debe afrontar una empresa de titanes. Una temporada durísima, llena de obstáculos, dificultades, minas ocultas y proyectiles visibles, pero una temporada que puede ser la de la definitiva resurrección. De nuestra capacidad para estar unidos y nuestra altura de miras dependerá que el último partido ante el Tenerife sea la Gran Fiesta del Siglo XXI. De nuestra generosidad y amor sin límites a un escudo dependerá que este camino, ahora sí, sea el que nos lleve por fin de vuelta a casa. A Primera.