Mi crónica del partido: Real Zaragoza, 2 – Racing, 1 (El sueño de tantos amores)


   Cuando Ángel Lafita ha estrujado entre sus manos la camiseta blanquilla y ha besado su escudo repetidas veces en medio de un lago de lágrimas largo tiempo acunadas en su corazón, algo se ha roto en el cielo zaragocista. En el fragor de la emoción, cuando el llanto de esperanza inundaba la noche azul, muchos, todos sabíamos que horizontes nuevos tienen que nacer para que este latido sea el anuncio de un futuro distinto, más ancho, mejor construido.

    La pierna derecha del aragonés ha sido el instrumento que ha sellado una victoria no por menos merecida más sufrida. Una victoria que deja el tablero de juego dispuesto para que los guerreros del león cierren de una forma definitiva esta herida que tanto dolor ha supuesto y cuya firma final ya tiene hora. Ha sido un gol de sangre, un gol que había pretendido ver la luz en varias ocasiones que sendos largueros y varias paradas portentosas habían evitado. Por erso, cuando Lafi ha recogido el balón tras error acrobático de Postiga, la hinchada ha sabido que ahí, sí; en ese instante, sí; al cobijo de la Vieja Dama Blanca, de la Basílica del fútbol español, sí.

    El partido tenía un perfil dramático lo mirásemos como lo mirásemos. No sólo por lo que podía ocurrir en él, que no era bueno en el minuto 10 con el gol, siempre de cabeza, de Chrsitian, sino porque nuestro Real Zaragoza se jugaba su futuro en otros tres campos. Y en los tres ocurrían hechos que nos negaban la vida. El Sevilla fallaba un penalty, el Granada vencía al campeón de Liga y el Valencia no acertaba con el gol. Menos mal que Postiga, dos minutos después del gol cántabro, restablecía las tablas y todo volvía a empezar. El guión era muy claro, el relato tenía una línea argumental que se reducía a presionar y atacar y las ocasiones se sucedían anunciando que en cualquier momento llegaría el gol.

    Pero no llegaba. Había aproximaciones, intentos vanos, interés desmedido, pero salvo un chut de Pinter y alguna ocasión torcida de Postiga, poco más ofrecía el equipo de Jiménez, que veía pasar lo sminutos y apagarse la llama de la esperanza.

    Comenzó la segunda parte y durante el primer cuarto de hora el partido entró en una fase lánguida y un tanto fláccida, en la que el Real Zaragoza ofrecía síntomas de agotamiento y el Racing navegaba cómodamente en unas aguas mortecinas en las que se encontraba cómodo y de las que no sabía ni quería salir. La afición que ha acuñado uno de los eslóganes más afortunados de los últimos años comenzaban a notar la presión en el estómago y a sentir un sudor frío en las manos despertó súbitamente cuando Lafi estrelló un magnífico remate en el larguero. Era el minuto 60 y empezaba la última fase y definitiva del partido. En cinco minutos Postiga protagonizó un par de ocasiones y el cansancio comenzó a hacer mella en las piernas de los jugadores.

    El Racing, mientras tanto, de paseo. Sin urgencias ni entusiasmo, lo suyo era dejar pasar los minutos. Se suceden las ocasiones zaragocistas, más por corazón que por razón. Nuevo larguero de Lafita, nueva ocasión de Postiga, nuevos ataques. Y así hasta el minuto 80. En ese momento Postiga trató de rematar de forma acrobática, erró y el balón quedó acomodado cerca del área pequeña. Y allí estaba Angelito para enganchar un chut seco y mortífero que rompió la red de Mario. La explosión de júbilo fue para recordar y guardarla en el imaginario colectivo del zaragocismo. Un gol que puede tener un valor incalculable, un valor histórico. Un gol que llevaba varias jornadas mereciendo el zaragozano. Un gol que nos ha roto la garganta.

    El partido estaba cerrado. Quedaban diez minutos y un poco más y, sin embargo, una vez logrado el 2 – 1 lo más importante ya no estaba sucediendo en la Romareda, sino en Los Cármenes y en el Luis Casanova. Allí el destino se había puesto la camiseta blanca con el escudo de león y se estaban escribiendo sendas páginas de esperanza inesperada minutos antes: el Valencia lograba el gol de la victoria y el Real Madrid remontaba un resultado adverso que abría las aguas de los siete mares para que por los espacios abiertos pudiera discurrir el pueblo elegido, el zaragocismo.

    Y fin. Cuando el árbitro pitó el final y supimos los demás resultados comenzaba la cuenta atrás del viaje que el próximo domingo tiene que llevar hasta Getafe a la marea blanca y azul, el corazón que sustente a un equipo que tiene que escribir una nueva página en la que el heroísmo, seguro, será nuestro más fiel compañero.

 CALIFICACIONES

 Roberto: 5. Sus paradas han sido de nuevo determinantes para evitar los goles cántabros.

 Álvarez: 3. Correoso en defensa y valiente en el despliegue ofensivo.

 Da Silva: 2. Sufre en los balones aéreos pero completa buenas acciones de corte.

 Paredes: 3. En línea positiva, la misma que viene manteniendo en los últimos partidos en los que actúa como central.

 Abraham: 4. Se ha asentado definitivamente como un lateral muy seguro y audaz en el recorrido de la banda.

 Apoño: 4. Buen partido del malagueño, que de nuevo ha dado una lección de organización y manejo de los tiempos.

 Micael: 4. Junto a Apoño conforma la base de la combinación y la salida de balón.

 Pinter: 3. Muy batallador y participativo, en algunos momentos ha pecado de imprecisión.

 Edu Oriol: 4. Sigue en muy buena sintonía con el balón. Se atreve con todo y casi todo le sale bien.

 Lafita: 5. El gol era el premio que le faltaba. Lafita es emblema y símbolo y su versatilidad en el ataque y su completo repertorio de fintas y controles lo convierten en un peligro para el contrario.

 Postiga: 5. Ha trabajado muchísimo y ha dispuesto de varias ocasiones de gol que se ha trabajado con ímpetu e inteligencia.

 Duijmovic: 2. Ha salido por Micael. Ha oxigenado el centro del campo y ha permitido que el balón circulase mejor en un momento de cierto atasco.

 Luis García: 2. Su presencia ha contribuido, en los momentos finales, a cerrar el partido.

 Obradovic. S.C.

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