Mi crónica del partido: Real Zaragoza, 1 – Granada CF, 0 (La luz, que es siempre nuestra compañera)


   El Moncayo es un dios que aún nos ampara. Su viento, el de las almas desgarradas, el de los flequillos vivarachos, el de las ráfagas lascivas, sinuosas como las caderas de la mañana, limpió ayer nuestros corazones de emociones apresadas en las telarañas de la derrota del jueves y aupó a un equipo que aún tiene sangre en el alma y amor que derrochar.

    Si a los cuatro minutos el zarpazo de Daniálvarez hubiera logrado su pretendida herida en el costado zaragocista la noche se habría hecho eterna en una luminosa tarde. Sin embargo, el larguero de Jerusalem impidió que la tragedia llegase antes de tiempo y a los pocos segundos nuestros muchachos cosían una elegante jugada magistralmente culminada por un espigado chaval, por nombre Dujmovic, que entendió perfectamente el pase de Aranda logrando un hermoso gol que provocaba la sonrisa de una afición que, una vez más, aportó energía, pasión y amor incondicional al equipo.

   Dio comienzo entonces una fase en la que el Real Zaragoza trató de organizar una ordenada defensa y aprestar, si se presentaba la ocasión, diagonales contraataques que permitieran cerrar el partido con algún gol de esos a los que poco a poco nos vamos acostumbrando. El Granada, mientras tanto, armó una estrategia ofensiva que no encerró poco a poco, aunque con muy poca intensidad y ninguna aproximación con peligro al área de Roberto. Zucculini y Lafita eran los jugadores más incisivos e incluso el argentino enganchó algún disparo con intención que avisaba de la posibilidad de cerrar un encuentro en el que ambos equipos morían por no morir.

   El Granada se movía con cierta comodidad e incluso se atrevió a encenderle las luces de DEFCON 2 a los aragoneses, que le rogaban con fe inquebrantable a la Virgen del Pilar que aquello terminase, pues las postrimerías de la primera parte estaban convirtiéndose en territorio fértil para lo que podría ser un gol desconsolador. Afortunadamente el árbitro pitó el final y la respiración volvió a la afición.

   La segunda parte comenzó con una energía y una disposición por parte de los nuestros que auguraba noticias en positivo. El mejor jugador del equipo, un muchacho que hasta ahora había contemplado con cierta distancia como su posición era vivir lejos del área contraria, un croata con aire despistado que no nos había enseñado todavía de lo que es capaz cuando le roza el pecho a la defensa contraria, armó varias jugadas de ataque que constituyeron los mejores momentos del equipo local. Sobre todo la que nos hizo vibrar en el minuto 1: robó un balón en la línea de tres cuartos, con potencia se llevó por delante al mundo, dibujó tres slaloms consecutivos ante un desorientado Julio César y su chut se fue de viaje al Centro de la Tierra rozando el palo lateral del portero granaíno. Y pocos minutos después culminó otra buena jugada de Aranda con un chut impreciso fruto de un inoportuno resbalón que evitó lo que podría haber sido el segundo.

   Y se acabó. A partir de ese momento las piernas de varios jugadores se negaron a responder a los impulsos racionales de unos corazones que buscaban con desesperación los caminos del alivio. El Granada se quedó el pelotón, invadió todo el territorio disponible y comenzó a tejer una asfixiante tela de araña de la que nuestros chicos no pudieron salir en ningún momento. Cierto es que no llegaron en ningún momento a preocupar a Roberto, quien, ayer sí, despejó con firmeza y rabia cada balón aéreo que sobrevoló su finca, pero la sensación de agobio se iba haciendo cada vez más agobiante. Obradovic salió por Edu Oriol y Postiga por un roto Aranda. Paredes se dislocó el hombro, la defensa se rompía la vida en cada balón y el cierzo, novio de una ciudad que semana tras semana suspira por un final feliz y azul, se asociaba en cada jugada con nuestros jugadores para evitar la tragedia.

   Fue entonces cuando llegó el momento. Daniálvarez, que ya había tratado de asustar a la parroquia zaragocista con un chut lejano y lateral, se dispuso a lanzar una de las muchas faltas que hasta ese momento había hecho el Real Zaragoza. Una falta contra el viento, contra el destino, contra la vida. Una falta que Roberto defendió con una barrera deshilachada, trémula. Una falta que estuvo a punto de derribar los muros de la patria mía. El balón se estrelló con ira en el palo derecho de la casa de Roberto, que voló desesperado hacia el misil, y el rechace no lo rentó ningún delantero andaluz. El zaragocismo recogió el corazón del suelo, donde palpitaba estupefacto víctima del tremendo susto, y nos apresuramos a elevar nuestras plegarias a una Virgen que, seguro, ayer se arremangó el manto y puso sobre la columna las preces de todo un pueblo que cada día cree con más fuerza que sí se puede.

   Los últimos minutos fueron una sucesión de ocasiones fláccidas que defendimos con uñas, dientes y toda la fiereza que nos permitía nuestra desesperación. Aún le dio tiempo al colegiado a expulsar a Micael tras una jugada que no fue merecedora de tal decisión, pero cuando pitó el final la tierra se abrió y el cielo suspiró aliviado, pensando que si hay razones para mantenernos en Primera esas llevan como nombre “Afición” y como apellido, “Zaragocista”.

 CALIFICACIONES:    la recuperación en la segunda parte de Sevilla.

 Roberto: 4. Ayer retomó el pulso después de haber iniciado su recuperación en la segunda parte de Sevilla.

 Álvarez: 2. Mucho más acertado que el partido anterior. Estuvo fuerte y convencido.

 Da Silva: 1. Tiene tantísimo interés que sus errores mueven a ternura.

 Paredes: 3. Está consiguiendo recuperar su credibilidad como defensa en un puesto para el que no fue fichado. El brazalete le da fuerzas.

 Abraham: 3. Muy activo y con gran fe en sí mismo. Tiene fuerzas incluso para salir con el balón jugado.

 Micael: 3. Ayer demostró que además de calidad tiene ganas y fuerza para competir con la intensidad que ahora necesitamos. Injustamente expulsado.

 Duijmovic: 4. El mejor. Su posición adelantada le hizo ganar enteros y se vio a un jugador muy involucrado en la fe atacante. Precioso gol el suyo.

 Zucculini: 3. Intenso y omnipresente en defensa, sus chuts son débiles y mal dirigidos, pero acaba las jugadas, un valor muy deseable.

 Lafita: 4. Lucha lo indecible y sube y baja con una intensidad que la hinchada agradece. Además, cuando encara siempre pueden pasar cosas.

 Edu Oriol: 2. Fue de más a menos. Perdió presencia y fue sustituido, pero la primera media hora aportó equilibrio táctico.

 Aranda: 3. Fija muy bien a la defensa contraria y sus pases fueron ayer dinamita. El primer gol vino de un excelente desborde por la banda derecha.

 Obradovic: 1. Salió con muchas ganas, pero participó muy poco por el perfil que había adquirido el partido.

 Postiga: 1. Frío y poco activo. Sustituyó a un agotado Aranda en un momento muy complicado y optó por apoyar suavemente en tareas defensivas.

 Lanzaro: 2. Entró en lugar de un herido Paredes y cumplió perfectamente su papel.

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