Mi crónica del partido: Sevilla FC, 3 – Real Zaragoza, 0 (Has destrozado mi paraíso)


   ¿Qué decir? ¿Qué escribir? ¿Cómo capturar el cielo en una noche estéril, otra más? ¿A quién hablarle de soplo de vida cuando la muerte se instala en tu hogar fracturado por tanta inanición? ¿Dónde hallar el más mínimo signo de esperanza tras lo ocurrido ayer? ¡No sé dónde diablos voy a encontrar las palabras necesarias para describir semejante desastre!

    La jornada de ayer quedará en nuestros calendarios rotos como una fecha amante de la herida mortal. La victoria del Villarreal en el último segundo del partido hacía saltar por los aires la posibilidad de lograr un salto gigante en la lucha por la salvación y a uno le pareció, desde el primer toque, que nuestros muchachos lo sabían y le rendían pleitesía a la tragedia. Era demasiado evidente que el equipo saltó al campo inerme, falto de pulso y rendido. La desgracia tenía cita con el Real Zaragoza y mientras Obradovic se lesionaba en el calentamiento un poema negro abrió el libro de la ineptitud con el dibujo de una defensa que habría de protagonizar un partido endeble, famélico, insultante y catastrófico. No sabemos muy bien qué buscaba Jiménez con semejante alineación, pero a los diez minutos ya íbamos perdiendo por un gol a causa de una muy deficiente defensa de un córner, algo ya demasiado habitual en el Real Zaragoza de esta temporada. Los defensas se arman un taco cada vez que el balón vuela sobre sus cabezas y Roberto no acaba de gestionar bien esos balones con un exceso de rigidez y un apreciable amor a la línea de gol.

    Si digo que segundos antes de que el Sevilla lanzase el saque de esquina ya me temí lo peor puede parecer presumido, pero es que fue ver el torpe movimiento defensivo de Mateos y echarme a temblar. Y ¡zas!, gol. Y lo peor de todo: ¡qué tristeza había en las miradas de los chicos! Se asomaba por la esquina un partido para perdedores y así iba a ser. Nuestros jugadores se arrastraban por el césped, no había chispa en ninguna jugada, la defensa naufragaba a cada combinación local y hasta Roberto se mostraba infantil. Y así llegó el segundo gol. Pintér, el chico húngaro que últimamente estaba jugando bien y crecía partido tras partido, perdió blandamente un balón en la línea medular y el contraataque fue resuelto sin piedad por Negredo. Dos a cero y aquello cada vez daba más pena. Para más desgracia, Apoño desperdició una clarísima posibilidad de acortar distancias cuando se quedó solo ante Palop después de una mala entrega de la defensa sevillista y chutó torpemente. Y para rematar el cúmulo de penalidades, a los pocos minutos se lesionó.

    ¿Había terminado de hundirse el Titanic? Pues no, queridos. Aún quedaban unos cuantos miles de litros de agua por recorrer los pasillos de la sentina de nuestro paquebote y llegaron en forma de fláccido cabezazo de Negredo, tras centro propiciado por un deplorable despeje de Mateos, y de inexplicable error del siempre magnífico Roberto. Tres a cero. Dramático panorama el que se instaló en el zaragocismo que no podía creer lo que estaba viendo y sufriendo y que percibía cómo, de nuevo, volvía el Real Zaragoza de las peores tardes de Aguirre, el de la falta de competitividad, el de la ausencia de garra, el de la abandonada rasmia. Y lo que es aún peor: el equipo había dimitido de vivir.

    En la segunda parte Jiménez, que ayer vio cómo su equipo era destrozado en apenas cuarenta y cinco minutos desde el palco debido a la sanción por expulsión la jornada anterior, aportó el cambio de Edu Oriol por Pinter, pero aquello fue un lío. Comenzaron a intercambiar posiciones los muchachos y en ningún momento dieron sensación de peligro. Alguna aproximación, sí, pero cada una era contestada con tres locales, casi siempre lideradas por una Navas que ayer se dio un festín a costa de Álvarez, en cuyos sueños seguro que aparece el sevillano, y cuando esté despierto también. Eso sí, este segundo tiempo sirvió para que Roberto se redimiera con varias paradas de grandísimo mérito, recuperando el crédito perdido en la primera mitad. Un chut de Postiga al palo y alguna que otra aproximación de Lafita fueron lo único que ofrecimos al mundo del fútbol, y así es realmente difícil competir con garantías. Y lo más preocupante es que el estado de ánimo que exhibió el grupo aventura momentos de penuria emocional. Mucho y bien tendrá que trabajar Jiménez para recuperar el pulso y reactivar el ánimo del equipo, sobre todo sabiendo que ahora sí que ya no queda ni medio palmo de luz que alumbre el sendero que hemos abandonado.

 CALIFICACIONES

 Roberto: 3. El grave error en el segundo gol, y ya lo siento, evita que pueda ser calibrada su actuación con mejor nota. Y eso que en la segunda parte deslumbró al Sánchez Pizjuán con varias paradas extraordinarias.

 Lanzaro: 1. ¡Qué mal partido el de Maurizio! Su banda propició jugadas que hicieron mucho daño al equipo.

 Mateos: 0. Horrible actuación de Mateos. En ningún momento supo dónde estaba ni para qué lo había puesto allí Jiménez. En los tres goles (no) participó.

 Paredes: 1. Ayer sí que lo intentó pero su pundonor acabó siendo devorado por la ineptitud de sus camaradas.

 Álvarez: 0. Navas le miró una vez a la cara, le indicó el camino al abismo y en él cayó para no asomar nunca más.

 Apoño: 0. El poco rato que estuvo no estuvo. ¡Y falló un gol…!

 Pinter: 0. Mal partido del magiar. Desorientado, desquiciado, desesperado.

 Micael: 1. Muy nervioso y trabado en su juego. No acertó a encontrar líneas de pase interesantes ni una conducción del tempo del partido adecuada.

 Luis García: 0. Inexistente el asturiano. Tan insignificante fue su aportación que acabó haciendo faltas que rozaron la expulsión.

 Lafita: 1. Muy voluntarioso pero muy desasistido. Aun así intentó el gol con sus desbordes y chuts a puerta.

 Postiga: 2. Participó mucho en el juego pero siempre en territorios insustanciales. Sus remates ayudaron a alimentar cierta ilusión por el gol, pero le faltó acierto.

 Zucculini: 1. Su salida coincidió con una cierta recuperación de la solidez en el segundo tiempo.

 Edu Oriol: 0. No, no fue muy afortunada su intervención en el partido. No consiguió desbordar ni encontrar un sitio confortable en el campo. Su desgana en algunos momentos, llamativa.

 Aranda: 0 Salió a falta de 20 minutos, pero no tocó prácticamente el balón.

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