Mi crónica del partido: Málaga, 5 – Real Zaragoza, 1 (Y de las sombras sales tú)


Cuando mis manos sean lentas y mi mirada apenas sea capaz de distinguir la línea del horizonte espero poder encontrar las palabras necesarias para escribir el relato de una época en la que nuestro Real Zaragoza zarandeó su historia armado de cobardes argumentos y miserables razones. Esa época, ayer, es el más horrible de los momentos que ningún cronista puede dibujar en un pergamino huérfano, pero pongo a Dios por testigo que este cuerpo azul, esta alma blanca, volverá a palpitar su gloria en los campos para honor de sus héroes y escarnio de cuantos villanos desean nuestra muerte.

El partido de ayer que enfrentó al Real Zaragoza y el Málaga fue un monumento a la vergüenza, un homenaje a la ignominia, una bofetada a un zaragocismo descuartizado por la pena y el dolor que ya es, de forma definitiva, nuestro compañero de viaje hasta mediados de mayo. Pero podría haber sido un encuentro favorable si la liga empezase ahora, pues Jiménez sí sabe qué hacer con estos muchachos. Si no tuviesen esa pesada losa que da estar hundido en el pozo, si comenzase ahora la carrera por la vida en igualdad de condiciones el entrenador andaluz ya ha demostrado que es un muy buen entrenador. Sabe cómo organizar ele quipo, sabe transmitir sus ideas, sabe acomodar nuestras virtudes para ocultar nuestros defectos. Pero hay una cosa que no ha logrado, que no sabe hacer: liberar al equipo del pánico a perder, pues cuando el balón entra en nuestra red comienza la muerte.

Nos ha pasado siempre y así ocurrió ayer también. Con el 0 – 1 en el marcador el Real Zaragoza había hecho un partido limpio, claro, director. Había conjugado muy bien sus posibilidades, había rentabilizado sus escasos y modestos recursos para lograr un pequeño tapón en esa enorme vía de agua que supone ser colista a un mundo de la vida y una leve sonrisa de media comisura dibujaba nuestra esperanza. Sin embargo, todos, y digo “todos” (jugadores, entrenador, medios y afición) sabíamos que si el Málaga convertía el fragilísimo castillo que sosteníamos con el gol de Aranda se vendría abajo. Y ocurrió. Y todo se derrumbó.

Sebastián recogió un maldito centro tras falta a Micael y remató inapelablemente. A falta de cinco segundos. A falta de irnos encantados de la vida al descanso pensando que podíamos afrontar la segunda parte con ilusión y posibilidades todo murió. Y se vio en seguida, nada más comenzar los segundos cuarenta y cinco minutos. El Málaga sabía que el Real Zaragoza estaba tocado y apretó el acelerador. Si en una de esta conseguían un gol, ya estaba. Le sería imposible a los forasteros remontar y esa verdad absoluta, que ya conocen hasta los escolares de Ed. Infantil de medio Aragón, se podría comprobar si metían el segundo. Pellegrini, además, apostó fuerte y sacó a Joaquín y a Demichelis para darle una vueltecita de tuerca al ataque boquerón. La jugada le salió perfecta. Además, no hizo falta ni meter gol, pues la fortuna estaba de su lado y un centro flojito lo desvió Da Silva a la red de Roberto, que no se lo podía creer.

¿Saben aquello de los galos, de su miedo a que el cielo se desplomase sobre sus cascos? Pues me río de sus temores. Si quieren saber lo que de verdad es eso que se pasen por la cabeza de un zaragocista y podrán sentir lo que es de verdad el horror al vacío. Y a ese mismo vació cayó el equipo. Se hundió, no hubo tierra suficiente para sepultar el m,ínimo pulso que le quedaba y ahí el Málaga hizo sangre. Hasta cinco goles señaló el marcador al final dell partido, pero no es exagerar si escribimos que podía no haber habido limite a la goleada.

No sé cómo acabar. Llevo escritas más de doscientas crónicas de partidos jugados por nuestro Real Zaragoza en los últimos cinco años, y lo cierto es que he perdido casi todas mis fuerzas en el camino. No me empuja a escribir ni un sueldo ni el reconocimiento; tan solo el amor a un equipo que forma parte de mi vida y la de los míos. A un equipo, un club, por cierto, que yace muerto en la cuneta de la desvergüenza de un gestor, el Sr. Iglesias, que ya ha escrito los renglones más torcidos de la historia reciente de la sociedad aragonesa, y de otros muchos responsables que esconden su irresponsabilidad bajo silencios cobardes y tras siglas coloreadas por el silencio. No tengo fuerzas, digo, pero sí quiero decirle a Jiménez que si está avergonzado le damos la bienvenida al Club del Dolor, ese del que formamos parte varios cientos de miles de zaragocistas que ya hace tiempo que lloramos lágrimas de piedra seca. Que la Virgen del Pilar nos otorgue la fuerza necesaria para respirar bajo tierra.

CALIFICACIONES

Roberto: 4. Se acaban los adjetivos.

Álvarez: 1. Buena primera parte. En la segunda, se esfumó.

Da Silva: 0. Cuánta lentitud, cuánta inexactitud.

Lanzaro: 1. Bien en la primera parte. Después, la nada.

Obradovic: 0 Horrendo partido. El primer gol es todo suyo.

Pinter: 1. Sin ser una joya, la primera parte le dio equilibrio al centro del campo. Luego, el abismo.

Micael: 0. No estuvo, aunque se le esperó.

Edu Oriol: 2. Sin duda fue el jugador más interesante de la primera parte. En la segunda se fundió.

Lafita: 1. Quiere tanto y puede tan poco…

Abraham: 1. Fue un buen aporte de oxígeno, pero también cayó como un alberge maduro.

Aranda: 2. Su carácter, su voluntad y su acierto en el gol le otorgan el aprobado.

Juan Carlos: 0. Rien de rien.

Helder Postiga: 0. No tocó el balón.

Luis García: 0. Mal y además protagonizó una pifia que valió un gol.

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Un comentario sobre “Mi crónica del partido: Málaga, 5 – Real Zaragoza, 1 (Y de las sombras sales tú)

  1. Espero con ganas la alineación de Jiménez para este fin de semana.

    Creo que, si es coherente, debe ser valiente y apostar por la gente que realmente merezca jugar, y si tiene que dejar en el banquillo y/o en la grada a algunos, lo haga.

    Me resisto a mirar a la temporada que viene en segunda, porque no se puede planificar nada con los actuales dirigentes… y porque todavía hay puntos “suficientes” en juego, pero la verdad es que…

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