Mi crónica del partido: Real Zaragoza, 1 – Rayo Vallecano, 2 (Entierro de Segunda)


   Este Real Zaragoza ya no respira. Han sido muchos los boca-a-boca que se le han aplicado, a veces por expertos, las más de las veces por inadecuados reanimadores que ya no saben dónde encontrarle el pulso a un equipo inánime, exangüe, aniquilado por la Historia que ha escrito un personaje cuya pluma sólo puede introducirse en tinteros de sangre negra. Ayer asistimos al último latido de un corazón despedazado por la ignominia de unos dirigentes políticos que le han encontrado el gusto al gatillo de las conspiraciones y de unos gestores deportivos que no se avergüenzan ni de su vergüenza. Ayer, el rayo que no cesa, en forma de grupo amanerado pero capaz, eso sí, de pespuntar tres pases seguidos y rematarle a la luna el primer balón que por allí pasa, nos recordó el verso de Miguel Hernández para dolor y oprobio de todo un pueblo: “¿A dónde iré que no vaya mi perdición a buscar?”

 El partido, el último partido que habrá jugado el Real Zaragoza con un hálito de esperanza en sus masticados músculos, comenzó terso y valiente. Jiménez planteó un choque en el que la vida estaba en la delantera y la muerte en el resto del campo. Aranda y Postiga debían fijarle los huesos al Rayo Vallecano y los demás tendrían por orden única y obligada limpiarle las telarañas a la defensa contraria. Y salió bien durante diez minutos. El andaluz, lento y seco como una tarde de la estepa turolense, aún consiguió enhebrar un centro tras jugada lateral que remató Postiga de cabeza provocando un “huy” en la grada, gélida y escasa. Pocos minutos después, el propio Postiga trató de sorprender a Joel con un fdisparo largo, estirado, que sujetó sin problemas el ex del Atleti, pero bueno, servía para decirle al mundo que estábamos allí para algo. Para seguir viviendo, por ejemplo.

   Sin embargo, algo pasó a partir del minuto diez. El grupo se deshilachó y lo que parecía iba a ser un match competido y nervudo se convirtió en un monólogo soso, pero monólogo, del Rayo. Cogió la pelota, comenzó a moverla por cada centímetro cuadrado del césped de la vieja Romareda y la noche se hizo de hojalata para los nuestros. Micael, Apoño y Luis García, que suponíamos debían ser los que sujetasen los hilos de aquella propuesta que nos había anunciado Jiménez se hicieron un lío con su propia indisposición y se borraron del mundo. Ni una pelota en condiciones, ni un cortocircuito en la línea de pases madrileña, ni una disposición inteligente sobre el terreno. Nada y vacío.

   El partido estaba para la derrota cuando un centro de Apoño, en medio del marasmo provocado por la justa y necesaria pitada contra Agapito Iglesias, encontró un excepcional remate de Postiga que nos recordó aquel golazo a la Real Sociedad que supuso la segunda y última victoria lograda por los nuestros. Hace de ello casi cuatro meses. Fue un extraordinario tanto que abría las puertas a la esperanza, aunque el juego del Real Zaragoza seguía siendo estéril en el planteamiento y hueco en la resolución.

   El centro del campo seguía siendo inoperante y la defensa mostraba más dudas de las necesarias. Ya no se parecía a esa línea mínimamente solvente que nos había mostrado ciertas señas de corrección en los últimos encuentros. Lanzaro se ensañaba con él mismo, Da Silva cada día es más oscuro en sus acciones, Paredes comienza a sentir el peso del brazalete y Obradovic estaba inconcreto en las coberturas e inexacto en sus cabalgadas por la banda, aunque, eso sí, estuvo a punto de cerrar alguna jugada que habría supuesto un dos a cero inmerecido pero vital para nuestros intereses.

   La segunda parte amaneció como un anochecer. El mundo al revés. Quien tendría que haber ido a por el partido se escondió en su cueva y permitió que se le comiera el pan el contrario. O no supo jugar al fútbol, algo por otra parte que ya hemos aprendido los aficionados que es así. No había ningún jugador vistiendo la camiseta blanca con alma y la victoria estaba en peligro. Se veía en peligro. Jiménez había ordenado a Lafita salir al campo en lugar de un apagado Micael. Un inepto Micael. Fue un cambio buscando la rasmia y la velocidad de Lafi, pero el cambio bueno lo hizo Sandoval cuando puso en el campo a Diego Costa, que se convirtió en el verdugo de los aragoneses.

   Sus compañeros le buscaron desde el primer momento y él, voraz e insaciable, encontró un magnífico centro de Casado y utilizó su frente para colocar el balón muy lejos de las manoplas de Roberto. El brasileño ya había mostrado sus colmillos y había aportado desde el primer minuto una verticalidad y un hambre que para sí quisiéramos nosotros y no le faltó tiempo para completar el ataque vallecano con su estupendo testarazo.

   Un par minutos después Lafita contó con una buena ocasión, pero su disparo, flojo y bondadoso, fue bien detenido por Joel. El equipo comenzó a dar muestras de encefalograma plano y era cuestión de minutos que llegase el segundo gol de los de Sandoval. Nuestro lateral derecho era una autopista y por ahí llegó el segundo. Nuevo centro y nuevo certero remate, ahora de Michu. Gol y al cadalso.

   El mazazo fue brutal. La Romareda enmudeció. La guadaña acababa de segar el cuello del condenado. La muerte, ambiciosa y cruel, cubrió con su sanguinario manto la noche zaragozana y ni una sola mirada pudo encontrarse aquel niño de la bufanda con el escudo del león que contemplaba atónito cómo el zaragocismo recogía el último suspiro de un equipo construido para el abismo. A él hemos caído y sólo la Virgen del Pilar sabe cuándo volveremos a respirar el aire azul que tantas veces nos dio la vida.

CALIFICACIONES:

Roberto: 2. Se ha difuminado como un azucarillo. Le ha podido la presión y su autoridad se ha esfumado. Asun así, ninguna responsabilidad en los goles.

Lanzaro: 1. Descuidado en las marcas y torpe en el corte. Ayer fue una sombra del jugador serio y tácticamente impecable de oytras veces.

Da Silva: 1. Es un central inhábil para ejercer la autoridad que se le supone. Tuvo que salir al corte en el primer gol, claramente desubicado.

Paredes: 1. No es central y cada vez es menos defensa.

Obradovic: 1. Defensivamente se perdió en la jungla de su nerviosismo. Protagonizó alguna subida interesante, pero poco más.

Micael: 0. El portugués no supo en ningún momento a qué tenía que jugar. Ni un balón interesante salió de sus botas, ni un pase intencionado.

Apoño: 1. Más invisible que otros partidos, fue el autor del centro del gol. Muy desorientado, no encontró el ritmo ni el paisaje en el que acomodar su calidad.

Luis García: 0. Ya no sabe qué hacer. Ni acierta en el pase, ni centra adecuadamente ni ocupa el espacio que tanto le gusta, detrás del delantero centro.

Aranda: 2. Fue un delantero que fijó a la defensa contraria, y eso, en este equipo, es mucho. Sus centros nos recordaron a los zaragocistas que se puede hacer daño por la banda. Se lesionó y fue una mala noticia.

Postiga: 2. Su gol le da el aprobado y su intención fue en todo momento ajustar su pie al gol. No tuvo suerte.

Lafita: 1. Tuvo una buena ocasión de gol, pero está muy lejos de un estado de forma físico y mental adecuado.

Mateos: 0. No aportó nada a lo que había propuesto Duijmovic en un trabajo para el que lo quiere Jiménez, por delante de la defensa, pero que dudo pueda realizar.

Juan Carlos: 0. Salió cuando ya todo estaba perdido y él acabó por perderse del todo.mI

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Acerca de Juan Antonio Pérez Bello

Vivo en Zaragoza (Spain) y trabajo en el Colegio Bilingüe "Catalina de Aragón". De 1996 a 2001 fui Jefe de Estudios y de 2001 a 2012 fui Director del Colegio Bilingüe "El Justicia de Aragón", de Alcorisa (Teruel-Spain), donde implantamos el Currículo Integrado MEC-British Council en 2005. El vídeo en la escuela ha sido fiel compañero durante toda mi vida profesional (http://canalpispotero.blogspot.com y http://canalcatalina.blogspot.com). Desde septiembre de 2014 soy coordinador didáctico del Programa "Aprendiendo a Emprender con Ibercaja". Autor de las fichas de recursos para el profesorado "Aprendiendo a emprender con Ibercaja".
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