Mi crónica del partido: Athletic, 2 – Real Zaragoza, 1 (¿Hasta cuándo, desventura?)


¿Qué escribir de un partido que en sus siete primeros minutos ya ha vivido tres “mano a mano”, siempre a favor del mismo equipo? ¿Qué escribir de un partido que nos ofrece un vendaval de ganas, calidad, intensidad y talento, en todo momento, eso sí, originado por el mismo equipo? ¿Qué escribir de un partido en el que los jugadores, siempre del mismo equipo, olfatean desesperados en busca de un aroma de vida mientras los otros jugadores, siempre del mismo equipo, recogen las velas porque el viento a su favor es tan poderoso que amenaza con llegar al Nuevo Mundo antes siquiera de que éste exista? Tres preguntas muertas que jamás encontrarán respuesta en este infierno al que el zaragocismo ha sido arrojado por la ineptitud de unos gestores, unos técnicos y unos jugadores que han mimado este fuego mortífero en el que nos estamos consumiendo desde hace demasiado tiempo.

Los frágiles y escuálidos muros de la fortaleza aragonesa cayeron en apenas unos segundos como un castillo de naipes hecho por un niño de cinco años ante los embates del equipo vasco, que salió al campo a matar y le otorgó a Roberto las estrellas que este portero se gana partido tras partido al ofrecerle la posibilidad de lucirse en dos jugadas que olían a gol desde el primer pase. Pero como si eso fuese un delito, Juárez, siempre Juárez, le regaló un balón de oro a un estupefacto Susaeta que aprovechó magníficamente para lograr el merecido 1 – 0. Hoguera, debacle, universo desplomado. Los de casa elaboraban, amenazaban, iluminaban la agreste noche con su alegría y su osadía futbolística. Sin embargo, el fútbol, el deporte más injusto que el ser humano ha sido capaz de inventar, le dio al Real Zaragoza un boleto para la resurrección. Una combinación interior permitió a Lafita, ayer segundo delantero, plantarse ante Iraizoz para recibir la falta de Javi Martínez. Penalty y expulsión. La cara de incredulidad de la afición maña dio paso al gol de Ponzio. Era el empate. Era la ventana abierta al campo de la esperanza.

Fueron diez minutos de frotarse los ojos. El Athletic se descompuso un tanto y en esa marejada inesperada nuestros navegantes encontraron un par de olas favorables que les permitieron llegar con cierto peligro a la meta local, pero ni Postiga ni Lanzaro consiguieron el remate salvífico que habría supuesto un segundo gol que permitiese afrontar la segunda parte con garantías de éxito. Por el contrario, nos fuimos al descanso con la sensación de que se había perdido una ocasión de platino de matar el partido.

El regreso nos llevó de nuevo a la negrura de las catacumbas futbolísticas en que se ha instalado este Real Zaragoza, que busca el aire en la orilla pero se olvida de que su oxígeno no está en la propia área. Aguirre, en un nuevo desafortunado ejercicio, sacó a Luis García y desplazó a Lafi al extremo, impidiéndole que se reivindicara donde más y mejores éxitos le ha dado al equipo: por detrás del delantero. Ahí se rompió la cara del equipo. Ahí desapareció la rapidez, el descaro y la poca pólvora que habíamos sido capaces de emplear para atacar las defensas rojiblancas. Y para acabar de morir, la segunda amarilla a Lanzaro por una mano que un futbolista no se puede cortar pero que en un estadio como el bilbaíno, gracias a la presión del público, siempre es castigada con rigor. Y fin.

Porque ahí comenzó el calvario de los nuestros. Encerrados en su castillo sin almenas, con los torreones destrozados, sin víveres y con unas huestes famélicas y malheridas, los cañonazos de los de Bielsa fueron inmisericordes. Ya en el minuto 73 se le anuló un gol a Susaeta por fuera de juego, pero la fruta estaba muy madura y fue Toquero el que apareció en el área pequeña, siempre el área pequeña, para, entre un desordenado bosque de piernas blancas, encontrar el sendero del gol. Minuto 86. El volcán erupcionó. La lava de la decepción emergió con una violencia tal que sepultó a toda una afición, solidificando en segundos la estúpida sonrisa que habíamos dibujado con el gol de Ponzio.

No hay más. No hay nada. Hay quien dice que el Real Zaragoza va camino de Segunda. Disiento. Nada más lejos de la verdad. El equipo no camina hacia Segunda: ya está en Segunda. Y debemos plantearnos el rugoso, afilado y minado camino que debemos recorrer desde hoy hasta Mayo como un desafío que consiste en “subir” a Primera. Pues ni el entrenador está a la altura, ni los jugadores están capacitados ni, por supuesto, la presidencia es digna de ejecutar el mandato de una Historia gloriosa y conquistada a golpe de esfuerzo común que nos contempla estupefacta y nos pide vivir. Tan sólo la afición, depositaria de la esencia del Real Zaragoza, puede conseguir rescatar la vida del fango del campo quemado después de la batalla. Lo demás, los demás, tienen que irse. O le hacemos un ERE a la miseria o pronto, en lugar del himno, en la Romareda sólo se oirá el silbido del viento en el desierto

CALIFICACIONES:

Roberto: 5. Dos extraordinarias paradas en el minuto 4 ya me hicieron pensar en el “5”. Incluso en el “6”, que no existe como puntuación. Ahora, sólo puedo decir que me hace mucho duelo que este chico tenga que vivir semejante calvario.

Juárez: 0. ¿Por qué tengo que esforzarme en buscar palabras para comentar su actuación? Cero multiplicado por cero.

Lanzaro: 1. Le valoramos su esfuerzo, pero esto es la Primera División española.

Pinter: 1. Me lo imagino preguntándose las razones por las que le piden que haga lo que nadie le ha enseñado a hacer.

Paredes: 1. Si una moneda tuviese seis superficies, nos daría una cara y cinco cruces.

A. Tomás: 1. “Run, Forrest, run”.

Ponzio: 1. Leo ya no puede más. Está en medio del mar, las olas alcanzan alturas de tres metros, su tabla está rota en mil pedazos y a su lado los tiburones merodean exhibiendo sus sanguinarias fauces.

Edu Oriol: 0. Esto no es Alcorcón y de ello se dio cuenta en el minuto “1” de partido. Aún debe estar buscando en el césped el lugar en el que ubicarse.

Lafita: 2. Cuando jugó de segundo delantero “Lafi” disfruta, encara, se atreve, prueba y hasta lo consigue, como en la jugada del penalty, pero es evidente que Aguirre no lo ve así. Cuando lo desplazó a la banda, desapareció.

Juan Carlos: 0. Ayer ni él se creyó el papel que tenía que jugar. No hizo nada bien y, además, no se le vio tan atrevido como en otras ocasiones. ¿Tuvo miedo?

Postiga: 2. Como segundo delantero, o al menos cuando está acompañado, ofrece muchas más prestaciones que cuando recorre el campo de punta a punta él “solico”. Ayer, en la primera parte, estuvo cerca del gol.

Luis García: 0. Si Aguirre le pidió que aportara watios al ataque, no lo supo hacer. Si no fue eso, no entiendo cuál era su misión.

Abraham: 0. Res de res, amic. Salió cuando Lanzaro fuer expulsado para que Paredes pasase al centro de la defensa, pero no fue ni solución ni problema.

Zucculini: S.C.

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