Mi crónica del partido: Real Zaragoza, 0 – Real Mallorca, 1 (La anemia de los cobardes


   Recuerdo muy bien los primeros partidos en la Romareda. Eran días de vino y rosas. El césped lo surcaban jugadores que hoy son leyenda y en sus gradas la afición subrayaba su pasión con voces azules que empujaban a los jugadores del real Zaragoza o les sacaban los colores, según merecieran aplauso o silbido.

Ya lo he contado en más de una ocasión, pero desde mi sitio de Gol de Pie, a ras de césped, en más de una ocasión le entregué el balón a aquel extremo pelirrojo y de crines rizadas que se llamaba Oliveros para que sacara los córners y los pudiera rematar aquel espigado suspiro paraguayo de nombre Felipe, de apellido Ocampos.

Inicio así este relato para que el lector tenga la exacta imagen de este autor triste y abatido que hoy no tiene otro camino que escribir con dolor y rabia que el partido de esta tarde ha sido el más horrendo que jamás haya podido contemplar, después de llevar cuarenta y un años viendo partidos del Real Zaragoza. Y no sólo por la escasa vida que latía bajo el pecho de nuestros jugadores, sino porque la Muerte ha depositado en el rostro de la Romareda, nuestra Vieja Dama Blanca, un mensaje de desolación y miseria.

No es tiempo de analizar el partido en términos futbolísticos. Escribir sobre la vergüenza es doloroso, pero si esa vergüenza te la producen los tuyos el dolor es doble. No hay ni un sólo argumento futbolístico digno de ser analizado, porque lo que hoy hemos sufrido en la Romareda ha sido un ejercicio de agonía tribal. Once destartalados jugadores correteando por el cmpo, tropezando, perdiendo balones, entregando el cuero al contrario, enseñando al enemigo dónde están las puertas abiertas de la fortaleza. Y en la grada y en las peñas y en las casas una afición atónita, paralizada, estupefacta.

   Ha valido un gol, un único gol, un gol de opereta para matar el partido. Gol. Fin.

   No hay más que escribir. Sólo ridículo, vergüenza otra vez y restos de inocentes en el cadalso.

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