Mi crónica del partido: FC Barcelona, 4 – Real Zaragoza, 0 (Y vivimos, como un horizonte asolado)


   El Nou Camp es un paisaje lleno de lacerantes alambradas y desgarradoras minas que encienden las noches con los gritos de sus víctimas. No hay ejército capaz de presentar batalla a sus dueños ni estandarte que pueda mantenerse enarbolado después del combate. El Nou Camp, digo, es el escenario en el que sucumben orgullosas escuadras y harapientos comandos. Ahí muere la vida.

Anoche el Real Zaragoza lució los históricos colores avispas, los que vistieron a aquellos viriles jugadores que domingo tras domingo llenaban las gradas de Torrero para ofrecer a los zaragozanos esfuerzo y vigor. Lo que no sabemos es si nuestros muchachos ayer habían cosido en su pecho el escudo del león o el reflejo de una historia olvidada y para muchos acabada, pues su brío se apagó a los pocos minutos de comenzar el choque cuando una mala marca de Mateos permitió que Piqué rematase a placer una falta botada por Xavi.

Pero ¿había sido la primera perla propuesta por un equipo, el blaugrana, a medio gas? No. Desde el primer segundo las llamas del infierno han abrasado las espaldas de nuestra defensa, horrible defensa, y han permitido que Roberto añada varias décimas a su ya altísima cotización. Aquello se presumía como un doloroso vía crucis que sabíamos cómo había empezado y nos temíamos cómo podía acabar. Y así fue. En todo el primer tiempo el equipo de casa dominó, pertinaz como la sequía, el choque y rozó el 80 % de propiedad del balón. En medio, posesiones avispas de dos o tres segundo, pérdidas infantiles ante la insultante superioridad técnica, táctica y física de los locales, una única ocasión zaragocista, en este caso de Postiga, desbaratada por el cuerpo de Piqué y varias intervenciones de mérito del guardameta fuenlabreño que evitaron la goleada en esta primera parte. Eso sí, como no es correcto que el equipo de Guardiola vea el uno en su casillero por mucho tiempo, el fatigado Messi recibió un magistral pase de Cesc y descubrió que el mar es más ancho cuando quien lo gobierna es la defensa aragonesa, así que agradeció a los dioses su grandeza y remató a placer el 2-0.

Aguirre le dio un giro a la ruleta y aportó al campo la presencia de Lafita y Micael. Los primeros minutos fueron esperanzadores. El aragonés revolucionó el ataque del equipo y disfrutó de dos ocasiones gracias a su velocidad y su descaro, haciendo uso de las mismas armas que el año pasado le hicieron héroe en Madrid, pero no acertó con sus remates. Fue todo. El equipo de casa siguió a lo suyo y consiguió un extrañísimo gol firmado por Puyol, lo que sirvió para cerrarle la boca a la estúpida ilusión que a veces mantiene el hincha cuando se ve empujado por el sueño de lo imposible. ¿Hubo reacción? No, claro que no. Tan solo la constatación de cuán débil es este grupo en los conceptos defensivos. Ni la dupla Ponzio-Meira logró ayer sembrar un mínimo de seriedad táctica ni los centrales ofrecieron consistencia ni, por supuesto, los laterales fueron los cerrojos necesarios para que no llegue un centro al área. Por ello, por todo ello, es tan sencillo perder un balón, que se lo quede el contario, que el extremo centre y que siempre haya un delantero enemigo para llevar su balón a nuestra red. Y ese delantero, antes amigo, ahora rival, se llama Villa. 

Habían sido cuatro goles. Cuatro golpes en el alma. Cuatro fogonazos de impotencia y debilidad que si a ellos los engrandece a nosotros nos destruye. Aguirre habla de actitud, la prensa de tristeza, incapacidad y normalidad. No sé qué es más preocupante. No sé qué es más inquietante. No sé dónde están las respuestas a tanta oscuridad. De momento habrá que estar muy atento a las galeras que llegan del Guadalquivir, las que no deben poder navegar nunca por aguas aragonesas.

CALIFICACIONES:

Roberto: 4. Sigue siendo un portero con mayúsculas. Su agilidad, colocación y presencia son garantía para cualquier portería. Ayer de nuevo evitó varios goles. ¿Quién da más? Grandioso.

 Juárez: 0. Todo el que pasaba por allí se llevaba el balón al infinito. Su incapacidad para guardar su banda es manifiesta. Permeable.

 Mateos: 1. En algunos cortes estuvo correcto pero su altura debería darnos mucho más por arriba. El fallo en la marca a Piqué es de libro. Inmaduro.

 Lanzaro: 1. Había mucho viento para tan poca vela. Sus cortes fueron ejemplo de nerviosismo y falta de calidad. Vigoroso, me recuerda a aquel anuncio de Carl Lewis corriendo con tacones. Deconstruido.

 Paredes: 0. No pudo en ningún momento con sus oponentes. Su presencia fue una invitación al desborde contrario. Brumoso.

 Meira: 0. Absolutamente desubicado y torpe con el balón en los pies. No pudo superar ni un solo movimiento de presión de los contrarios. Paralizado.

 Ponzio: 2. Como acompañante es un jugador muy útil, pero si tiene que ser él el líder es muy limitado. Ayer, sin embargo, fue de los más afortunados y trató de jugar con cierto sentido. Muy solo, eso sí. Entusiasta.

 Barrera: 0. No participó prácticamente nada. Su aportación ha caído a un ritmo preocupante y se percibe más tristeza que otra cosa en su juego. Invisible.

 Juan Carlos: 2. Será debilidad propia, pero el madrileño es un extremo a la vieja usanza que inquieta, preocupa al contrario y fija marcas. Sus galopadas, sus interesantes asistencias y sus intentos por irse merecen el aplauso. Osado.

 Luis García: 0. Debía jugar de enganche pero ciertamente estuvo desenganchado del partido desde el minuto 1 hasta que fue sustituido. Abrumado.

 Helder Postiga: 1. Su tarea ayer era muy ingrata. Trató de combatir el oleaje blaugrana con una tabla astillada y no encontró en ningún un socio con el que combinar. Náufrago.

 Lafita: 2. Le dio vida a un equipo mortecino. Sus galopadas nos recordaron al mejor Lafita, aunque no estuvo fino en el remate. Muy importante su intensidad. Estimulante.

 Micael: 0. Su desorientación es preocupante. No sabe dónde jugar, cómo ubicarse y cuándo actuar. Su media parte fue insustancial. Insignificante.

 Abraham: S.C.

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