Tus olas mancharon mi inocencia


Por primera vez en la corta pero intensa historia de este blog he dejado de escribir hasta dos crónicas consecutivas de sendos partidos oficiales de nuestro Real Zaragoza. Por primera vez y espero que no se vuelva a dar esta circunstancia, pero es cierto también que leído lo leído, oído lo oído y visto lo visto sospecho que me habría resultado mu difícil encontrar palabras dignas de tal desastre.

Acabo de regresar de Valencia. En la playa de la Malvarrosa viví ayer uno de los días más emotivos de mi vida y en el reflejo de ese mar que Sorolla supo hacer eterno encontré la verdad a muchas preguntas hasta ahora huérfanas de respuesta. Uní afectos, recuerdos y futuro y cuando el sol ya empezaba a acostarse mi familia y yo nos refugiamos en los jardines del Hotel Las Arenas. Fue un atardecer apacible, cálido y azul, como el emblema de esta bitácora, como el corazón de muchos de nosotros. Y en medio de ese ocaso comenzaron a desfilar ante los clientes que agotábamos las últimas luces del mediterráneo un grupo de jóvenes, tersos, fornidos y despreocupados que se dirigían a un templete con perfume heleno. Su uniforme les delataba: eran, seguro, deportistas. Y tenían que ser de élite.

   Una furtiva mirada al escudo bordado de aquellas camisetas fue suficiente para averiguar quiénes eran: los muchachos del Bayer Leverkusen, rival del Valencia CF en la Champions League, se disponían a cenar, recién llegados como estaban de su viaje desde Alemania. ¿Sentí envidia? ¿Soñé que era valencianista y el orgullo erguía mi pecho al ver cómo los guerreros teutones se alojaban en aquel hotel dispuestos a la grandiosa batalla que se habría de librar dos días después? ¿Me dispuse a sonreír pues me sentí parte de un nuevo encuentro con la Gloria? No. No. No. En ese momento tan solo pensé en que en apenas unos minutos mi Real Zaragoza iba a enfrentarse al Atlético de Madrid en un partido muy difícil del que no sabía ni sabría hasta pasadas unas horas.

Y supe. ¿Caben frases que expliquen la debacle? ¿Existen argumentos que indiquen cuál debe ser el sendero que ofrezca la revelación de este nuevo misterio? Hoy, desde luego, no. Leído lo leído, oído lo oído y visto lo visto, el zaragocismo está knock out, fuera de juego, atónito y estupefacto. Lo que podía haber sido una semana magnífica ha devenido en Semana Trágica. No es frase ingeniosa de listo que escribe a toro pasado: ya lo escribí el pasado 19 de Octubre: “(…) ahora hay que ratificarlo en una semana que tiene que alejar el adjetivo”trágica” y acercar, con nuestros argumentos, el adjetivo “magnífica”. Osasuna, Valencia y Atleti nos esperan. Espero que con temor por su parte.” ¿Eso me calma? No. ¿Sirve semejante párrafo para confortarme en la tristeza? No. Todo es banal. Lo único que importa es salir de esta sima, pero hay algunas señales que me alarman.

La apatía con que veo a Aguirre desde hace unas semanas. Sus declaraciones del sábado. Su errática propuesta futbolística. Su desacierto en los prolegómenos de los partidos. Y, sobre todo, su falta de argumentos para darle sentido a este sinsentido. Nótese que centro kmi preocupación en el entrenador. Lo hago porque es él el único referente válido en este torbellino desnortado que es el Real Zaragoza. Se ha volcado toda la responsabilidad futbolística en él; Aguirre la ha aceptado. Pero es evidente que hay signos que nos hacen pensar que el otoño, una vez más, amenaza con devorar al héroe de la primavera. Ocurrió con Víctor Fernández: ocurrió con Marcelino; ocurrió con Gay. ¿Ocurrirá con Aguirre?

No hay entrenador que, en los últimos años, haya superado un otoño. Es la época preferida por las sirenas del fútbol para desorientar con sus cantos a nuestros entrenadores y aunque muchos nos preguntábamos si ocurriría lo mismo con Aguirre, también respondimos que no, que éste está hecho de otra pasta y que su corpachón no se desharía como un azucarillo ante los primeros reveses que pudieran nacer a orillas de la Romareda. Pues bien, tal y como estamos ahora, vivimos un nuevo momento crisis que promete emociones fuertes a esta afición malherida, harapienta y fatigada que durante unos días vivió ilusionada con una temporada calmada, sobre todo después de la victoria ante la Real, pero que de nuevo se reconoce a sí misma ahogada en una nueva sima de fango y putrefacción. 

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