Mi crónica del partido: Real Zaragoza, 2 – RCD Espanyol, 1 (La llave de mi ciudad)


Volver de Vallecas con un empate injusto y afrontar un partido ante el RCD Espanyol, un equipo incómodo que nos ha hecho varios sietes a lo largo de la Historia producía minutos antes de comenzar un ligero temblor en nuestros corazones azules y blancos. Sin embargo, algo nos decía que aquello podía funcionar. Quizás fue ver que Aguirre confiaba por la misma alineación que el domingo anterior; quizás fue comprobar que se insistía en un sistema, en una manera, en un estilo; incipiente, pero estilo.

El partido abrió los ojos de una afición zaragocista incrédula pero esperanzada. ¡Y es que nos han pasado tantas cosas! Los primeros momentos ya indicaron que el equipo contaba con dos ideas muy bien aprendidas. Una: que la combinación es una herramienta muy aprovechable cuando hay jugadores capaces de hacerlo. Dos: que el sistema de contención debe basarse en un ejercicio de anticipación y de movimientos coordinados que logren limitar la capacidad ofensiva del contrario. ¡Ah! Y que un buen portero siempre es una garantía de éxito. Y todo eso lo puso en práctica un Real Zaragoza que sorprendió favorablemente durante los primeros cuarenta y cinco minutos. Si la defensa se mostraba correcta y digna lo mismo podíamos decir de la delantera, diseñada para que, sin un nueve claro de referencia, actuase como una maquinaria capaz de generar situaciones de peligro. Y a ello contribuyeron los cuatro hombres de vanguardia. Micael se mostró imaginativo y con capacidad para sorprender; Lafita enseñó su agilidad y voracidad atacante; Luisgarcía exhibió un carácter decidido y vigoroso que nos hizo pensar en un nuevo líder para el equipo y Postiga siguió batiéndose el cobre con la defensa contraria en lo que se adivina como un interminable combate que le va a llevar a broncear su rostro con las armaduras enemigas semana tras semana.

Así, con algún acercamiento periquito que logró asustarnos en alguna ocasión, llegamos a la jugada del primer gol. Una combinación inteligente que propició el centro de Lafita para que lo rematase muy bien Luisgarcía fue el desarrollo de una secuencia que alivió a la Romateda y que puso un punto sobre una “i” que ya lo estaba necesitando. Un gol bendito que confirmó el trabajo del equipo en un partido que todos preveíamos difícil y liado.

Llegó el descanso y encontramos un alivio como hacía tiempo no experimentábamos. Se había jugado bien, se había logrado una circulación interesante, una consistencia estructural adecuada y una actitud defensiva más aseada que hasta ahora. Da Silva otorgaba seriedad a la cobertura y Mateos crecía un centímetro más con una actuación notable que satisfacía las dudas del zaragocismo, que aún no acaba de ver que su defensa sea la línea Maginot que necesitamos.

Dio comienzo la segunda parte y se hizo la noche. Pochettino apostó por la creatividad, el espíritu transgresor que aporta un jugador como Weiss y la poderosa veteranía de Pandiani. sin embargo, el Real Zaragoza optó por arruinar el trabajo de los primeros cuarenta y cinco minutos y se cobijó en la cueva de la mediocridad. Se echó atrás, olvidó que el campo mide cien metros y tiró por la borda toda la verdad que había construido hasta entonces. Y eso, amigos, no es sino un reclamo para la derrota.

Llegó el gol de los catalanes. Un jarro de agua fria que además nos cayó encima de una forma tonta, ridícula casi. Un gol de tontería que hace daño, que duele como una mala muela. Era un empate que habíamos pedido a gritos y que habíamos merecido con unos veintitantos minutos paupérrimos y baratos, eso sí, con cierta colaboración de Aguirre cuando retiró a Ponzio, decisión que los que no sabemos de fúbol no acabamos de entender. Menos mal que no dimos el partido por empatado ni por finalizado. Au contraire. Nos liamos la manta a la cabeza y emprendimos el asalto al área de Christian. Hubo ocasiones por ambos bandos, pero lo bueno vino cuando el árbitro pitó un penalty que nos abría las puertas del cielo.

Luisgarcía, el nuevo jefe del grupo, agarró el balón, lo colocó en el punto blanco y miró fieramente a su ex-compañero. La Romareda contuvo la respiración y el asturiano, un consumado lanzador de penaltys y faltas, encaró al anaranjado arquero. Y chutó un disparo duro y seco…que rechazó el portero perico en una pirueta inverosímil. El zaragocismo expresó su desazón, pues la ocasión perdida era muy grande, pero el asturiano pidió la pelota y sacó el corner consecuente. En su mirada pudimos leer el metal de le determinación. Hay mando en su gesto.

Quedaban muy pocos minutos, pero el equipo perseveró. Todo lo que no había hecho en la primera media hora de l segunda parte lo proponía ahora como solucion final. Y al final llegó. Un centro desesperado de un Barrera hiperactivo desde su salida enla segunda parte fue inteligentemente gestionado por Braulio quie, con un toque sutil, habilitó a Luisgarcía para que fusilase la portería españolista…¡a falta de 10 segundos para acabar el partido! La explosión de júbilo hizo temblar los cimientos de la Vieja Dama Blanca y la alegría se instaló en la afición zaragocista, que veía cómo su equipo lograba una victoria de un inmenso valor que debe servir para ayudar a consolidar un grupo que acaba de construirse y al que aún le chirrían los goznes del espíritu de equipo.

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