Roberto, mástil de firmeza


Roberto Jiménez nació en Fuenlabrada. El sur de Madrid le dibujó en el corazón, con el fuego mezclado de la Mancha y Extremadura, un escudo rojiblanco que le permitió construir un pecho terso y rocoso. Consiguió convencer al destino de que su vida pendía de la húmeda pasión del Manzanares y a su orilla se acomodó con la razón por bandera y el trabajo como estandarte.

Llegó a jugar cuatro partidos de Liga con la camiseta de leyendas como Reina, Abelardo o Abel e incluso saboreó la miel de la Champions en un partido frente al Oporto en 2009. Sin embargo, la fortuna no siempre se alía con los buenos y encontró una primera puerta de salida hacia el Recre. Allí llegó en 2008 como moneda de cambio por el fichaje de Sinama Pongolle por el club colchonero. A él regresó en 2009, aunque su paso no fue sino un puente hacia la ribera del Ebro, a la que llegó en Enero de 2010 para hacerse cargo de la portería de un club en ese momento maltrecho y ahogado por una competición que había masticado sin piedad casi todos los huesos de un cuerpo agonizante.

Se estrenó un 27 de Febrero, en Getafe. Aquel partido lo ganamos con dos goles de Suazo y tres paradas de Roberto. Estuvo magistral. Valiente, ágil y fornido, el de Fuenlabrada eligió el pueblo vecino del suyo para mostrarnos sus poderes, que nos encandilaron. Unas cuantas jornadas más y Roberto ya era uno de los nuestros. Son inolvidables algunas de esas intervenciones y lo son porque fueron de las que dan puntos, de las que elevan el orgullo del grupo, de las que construyen un equipo, de las que consolidan el espíritu de una afición.

Roberto consiguió ser querido. Obtuvo el abrazo de una afición que hacía tiempo que no quería tanto a un arquero, excepción hecha de Tonidoblas, que también figuraba en el altar de los afectos después de la temporada 2008-2009, la del ascenso, la de la vuelta a casa. Y lo consiguió no sólo por su trabajo, que fue mucho y bien hecho, sino porque desde el primer momento, además, mostró y demostró afecto y cariño hacia una afición tan huérfana de caricias, tan abandonada, tan despreciada que, siguiendo al letrista de La Oreja de Van Gogh, podría decir que está dispuesta a “llamar amor mío al primero que no le haga daño”.

Y este Roberto, el mismo que se fue, el mismo que luchó en Portugal por hacer muy bien su trabajo, el mismo al que la afición del Benfica le hizo la vida imposible y difamó con vídeos insultantes e hirientes que nuestra afición nunca sería capaz de elaborar contra ninguno de sus jugadores, es el que ha vuelto como muchos deseábamos que hiciera. Ha regresado y es mucha la confianza que tenemos en su trabajo y su buen hacer. Su calidad profesional se completa con una calidad humana que apreciamos por esta tierra como un valor áureo que nos gusta tengan nuestros muchachos y que convierte a un digno atleta en una buena persona. Ese es Roberto y con él bajo el arco vamos a navegar por este río de aguas turbulentas que es la Liga española. Que Poseidón sepa anunciarnos la ruta deseable para llegar al puerto de la Victoria.

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