Saber que no moriremos


La carretera a Valencia la he recorrido decenas de veces. Mi familia valenciana me recalamaba cada verano, cada Fallas, incluso en Navidad, por lo que he tenido ocasión de ver ensancharse los caminos hasta poder disfrutar de lo que ahora tenemos: una autovía.

Hoy, sin embargo, no la recorreré. Permaneceré acurrucado en las faldas del calvario de Alcorisa esperando que la fiera necesidad de nuestros guerreros logre romper esa débil tela de araña que aún nos impide asegurar el aire que hemos de respirar a partir de esta noche.

Leo con angustia y esperanza al mismo tiempo los tweets de todos aquellos a quienes sigo y todos los mensajes hablan de victoria. Leo los artículos de los periodistas aragoneses y zaragocistas y en todos los casos se apuesta por la victoria, aunque con reservas y prudencia. Escucho las emisoras, veo aragón TV y destripo mi facebook y en todas las plataformas encuentro motivo para el optimismo. En todas.

Sin embargo, no vivo. Estoy bajo tierra. Aterrorizado, ilusionado. Abrazado por el pánico, empujado a la Malvarrosa de la vida por le fe de una pasió, la zaragocista, que tampoco me deja que me arrastre el temor a la ruina.

Quedan tres horas. Quedan tres mundos.

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