No hay abismo, pero escuece la tristeza.


Hoy juega el Real Zaragoza un difícil partido de fútbol. Difícil y comprometido encuentro frente a un Atlético de Madrid que está viviendo un momento dulce y al que casi todo le va bien. Me alegro por ellos, pues la atlética es una afición a la que aprecio, pero mi corazón ya siente la inquietud que supone afrontar un choque en el que nos jugamos la vida.

Tengo fundados temores pero, curiosamente, también tengo razonados pálpitos favorables. Este estado de permanente contradicción me temo que va a ser una constante durante esta Liga, y con él deberé acostumbrarme a vivir. Ahora bien, de lo que acontezca esta noche en el Calderón deberemos extraer ponderadas conclusiones. Ni el abismo más profundo se habrá abierto bajo nuestros trémulos pies ni la alegría esperanzada nos puede nublar el entendimiento. Esta va a ser una travesía durísima, agotadora, interminable y no podemos venirnos abajo ante una derrota ni creernos los mejores porque ganemos un partido.

Sé que el fútbol no entiende de paciencia, pero con lo que tenemos, que ni es basura ni se merece nuestro aplauso ciego, podemos cumplir los objetivos. Lo creo firmemente, aunque pueda sonar a optimista que no sabe lo que está cayendo. Que es mucho y casi nada bueno, por cierto.

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