Athletic, 0 – Real Zaragoza, 0


La gabarra del valle

El Real Zaragoza y el Athletic de Bilbao han empatado (0 – 0) en partido correspondiente a la 33ª Jornada del Campeonato Nacional de Liga de 1ª División.

Me cuenta mi madre, y asiente mi padre, que cuando vivimos en Bilbao aquellos amaneceres de principios de los sesenta tenían unos vecinos, matrimonio vizcaíno de raíz gruesa y voz metálica, que vivían con una pasión desbordada los colores de su Athletic. Ni el hollín de la ría que cubría las desoladas coladas matinales ni el gris marengo de los atardeceres bilbaínos conseguían apagar su atronadora fiebre por los leones de San Mamés, y esa calentura quedó en su memoria y me la hicieron saber a mí, que cuatro décadas después peino canas azules y arrugas blancas como los colores de mi amado Real Zaragoza.

Desde entonnces aragoneses y vascos se han enfrentado en mukltitud de ocasiones y hemos tenido de todo. Victorias a pecho descubierto, empates con sabor a nada y derrotas ácidas como el odio oculto. Sin embargo, de entre todas ellas recuerdo una victoria que logró el Real Zaragoza en la Romareda con un ggol mágico logrado por mi admirado Nino Arrúa, que salvó la imponente presenciua del Chopo Iríbar con una vaselina que, hoy, habría recorrido las pantallas de medio mundo y habría colapsado los canales de youtube que, aún, no se han vendido a la mercachiflería mediática blanquiblaugrana. Gol y victoria, creo recordar, por 3 – 0. Bellos recuerdos, emociones que volveremos a vivir.

El domingo, sin embargo, se enfrentaron dos equipos que perseguían caricias distintas, aunque todas ellas tienen el perfume del goce deseado y, a veces, logrado. Se apostaron a cada lado del barranco dos escuadras dispuestas al choque violento e inmisericorde, pues no otra podían ofrecer. Los unos, por estilo, corazón  e historia. Los otros por agonía, surco seco sin futuro y miseria al descubierto. Los dos nos dieron lo que tenían, aunque, eso sñi, nos lo dieron todo. Si me hubieran dicho al comenzar el partido que el Real Zaragoza iba a lograr el empate en San Mamés le habría mostrado mi incredulidead, puies sé que vencer o empatar en San Mamés es una gesta reservada, únicamente, a las grandes escuadras mimadas por el poder o a aquellos equipos que no tienen nada que perder y se la juegan a todo o nada. Pero ni uno ni otro es el caso de nuestro Real Zaragoza. Ahora bien, después  de visto lo que allí ocurrió he de decir que estoy orgulloso de estos soldados que han llegado al cobijo del cierzo para pelear por unas migajas que, en muchos casos, no les pertenecen. Así y todo, están demostrando casta y voluntad por cumplir con las órdenes de sus generales y defender un escudo que habla por sí solo de dignidad y memoria.

El partido fue muy feo. Poco fútbol, poco arte. Fue un encuentro áspero como un beso de Judas pero eso no impidió que las acciones de los jugadores zaragocistas no sean dignas de aprecio, pues si algo hay que apludir es el derroche de corazón roto por la urgencia. Y de eso hubo mucho. Sirvió la pugna para descubrirse ante Roberto, un portero que gana puntos y ofrece una seguridad al zaragocismo como no vivíamos desde los tiempos de César Lainez. Sirvió para poder escribir con letras rubias como su cabello que Jarosik es un gran jugador, uno de esos sportmen que recorren senderos esquinados para que nadie los conozca pero que cuando salen al camino su luz brilla como la coraza del príncipe conquistador. Y sirvió para comprender, por fin, a qué jugamos, tal y como ha expresado José Aurelio Gay en más de una ocasión. Jugamos, amigos, a salvarnos, que no es lo menos que puede hacer un pueblo cuando los cañones del invasor asoman por las tapias de Santa Engracia.

El Athletic propuso su partido y todo podría haber salido al revés si Fernando Llorente engatilla la primera ocasión de que dispuso o si De Marcos logra superar a ese coloso que tapa la valla del Real Zaragoza desde hace algunas semanas y cuyo recorrido deportivo ya ha conseguido seducir a la Romareda con su trabajo. Pero nada de eso fue. Porque la suerte, esa que nos dio la espalda y nos dejó abandonados en el arroyo hace dos años, también juega. Y si la jornada pasada llegó en forma de error arbitral a nuestro favor, el domingo lo hizo con el rostro de los errores bilbaínos y los aciertos en la defensa blanquilla. Y ojalá siga jugando con nuestras cartas marcadas.

Empate, pues. Empate y soplo de aire azul para unas almas deshilachadas y maltrechas que siguen agarrándose a la almadia de la esperanza en medio de un mar picado y arisco en cuyas aguas sigue navegando la nave zaragocista, zarandeada aún por la incertidumbre. Empate y un punto que será bueno, estoy sgeuro, el próximo sábado, cuando el zaragocismo apriete los dientes y haga frente, con la gallardía que nos distingue, al cíclope blanco, ese que llegará a orillas del Ebro pertrechado con toda la artillería que los medios de comunicación de la capital van a poner al servicio de la causa. Uno, en su inacabable ignorancia a pesar de los años, sólo ruega dos cosas: que nuestros jugadores sigan luciendo orgullosos el león en su pecho después de la batalla, y que eso sea porque lo han dado todo y que cuando el Real Madrid logre un gol (si lo consigue) aquello no parezca el Bernabéu Bis. Sé lo que me digo y mis lectores saben a qué me refiero.

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