Una roca vestida de fe (RCD Espanyol, 1 – Real Zaragoza, 1)


Hace algunos años, quizás más de los que uno mismo quiera reconocer, ocupaba mis veranos y mis ratos de ocio ayudando en el negocio familiar. El establecimiento, por mejor nombre Bar Mola, se convirtió en mi juventud en un espacio de encuentros y confidencias y en mi memoria permanece, acostado plácidamente como un amante gastado.

Un bar, para quien lo haya tenido en sus manos y en sus desvelos, es más, mucho más que un lugar donde la parroquia toma cervezas y los humos consumen las soledades. Es motivo de palabras y sueños y en él conviven los amados y los despreciados, unidos en cualquier caso por el agua de fuego que es la caña bien tirada o el vino mejor bebido.

Aquel bar, hoy alejado de sus tiempos de gloria (je, me ha salido el chiste y si alguien conoce el lugar sabrá por qué lo digo) acogió durante algunos años a una clientela peculiar. Ingenieros de la Confederación Hidrográfica del Ebro, dependientes del Corte Inglés, estudiantes de la Academia Cima…y jugadores del Real Zaragoza. Pues debe saber el lector que en el mismo inmueble donde se ubicaba el bar tenía nuestro club unos apartamentos en los que
se alojaban sus jugadores más jóvenes, algunos de la cantera, otros recién fichados allende los mares.


Por hablar de memoria, antigua compañera que cada vez me deja en más coasiones abandonado, puedo recitar los nombre de Pérez Aguerri, Vitaller y Amarilla como clientes fijos de casa, y con ellos intercambiábamos opiniones, anhelos y decepciones, pues de todo había. Sin embargo, recuerdo aquellos ratos con la tranquilidad que daba no imaginarte al Real Zaragoza sufriendo en el barro de la desesperación, ni siquiera olisqueando los aromas putrefactos del temblor del infierno. No, no eran tiempos de penurias ni algaradas. Hoy, casi treinta años más tarde, seguimos arañándole la espalda a la esperanza, la misma que nos guiñó el ojo el pasado domingo en Montjuic. Y lo escribo.

El Real Zaragoza y el Real Club Deportivo Español empataron a un gol en partido correspondiente a la 34ª Jornada del Campeonato Nacional de Liga. Ambos equipos tenían cuentas pendientes con el futuro: los catalanes en forma de posible participación en la Copa de la UEFA; los aragoneses, en forma de desgarradora ocasión de huir del fuego eterno. Ni unos ni otros lograron su objetivo.

La primera parte fue un encuentro fláccido entre quienes poco quieren y quienes nada pueden. Ambos contendientes se enredaron en un laberinto inacabable de pases fallidos y faltas desvergonzadas que no anunciaban ni belleza ni fortaleza. Los jugadores no acababan de cerrar el círculo de la poesía que, se supone, acoge el fútbol y empujaron los minutos hacia el túnel de vestuarios, a ver si así, debieron pensar, encontramos la razón a la necesidad de existir.

La segunda parte nació con deseos de descorrer las nubes y de este modo llegó la manotada que supuso el increíble gol de Riera. Una vez más, quedaba demostrado que el fútbol es un deporte en el que el peor puede ganar al mejor. No quiere decir esto que hubiese habido hasta ese instante superioridad blanquilla, pero bien cierto es que el Español tampoco había roto los manuales futbolísticos con sus aciertos. El gol, sin embargo, que en otras ocasiones (siempre) habría supuesto el fin y la ruina de nuestro equipo, no nos amedrentó. Empujados por la mejor afición de la Liga (lo dije, lo digo y lo diré tantas veces como me parezca, pues es tan verdad como que Ulises derrotó a Polifemo), enajenados por la hirviente sangre que comenzó a correr por sus venas, anchas y rocosas, los jugadores del Real Zaragoza elevaron el nivel de las aguas de los mares hasta la cúspide de la montaña mágica para colocar sobre la romana cabeza de Alberto Zapater el laurel que lo distingue como el capitán que estas naves, desarboladas pero aún enteras, necesitan. Sólo la fe nos llevó al empate. Mejor dicho: fue la fe la que nos llevó al empate. La misma fe que sostiene esta empresa hasta los alrededores de la noche del sábado, momento en que recibiremos a los hijos de Hércules para decirles que nuestro cierzo será capaz de someter al infortunio y dibujar en nuestro cielo parábolas de éxito. No sé decirlo mejor: el sábado, el Real Zaragoza se va a comer al Depor. Lo dijo el Gran Capitán. Lo aclamamos todos.

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