Cuatro horas antes del partido ante el Getafe.


Velas blancas, velas negras

Es una mañana blanca y azul. Blanca porque la Expo ha pintado la tierra aragonesa con el color de la pureza y azul porque este cielo ha puesto empeño y decisión en cubrir nuestro ánimo con el perfume del deseo. Es una mañana blanca y azul, pero los ojos del zaragocismo galopan por llanuras de desesperanza. Hay desazón y temor al temor. Hay tormento en las almas y palabras apagadas por la muerte, que acecha, golosa, al caer la tarde.

Hoy juega el Real Zaragoza. Y me acuerdo de Sócrates. Como él, el equipo sostiene en su mano derecha el recipiente que contiene la dosis de cicuta suficiente para acabar con su vida. Como él, vive agobiado por los procesos que sus iguales han promovido, con acusaciones y condenas múltiples, unas justas, otras no. Como con él, la sociedad, el zaragocismo se encuentra dividido a la hora de encontrar culpables. Sócrates murió acompañado por los llantos de los asistentes, pero momentos antes de expirar, sonriendo, le dijo a uno de sus discípulos: “Debemos sacrificar un gallo a Asclepios, no olvides satisfacer esta deuda”.

No sé qué ocurrirá esta tarde. Tengo confianza en la victoria, deseo con toda el alma que el Real Zaragoza consiga los tres puntos y abramos así las compuertas a la esperanza. Con esta victoria, y según los resultados que se den en esta jornada, podríamos estar en disposición de beber mejores caldos que la hiel que hasta ahora hemos recibido y la guerra sería total. La madre de todas las desesperaciones, pero no sólo para el Real Zaragoza y el Recre, sino que ahí podrían estar además Osasuna y Valencia, y el caso de este último también sería digno de diván. Incluso el Valladolid puede asomarse de nuevo al precipicio. En fin, para locos.

El Real Zaragoza va a ganar. Va a romper la muralla de ese Getafe que enamora, al que todos miman, que se ha convertido en la niña bonita del suelo futbolero patrio. Va a destrozar los pronósticos de media España, va a coronar el torreón madrileño con la figura del león y los estandartes blanquiazules. El Real Zaragoza, ahora y siempre, debe seguir la senda del sacrificio y la honra a su Historia. Nosotros, sus fieles, sus enamorados, a veces despechados, a veces consumidos en las llamas de la pasión, seguiremos esperando el regreso del guerrero. Y ojalá las velas de las embarcaciones sean blancas, como acordó Teseo con su padre, Egeo, en caso de lograr el éxito ante el terrible Minotauro. Ojalá sean blancas y no negras, porque no tengo fuerzas para sacrificar un gallo a Asclepios.
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