Somos el Real Zaragoza.


Es martes y hace varios días que no pasa nada. Esta frase, dicha fuera de contexto o leída por alguien que no haya vivido los atardeceres zaragocistas de los últimos meses, puede parecer ciertamente insignificante o tonta o superficial. Sin embargo, para quien piensa y siente y se emociona en azul y blanco seguro que alcanza todo su significado.

Es muy importante que la actualidad de un club obtenga titulares como los siguientes: “Aquí he recuperado la ilusión y he vuelto a sentirme importante (Ricardo Oliveira)”, “Al alza. El Zaragoza presenta un claro avance en sus números y es el segundo mejor equipo de la segunda vuelta”, “Quiero seguir aquí…y marcar veinte goles (Oliveira)”, “Marcelino es el que gusta” o “La crisis ha terminado”, pues eso quiere decir que hay otros ingredientes en el cocido y el sabor es otro que aquellas hieles que nos amargaron el final de 2007 y el principio de 2008.

El Real Zaragoza es un club que ha sentido en la propia carne, en el mismo centro de su corazón, el pálpito del destino miserable, del peor de los dibujos que una vida puede ofrecer y en algún momento ha parecido ser lo que no es. No es una panda de amiguetes que buscan pasárselo bien, sino la herencia de una Historia que ha conformado la vida de miles de personas; no es un entretenimiento vacío de cuatro ganapanes incapaces de deleitarse con un poema de Benedetti o una sinfonía de Dvorak, sino el latido de un corazón grande como nuestra gente y amplio como nuestro canto; no es una excusa para vociferar cada semana y vomitar la desgana de una existencia diagonal, sino la confirmación de una emoción compartida porque nos sentimos parte de un mismo verso. Y todo ello hay que decirlo, escribirlo, cantarlo, recitarlo, musicarlo, esculpirlo y actuarlo ante los demás, pues gracias a ellos, a los adversarios, podemos medir nuestras fuerzas y conocer el límite de nuestro empeño.

Hoy es martes y podemos sospechar que hay aromas que podemos compartir pues el trabajo, el esfuerzo y también, por qué no, la Fortuna, esa diosa caprichosa y voluble, serán nuestros compañeros de viaje. Y el primero de ellos es a Pamplona, donde seremos más que nunca la sinuosa luz del Ebro, la extensa claridad del Pirineo, la terrenal melodía de la Tierra Baja. Seremos el Real Zaragoza, el Equipo de Aragón.

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