La carretera del trueno (Real Zaragoza, 3 – Pontevedra, 1)


   Jueves, 3 de Enero. Mis dos compañeros de asiento en la Romareda acaban de esfumarse. Hace apenas unos minutos que Sergio García ha marcado el tercer gol que le otorga al Real Zaragoza la posibilidad de seguir disputando la Copa del Rey, esa competición a la que tanto queremos “y que tanto nos quiere”, en palabras de Victor Fernández, y los dioses me acaban de conceder, de forma piadosa, el más delicado de los presentes: el silencio de la mezquindad, el sonido del gozo compartido.

   Ha sido el partido de las abundancias. Abundante miedo, abundante voluntad, abundante angustia, abundante esperanza, abundante desesperación, abundante anhelo, abundante rabia, abundante noche, abundante amanecer. El Real Zaragoza no ha jugado un partido excelso, eso cualquiera lo ha visto, ni sus jugadores han dibujado las líneas más seductoras que un equipo puede trazar. Sin embargo, este enfermo que ha renunciado hace tiempo a dejarse mecer por las manos de la muerte anunciada ha levantado la mirada, ha ofrecido su mejor músculo al infortunio y ha apartado de un manotazo la hojarasca que las tempestades ajenas han pretendido sepultarle desde el primer minuto de la temporada.

   Escuchar a mis compañeros de asiento en la Romareda era como pulsar el botón “repeat” de un DVD. Era un bucle mortecino y agónico de quien sugiere la tragedia en el mismo momento del nacimiento. Expresiones como “¡A Milán!” (dedicadito a Oliveira), “Pero míralos, si es que no le echan h…!”, “Toda la vida igual, si es que da po’l c… venir a verlos”, “Aquí no venimos más que a sufrir”, “Yo es que los manadaba a todos a tomar po’l c…”, “Pero si es que el Pontevedra parece el Milan” fueron la banda sonora de un encuentro marcado por el dolor y la decepción de la temporada, pero también es cierto que uno ante la enfermedad poco consigue con simplemente lamentarse y culpar de todo al Salud, al médico o a la Ministra de Sanidad. Yo, desde luego, he optado por luchar, por animar, por acompañar a mis guerreros, por completar su esfuerzo con mis gritos de aliento…y por no girarme para verles la cara a mis compañeros de asiento (aclararé que se sientan detrás).

   Minuto 89. El Real Zaragoza sufre, arrastra sus heridas, completa cada carrera como si la vida se le escapara entre las briznas del cuidadísimo césped de la Romareda. Mis compañeros de asiento, absolutamente lanzados ya, cierran su diabólico círculo de frases envenenadas y flechas verbales impregnadas de curare: “No te preocupes, qu’el cabr… este del Victor Fernandez como tiene una flor en el c…, pues eso, que algo pasará: o nos pitan un penalty a favor, o se meterán ellos un gol en propia, o lo meteremos nosotros con el c…, porque este cabr… tiene una suerte que te cag… y tendremos que aguantarlo otra semana más”. Juro que una triste sonrisa se ha instalado en mi corazón, pero, por eso mismo, mis ánimos aún se han hecho más recios. “¡Vamos, chavales, vamooooooosss!” Y se ha abierto el Cielo. El espíritu de Arrúa, mi bienamado ídolo de niñez, ha pisado el área gallega y ha propiciado ese centro imposible de Gabi y ha alentado el infinito esfuerzo de Sergio García para romper la obtusa red que el Pontevedra había tejido la noche del jueves. Lo demás, lo que ya sabemos: la victoria de la fe, del empeño, del deseo adolescente, del fuego del primer beso o el vendaval que nos arrasa cuando entramos en el cuerpo de la mujer que soñamos. Tanto ha sido, tanto será.

 

 

Hoy, dentro de unas horas, el Real Zaragoza se enfrenta al Real Madrid. Trabajemos con dignidad, apoyemos (sigamos apoyando) a nuestro Real Zaragoza y soñemos que el abrazo entre Juanfran y Victor Fernández representa la verdad de nuestro equipo. Yo así lo creo.

 

 

P.S.: Estimados compañeros de asiento: quienes me conocen saben que mi artículo no habría sido muy diferente en su espíritu aunque el resultado final hubiera sido 2 – 1. Por lo demás, lamento vuestra mirada a la vida: no se la merece, no nos la merecemos quienes la miramos de frente.

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