A veces tú, siempre nosotros. El triunfo del tesón. (Real Zaragoza, 2 – Sevilla F. C., 0)


(por Juan Antonio Pérez Bello)

 Decidimos salir del entorno familiar para ver el Real Zaragoza – Sevilla. Buscamos un lugar con encanto y nos regalamos una merienda con cierto perfume y un breve toque de distinción. “Así, por lo menos, distraeremos la decepción y animaremos la desesperación. Lo digo por si acaso a éstos les da por copiarse a sí mismos y repetir lo del miércoles”, dice mi hermano a quien tanto debo y junto a quien he compartido mis últimas horas y desvelos.

 Comenzó el partido y en seguida supe que todos los que compartíamos mesa y dudas estábamos dispuestos a secarles el sudor a nuestros jugadores y reparar su sed ganada a base de fuerza, furia y corazón. Esa sería nuestra primera y casi única vocación, además de poder contemplar en sus pupilas la sangre de la fiereza y el nervio endurecido por el orgullo. Y algo de eso pudimos empezar a notar a los pocos minutos de iniciado el duelo. Si el domingo pasado ante Osasuna apelamos a la necesidad del trueno, no podíamos comenzar mejor. Nuestros jugadores, algo torpes, sí, se movían por el campo con ganas y hasta cierto orden y eso era una buena noticia. El Sevilla dominaba, se enseñoreaba del cortijo ajeno y señalaba los límites entre un equipo hecho, crecido y cansado de seducir doncellas apuradas y otro ajeno a las mieles de los títulos pero hermoso en su cara y su cuerpo. La experiencia de César y el crecimiento sostenido de dos veteranos defensas, Sergio y Charlie Cuartero, la pelea seca y ventosa de Zapater, la fina y delgada ambición de Gabi, el crujiente destello inacabado de Aimar y la torcida pugna de Diego y Ricardo lograban sostener el encuentro en términos decentes.

El Sevilla atacaba, sujetaba, dominaba; habría sido capaz de separar las aguas del Mar Rojo si hubiera sido preciso y levantar dos nuevas Torres Gemelas si hoy fuese septiembre de 2006. Pero no, hoy la portería se movía, el balón huía de la red blanquiazul y el cielo parecía atraer los anhelos sevillistas para que que de ninguna manera se completara el grito del gol. Llegó el descanso, la flota zaragocista se mantenía a duras penas zarandeada por los oleajes sevillistas y nuestros soldados se lamían las heridas mientras miles de manos secaban el agua sucia de sus pieles y elevaba plegarias para repetir esta primera parte.

La segunda parte el general de impecable estampa (pocos entrenadores tan elegantes recorren las bandas de nuestros estadios) decidió algunos cambios y llamó al más inquietante de sus jugadores, al más diagonal de sus futbolistas, a aquel cuyos hombros tensan el más furibundo de los gestos. D’Alessandro muestra excelencia y decepciona; ofrece arte y exaspera; surca los caminos del talento y pinta los senderos con la torpeza. Andrés es necesario, Andrés no hace falta; Andrés nos hace grandes, Andrés nos hace vulgares. Andrés D’Alessandro. Pero ayer nació de la ira, agarró el balón, engañó a la mediocridad y marcó un gol que vale una vida. Rompió la noche con precisión y desató la alegría allí donde no había sino miedo, pelea, sufrimiento y trabajo. Pero eso, me temo, es lo que tiene que ser un equipo, el nuestro. Cuando hayamos quemado las chabolas de la presunción y construido casas de esfuerzo, estaremos en disposición de ganarnos el pan.

Después, ya lo sabemos. Abrió la puerta del atrevimiento y pisó el césped del coliseo el eterno buscador de cabellos imposibes, que degustó la ovación de La Romareda poque sabia es y quiere reconocer el trabajo y la clase. En seguida le acompañó el caballero de la insolencia, el gentilhombre castellano al que, parece, nadie en el reino del dragón ha sabido entender. Hoy eso no es debate, pero es menester decir que actuó en dos jugadas y estuvo sublime. Ambos, Sergio y Óscar, firmaron la pintura que bien podría adornar las paredes de nuestra Expo futbolística. “La carga de los Mamelucos” me va bien. El Sevilla, el equipo galán, el grupo más bello de la Feria, digno de salir por la Puerta del Príncipe a hombros de la afición más admirada y vitoreada (himno y eso), cayó del caballo en plena Puerta del Carmen. A mí, qué quieres que te diga, amable lector: me supo a miel conocida y deseo completado. Por eso, mi aplauso y mi apoyo.

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