Villa fue, es Villa.


(Este artículo lo escribí semanas antes de que David Villa fuese traspasado al Valencia. Trataba de coser mis recuerdos de niño con el presente mágico que adivinábamos y, sobre todo, anhelábamos. Fue, en fin, un mal disimulado intento de mantener el sueño que no puedo ser. Uno más.)

   La primera vez que vi al Real Zaragoza en la Romareda corría el año 69. Aquella temporada jugaban en el Athletic de Bilbao José Ignacio Sáez, Javier Clemente y José Francisco Rojo; en el Atlético de Madrid, Luis Aragonés y Javier Iruretagoyena; Miguel Reina (padre) y Carlos Rexach lo hacían en el Barcelona, Sanchís (padre), Pirri y Zoco en el Real Madrid y Sol y Claramunt en el Valencia. Claro que todo eso, a un chaval de 7 años le daba un poco igual, porque lo que realmente le importaba era aquel traje de futbolista (así se llamaba entonces) que le acababan de regalar y que llevaba los colores con los que se emocionaba domingo a domingo: camiseta blanca y pantalón azul. Y un número: el 10.

   Esa camiseta la había llevado con orgullo durante varios años Juan Manuel VILLA, un esbelto y bien plantado sevillano que formó parte de aquellos Magníficos que aun hoy hacen rebotar las sonrisas entre los zaragocistas por su magia y su sabiduría. Él, junto a Canario, Santos, Marcelino y Lapetra, pintó la historia del Zaragoza con goles diagonales y pases atrevidos, y aupó el ánimo del zaragocismo a una galaxia dura y reconfortante: la leyenda.

   Hoy, más de treinta años han pasado, un relámpago vivaracho se acuesta a la orilla del Ebro. Es del Norte, traza líneas vertiginosas y mira al cielo cada vez que la inspiración le revuelve el cabello. Ese, que también firma como Villa, debe convertirse en el botón que cierre el círculo del éxito, en la llave que abra las puertas oblicuas del adversario, y hacer que su apellido sea una segunda llamarada de triunfos anunciados. Merecemos los zaragocistas que de nuevo los muchachos sueñen con ser Villa, este o aquel, tanto da, y que otra vez saluden al héroe que mira a la grada satisfecho porque el balón que ha golpeado con fuerza se ha quedado a vivir en la red del contrario.

   Será hermoso que en torno al Villa David crezca el mito como lo hizo alrededor del Villa Juan Manuel. Nuestra peña, la “Juan Señor”, de Alcorisa, lo abrazará con emoción. Sea.

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